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Publicado: Miércoles, 21 de diciembre de 2011

Paolo Lagazzi


Paolo Lagazzi nació en Parma en 1949 y desde 2001 vive en Milán. Es uno de los críticos literarios más conocidos que han surgido en Italia en los últimos años. Se ha ocupado de temas muy diversos, entre otros, la literatura moderna y contemporánea, el cine, la novela de suspenso, la magia, los cuentos, el budismo Zen. Ha colaborado con más de cuarenta revistas y periódicos no sólo italianos.


Sus libros de ensayo son: Attilio Bertolucci, La Nuova Italia, 1981 (premio Biella por la crítica); Comparoni e “l’altro” - Sulle tracce di Silvio D’Arzo, Diabasis, 1992; Rêverie e destino, Garzanti, 1993; Per un ritratto dello scrittore da mago, Diabasis, 1994 e Moretti § Vitali, 2006; Dentro il pensiero del mondo, I Quaderni del Battello Ebbro, 2000; Vertigo. L’ansia moderna del tempo, Archinto, 2002 (premio Roseto - Città delle rose); La casa del poeta. Ventiquattro estati a Casarola con Attilio Bertolucci (Garzanti, 2008, introducción por Bernardo Bertolucci).

Además, ha realizado un libro entrevista con Attilio Bertolucci, All’improvviso ricordando (Guanda, 1997).
Es autor de dos libros de cuentos - La scatola dei giochi (Diabasis, 2000, ilustraciones por Stefano Spagnoli) y La fogliolina (Editing, 2006, ilustraciones por Viviana Lagazzi) - así como de relatos que, en su gran mayoría, aún son inéditos.

Ha trabajado, entre otros, en las Opere en verso y prosa de Attilio Bertolucci (I Meridiani Mondadori, 1997) y La civiltà letteraria europea da Omero a Nabokov de Pietro Citati (I Meridiani Mondadori, 2005).

En el ámbito de la poesía japonesa, ha realizado tres antologías: La saggezza dei maestri Zen (Guanda, 1994¹); Il muschio e la rugiada (Rizzoli, 1996¹); Nel cielo alto di Kikuo Takano (Mondadori, 2003)



Relatos de Paolo Lagazzi




ALGO DULCE

A las dos y media de la madrugada, el asesino entró con sumo cuidado en la habitación oscura. El día antes, había comprado un par de zapatos con suela de crepé finísimo, que no iban a producir ni el más mínimo ruido incluso al caminar sobre la grava más crujiente. La mano derecha agarraba, con la calma habitual, una calibre 90, capaz de tumbar un bisonte en un pispás. Estaba muy próximo a la cama de la víctima designada, Jim McAlley, que roncaba a pierna suelta, cuando, de repente, le asaltó uno de sus incontenibles ataques de gula. ¿Qué iba a hacer? ¿Salir de la habitación y tomarse una taza de chocolate caliente en el bar nocturno de la esquina, aplazando el crimen de un cuarto de hora? El asesino reflexionó que dicho retraso podía meterle en un apuro con su empleador, siempre muy exigente en cuanto al cumplimiento de los horarios por parte del personal asalariado. Sin embargo, inmediatamente después, se le ocurrió una idea brillante.
Para que no le reconocieran, el hombre llevaba puesta una peluca de goma, y dicha goma no debía de ser, en el fondo, demasiado diferente de la que se utiliza en las gomas de mascar. De manera que, con la mano derecha, agarró uno de los rizos de mentiras e intentó arrancarlo para paliar, por lo menos temporalmente, con el sabor dulzón de aquél, su necesidad extrema de algo goloso. Pero la peluca se resistía: a pesar de la fuerza del hombre, parecía que no iba a soltar ni siquiera un hilo de sus espirales gomosas.

Al asesino se le escapó una leve maldición cuando, tirando y tirando, se encontró sin peluca, caída quién sabe dónde, al suelo, en plena oscuridad.

