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PANC
Publicado: Miércoles, 26 de agosto de 2009

Adiós a Tía Maruja


Tú, eras el mar en tus ojos, el mar cantante de las mil alegrías, el
sol de las playas que nunca se marchaba. Tía, hermana, compañera,
madre de jornadas interminables. Jamás abandonaste a tu pueblo,
engarzada a las raíces, riendo como si el cielo en la tierra florease.

Fuiste la rosa de la paz y la justicia. La música que no dejaba de
sonar en el piano de la casa, música hecha amistades eternas, en
aquellas invitaciones a comer, el alma incluso, el alma a pedacitos,
con un vino blanco como el amanecer. Ibas y venías en suaves olas, en
espuma llegabas siempre. Ya, levántate, oh, madre celeste, dame la
mirada más hermosa de los cielos, celajes claros, de bondad infinita.

Prodigaste los dones terrestres, el cáliz dulce, de ambrosías sin
límites; a nadie faltaste, junto a tío Erwin, el gran arquitecto de
los pobres. Maruja, escúchame, debajo de los dones, sobre ellos,
elévate, para que vuelva volando a verte, parada junto a mí, en el
hospital, en Maicolpué, en Osorno, en los lagos, en los cantos con
guitarra y protesta. Tía Maruja Piwonka, hete aquí, presente!, y torno
mi vista y sonríes y me dices, Ya&ven, vamos a divertirnos, vamos a
leer tus libros, vamos a fundar la ciudad de la dicha, a edificar el
hogar de los pobres, a jugar a la vida, porque nunca un pobre siga en
la carencia ni en el frío ni en la lluvia. Madre segunda, en Santiago
nos visitamos por última vez, aquella en un lanzamiento literario, y
me mirabas con el volcán azul de ensueño en tu rostro, con el sol con
tenida de sport, en tus lentes y en tu boca dulce y en la acogida de
tus brazos. Hermana, al fin, descansa, enamorada de la bondad, de la
ternura y de la gracia. Hazme reír sin fin, con tus hijas e hijo y
nietos; hermana, escucha, puedes sentir ya el eco inconfundible de las
multitudes entonando pan, trabajo, justicia, igualdad. Ya todos
habíamos pagado el pasaje a este mundo, con el sólo hecho de nacer, y
nacimos de nuevo tantas veces. Y si lloro, lloro las perlas de ensueño
de los ojos celestes que me contemplan, que fijan sus órbitas al
gravitar rotando, y nos vamos a andar por las calles libres de Chile,
las calles sin golpes y con miles de voces, la calle de todos los
pobres de la tierra, que acuden a la mesa, a La Mesa Infinita de tía
Maruja, Maruja Inojosa de Piwonka. Ya os mecen los brazos de la
arcilla, ya os enlazáis en las raíces que te esperaron años y años, ya
mis hermanos te reciben y brindan por el renacimiento, con los ojos
velados por las lágrimas soñadas, y riendo nos tendemos a oír tu voz
susurrar cuánto nos quieres, cuánto amaste y nos amarás perpetuamente.
Descansa en paz, descansa, pues la patria liberada canta contigo, ya
con todos y para todos.

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