Buscar
PANC
Publicado: Sábado, 30 de enero de 2010

A más de cien años de los Pampinos del Salitre


Si la biosfera con toda su savia no ofrece flores negras en el reino vegetal, las narraciones del talquino Hernán Rivera Letelier sobre el fatalismo de los miles de obreros del salitre en su épica novela " Santa Maria de las flores negras", nos revela sin ambigüedades que las flores negras sí existen y circundan en aquellos solitarios páramos de la pampa, cerca al vuelo de los jotes de Olegario Santana y en el tono sepia de aquella imagen congelada de la escuela de Santa Maria de Iquique, flores negras apiladas como filigranas junto a aquella pérgola como mudo testigo de las más de tres mil seiscientas almas, de obreros, mujer y niños asesinados cobardemente y a bocajarro, cuando el entonces general de brigada Roberto Silva Renard cumplía con la orden de fuego a las tres y cuarenta y ocho minutos de la tarde de aquel fatídico sábado 21 de diciembre de 1907.

Esta quinta joya narrativa "Santa Maria de la flores negras" de Hernán Rivera Letelier sobre ese hecho traumático en la historia de las luchas obreras de los pampinos del salitre, recobra en la pluma del autor, la fuerza desbordante de un hito que linda la historia épica de los postergados con la destreza y creación de sus personajes con sus avatares y quimeras por ese periplo tortuoso e inhumano de la pampa hacia la esperanza. Relatar la lucha social y humana es toda una atribución de su sentimiento, porque lo narra con propiedad y sin vocablos remilgados: "…más allá ha visto a un poeta ciego llorando mientras recitaba poemas de la pampa… cómo… puede llorar lagrimas si no tiene ojos?…Es que las lágrimas brotan del alma…"

Si sólo un grano de arena de la pampa es poco, pues con otros se forma un remolino y así esa desarrapada caravana de un puñado de obreros cansados de injusticias; de salarios de hambre, de un trato más humano, de escuelas para sus hijos y de balanzas en las pulperías entre otras reivindicaciones, es la gota que desborda del vaso y así se empieza con la huelga indefinida y emprenden marcha hacia abajo desde las salitreras de San Lorenzo y como tempestad en el desierto crece en todos los cantones del Tamarugal y así paso a paso cruzan hombres con sus mujeres y niños las desérticas tierras rumbo al puerto, peripecia que consterna las fibras más íntimas del corazón cuando la sed y el hambre les ronda.

Las descripciones del hombre con sus circunstancias, como la compañera boliviana diez años mayor que Olegario Santana, de una docilidad anodina que después de vivir durante catorce largos años muriera con peste bubónica y desde entonces Olegario no tenía más compañía que la de sus jotes. A la escuela Santa Maria de Iquique siguen arribando los miles de la pampa y en estas una pareja de aspecto humilde con su hija Pastoriza del Carmen que había cumplido los tres años de edad, niña desahuciada por los médicos que transitó con una manda en los brazos de su padre, vestida con una capita de armiño de color purpúreo y una corona de cartón en su cabecita, tan parecida a la virgen de la Tirana. El tema del amor viene como un rocío ligero paralelo a la desaforada realidad de la historia, el joven Idilio Montaño de madre chilena y padre boliviano también partícipe de esta lucha, cae cautivado por el impulso certero del amor de Liria Maria, la madre de ésta, Gregoria Becerra mujer serena y valiente, la entrega a su hija como presagiando su muerte y con voz grave les pide que salgan de la escuela y le confiesa:"…nunca se arrepentirá de quererla, joven Idilio… ella nació en Talca y las talquinas son muy buenas esposas". El desenfreno del alcohol en los lenocinios es como una válvula de escape a sus atormentadas vidas de los personajes, pero la mesura y la disciplina a la causa de los pampinos es más fuerte que la lujuria.

La unidad, la solidaridad y la entrega al compromiso de lucha por las reivindicaciones de los postergados son los temas centrales en esta saga, en Iquique se unen todos los postergados de la pampa en apoteósicos griteríos y a estos también se adhieren los obreros del puerto; los carpinteros, los jornaleros, los lancheros, los pintores, los gasfiteros, los albañiles, los carreteros, los cargadores y los sastres, también el compromiso de clase más allá del chauvinismo y el nacionalismo de las fronteras, nos demuestra que los parias y los postergados son los mismos en cualquier latitud o dimensión geográfica, pese a la herida fresca de la contienda bélica del litoral en 1879, los compañeros " confederados "como los denomina el autor a los obreros bolivianos y peruanos, forman parte de esta lucha titánica por mejores días para el proletariado del salitre, fatalidad compartida junto a sus compañeros chilenos aquel día cuando vomitan fuego las armas de los 1500 hombres armados de los regimientos O Higgins, Rancagua, Carampangue, artillería de Costa, marinería de los Cruceros, del crucero Esmeralda con sus ametralladoras y artillería pesada, la caballería, las tropas del regimiento Granaderos y los policías del puerto.

La descripción desgarradora de cinco eternos minutos de carnicería humana donde sucumben acorralados y mueren retorcidas por las balas asesinas: "…ve caer a la mujer y casi al unísono, al padre con su hija Pastoriza del Carmen apretada contra su pecho… ve al hombre tratando de no soltar a su criatura… ya muerto, a pocos metros de él. La niña queda sentada en la tierra, incólume, rodeada de los brazos de su padre… no llora ni grita ni hace ninguna clase de gestos…"

Este sacrificio inocente de sangre proletaria no fue en vano ya que fue el preludio de importantes conquistas laborales y el advenimiento de organizaciones sindicales años después. Al arribo de esta centuria y como alusión al búho de minerva que simbólicamente despliega sus alas al atardecer y motivan a la reflexión una vez que la realidad de las sociedades produjeron los conocimientos, es que se hace ineludible que este precedente y hecho traumático en la historia del movimiento obrero del salitre no se torne en calesita ya que la infamia del genocidio es vulnerable a la memoria y el tiempo. Esta historia más allá de la memoria colectiva debe de ser registra en la historia oficial de los pueblos en su justa dimensión como nos cantan desde siempre el grupo Quilapayún en la Cantata de Santa Maria de Iquique:"Ustedes que ya escucharon la historia que se contó, no sigan ahí sentados pensando que ya paso, no basta solo el recuerdo, el canto no bastara, no basta solo el lamento miremos la realidad… es Chile un país tan largo mil cosas pueden pasar…"

Preguntas, sugerencias y colaboraciones enviar al correo-e:     pcnetinfo@panoramacultural.net