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Publicado: Lunes, 10 de noviembre de 2014

Poemas de álvaro Ruiz Fernández


Poema de la gruta

Heme aquí en la gélida gruta
donde el sol es la puerta
que alumbra los primeros escalones
que descienden a este suelo de piedra
donde el primer hombre bendice al último
en la oscuridad que antecede a la luz.

Me alimento de filtraciones y musgos incoloros
y recorro el universo palpando los muros
que llevan a otras situaciones primeras
como el de la mujer deseando subir
los peldaños que llevan al horizonte
curvo de la vida y la recolección.

Yo he querido guarecerme abajo
grabando las primeras escenas del hombre
sobre las rocas de este altar
con tintes de sangre y sacrificios violentos
de hombres que alzaron el vaho
hacia el cielo de una noche sin astros.

De una noche en los bosques oscuros
donde los troncos del alma suben al cielo
mucho antes de que Prometeo nos diese el fuego
que iluminó los rostros y alejó las sombras
de nuestra auténtica superstición que era
un dios oculto y vengador.

Encendí antorchas en cada cueva
y en la original enfermedad de seguir a la mujer
subí a la pradera y depredé a mi alrededor
de todos los metales fabriqué distintos cuchillos
los que utilicé en el degüello de animales
con cuyas pieles me cubrí.

Todo lo restante lo dice el entierro del pasado
voces de otros hombres que vieron el sol
que sumaron, adoraron y murieron
largándose en una barca aritméticamente abstracta
hacia el centro de la memoria
en un régimen axiomático gobernado por las dudas

que por antonomasia son exactas
ya que la regla elude la confirmación
y el universo que es trastorno continuo
alumbra indistintamente la luminosa realidad
de una deducción a la velocidad de la luz
ausente en los prados inmediatos del color.


Monterrey

Este es el Monterrey de los soles inmensos
Agujas de fuego caen desde el cielo
Traspasan al hombre de las veredas
En un mar de ondas calóricas
Líneas tenues que reverberan desde el pavimento
Y suben al cerebro distorsionando el paisaje
Que son cerros metálicos o espejos desérticos
Donde uno puede observar los hornos de una fundición
En una niebla de vapores que nada envidia a los infiernos
De ser traslación detenida
Sobre el eje de la demencia que otorgan los grados.

El sol está en lo alto como un águila sobrevolando en círculos
Gira sobre la ciudad y sobre las cabezas alucinadas
Por fiebres ardientes de sol en las sienes
Sienes que envían señales de fuego al cerebro astro de dos hemisferios
En uno hierven recuerdos y en el otro se evapora el presente
Y ambos síntomas los toma el sol para sí
Ya cual dios insatisfecho
Que propugna un calor que quema la tristeza
Así sana al hombre y lo enloquece
Con quimeras, espejismos y horizontes que no existen.

Entonces la realidad se revierte
Se transforma en imaginaria
Y la línea entre ambos conceptos desaparece
Dame una sol para ceñirme una corona
Dame ambas cervezas para aliviar la sed
De éste sol que es real
Como el vuelo de aquellos barcos imaginarios.

Los caminantes bajo el sol hablan espontáneamente
Dicen a primeras verdad o mentira
¡Qué importa!
Las palabras tienen connotaciones inmediatas
No hay tiempo bajo el sol
Las sombras nos esperan
No malgastemos los minutos
Cuando las agujas de fuego caen desde el cielo
Sin piedad sobre la piel bronceada por los días
Bajo el sol implacable de éste calendario detenido
Horas después del mediodía.

En las noches sin luna aúllan los coyotes
Porque el sol se ha marchado hasta de su espejo
No está en ninguna parte
Entonces los coyotes lloran y lamentan
La ausencia del sol
Y la hora de Greenwich calla
Cuándo sólo se oye el viperino silbido
De las cascabeles arrastrando la infamia
De una noche sin luna.

Bajo las brasas del sol
Transpiran los cuerpos de hombres y mujeres imantados
Donde el salino y fosforescente sudor
Despierta en ellos la lascivia salvaje de la copulación
Se unen las lenguas y las salivas
Cómo una planta que se abre bajo el sol
Llena de secreciones y transparentes microcosmos
Donde pequeños planetas danzan alrededor de otro sol.

Es así el sol de Monterrey
Sus agujas de fuego
Atravesando las sienes de sus habitantes
Afiebradas realidades a orillas del río Santa Catarina
Que más que agua muchas veces trajo sueños
En el paisaje del cactus y de la piedra
Al norte, siempre al norte de la realidad.


