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Publicado: Martes, 14 de octubre de 2003

Viaje de la memoria

(Por esta calle a lo largo, ayayay!)


Allá por Santiago de Nueva Extremadura en mis buenos tiempos, que por cierto no eran míos ni tampoco eran muy buenos. Bajábamos o subíamos nosotros, muchachos, por la calle Recoleta o su vecina Independencia. Largas avenidas desplegadas a través de barrios con estadios, hospitales y camposantos; un recorrido como vemos cargado de emociones cuya recta final y dependiendo de las circunstancias, podían conducirlo a uno al General o al Católico, dos importantes cementerios que otorgaban un prestigio mortal a esa parte de la ciudad. Sólo unas cuantas cuadras hacia el norte se ubicaba otro recinto del descanso definitivo, mucho más pequeño y menos frecuentado: el Cementerio Israelita. Distintas instituciones, no menos interesantes en este recorrido tales como el Hipódromo Chile o la Tia Carlina entre otras, completaban el mosaico de las fuerzas vivas.

Nosotros los jóvenes, desafiábamos al verano en la piscina Monserrat o en la Ponderosa de Colina o en otras aguas más lejanas siempre y cuando nuestra frágil economía respondiera a tan refrescantes planes. Caso contrario, había que hablar con doña resignación y salir a caminar como si nada o inventar algún paseo por parques y plazas, propiedad de barcos maniceros y fotógrafos decimonónicos. Especies que hoy seguramente se encuentran en estado de extinción. Otra alternativa, y sin duda la más entrañable, era la reunión con los amigos bajo la sombra hospitalaria de algún patio, recreando el tiempo a base de sueños y códigos afines, canciones y más canciones y la alegría de estar juntos.

Por otra parte, la estación de los fríos y las lluvias podía volverse a ratos encantadoramente cálida si nos agrupaba en torno a una mesa con sopaipillas, mientras los vulnerables zapatos se reponían de su odisea por barriales y calles como ríos; o bien cuando dejábamos afuera las angustias enfrentadas a los embates diluvianos para reir amparados por el hogar-fortaleza donde la estufa o el brasero encendido se parecían a la felicidad.

Todo esto ocurría antes o después del llamado a los cuarteles repartidos a lo largo y ancho de la geografía. El No. 1 Buin era el vecino más próximo para dar el paso por esta prueba que nos intranquilizaba enormemente. La certeza en un programa de vida por un porvenir responsable y ordenado se entendía de diferentes maneras. Nosotros pertenecíamos al laboratorio de la incertidumbre. Aún así ciertas dudas ya estaban despejadas, por ejemplo, de los regimientos se salía más hombrecito. Disciplina y zapatos estrictamente lustrados; la caída del pantalón rígidamente planchado debía ser la de un hombre adulto listo para la patria, y no la de un mocoso soñoliento y en muchos casos metido a rebelde más encima.

Tanto los que salieron luego de haber cumplido lo más patriotamente posible esa ciudadana obligación, y los que no entraron ni por asomo a manipular armas o a meter la cabeza en un casco, cual más cual menos empezábamos a caminar trazando líneas e interrogantes, mientras sobre-vivíamos la realidad con más imaginación que recursos.
En fin, andábamos a la espera de algo que probablemente se llamaba futuro. Hermosa palabra porque alimentaba la esperanza, y que hasta el momento a pesar de su belleza continúa siendo tan inefable y misteriosa como antes.

Nuestras estupendas avenidas iniciaban su movimiento muy perfumadas por los penetrantes olores de la Vega Central y escoltadas por la cercana presencia del San Cristóbal. Desde su cumbre la Virgen vigilaba nuestros desplazamientos a diversos puntos de la ciudad. Pero siempre volvíamos a las imágenes familiares, las esquinas, el casero de las verduras o la panadería; la botica o el Quitapenas, lugares indispensables para resolver necesidades puntuales. Los dominios del populoso comercio, que nosotros sorteábamos presurosos en busca de algún taca-taca abierto a todas horas.

Y mucho tiempo antes, en la entrada de los años juveniles, nos congregábamos en el Delicias, en la esquina de Recoleta con Avenida México, donde negociábamos una bilz o una papaya y de ahí montados en el wurlitzer partíamos en vuelo junto a Johnny Preston, The Diamonds o Dean Reed. En la acera del frente se imponía el prestigioso Salón de té Las Cachas Grandes para las familias del domingo, con helados y pasteles.

