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Publicado: Sábado, 24 de abril de 2010

Aproximaciones a "Desde el Epilogo"

Un texto de Sandra Queirolo en Montevideo


En la historia de la literatura contemporánea en Castellano, el dolor es un tranvía que viaja por distintas Estaciones, desde México, Ecuador, Uruguay, Argentina, Chile, Perú, y parte cuando éste (dolor) "de un sólo fogonazo consume la piel".
El desgarro como punto de partida, las tumbas sin aire, el océano de pena que se muestra desamparado en el Gran Teatro del Mundo.


En el texto "Desde el Epílogo" de la psicóloga y poeta uruguaya Sandra Queirolo, escrito para ser dramatizado, hay un cómo y un dónde, la Edad del Precipicio de la historia de nuestros pueblos y de nuestras individualidades.

En las pinturas de David Alfaro Siqueiros cerca de Ciudad de México, está ese desgarro con sus trazos y líneas llenas de sombras donde el arte juega con los límites; en la poesía de Jorge E. Adoum arde Guayaquil como una montaña de fuego. Mario Benedetti en "Montevideanos" nos presenta el fulgor increíble de la soledad de la urbe cotidiana, con el ciudadano y el verbo. En Chile, Pablo de Rokha con "Los Gemidos" intenta derribar los muros que "tejen la trama nueva de los poros". En Perú, César Vallejo, con "Trilce" alcanza ese lugar donde podemos contemplar "el firmamento entero del Deseo".

Cambiar el mundo. Ese es el tema. Cómo moverse, cuándo, desde dónde.
La autora nos propone una mirada desde un ángulo escritural conmovedor: el paisaje y el cielo, el espejo y la llaga, donde "el tiempo es un alarido interminable".

La lectura del Cuerpo como lugar de amparo. Y sus tormentas que revolotean con vidrios clavados en el pecho, con muñones literarios y heridas verdaderas que recorren Uruguay, Argentina, Chile, abriendo los cerrojos de la historia para diseñar nuevos caminos en la interioridad, en el musgo donde en secreto se desbordan los ríos virgilianos.

Poesía, teatro, cine al mismo tiempo con fotografías de casas de madera del siglo XIX y puentes colgantes con rostros de niños vagabundos en Zimbawe, Haití, Rusia, Sudamérica.

Dentro del misterio, en la magia de la "teoría del caos" y sus "condiciones iniciales", en la nada, en las visiones del vate uruguayo Julio Herrera y Reissig, maestro literario latinoamericano cuya influencia en el primer Pablo Neruda, es innegable, María Eugenia Vaz, Juana, Delmira, Gabriela la chilena.

Desde El Epílogo, está dedicado a los que sufrieron, a los que sufren en el mundo; todo el hálito de orfandad se transforma en amor, requisito ineludible para las valientes que se atreven a ser testigos de su tiempo.

Sandra Queirolo trabaja con sus recuerdos acerca de situaciones límites, escarba, indaga. Sus letras solitarias se convierten en pájaros, advierte. Aletean como mariposas uruguayas por el Calvario, por los edificios de la Razón, como en los Colectivos de Heidegger, o en las penumbras de los ojos de Simone de Bouvier, en un París que nunca existió.

Un texto para meditar, ser leído, observado en el escenario desde una butaca y amado desde la emoción, el sentimiento, la pasión, la Tríada de la historia humana donde hay laboratorios kantianos, humus de Knut Hamsum, baterías inglesas de Jorge Luis Borges, búhos políticos, pajaritas y músicos en Río de Janeiro, Montevideo, Valparaíso, como en la filosofía griega, en la poesía rioplatense, en el Altazor chileno, como decía en Buenos Aires, en 1916 el poeta Vicente Huidobro, también Desde El Epílogo, que ahora lo proyecta y actualiza Sandra Queirolo desde una remota calle llamada Ponce, cerca del Paraná, de Brasil, y en este tiempo.


Valparaíso, Chile, abril 22 de 2010

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