A Emile Cioran

La idea es neutra
y en ella proyecto mis fantasmas y sus demencias.
Impuro soy, lejos del sol,
así camino por el frío sendero de la lógica
a la epilepsia que tiembla en el corazón.
Sangrienta farsa ésta de idolatrarme por instinto,
soñando un cruel desfile de falsos absolutos,
vil espíritu mío
y también tuyo desgraciado lector.
Aferrado a todas las religiones,
simulacros de dioses,
me prosterno ante lo improbable
otorgando certeza al mito y la leyenda.
Entonces, sin pasado ni futuro,
incrédulo y perdido de oriente,
con el dolor original tomando por asalto el tórax,
cuando el aire apenas entra a los pulmones,
llamo al Doctor Stranz para que de urgencia me sane
con la clara luz de Emile Cioran.


Nunca más seremos los mismos
Al pintor Bruno Tardito

Nunca más seremos los mismos
Que ayer bostezaban bajo los árboles de la vía dolorosa
Boquiabiertos ante el sol que se marchaba a alumbrar el
Oriente de los sueños dorados
Los golpes crueles del destino
Bajo la sombra de un ombú
En el bosque de los encantos
Encantos como el de la flor de lis deshojada por los silfos
O la luz arriba atravesando el follaje oro verde
De las copas vacías de bacanales fiestas y alegrías
Con una carga de delirio original
En el revertido bosque de los espantos
En una tela que es una ventana abierta
A los hechos simbólicos de estar vivos
Con ojos que se abren y se vuelven paisajes
De la tierra que secretamente nos vio nacer
Allá en las antípodas del buen año 1953.


Malcolm Lowry

Los dioses duermen en el barranco
donde creé unos infiernos contrapuestos a los volcanes
Popocatepetl e Ixtaccihualtl
cuando mi vida era un campanario al amanecer
rogando a la Virgen de la Soledad
que es patrona de la ciudad de Oaxaca
la concesión del beneficio de la realidad
lejos de las cigarras y del doloroso misterio de la imaginación.


Tehuantepec

Bajo los sones de los músicos
Y sus instrumentos salvajes
De viento y golpes de percusión
Un grupo de mujeres
Con coloridas vestimentas y flores en sus cabezas
Danzan en Juchitán de Zaragoza
Geográfica cintura mesoamericana
En pleno istmo de Tehuantepec
Y la brisa que une a los océanos
Quedamente levanta sus vestidos
Al compás cadencioso
De un ritmo en las caderas
Con fulgor en los ojos
Y blancos dientes perfectos.

La música, arrítmica, corta y divide el tiempo
En dos, en tres, en cuatro
Bajo los sones de los músicos
Y sus instrumentos salvajes.


Cerro La Silla

Pasará la estación
El viento frío del desierto
En una ciudad donde el horizonte
Es un alto cerro con forma de hendidura radical.

Por ella pasan las estaciones
Los días, las horas
La voluntad y los ojos
Que determinan la observación.

Aún silban los carteros
Que traen cartas de las antípodas
Y dicen que aún las aman
Mujeres del desierto.

Por las calles ahítas de sol
Reverbera la exactitud
De salir resueltos
A buscar aquello que no existe.

En lo alto del cerro La Silla
Pasan veloces trenes imaginarios
A Guadalupe, Santa Catarina y Escobedo
Bordeando el pedregoso valle de la sequedad.

De sol enfermo y judaico
Soportando la adversidad
De los grados en las sienes
Y en las blancas camisas del sudor.


Alumbramiento

Estas son las horas oaxaqueñas
en que el sol alumbra todo aquello que extravié
a través del pétreo e iluminado agujero
cálculo del calendario zapoteco
que vertiginoso y en fracciones de segundo y memoria
refleja al hombre en la arena de los espejos
y retorna a los cielos abiertos a la velocidad de la luz.

Estas son las horas cercanas al equinoccio
en que es más simple decir
que todo lo que extravié
en la oscura torre del observatorio
es un segundo en la memoria
ante los espejos de los cielos
en idéntica velocidad.

Margot María Stangel

Es un barco varado en las costas inmediatas de Coquimbo
Que cortó amarras una noche de marejadas
Está levemente inclinado hacia el sur, a babor
Vino de otros mares lejanos turquesas
A una enorme descarga de arroz
En un puerto cuyos habitantes observan desde lo alto
Las negras grúas ancladas
Cerca de unas rocas llenas de albatros y cochayuyos
El Margot María Stangel que nunca tuvo amor
Que recién pausaba los sonidos del desembarco
Ya puestos los sacos ante Aduanas de Chile
Cortó las trenzas de acero cuando el cielo era negro
Y el viento rasgaba con furia su bandera de popa
Hacia un naufragio en los hondos contrarios
A las blancas crestas de las olas
De un surazo recién surgido
Tras las nubes que eran uñas en un paisaje de terror.