Por esas calles, subir o bajar dependía del transeúnte. Si primaban hábitos cartográficos entonces desde el río Mapocho hacia el norte se subía porque así lo determina ese punto cardinal. De otro modo si la misma ruta se realizaba en bicicleta entonces se bajaba, y a una velocidad digna del Tour de Francia, eso sí más peligrosa por la gran cantidad de micros, carretones, motonetas y camiones participantes en la carrera.

La capital se expandía atiborrada por todos lados con su arrogante y absurdo centralismo, problema irresoluble para los expertos en el progreso. Las pretenciones modernistas sucumbían ante el crecimiento demográfico y ante la copiosa, pero imparable concurrencia provinciana que establecía el atraso y la pobreza en las nuevas poblaciones. Poco se ha logrado avanzar en un territorio manejado por la sempiterna propaganda y culturalmente más inclinado al maquillaje y las apariencias que a la real solución de los problemas. Al margen de la gran mayoría, el orden y la belleza disponían sus límites celosamente protegidos. La gente linda era cada vez más linda, puesto que el sector de la gente fea era cada vez más feo y más extenso, sin ninguna oportunidad de competir en el bello mercado de la dignidad y el bienestar. El culto a la fachada cobraba un precio triste y doloroso a los que carecían de medios para cultivarla.

Eran los tiempos de la guerra fría. Una guerra con tanto hielo que amenazaba quemar los sueños de paz y desarrollo, tirando a la basura el planeta entero. Sin embargo la esperanza se imponía porfiadamente y si acomodábamos el puzzle de manera aceptable, también quedaba lugar para otras cosas. Por ejemplo, a estas alturas del camino, el romance corría por cuenta de Adamo y Cia., puesto que don Javier Solís ya era un clásico responsable de palabras mayores. El amor a ultranza, regado con sangre y fuego, no tenía mucha correspondencia con jovencitos amantes de las flores y el pelo largo, cuyas diabólicas reivindicaciones como el amor libre, o el aborto y el divorcio en los mayorcitos, escandalizaban a la honorable moral del sistema, que ha persistido hasta nuestros días en mantener el atraso y la mediocridad en ese país compuesto a su vez de tanta nostalgia y cosas mejores.

Eran tiempos de aventuras. Nosotros nos lanzamos un día a la carretera saliendo por Huechuraba desde donde venía según un texto colonial el llamado Camino de Chile. Nuestro rumbo era el Norte Chico. Iniciamos la ruta con un precario equipaje y abrazados a nuestra inseparable guitarra en el intento de que algún vehículo nos recogiera; de ese modo y con la inestimable colaboración de camiones y ambulancias conseguimos llegar a nuestra meta, no sin haber vivido las más variadas tribulaciones. En el puerto de Coquimbo recalamos en la panadería de un griego afable y solidario afincado hacía largo rato en ese clima tan parecido a sus islas del mar Egeo. Como es de imaginar el comistrajo de pan fue apoteósico. También recorrimos la hermosa ciudad de La Serena y sus alrededores, siempre a las espectativas de una u otra cosa, pero el poderoso caballero don dinero que es el que rige y decide casi todo nos anunciaba que debíamos volver por donde habíamos venido. Las energías físicas y creativas empezaban a extinguirse y ya en pleno regreso, justo cuando consumíamos la última cuota de pan con queso de cabra, surgía por arte de magia algo extraordinario para rematar la aventura como se merece. En una hostería que marcaba el desvío hacia las termas de Socos, nos invitaba un yugoslavo a que animáramos la cena de esa noche con las clásicas canciones del repertorio latinoamericanao. Claro que como lo primero es lo primero, había que reponer las fuerzas, así es que nuestro número de apertura consistió en saborear un buen plato acompañado de un Planella tinto envuelto en celofán. Luego cantamos como nunca, dichosos y emocionados, casi lloramos.

