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Publicado: Martes, 06 de noviembre de 2007

Selección de poemas de Jorge Enrique Adoum

"Informe Personal Sobre la Situación"


Jorge Enrique Adoum (Ambato, 29 de junio de 1926 - Quito, 3 de julio de 2009).

Fue un escritor, político, ensayista y diplomático ecuatoriano. Hijo del también escritor de temas ocultistas y esotéricos Jorge Adoum (Mago Jefa), nacido en el Libano y emigrado a América Latina. Entre sus mayores y más conocidos éxitos se encuentra la novela Entre Marx y una mujer desnuda, publicada en 1976. Dicha novela fue llevada al cine en 1996 por el realizador ecuatoriano Camilo Luzuriaga. Su obra siempre ha tratado temas sociales y por ella fue nominado al Premio Cervantes.

BIENVENIDA A DESHORA

No te esperaba, bruma, y vienes sin decirme
y entras con ella, la empujas tras su lágrima.

No te maté, niebla tuya de ti,
nimbo con que te rodeas:
te me fuiste acabando de familiares
contraseñas y ajenos cinturones,
te ibas yendo de tal vez en tal vez,
perezoso ese irte, y no pudimos
ver tu cadera salir de mi costado,
amontonar olvido contra la ventana
en que solía esperar, como si nada,
mañana, el año venidero, el algún día,
pero es duro estar de pie toda la vida
y nos apuntalábamos los pechos, las rodillas,
cuando todos los ojalases tambaleaban,
y es duro recordar, quehacer
de quien espera cartas y no cuerpos,
y yo quiero el olor que la noche dejaba
escapar de alcoholes melancólicos,
y es duro en la mañana reponerse los ojos
y ver los días como una sola estatua
injusta, y ver desmantelado y viudo
y qué desmemoriado el traje,
y que juntas sobre el sexo las manos,
guantes de menta, que me habían acogido,
y como te regresas de repente
a la acabada, a la dormida ausencia
de quien ninguna ocupación tiene conmigo,
como si no lloviera, como si no pudiéramos
desencruelecernos, reconsiderarnos, rehacer
de nuevo con paciencia los entonces
y estar otravezmente comenzando.


EN EL PRINCIPIO ERA EL VERBO

te número te teléfono aburrido
te direcciono (callo caso y escalero)
y habitacionada ya te lámparo te suelo
te vaso te enfósforo te libro
te disco te destoco te desvisto desoído
te camo te almohado enciendo descobijo
te pelo te cadero me cinturas
nos trasvasamos labio a labio
me embotello en tu adentro
nos rehacemos te desformo me conformo
multiplicada tú yo mildividido


RECUERDO DE LA BELLA

después de añísimos de quizases talveces ojalases
no quedan sino porqués nuncamases y tampocos
ya jamasmente la ísima
ya sólo la escorpiona
parasiempremente no sida
el puro postamor casi inamor amortajado
en la subalma o la desvida
diciembremente terminado


CURRICULUM MORTIS
RECADO DE LA PESTE


312. Está en todos los periódicos, cotización
del dólar, temperatura Fahrenheit, víctimas
de cólera. (Suma y sigue, para atrás,
las últimas semanas de estos siglos solamente).
Hay estado de emergencia y si nos buscan
es porque no somos de esta podredumbre.
Es el rencor de no tener remedio, de no saber
qué verbos inventabas boca arriba cuando nos deshacíamos
sólo para rehacernos, y aceptábamos, porque éramos dos,
el desafío.
Qué difícil, en la tenacidad
de su contagio, ser la última pareja de la tierra:
aquí ambos somos asunto de muchísimas personas
que se entienden por señas, por teléfono, espían
por las puertas, descuelgan los letreros, llaman
al cuarto piso, gritan para que abandonemos
el barco en que nos salvábamos hundiéndonos
en el otro por mitades, gastándonos abrazándonos
hasta que toquen nuestros huesos nuestros huesos.
Después ya fuiste la horizontal leona quieta.
Yo estaba entregado a mi trabajo: reponerte
como una media el olvido que te quitó la noche
y la ternura que a veces no encontrabas
entre las otras tú que no te incumben.
Pero vino la carreta por ti, con caballos legales,
y te llevó, al fin contaminada, al fin caída,
oh mi loca de semen, en señora honorable
o dama muerta, y el cemento implacable
de las buenas costumbres va tapiando tus abras
y un cuervo funeral en tu memoria. Cómo puedes.
Si estuviéramos en mi país podríamos
por lo menos llorar, poner un disco, carajear
al gobierno, pero aquí no queda nadie
para darnos de reír o de beber en tu velorio.
Pero entonces la muerte ya no vale la pena.
Quizá la muerte es algo que ya pasó de moda.
(También la vida, en esta aldea griega).