Estructuración

Si yo aprendiera a pronunciar tu nombre
Sentiría la fortaleza de la voluntad en los ojos del ganso
Atravesaría el follaje incólume
Que lleva al murmullo de las aguas que corren
En este delta que traza y divide en dos, en tres, en cinco
Los ignotos territorios que súbitos registran
La sinestesia del hálito, el sol y un nuevo sentido
Como el del corazón en el cerebro
Y el vigor de la voluntad en los ojos del ganso.

El árbol de la soledad crece en un paraje abandonado de la suerte de la fertilidad
Al poeta Jonás

Ahí está el árbol
no lo toquéis
ahí está el hombre
con ramas bajo el sol
y sombras que lo cruzan
como una cebra salvaje
que galopa perdida
hacia el horizonte de la infamia.
Mentiremos con los ojos cerrados
y en la oscuridad diremos
que en el cielo no había estrellas
ni hombres ni árboles en la tierra.


El reverso de la moneda

Heme aquí en los Bajos Fondos
En un puerto de miedo y festín
De filudos cuchillos y dulces bondades
De encajes negros y perversidad
De atardeceres, pájaros marinos y luz que se va.

Los poetas tienen algo de bandoleros
Disparan al corazón y a la bolsa
Y guardan a un costado del talento
El sentido de sus afanes.

En otro tiempo fueron expulsados de la República
Por cargos de corrupción, vagancia y locura
Por sabotear el orden de las cosas naturales
Y oponerse a la vara con la cual serían medidos.


Domingo quince

Desapareciste en un avión por los cielos
En dirección contraria al arribo
Cuando el día sin nubes languidecía
Por el sol en el mar hacia oriente
Y solo en el aeropuerto diminuto
Caí en razón de que era un hombre tardío
Las colinas estaban cerca
Tal cual el rocío sobre la piedra caída
En el plexo, que es sol de amanecida.

La piedra era suave y simple
Un recuerdo de quizás qué tiempo
Con un centro y cuatro alas cardinales
Estupefacto intenté volar hacia un nuevo estadio
Y caí en el círculo central del Sánchez Rumoroso de Coquimbo
Que gracias no sé a qué dioses
Tenía sus torres de luces encendidas
Entonces esa narcótica luz vino a mí
Me embriagó y me sustraje
Para despertar en una cama de tablas
A orillas de la quieta bahía.

Con una extraña fuerza abrí los ojos
Que eran los mismos que habían visto la vida
En fiebres de vuelos y quebradas líneas
Ojos que eran enormes y que estaban puestos
Sobre el extremo derecho del horizonte
Norte, noroeste, un norte cercano trazaban las gaviotas
Que en regias bandadas sobrevolaban las australes costas del Océano Pacífico
Siguiendo la fría ascensión de la corriente de Humboldt
En una barca que desde este puerto del sur
Hacia la capital del virreinato navegaba
Y como el viento que atraviesa las quenas
Llamaba a todas voces Lima.

Navega marinero hacia el azul oscuro de las aguas
Entre cardúmenes de peces distintos
Con Eolo a tus espaldas
Protector y otorgando la desquiciada deidad de los océanos
Sin sirenas y con un viejo astrolabio
Entre las pardas y curvas olas del mar
De noche y arribando al puerto del Callao.

Entonces en Lima
Una niebla todo lo cubrió
Mi mal tenía los labios pintados de nada
Eran los labios de aquella belleza que es súbita
Sin otros colores
Sobre una hilera de blancos dientes
Que traía la nieve y el abedul a la memoria.

Como un golpe de rayo en las neuronas
Retrocedí al siglo doce y en lengua quechua
Le pedí al lago Titicaca
Que espejeara y aumentase el tamaño
De los astros en la bóveda
Para que sus luces iluminaran por siempre
Las oscuras fronteras de los países.

Recuerdo que en alta mar lancé un mensaje en una botella
Donde se leía lo que Malcolm Lowry en Oaxaca
Rogaba ebrio a su patrona la Virgen de la Soledad:

Señora mía, haz de lo imaginario una realidad.


