Buscar
PANC
Publicado: Miércoles, 26 de noviembre de 2003

Papo y los guerrilleros


El macizo colombiano (continuación)

Fue cuando volvíamos con Liza de Bogotá. Para no volver por el mismo camino de siempre, esto es, bajar de Bogotá a Ibagué, capital del Tolima, y luego atravesar la linea, una via con la más alta accidentalidad de Colombia y eso es decir muchísimo. De linea recta no tiene nada: cruzando la cordillera central uno tiene que ir siguiendo el juego del bus en las curvas y subidas, haciendo el slalom con el culo bien pegado en el asiento. Al otro lado de la linea está Armenia, capital de Quindío, zona cafetera, y luego el grande y caliente valle del Cauca, pasando por el medio de Cali. Desde Cali todavía son dos horas para llegar a Popáyo...

Como les iba diciendo, en vez de hacer eso decidimos mejor irnos por el huila, y tomamos un bus por la noche, para llegar a Neiva por la madrugada y hacer dedo hasta Popayán.
De Neiva nos levantaron rápido y nos fuimos mirando la mañana sentados en la parte de atrás de una camioneta. Todo parecía ir bien. Hasta que nos dejaron en La Plata y ahí nos tocó quedarnos esperando no sólo a alguien que nos sacara a dedo, también esperando que pasara un bus a Popáyo, pero ni siquiera eso.
Sentados a la orilla del camino tantas horas, las personas del lugar se acercaron a conversar con nosotros e incluso nos llevaron un jugo de maracuyá y un par de empanaditas rellenas de papa y arroz. Nos prestaron el baño y el teléfono mientras cada uno daba su versión de a qué horas pasaría el próximo bus y que si era el cootranshuila o el sotracauca, que no, que ese ya pasó; que no, que ese pasa a mediodía; que no, que ese se va por Belarcazar; que no, que ya viene que esperemos no más; que si tienen papeles por que los muchachos están haciendo control mas allacito de Belén; que no, que en Santa Leticia...

El comentario dicho al pasar, me hizo poner en guardia mi adrenalina y proyectarme hacia el momento en que me tocara encontrarme con los "muchachos" (de nuevo) para estar preparado, según la situación que se presentara.

Pasó el bus, el verdecito sotracauca, y nos fuimos sentando mientras el pavimento se acababa y comenzaba la vibración del camino destapado que comenzaba a subir el Macizo Colombiano. El nudo montañozo de donde nacen tres cordilleras (en realidad, es la cordillera de los Andes que se divide en tres) y cuatro importantísimos ríos en lo que se llama la Estrella Fluvial (el Caquetá, hacia la amazonía; el Patía, hacia el pacífico, y el Cauca y el Magdalena atravesando Colombia de sur a norte, hasta juntarse y desembocar en la ciénaga de Santamarta en el mar caribe). Si dicho así, como en clases de geografía, en un parrafito, alcanza a parecer interesante, visto en vivo y en directo es sencillamente bello. Pueblitos, precipicios, piedras, plantas, puentes, subiendo para alcanzar el páramo, a más de tres mil metros de altura con su niebla perpetua.

La gente iba hablando un poco del tema y ya era más que seguro que nos ibamos a encontrar con las FARC. Yo iba viendo por la ventana con los ojos, mientras mi cabeza iba poniendose en mil una situaciones diferentes, mil un diálogos posibles con los guerrilleros para llevar todo a buen término, o sea llegar a Popayán ese mismo día con Liza (una, entre mil una posibilidades). No era miedo lo que sentía. Aunque si lo sentí en un comienzo, pero no se puede tener miedo tantas horas seguidas. Era un sentimiento de ansiedad adrenalínica, como ganas de que lo que fuera a suceder sucediera ya o no sucediera nunca. Y ahí seguía el sotracauca por el camino de piedra, lento pero hacia delante, a los tirones, demasiado lento pero sin detenerse.