Aquel ruido fue suficiente para que McAlley se despertara, se incorporara en la cama y encendiera la lámpara de mesilla. El asesino, con horror, se vio descubierto.

"Tú, Tom Brown, ¿quieres hacerme esto?", fue la sencilla pregunta que hizo McAlley, y el otro no supo qué contestarle. En el fondo no era un asesino malvado, y nada lo apuraba tanto como las discusiones, las polémicas y las quejas.

"Mi querido McAlley", trató de contestarle con el tono más suave posible, "¿no es que a caso tiene un chicle, o incluso un caramelo de menta?"

El otro, aún mirándolo incrédulo, alargó una mano hacia la mesilla y, en medio de cajas de medicinas, cigarrillos, fósforos, cómics y objetos diversos, logró detectar una cajita de pastillas. Con una mano algo temblorosa, desenvolvió una y se la dio a Brown.

"Gracias", dijo éste empezando a mascar con avidez.

Fueron sus últimas palabras. De repente se derrumbó al suelo, mientras McAlley le daba vueltas con los dedos, con cierta satisfacción, a su cajita de pastillas de arsénico para exterminar ratones, arañas, escorpiones y, en su caso, suegras.



CINCO MINUTOS DE RELAX

El asesino, usando una llave falsa, había entrado desde hace poco tiempo en el piso con su colt calibre 16, digna de un pistolero wester (su género de peliculas preferida).

Era verdaderamente molesto siempre tener turno de noche, sacudir los dientes en las calles desiertas mientras todos reposaban, nunca trabajar tranquilo en el día.

El asesino, cansado, decidió concederse por lo menos cinco minutos de relax antes de cumplir lo que tenía que cumplir.

Se sentó lentamente, para no hacer ruido, en uno de los sillones que había visto en el dormitorio, puso la colt encima de la alfombra y deseó mucho estirarse voluptuosamente; pero al estirar los brazos, sus manos tocaron la cama. Por un segundo le pasó un escalofrío: si hubiera tocado a la víctima que dormía, ésta hubiera podido despertarse de golpe, gritar, llamar a los vecinos............

Pero ya un segundo después, el pánico se había ido.

Con sorpresa había descubierto que la cama estaba vacía.

Levantándose del sillón, buscó en la oscuridad un interruptor, y al encontrarlo, pudo mirar la habitación a la luz de una lámpara de cristal, de éstas que se usaban hace un tiempo.

No había nadie; y también todo el piso estaba vacío.

Entonces las informaciones que le habían dado sobre las costumbres de Bob O’Bryan no eran exactas. Qué podía hacer? Esperar en el lugar por horas, a lo mejor toda la noche, hasta cuando O’Bryan hubiera regresado? Y si él había decidido divertirse volviendo a casa al amanecer?

O si, nada menos, él estaba lejo de la ciudad, de vacaciones quién sabe dónde?

No podía, por supuesto, esperarlo allá por una semana o a lo mejor más, también si en la nevera hubiera bastante comida para sobrevivir todo ese tiempo.

El asesino tenía muchas dudas. Cogió otra vez la colt, empezó con ésta a rascarse la cabeza.

Sus pensamientos se hicieron tormentosos.
Al volver sin resultados, su jefe seguramente le hubiera dado un jarabe de palo, o quizás lo hubiera matado. No era fácil hacer razonar al dueño: la única cosa que quería era que cada dos horas fueran eliminadas dos personas, lo demás no le interesaba.

El asesino pensó mucho, al final le pareció no tener otra solución: si había llegado a este piso para matar, tenía de todas formas que matar a quien estaba en el piso: no tenía ninguna excusa, tampoco el hecho que O’Bryan no estaba en casa.

Entonces, bastante satisfecho de su lógica, se puso el revólver en la cabeza y apretó el gatillo exactamente un momento antes que O’Bryan, de vuelta de una francachela con sus amigos, abriera la puerta de entrada.


Por Mario Meléndez

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