Canción africana

Cantemos y bailemos
Cantemos y bailemos hasta tarde
Cantemos y bailemos hasta la muerte
Hasta cuando el sol se marche
A encender la aurora de la opuesta faz
Entonces bajo la menguante luna
Nuevamente danzaremos alzando la mirada
Que tendrá estrellas al amanecer.

Cantemos y bailemos
Ante el sol otra vez
En sus destellos neurológicos
Con estrellas en los ojos al amanecer.

Canción de ronda.
A Francisca Manuela Ruiz Illanes

Dos aceitunas de Azapa tienes en los ojos
negros como el carbón
Francisca franciscana
llevas el Ruiz del ruiseñor
y unas alas batientes que te elevan
sobre los castaños que siempre estarán en flor.
Dos aceitunas de Azapa tienes en los ojos
negros como el carbón
dos largos túneles que conectan
al centro de tu corazón.


Fototropismo.

Crece el brote y se arrastra
Sin sol en la quebrada
Se extiende y no hay cielo
Hasta el rayo de luz que lo levanta.


De Un hombre solo en una casa sola
A Jorge Teillier

No fuimos capaces de incendiar la casa
Reducirla a cenizas
E irnos a los bosques
Sin miedo
Tarareando viejas canciones irlandesas
Como aquella del marinero borracho
Shanties extraídos de viejos cancioneros celtas
Por los caminos polvorientos del estío
Por alamedas que llevaban a la plaza del pueblo
Donde las muchachas pretendían tu corazón de alondra
Ahora cubierto por un frío bolsillo depositario
De estampas y angelicales medallas protectoras
En un bar de madera en el centro de Santiago
Con la misma canción aquella en el oído
¡Qué vamos a hacer con el marinero borracho!
Cruzando los brazos sobre la mesa de un otoño en la ventana
Con toda la oblicuidad de la luz en el rostro.


Canción del marinero borracho.

Hacia la izquierda salió el sol entonces:
del mismo mar surgía.
Y brilló con luz viva y luego, hacia la diestra,
en el mar volvió a hundirse.
Coleridge.

De la vieja canción irlandesa ¡qué vamos a hacer con el marinero borracho!
Este es el último barco en cruzar la quieta bahía
Sin niebla
Cuando la cárdena luz que alumbra al hemisferio
Se marcha más allá del horizonte
En un barco a vapor, sin lista de tripulación,
Con el marinero capitán de pie sobre la cubierta
Comprobando a simple oteo si aún existen las sirenas que vio Ulises
¡Nada, nada! sólo olas esmeraldas mi capitán
Grita el más sobrio de los marineros
Que tenía los ojos propios
De un náufrago a la deriva
Aferrado a un mástil lleno de sal
Y algas que comían con los peces pescados
Que atravesaban con la lanza del hambre
Y del mar inmenso e ingobernable.

¡Qué vamos a hacer con el marinero borracho!
Cantaba la tripulación entre sorbos de destilados
Resueltos y con la proa contra las olas del west
Sobre las aguas donde las corrientes se unen y salta la albacora
Frente a Chile, mar adentro, en el Pacífico sur,
Albacoras espadas en ristre frente al arpón
Que de roja sangre tiñen el agua y la embarcación
Desechando ellos, los marineros, la espada que queda
Con el sello de la quiebra y la mala fortuna
Por la lucha y los códigos de navegación
En la sangre que corre por las venas con soñada muerte y alcohol
Regresando a puerto inquietos y salvajes de otra sed
Con mujeres hermoseadas que esperan y mienten
Apenas los valientes se echan a la mar
Tal cual en otros puertos otros ojos
Ven al mundo por primera vez.

¡Qué vamos a hacer con el marinero borracho!
Que otra vez zarpa sin autorización
De la Gobernación Marítima de este Estado hacia la línea
Distante ocho kilómetros del ojo al horizonte
Donde los hijos de la puesta de sol mueren de amor
Y crecidos ya cual arbustos salinos
Bajo el sol espléndido y oblicuo de su luz al atardecer
Miran hacia la caverna de los zorros
En las praderas ocres a espaldas del mar
Y juran a la eternidad de las olas
Un amor como el de Dafnis y Cloe
Pastoreando sus voluntades de hierba nueva
Lejos de la rompiente y de los muelles del puerto
Como sueña el vigía de esta nave que atraviesa
El golfo de sus propias penas marinas
Siempre pensando en la bebida y en la tempestuosa furia de las aguas
En su inolvidable travesía por el convulso Estrecho de Magallanes.