Llegando a Belen paró el bus y se subió un uniformado "todos abajo para una requisa". Por costumbre uno se pone a buscarle todas las insignias para ver de quién se trata...militares. Revisaron los bolsos pero no pidieron papeles. Todos arriba y siguió el viaje. Al igual que otra vez que nos encontramos con la guerrilla, los militares hacen una revisión a la salida y también a la vuelta de su zona de control, o sea, cuando el bus siguió adelante estabamos en bajo el control de las FARC.

Exactamente unos minutos más allá, paró el bus en unas casas y una joven le pidió al chofer "lleve este perro a donde están los muchachos." El perro corrió hasta el fondo del bus y sentí otra descarga de adrenalina en el estómago. El bus se llenó de tensa calma. Más allá, paró el bus para bajar al perro. En la casita de campo a mano izquierda se veían unos fusiles apoyados junto a la puerta y las botas de goma de un guerrillero sentado. Salieron otros dos y una muchacha, cada uno con su arma. Se quedaron adelante sin siquiera mirar a los pasajeros y el bus siguió en silencio.

Era como algo magnético. No podía dejar de mirarlos y en vez de pensar qué hacer cuando me preguntaran algo, me puse a pensar en las preguntas que a mí me hubiera gustado hacerles. Entramos al parque nacional Puracé, bordeando el volcán del mismo nombre, y en la cabaña de los guardaparques el bus volvió a parar y se bajaron los guerrillos. Solo entonces les vi la cara. Uno de los hombres tenía pinta y porte de comandante: serio y flaco, de bigotitos, con paso altivo y de saludo parco. El otro, hizo bajar a todos los hombres del bus. La muchacha no alcanzaba 25 años y era la menos uniformada de todos: usaba botas (todos usan botas de goma con suela amarilla) y pantalón camuflado, pero sólo una camiseta negra con un prendedor de banderita de Colombia.

Nos bajamos, yo demorandome un poco, mientras Liza me miraba desde su asiento por la ventana abierta. Dos guerrillos estaban revisando no sólo los papeles, la billetera completa la pedían. Yo elejí la fila de los que se dejaban revisar por un negro, alto y armado, pero con un poncho tejido multicolor que le restaba terror al camuflaje y una sonrisa blanca de negro que lo hacía parecer más amable. Otros guerrillos comenzaron a meter sacos de víveres en las bodegas del bus, otros conversaban y reían, otros simplemente miraban, nos miraban a todos sin expresión, quizá aburridos ya de chupar frío y agua en el páramo del Puracé, o de comer arroz con lentejas. Yo creo que nadie pasaba de los 30 años.

Cuando me tocó enfrentarme al guerrillo negro le mostré mi carné chileno y me pidió mi billetera. Comparó mi carné con mi tarjeta de la Universidad de Chile.
- "En qué trabaja usted?"
- "Soy artesano" - le dije, y me devolvió todo.
Terminaron de subir el mercado y una pareja de guerrilleros de civil se subió al bus. Viajaban a Cali. Una última parada. Antes de salir del parque, en otra casa de guardabosques otros guerrillos, también jovencitos, bajaron los víveres y seguimos, ahora para abajo mientras a la luz del atardecer se comenzaba a ver Popayán.

Eso fue todo? Eso fue todo. Tanta adrenalina y espera para nada. Tanto escribir para contarles que no pasó nada, que todas las posibilidades que me imaginé con las salidas que ya tenía preparadas quedaron pendientes.
Ahora toca prepararse para nuevas aventuras. Con Liza ya nos pusimos la fecha segura para salir de aquí, el 20 de agosto. De hoy hasta ese día, tenemos que tener todo listo para cargar nuestras mochilas.


Papo Kallfutrehua, con las patas en el camino

wayruros@yahoo.com

Preguntas, sugerencias y colaboraciones enviar al correo-e:     pcnetinfo@panoramacultural.net