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Publicado: Jueves, 29 de enero de 2015

Juan Pablo Riveros

Selección de poemas de "Libro del Frío".


Juan Pablo Riveros nació en Punta Arenas, Chile, en 1945. De profesión economista, Magíster en Estudios Internacionales, candidato a Doctor en Economía, vive de la docencia universitaria.
Ha publicado tres libros de poesía: "Nimia, Poemas en prosa" (1980), "De la Tierra Sin Fuegos" (1986) y "Libro del Frío" (2000).

Libro del Frío "es un conjunto de poemas que se constituye como una gran metáfora del frío y de la nieve en sus distintos grados y que perfila lo que ocurre en los grnades conglomerados sociales de nuestra época."



ANTáRTICA I

Al crepúsculo de la última edad de hielo
quise ir lejos de los límites,
y reunir la quietud,
lo pacífico
en la soledad de un tiempo inexpugnable.


Eso era.

Cogido por vientos contrarios,
necesité asilos
por ocasionales y precarios que ellos fuesen.
No era el polo,
el recorrido era lo importante.
Pues había ahí un frío, una huella,
una nieve tan inaccesible,
que esta pura gota de blancura
es un fragmento de aurora,
un trozo de oro azul
que cada día se desprende
de tu propia Antártica,
de tu continente,
de tu propia banquiza interior.

Hubo, entonces,
en un extremo de la tierra,
un punto matemático en el centro de un mar vacío
y, en el otro,
Yo,
en medio de vendavales sin fin
y donde cada punto cardinal
se aniquilaba en un abismo.

Y hubo frío,
el frío más frío de la tierra.
Y una noche,
y una soledad hubo,
que nadie
ni nada
pudo darle fin.


Así, lejos de la Distracción,
sucumbí al imperio del viento y de la noche,
a la soberanía implacable del frío.
Y dependiendo sólo de mis leyes,
destruí todo puente con el mundo,
todo gesto, toda nave.


Se trataba, en verdad, de la respiración,
de la circulación planetaria del aire.

Meteorológicamente hablando,
al interior de la Antártica
latía un vacío silencioso,
y la celeste águila de la nieve
muda.


EXPLORACIONES

Fue la escasez de focas,
esas que brillando en la cumbre
de rocas riquísimas,
lustran el oleaje del océano.

Fue
la necesidad humana de traspasar los muros,
las banquizas del espanto,
esa tonelada cerval de agua indómita.

Pero fue más el ansia,
el negocio de las pieles.
No para cubrir el hambre
ni para colmar el vacío
mundial de los cuerpos,
sino para ocultar la soledad,
la orfandad de las heladas metrópolis.
Para satisfacer la gana,
fue la Gana internacional,
ese non plus ultra de la sociedad contemporánea,
esa insaciable codicia de la soledad social.
Y no para ser más ricos, Philoxenos,
sino para aumentar sus posesiones
y crear más y más necesidades.

Por ello
alimentaron de perros la noche polar
y penetraron la Blancura,
ese puro trozo de vida.

(Después, mucho después,
llegarían los sabios,
la aventura mayor).


INTEMPERIE

¿Y, ahora,
dónde me guarezco
de mí?


UN DíA

Al levantarme,
el silencio cavilaba entre las sombras.

El empapado sudario de la mañana se despliega.

Saco la escarcha de mis ojos
y aprieto mis manos contra el pecho.

Una solitaria comida en el frío silencio.

Leo la nieve, la nevisca,
las noticias de la época,
leo los hielos
que cuelgan del dintel
y las entintadas plumas
de los registros meteorológicos.
El libro de la civilización se abre
y me abandono completamente
durante un tiempo.

Y, como un famélico bárbaro
ante un trozo de carne,
medito.

De pronto,
un estampido,
como si miles de toneladas de dinamita
estallaran bajo mis pies.
Como si la gran distancia se redujera
a un milímetro,
como si la civilización construida
sobre lo útil,
estallara.
El asa de la linterna tintinea
sobre la precaria base de latón.

¡Grandes extensiones de nieve
contraídas por los grandes fríos de este mundo!

Y, como quien busca un tesoro,
escarbo la nieve
buscando algo
cada día más difícil de hallar.

Más tarde,
las cosas fluyen tan suaves y espontáneas
que Todo nada armoniosamente
en la ancha corriente del cosmos,
como una carta que entrara en todos los domicilios del mundo.