Y mucho antes, en el centro de los años infantiles, la aventura era ese mundo extraño que bullía fuera del hogar-refugio. Ir de paseo a las lagunas del parque Cousiño o la Quinta Normal significaban una extraordinaria experiencia, sobre todo cuando en esa larga y angosta franja a orillas del Pacífico, acudir a la costa era una empresa costosa y llena de sacrificios, especialmente para los habitantes de ciudades cercanas a la Cordillera de los Andes, como los capitalinos. Con el tiempo comprobaríamos la carencia de facilidades que existían para los más desfavorecidos de visitar ese mar que tranquilo te baña, tan orgullosamente cantado los días lunes mientras se izaba el pabellón patrio en las escuelitas públicas.

Más a mano estaba el zoológico con sus maravillosos moradores y ese funicular de madera que nos transportaba directo a la cima o la Plaza de Armas con el orfeón dominical, donde se producía el deslumbrante encuentro de la música con los vendedores de barquillo. Y en el programa de las alucinaciones estaba Septiembre, un mes ligado directamente al sentimiento colectivo, a tal extremo que las radioemisoras sufrían un bullicioso ataque de amor a las tradiciones folclóricas y llegaban a temblar tocando cuecas. Nosotros guardábamos el trompo y las bolitas porque había llegado la hora de asistir a la consagración de la primavera, que desde el cielo animarían los volantines. Todos los juegos se paralizaban a fin de participar plenamente en esta fiesta aérea donde el viento jugaba un papel fundamental.

Subir o bajar sería un ejercicio permanente a lo largo de nuestra vida.
Y aquí vamos por otros caminos, otras formas, pero con el mismo fondo. Entre religiones y culturas de todo el orbe. Entre la televisión y los recuerdos. Entre toneladas de empanadas y la añoranza de los granados con mazamorra. Entre los clubes de fútbol y el merengue de las peñas. Entre los guettos de la periferia y los triunfadores (según la notable observación de un inmigrante, intelectual y chileno). La casi totalidad de la colonia de arriba para abajo y viceversa. Claro que viviendo por acá no podría ser de otra manera, puesto que nos encontramos a un paso del Artico, es decir no hay salud para tanto frío, que aquí más bien es sinónimo de soledad. Muchos extranjeros arrimados a estas tierras se van transformando poco a poco en auténticos pingüinos. Aburridos y silenciosos.
Motivo que también mueve a cientos de nativos (los más audaces) a mirar otros mundos y así pegarse el viajecito anual a diversas zonas turísticas, especialmente del Mediterráneo para tomar sol a destajo, claro que algunos exageran y toman más de la cuenta porque regresan más colorados que una frutilla en vino tinto.

A pesar de verse a si mismo como una sociedad altamente desarrollada y en consecuencia rebosante de esplendor, miles de personas viven solitarias buscando desesperadas alguna compañia, debido a que la atomizada familia solo vive unida cuando los hijos son pequeños, luego ya cada uno va por su lado sin mucho contacto entre las partes. Dueños de una hermosa y bien custodiada naturaleza, no escatiman derroches de primer mundo único y privilegiado. Las nuevas generaciones bajo la enseñanza de la inmadurez y el consumismo avanzan con paso seguro e indiferente a ninguna parte; pero el exacerbado sentimiento nacionalista y la propaganda chauvinista se encargan de retocar y mantener la seguridad del modelito. En fin, aquí no hay cabida para los extremos sean del color que sean, en este nórdico reino todo debe ser moderado y sobrio, o como ellos expresan en su propia lengua: lagom.

Dicen que todo tiempo pasado fue mejor. Sentencia que todavía no logra ser aprobada definitivamente, pues por esas calles de Dios han pasado innumerables hechos, pero algunos, talvez los más necesarios pasaron de largo, apenas rozando nuestras inquietudes.
-Así es la vida- Brillante y resignada conclusión de uso corriente en todos los idiomas del género humano. Y especialmente indicada para avalar la sempiterna ley de los altibajos que sigue ordenando nuestros actos; matizados de tarde en tarde por el fenómeno de lo claroscuro, lo que al final nos deja donde mismo.

Cada día que pasa quedan menos dudas. Mientras la cultura tecnológica y tecnócrata crece que es un gusto, el planeta desciende en sus recursos naturales y humanos. Ya podemos adivinar a donde llegaremos. Esa festiva y antigua canción se equivoca; no habrá comida para todos los animales, por mucho que los verdes se pongan rojos protestando por el sabor agridulce del nuevo milenio que se nos viene encima.


Marcelo Aynol.
Santiago - Chile. Publicación dispersa.
Reside en Estocolmo, Suecia, desde 1979.

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