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Publicado: Sábado, 24 de marzo de 2012

Arte poética de Sergio Hernández

Por Bernardo González Koppmann


"En mi árbol de hojas desoladas
acumula el crepúsculo
sus últimos pájaros"
(S. H.)


Sergio Hernández

En el mundo postmoderno y neoliberal que nos ha tocado por desventura padecer, donde las cosas son más valoradas que las personas, donde los sentimientos más nobles de arraigo telúrico y social son barridos por paradigmas prácticos de enajenante productividad, donde la fe en las utopías del ser humano se han transformado en perfectamente desechables, leer a un poeta genuino, verdadero, honesto y cálido como Sergio Hernández es un privilegio tan necesario como oportuno y, más aún, si consideramos la lectura de su poesía como una forma de sensibilizar, humanizar y dignificar la convivencia cotidiana, los gestos o las manifestaciones fraternales de un pueblo sistemáticamente despreciado y ofendido por acontecimientos históricos de ya no tan reciente data.

Sergio Hernández es un enorme poeta chileno de la generación del 50, generación que, entre otros, conforman Efraín Barquero, Enrique Lihn, Jorge Teillier y Miguel Arteche. De tono íntimo, esencial, menor - en el sentido lírico de la palabra -, siempre entrañable, en sus poemas confirma esa sentencia popular que reza "Las cosas importantes se dicen en voz baja". Intrínsecamente provinciano, esencialmente chillanejo.

Nacido en 1931, se recibe de Profesor de Estado en Castellano en el antiguo y querido Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile; luego realiza estudios de postítulo en el Instituto de Cultura Hispánica y en la Universidad Central de Madrid. Además, fue miembro correspondiente de la Academia Chilena de la Lengua, de la Sociedad Chilena de Estudios Literarios y socio activo de la Sociedad de Escritores de Chile. En sus últimos años ejerció como profesor titular en la Universidad del Bío Bío, en Chillán.

Su producción literaria se recoge en los siguientes libros: "Cantos de pan" (1959), "Registro" (1965), - por este poemario y por su quehacer cultural en la provincia se le otorgó en 1968 el Premio Municipal de Arte en Chillán -, "Ultimas señales" (1979) y "Adivinanzas" (1998). Además escribió una notable autobiografía, "¿Quién es quién en las letras chilenas?", para Editorial Nascimento en 1981. Posteriormente, en 1993, Ediciones Casa de Chile en México publicó "Quebrantos y Testimonios", pequeña muestra de sus mejores poemas. Por último, en el año 2002 aparece una impecable antología, completísima, titulada "Sol de invierno", preparada por el propio autor y editada por la Universidad del Bío Bío en Concepción.

Sobre "Sol de invierno" cabe mencionar que es un libro recopilatorio importante de la poesía de Hernández Romero, porque nos proporciona una real panorámica de la envergadura de su trabajo literario. Consta de 120 páginas claramente demarcadas en ocho apartados, los cuales vienen a ordenar por temas y motivos el contenido del libro. Este se inicia con un visionario prólogo de Hernán Lavín Cerda titulado "La catarsis poética de Sergio Hernández"; de él extraemos esta bella sentencia: "En sus instantes de mayor lucidez, Sergio Hernández se aproxima al misterio: lo roza con un soplo, y el soplo es como las alas de un colibrí que nunca dejarán de palpitar".

En el ordenamiento de "Sol de invierno" se entrelazan con un acertado criterio selectivo los siguientes capítulos: "Incómoda manera", "Acuario", "Adivinanzas", "Pensando" y "Otros harán", que en su conjunto congrega 67 poemas. Luego, en la sección titulada precisamente "Sergio Hernández", encontramos una cronología personal del autor y algunos juicios críticos a su poesía, donde se dan cita connotados hombres de letras de Chile, tales como Alone, Benjamín Subercaseaux, Pablo Neruda, Andrés Sabella, Ignacio Valente, Fernando Quilodrán, Jaime Valdivieso, Mario Rodríguez, Jorge Teillier y otros, quienes comentan en forma siempre laudatoria al entrañable poeta y maestro.

Su obra es breve en extensión, pero riquísima en hondura, ritmo y emoción; sus textos están escritos con tal sabiduría que le bastan dos o tres versos para capturar al lector desprevenido y hacerlo cómplice de una belleza que demorará toda la vida en abandonarnos. Y aún más. ¿Cómo poder olvidar, por ejemplo, la cadencia, profundidad y emoción de este poema?: "En mi árbol de hojas desoladas/ acumula el crepúsculo/ sus últimos pájaros./ Casi está aquí la noche,/ ella regresa siempre,/ pero tal vez tú nunca vuelvas./ Dispersos por el mundo,/ no volveremos a encontrarnos/ y a quién preguntar por ti/ si conocí mejor tus ojos/ que tu nombre;/ si hablaron más tus labios/ que tus propias palabras./ Tu recuerdo es tan vivo/ que casi no me haces falta".

En esta escritura se oyen ecos de voces lejanas y recientes; andan por sus pliegues lingüísticos los españoles clásicos del siglo de oro, la generación del 98 y más tarde los poetas del 27. Hay reminiscencias de Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Federico García Lorca, Vicente Aleixandre y Miguel Hernández, de quienes hereda la musicalidad del decir popular decantado en la memoria del pueblo, especialmente andaluz. Pero, también recoge su acento lo mejor de la poesía chilena; Parra, más que Neruda, como sombra tutelar del Chillán Viejo; sus láricos compañeros de época, e, incluso, se vislumbra en esta poesía una notable afinidad con los poetas del verso breve de la generación del 60, como Quezada, Pérez, Omar Lara y, de más lejos, Armando Uribe Arce.

De los creadores universales, la poética de Hernández toma el desencanto de los existencialistas europeos, principalmente de Rilke; pero, encuentra un referente muy válido en el poeta de Alejandría Constantino Kavafis, por temple, registro, motivos y lenguaje; el paralelo en algunos poemas es asombroso. Dejamos estas inquietudes planteadas para que los estudiosos de la literatura las resuelvan en debates académicos; a nosotros nos baste la cautivante sinceridad de su palabra.

Sergio Hernández, así, lentamente, fue construyendo su propio estilo con una voz inconfundible en el concierto poético nacional y se ha ganado el aprecio y la admiración de varias generaciones de lectores. Sin duda, su poesía resistirá los embates del tiempo y el olvido.

Fallece el 2 de octubre del 2010, a las 20.15 horas, en el hospital de Chillán.

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