NOCHE PRIMERA

Noche vasta y hermosa.

Ni Salomón
ni las joyerías más célebres de este mundo,
podrán lucir jamás una pedrería,
un vestido, un diamante más fino
que este movimiento de inútiles estrellas.

Constelaciones giratorias
danzan luminosas en torno a la Blancura
que, como un racimo de nieve,
pende de marítimos
soles galácticos :
Cruz del Sur, Hidra, Orión
titilan cerca de la Distancia Pura.

La confusión de este mundo,
la confusión de esta parte del mundo,
la confusión de esta aldea,
de estas gentes,
mi propia confusión!

Qué poco nos es menester.
Propietarios de la apariencia,
qué poco nos es menester.
Qué modo de dudar de lo Posible,
en el estrecho absoluto de la gana.

Qué soberbia confianza en lo útil,
en lo que importa nada,
en el afán que genera la indigencia,
o la mera tristeza.

Qué manera de creer
en el Mercado libre de ataduras,
en ese desorden que impide llegar
hasta los bienes,
en el precio que no descansa en el valor,
en esta sórdida manera de ser ricos.

Qué modo de extraviarnos
en la estrecha vastedad de la Nada,
de la Necesidad,
ese reino gris, Chestov,
destructor de toda inocencia,
creador de toda idolatría que sofoca
Lo Mejor, Lo Simple, Lo Más Puro Inútil,
y que aniquila la gratuidad misma de esta noche.

Qué desperdicio esta noche, Merton,
este insoportable campamento de estrellas
gratis,
toda esta majada de ovejas.

Qué inútil este rebaño fuera de la ley,
tu orden cósmico, Heráclito, algo así
como desperdicios echados al voleo que
como faros inexorablemente lentos,
y sin prisa,
viajan hacia la sencillez del Universo.

Ulula el viento.

Y una nieve metafísica
obstruye mi tubo de respiración.



NIEVE II

La gratuita ingeniería de la nieve
sobre todas las formas antárticas.

La religiosa astronomía de los hielos
en los apenas vislumbrados paisajes interiores,
esculpidos en los primeros gestos,
en las postreras ganas.

Y el garabato de la nieve,
como pequeñas canoas en la proximidad de tus ojos,
bajo la religión infinita de los astros.


SUEñO III

Anoche soñé que nevaba.
Dulcemente nevaba.

Un rostro se cubría lentamente
de una pausada blancura
en los suburbios del corazón.

Luego escarchaba.

Las callejas eran una perlería fulgurante.
Las aves se congelaban en sus vuelos
como granizos inmensamente solos.
E innúmeros senderos tiritaban
en medio de huellas antiguas.
La geología se trizaba
en amplias avenidas de árboles fósiles.

E interminables cosmos
estallaban silenciosamente
en la profundidad de los cristales.

Recuerdo haber visto ese rostro antes.

Copos de dulzura pendían
de la comisura de la nieve.
Y un carmín malva, de los párpados del frío.
Hubo hondas quebradas,
detritus de cuestiones antiguas,
grietas
como cráteres lunares bajo las vastas extensiones de la nieve.

Y blancos fuegos
flameaban como un adiós.

Anoche soñé que nevaba.
Dulcemente.


NIEVE IX

La nieve con su frágil geografía,
sus suaves formas
y sus terribles miradas mitológicas.
Con sus estalactitas de aliento congelado,
sus cuernos, sus fauces,
sus barbas de chivo trágico
y sus alas de ávido halcón helado.

Es la nieve águila sobre los vastos desiertos
de las cacerías y hogueras contemporáneas.
La nieve con sus formas ofidias,
su caligrafía de estrellas,
sus divinidades egipcias,
sus babilónicos templos.

Y esa galería de nevazones prehistóricas
en las finas gargantas de estalagmitas oscuras.
Nieve de las Furias, del anhelo,
del encarnado arrepentimiento.

Vastas marejadas de sastrugis,
como jauría de perros gélidos
sorprendidos en medio de sus ladridos,
en medio de sus hambres.
La nieve con sus manadas de orangutanes blancos
en la soledad de los tiempos,
husmeando el primer paso,
la primera lágrima aterida.

Es la nieve de la Tribu humana,
la memoria congelada de la historia
sobre todos los campamentos del mundo.

Desde la Gran Barrera,
una camada de leones blancos
otea Occidente.

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(Del Libro del Frío)

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