ADEMáS...
EL INSTANTE DETENIDO
A Tzvetan Todorov

Cuando el marinero de Triana, con la boca entre las manos,
gritó: "¡Tierra a la vista!", y el Almirante creyó terminada su
aventura,
el astrónomo que atisbaba muchos siglos la muerte de una
estrella,
el copista a punto de encontrar la página donde estaba extra-
viado su destino,
el geómetra que tiraba los dados por calcular la superficie
exacta de la tierra,
la niña de pie en un charco para intuir cómo alguien la vería
desde abajo,
el labriego cavando el surco con los dientes por sentir junto al
labio la semilla,
la muchacha levantando insistente su falda por ver si la mujer
había ya llegado,
el zagal atareado en el crepúsculo con una cría de oveja entre
los muslos,
el poeta atónito sin saber a dónde fueron las palabras que lo
abandonaron,
la costurera que guardaba sus lágrimas hilvanándolas en el
dobladillo de su saya,
el centinela que aspiraba a guardar la alcoba de la reina porque
soñar no basta,
la tornera buscando en las sobras sílabas de conversación para
no pasar la vida sola,
el confesor a punto de envidiar la culpa de pecados que otros
le inventaban,
el soldado codicioso a cuya lujuria territorial el Papa proveía,
la tejedora que se disipaba en los ojos diseños como polvo,
como llanto, como hilachas,
el albañil frente a la pared donde había mezclado resbalones de
niño con caídas del alma,
el carcelero que no entendía por qué el preso quería salir
mientras llovía,
la parturienta expiando con el alarido enorme la culpa de esa
cita,
el recién nacido que comenzaba a morir toda la vida contán-
dose los años,
el cirujano que con un trépano quería averiguar en quién pen-
saba su señora,
el jinete midiendo el tiempo que tardaba el relincho en llegar
al nuevo mundo
y el agorero que iba a predecir esa desdicha,
suspendieron de golpe lo que cada uno hacía,
mas cuando el capitán tras la bofetada hizo que aperrearan a la
moza india
por no dejarse persuadir de conocer otro varón que su marido,
retomaron sus ocupaciones habituales en el punto
en que aquella hazaña de mar las había interrumpido.


JORGE ENRIQUE ADOUM


Nació en Ambato, Ecuador (1926). Estudió Derecho y Filosofía en la Universidad Central de Quito, y en la Universidad de Santiago de Chile. Secretario particular de Pablo Neruda, miembro del comité de Redacción de "El Correo de la UNESCO", lector de literatura en Español, Portugués y Catalán, para las ediciones Gallimard en París, periodista de la radio y televisión francesa, traductor de la ONU y la OIT en Ginebra.
En el 2005, La Casa de la Cultura Ecuatoriana editó en seis volúmenes, las obras (in) completas de Jorge Enrique Adoum: Poesía, Ensayo, Periodismo, Teatro, Testimonio, Narrativa.

En su extensa obra poética, figuran entre otros libros:
- Ecuador amargo
- Los cuadernos de la tierra
- El enemigo y la mañana
- Dios trajo la sombra
- Eldorado y las ocupaciones nocturnas
- Notas del hijo pródigo
- Relato del extranjero
- Yo me fui con tu nombre por la tierra
- Informe personal sobre la situación
- El amor desenterrado y otros poemas

En narrativa:
- Entre Marx y una mujer desnuda -texto con personajes-,
- Ciudad sin ángel,
- Los amores fugaces.

Presentación: Aristóteles España (06/11-2007)

Preguntas, sugerencias y colaboraciones enviar al correo-e:     pcnetinfo@panoramacultural.net