¡Qué vamos a hacer con el marinero borracho!
¡Los Andes, Los Andes! gritan los infames mientras recogen
A orillas de la gran madre oceánica
Moluscos desde antes depositados por la marea
En los cerros fósiles que fueron una vez bajo el mar
Metros arriba del nivel que hoy ocupa
Donde bebíamos todo el día y moríamos
Con el plexo hacia el sol
Heredando a la descendencia todo aquello
Que insiste en quimeras, navegaciones
Y mares que no existen
La leyenda, mientras respiro en un puerto subtropical
Donde los que llegan ya se van
Hacia los cerros de la infamia
Para desde lo alto observar los barcos y oír la voz de
¡Qué haremos con el marinero borracho!
Aquel que cantaba canciones irlandesas
Sin movernos de nuestras mesas en el bar.

¡Qué vamos a hacer con el marinero borracho!
Ahora con su barca cruzando Gibraltar
Recordando que la tierra fue plana
Que las aguas no caen al Hades
Vociferando no teman caballeros andantes
Que todo es más justo allá
Con la mirada curva puesta en el norte del Brasil
Donde el sol diviniza a la selva
Y el hombre se rige con la sabiduría cosmogónica
Del bien morir, como las estrellas que se apagan
Plenas de vida y oscuridad
Alumbrando la memoria de quien navegó
Y circunnavegó las bucaneras islas de la caña y el ron
Con la voluntad y valentía propia
De este hombre de mar en sus últimos instantes
Que quedo murmura aquella vieja canción que dice
¡Qué vamos a hacer con el marinero borracho!


¡Que haremos con él!
Anciano delirante que oteas el horizonte desde las rocas lisas del puerto
Todo es mentira o imaginación
Viejo, solo, pobre y enfermo
Con una rama de cochayuyos en las manos temblorosas
Preparando el espinel inmediato de los días
Triste, solitario y final
Elevando los susurros a alguien que no vemos
Y que de muy cerca habláis detrás de la niebla
De la vaguada costera lejos del sol
Que sintetiza el fenómeno neurológico
De ser una pestaña en el ojo del horizonte
Que trae barcos y especias de otros continentes
Con la nostalgia y el recuerdo nítido
De un amor en las sombras del corazón
Una línea negra que lo parte en dos.

¡Que vamos a hacer con el marinero borracho!
Aquel que se fue con un pañuelo blanco en el alma
Hacia un cielo que sí existe
En el agnosticismo de la voluntad
Un lugar señalado y varias veces antes señalado
En la historia simple de los hechos
Una luz, un relámpago, una luciérnaga
Contra la evidencia de ser
Estampado en el petroglifo de la memoria original
Que recuerda elementos que existieron
Y que volverán a existir mediante el ojo y el buen corazón.


Nunca fui a ninguna parte

Nunca fui a ninguna parte
Ni siquiera a la esquina
Siempre me quedé en mi mismo
Mirando lo que no existía
Y así fui sumando los árboles
De la arboleda
Que eran apenas menos de cien.


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álvaro Ruiz Fernández
Poeta chileno - canadiense
Ottawa. Canadá (1953).

Libros publicados:
- Dieciocho Poemas. Santiago, 1977.
- A orillas del canal. Santiago, 1982.
- Es tu cielo azulado. Santiago, 1989.
- Casa de barro. Santiago, 1991.
- La virgen de los tajos. Plaquette. Editorial del Instituto Oaxaqueño
de las Culturas. Oaxaca, México, 1995.
- La virgen de los tajos. Versión completa. Mosquito Editores. Santiago, 2001.
- Poemas del Sol. Ediciones de la Ilustre Municipalidad de La Serena. La Serena, 2007

Antologías:
- Nueva York 11. Poesía chilena. Editorial Galinost. Santiago, 1987.
- Cartas al azar. Ediciones Ergo Sum. Santiago, 1990.
- Muestra de Literatura Chilena. Congreso Internacional de Escritores Juntémonos en Chile. SECH/PRED. Santiago, 1992.
- Veinticinco años de Poesía Chilena. Editorial Fondo de Cultura Económica. Santiago, 1996.
- Viven. Periplo de los poetas de Chile. Ril Editores y Consejo Nacional del Libro y la Lectura. Santiago, 2002.
- Vagabundos de la nada. Editorial Caligrafía Azul. Libros La Calabaza del Diablo, Santiago 2003.
- Poesía Chilena Desclasificada. Editorial étnica. Santiago, 2006.

Presentación: Aristóteles España

Preguntas, sugerencias y colaboraciones enviar al correo-e:     pcnetinfo@panoramacultural.net