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Publicado: Sábado, 13 de junio de 2009

La celebridad y los poetas


En el mundo contemporáneo, poetas y celebridades no coinciden mucho en la misma persona. Pero los poetas celebran a las celebridades. Pablo Armando Fernández, poeta emblemático cubano, celebra a Carmen Miranda en uno de sus más celebrados poemas. En una revista de poesía exilada de la primera mitad de los ochenta que armaba un aún casi desconocido Roberto Bolaño, publiqué una Oda a Greta Garbo. Respecto a los poetas-celebridades, ya van quedando pocos y todos más o menos viejones, más que el autor de esta nota incluso, como Ernesto Cardenal, que combina la cosa cristiana con la cosa revolucionaria de las décadas sesenta, setenta y ochenta del siglo pasado. Y pare de contar.

La revolución es una causa todavía popular, con su renovación mundial y su utopía, con eso de ’tomar el cielo por asalto’. Los temas de la paz, el medio ambiente y la equidad social, etnocultural y genérica, sin el componente de la superación de la sociedad de clases por cualquier medio, si bien justos y llegadores, no tienen esa cosa abarcadora de la revolución social, con su abolición de todas las servidumbres y la reparación de todas las injusticias, a lo que se podría sumar el ajuste de todas las cuentas, presentes y ancestrales.

Cuando la revolución dejó de ser permanente -cosa que se fue logrando con las décadas de anquilosamiento de la burocracia soviética y el final derrumbamiento desde adentro del bloque de las repúblicas socialistas europeas, seguido de la conquista de China por el capitalismo- esa construcción utópica y política se disgregó en pedazos. Las reivindicaciones sociales y culturales de países neocoloniales, nacionalistas y linguísticas, de sectores marginados y marginales de todo tipo, el medio ambiente, la paz, etc. pasaron a ocupar su lugar. Pero sin la anterior bandera unificadora.

Correlativamente, pareciera que los poetas también se hubieran compartimentalizado. Ya no parecen encarnar una causa universal para así poder pasar al rango de lo que se llama celebridad. Salvo los que ya han pasado a la historia como grandes figuras ya consagradas, objeto de novelas y libros de investigación y que figuran en los programas escolares de todo el mundo. Pero ya no hay herederos, sin que eso signifique que los poetas hayan desaparecido del mapa. De hecho, a nivel cultural y con bastante difusión, hay organizaciones muy vastas de poetas y activistas que protagonizan diversas campañas en favor de la paz, que todavía es una causa que literalmente puede unificar a moros y cristianos.


Además de que la música popular, la fotonovela, la radionovela, después la telenovela, el cine, etc., se fueron comiendo la influencia de la poesía lírica. Prácticamente el último acierto universal no cursi en ese sentido fueron los "Veinte poemas de amor y una canción deseperada" de Neruda, hace ya harto tiempo. Aunque paradójicamente todavía se insista en algunos círculos en que la poesía tiene que ser lírica, que tiene que expresar sentimientos y hay mucha gente que hace eso. Pero en general es la prosa y el periodismo, el testimonio, lo que dan esa celebridad cada vez menor y menos brillante que le toca a la literatura. Y esto dentro de límites muy estrechos.

Cada vez más el best seller tiene que ser un autor que es casi equidistante con, o que forma parte de la mentalidad del lector y consumidor común masivo, que bien puede elegir ver una película en vez de leer un libro. No tiene que disparar por encima de las cabezas. Pero eso no indica necesariamente decadencia de la cultura, aunque sí una tendencia a gustar de lo más fácil y menos problemático, lo que también da testimonio de que cada vez la gente tiene menos tiempo. Para mucha de la gente que potencialmente compra libros, la tecnología, fuera de sus incontestables ventajas, ha significado que ahora tienen más que hacer.

Hay profesionales que tienen que hacer su propio trabajo de secretaría debido al internet y la computadora. Se les pide más preparación y más redimiento, tienen menos tiempo para leer, mientras que ya no existen los puestos del personal de secretaría de antes. Hace nada más que unos veinticinco años, yo hacía mis primeras traducciones comerciales a mano y después había una secretaria que tipeaba. Ahora yo tengo que usar computador, ya ni uso mensajero para mandar los documentos, que mando por la internet, ni menos hay secretarias. O sea que la tecnología me dio un dolor de cabeza extra y suprimió dos trabajos de gente que potencialmente podría comprar y leer libros por su nivel ocupacional y educacional.

Por otro lado la homogeneidad ha aumentado y así como el temor a pisar mal, que editorialmente significa no vender o acaso ofender a alguien. Todo está muy enmarcado y accessible. Cuando las elites eran los compradores básicos en un mercado de la cultura muy reducido, había genios. Ahora, en un mercado masivo, hay celebridades. La única y mayor celebridad todavía en cierto sentido literaria, de larga trayectoria, conocida y traducida universalmente y con al lo menos una docena de películas basadas en sus libros, es el gran Stephen King, que a la vez que escribe ciencia ficción, horror y novela negra, casi los únicos géneros o subgéneros que dan la celebridad literaria, se las arregla para mostrar a la sociedad estadounidense -o anglófona desarrollada- con todos sus mitos, valores, temores, estereotipos y creencias. Un autor en el que uno a veces ve a un genio literario con ojo suficiente para hacer algo que venda. Y excelentemente.


Personalmente, y como muestra de que la celebridad viene básicamente de la música pop o el celuloide, pero que en el pasado la vieron de lejos algunos escritores ’serios’, mis roces con la celebridad me vienen de que una vez, en una gira de recitales en Chile, la poeta Alejandra Ziebricht encontró que me parecía a Henry Miller y un año después, José María Memet, que organiza el festival ChilePoesía, me llamó el Clint Eastwood de la poesía chilena.

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