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Publicado: Lunes, 03 de julio de 2006

Chile vs Argentina: Sus literaturas comparadas


Después de Borges, Cortázar y Sábato, quién puede superar tanto genio reunido. Saer no me convence con su La Grande, una crónica latosa de un tiempo nostálgico, necesario pero no genial y eterno; eso pasa con los cronistas, son de un momento muy acotado. Demasiado reiterativo, hay que reconocer la inmensa publicidad y afecto que despierta en Argentina. Maestros de la propaganda. Saben mucho de marketing editorial, vender. Nosotros somos apocados, serios, tímidos, más tristes que los tangos, y es por ello que somos buenos poetas y ustedes excelentes narradores: graciosos, inteligentes, desenfadados, ingeniosos, no reprimidos; nosotros todo lo contrario, para adentro, sometidos, apatronados, resentidos, arribistas, faltos de triunfos, siempre a medias, en todo, de allí que en nuestra miseria miremos al europeo y al extranjero en general porque los vemos como exitosos y socialmente aceptados, ricos, antes nuestra pobreza y escasa mística, por eso no hemos hecho revoluciones exitosas, sino revueltas en las que nos masacraron toda la vida, no hay logros, nada hemos concretado, vivimos en la desolación, en la infertilidad, en la desesperanza.

Es un tema para largo, profundo, intenso y no cerrado, para discutir. Nuestros indígenas se cambiaron los apellidos por españoles, los gringos siempre los sometieron, los castellano vascos son los dueños de todo, en el sur, los alemanes, los árabes, los franceses en menor medida, algún italiano, pero chileno exitoso ninguno, todos perdedores, de allí que siempre estemos mirando hacia afuera, y nos vayamos derrotados hacia adentro, sin reconocer nunca nuestra derrota, por eso nuestra poesía es seria, reconcentrada y llena de nostalgia, ya sea por un mundo no existido, nostalgia del futuro, de un pasado que hay que construir con gloria, de una raza araucana cantada por un español, un mito, una leyenda, derrotada, que a pesar de no ser sometida ni por rey jamás regida, lo fue por el propio criollo, el latifundista, el déspota patrón de fundo, el feudo, la mesa del pellejo, siempre al margen el chileno, el mestizo, el último de la fila, de la escala. Ante ese panorama optamos por dos polos, o cantan impropiamente las glorias servilmente del poderoso, los arribistas, o se resienten y muerden la angustia del asalariado que no tiene otra opción que le den la facultad mínima de votar, de expresar en forma soterrada, aun sin libertad total y desenfado, sus sentimientos, porque siempre el miedo a decirle las cosas al patrón, al empleador están presentes, por el castigo, por la furia que podamos desatar en éste.

Un pueblo de mineros y de pacos, ese es nuestro ámbito, o soñando con hallar el tesoro en el sometimiento o serviles desesperados del poder. Pescadores, campesinos, independientes ninguno y el que lo ha sido termina mal, sin nada, arriesga todo y debe pactar con dios y el diablo para sobrevivir. Siempre en la medianía, en los terceros, en la clase media a lo más, nunca gloriosos. Los argentinos tienen personalidad, carácter, cosmopolitas, han ganado, han tenido glorias, y conquistas, aunque sean simbólicas, en el deporte, en las artes escénicas, etc.

Traigo estas reflexiones, que guardo hacer años, comparando nuestras literaturas, pero no puedo ser concluyente, porque no he leído la totalidad, pero es mi impresión atenta de que la narrativa argentina tiene vuelos y nosotros no, que nuestra poesía ha sido angustiosa y creado mundos, en la mudez, en la soledad, en la desolación del estudiante, del que mira pasar la vida y vive a medias el mundo, pero que es nostálgico de un paraíso que nunca conquistó y melancólicamente se enmudece a MUSITAR sus penas. Por qué Huidobro es distinto, porque era de la burguesía, lo tuvo todo, la riqueza, la tranquilidad, el mundo y la insolencia, pero eso no se le podía pedir a Neruda, que es todo lo contrario, ni a Mistral, que termina sumida en el catolicismo, meditabunda, errabunda, preclara, pero sometida.

De Rokha intenta romper con el fracaso total del mundo, pero se suicida, grita, aúlla su desesperación, pero termina derrotado, con su familia destruida. Teillier es tímido, lárico, pueblerino, hay nostalgia por la comodidad del hogar, por la cocina de los abuelos, de la madre, por la vida burguesa, de clase media, y por eso añora su paraíso perdido y se siente un forastero del mundo urbano, a la vez que huérfano de su tierra, perdido y se va en ensoñaciones. Pezoa Véliz intenta dar una impresión citadina, de suburbios, de pobreza, pero la pereza y la enfermedad lo rondan, se pelea con los anarquistas, denostó a su propia gente. Díaz Casanueva, de familia pudiente, se embarca a la aventura de la metafísica y los mundos soterrados, las confabulaciones esotéricas, para desde allí cambiar el mundo, un mundo que en esencia trata de desentrañar en la violencia creadora, que no mueve las hojas, que se sumerge en los secretos, muerde las esencias, pero es impopular, como Del Valle que escribe corazones y se lanza a la Eurídice órfica ante el despoblado chileno, ante la esterilidad nuestra y tan cara para él, que siempre debió guardar respetos y gratitudes, siempre debió ocultarse para cantar, porque tenía un mundo del cual dependía.

Neruda si bien es popular, partió siendo un nostálgico, un poeta de clase media que debió encantar serpientes y someterse a medias inteligentemente, hasta que es cortejado por otro poder, el partido comunista, que le sirve de alero, y cuenta con el respaldo mundial en boga, donde supo instalarse pacientemente y luchar desde una trinchera institucional, es decir, el mismo camino de Mistral, nada más que cambió a la iglesia por el Partido.

Los otros poetas han sido de la burguesía y han cantado sus conservadurismos tardíos. Naftalina en los sentimientos. Y los anarquistas siempre fueron estériles y marginales, también derrotados, esteticistas y líricos, o radicales ilustrados, patriotas de glorias dominicales o del día de la bandera, de la patria chica, de la patria que miraba a Francia, a Europa, a los grandes y no llegó a asemejarse propiamente tampoco, a pesar de todos sus esfuerzos y de su tolerancia mal entendida, siempre la medianía, lo posible, lo racional, lo legal, lo cívico, el progreso del pueblo y de la clase media, ricos de pensamiento, ilustrados pero sin romper con la tradición venida desde afuera, del gran mundo.

En fin, a Chile le falta aire, por eso somos tan grises, empolvados, por los caminos, por la monotonía campesina, por el asombro de las ciudades a las que vamos llenos de sueños sin alcanzar la gloria nunca.

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