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Publicado: Jueves, 29 de marzo de 2012

Emilio Coco

(San Marco in Lamis, Italia, 1940)


Emilio Coco (San Marco in Lamis, Italia, 1940). Es hispanista, traductor y editor. Entre sus trabajos más recientes destacan: Antologia della poesia basca (Crocetti, Milán, 1994), tres volúmenes de Teatro spagnolo contemporaneo (Edizioni dell’Orso, Alessandria, 1998-2004), El fuego y las brasas. Poesía italiana contemporánea (Sial, Madrid, 2001), Los poetas vengan a los niños (Sial, Madrid, 2002), Poeti spagnoli contemporanei (Edizioni dell’Orso, Alessandria, 2008), Jardines secretos (Sial, Madrid, 2008) y Antologia dell’antologia messicana contemporanea (Sentieri Meridiani, Foggia, 2009).


Como poeta ha publicado: Profanazioni (Levante, Bari, 1990), Le parole di sempre (Amadeus, Cittadella, 1994), La memoria del vuelo (Sial, Madrid, 2002), Fingere la vita (Caramanica editore, Marina di Minturno, 2004), Contra desilusiones y tormentas (Ediciones Fósforo, México, 2007), Il tardo amore (LietoColle, Falloppio, 2008, Premio Caput Gauri 2008, traducido al español, al gallego y al portugués), Il dono della notte (Passigli, Firenze, 2009, Premio Citt’ di Garessio 2009) y algunas "plaquettes". Entre las muchas distinciones y premios que ha recibido sobresalen el "Premio Annibal Caro" y el "Premio Proa a la trayectoria poética". En 2003 el rey de España Juan Carlos I, le otorgó la encomienda con placa de la orden civil de Alfonso X el Sabio.



POESIA DE EMILIO COCO

A mi hermano Michele
poeta y traductor de poetas latinos y griegos, muerto
el 23 de agosto de 2008, a las 21,45 horas, de cáncer cerebral.

(Fragmentos)




Duermes desparramado entre las sábanas
con los pies empotrados en la barra,
resbalando hacia abajo la cabeza.
A veces te despiertas y sonríes
cuando te hablo de yambos y anapestos.
Queda un rincón en tu cerebro enfermo
para Catulo y los poetas griegos.

Llegar al veintidós es un enredo
de pasillos, rincones engañosos.
Me pierdo fácilmente y me dirijo
al punto de salida. La enfermera
me ve titubeante y me acompaña
amablemente hasta aquel recodo
que me conduce recto hasta tu cuarto.
Ha venido esta noche, ha colocado
el goteo en la barra. Es manitol,
le calmará el dolor durante un rato.
Se encoge de hombros, finge desconsuelo,
baja la cama y pide que le ayude
a incorporarte: Para que descanse.
Te acomoda despacio en la almohada
la cabeza, te acerca el brazo al cuerpo
que ya no reacciona. Hasta la puerta
la sigues con tus ojos refulgentes.
Es muy guapa. Tendrá unos veinte años.

Grises las sienes, cana la cabeza.
Poco tiempo te queda, mas no temes
al Tártaro infeliz, pues todavía
el amor te seduce con sus juegos.

Estas cosas cantabas hasta ayer
y brindando por Venus te encendías
al leer esos versos de Mimnermo
en torno a la vejez, donde se lee:
¿Cómo puede la vida sin amor
ser venturosa? Efímero es el fruto
de nuestra juventud. Sólo un instante
y ya queda la muerte para siempre.

Yaces en una cama condenado
por un mal incurable. Intensa niebla
te envuelve la memoria y la mirada.
Te llevé los "Quaderni della Valle"
con poemas de Safo y Anacreonte
y con voz apagada me dijiste:
No los conozco. Nunca los he visto.

No le damos espacio. Nos cerramos
alrededor del lecho. Somos cinco:
Maria, Grazia, Lucia, Angelo y yo.
Con los ojos abiertos resistamos
hasta el alba, y aún más si es necesario,
y otro día, y aún otro, y otra noche
y formemos un dique, una barrera
para obstruirle el paso, vigilemos.
Es un bicho invisible a simple vista
y sin embargo pica como víbora.
Si encuentra una rendija, una fisura,
una mínima grieta, una quebraja,
se lanza como halcón y no perdona.
Hagamos, pues, un muro con los cuerpos,
un altísimo muro inexpugnable
de prisión o castillo medieval.

Ha quedado de ti sólo el suspiro.
Un inmenso suspiro tenebroso
que te destroza el pecho hasta la ingle.
En la nariz el tubo del oxígeno
y la bolsa de hielo en la cabeza.
Ya no salen las gotas del goteo,
con fiebre de cuarenta ya dos días,
el cuerpo frío, las uñas moradas.
Se agarra fuerte a ti la miserable,
exhibiendo su rictus victorioso
en el silencio incrédulo del cuarto.

Dejadme ya con ellos, con mis muertos.
Con tía Franca y su tímida sonrisa
dentro del marco oval de oro falso,
que se angustia las veces que no acudo
a la cita habitual de cada sábado.
Debajo está tía Gina que ha llegado
en enero de este año a mi despecho,
sin avisarme se marchó en el día
del bautismo de Alessio. No debías
hacerme esta injusticia. Te he llorado
encerrado en mi cuarto en Espinardo
mientras comían paella con mariscos
y brindaban con cava catalán.
Un poco más arriba están mis padres,
él con trinchera y el cabello espeso,
ella con traje negro, demacrada.
Finalmente, lindando con el techo,
reunidos todos en el mismo nicho,
la madre y dos hermanos de las tías,
el abuelo Michele que leía,
para pasar el tiempo, la Gaceta
mascando caramelos que compraba
con el diario en el bar de calle Roma.
Para ti hemos guardado el mejor sitio,
a la vista de todos, en el centro.
Faltan sólo la lápida y la foto.

Y tus libros ¿qué harán en el estudio?
Así es como llamabas al garaje
de unos sesenta metros que compraste
para hospedarlos todos a la vista
en brillantes estantes alineados
en las paredes hasta el cielorraso.
Sentado tras la mesa, con cuidado
los ibas anotando en un cuaderno
con tu bonita y nítida grafía,
tardaré mucho tiempo, tengo tantos,
nunca los he contado. ¿Veinte mil?
Creo que aún más. Si vienes a ayudarme
dentro de un mes los ficharemos todos.
¿Advertirá la falta alguno de ellos
de una caricia leve por su lomo?
¿Te llorarán los clásicos latinos,
tu querido Catulo, sobre todo?
Lo habías puesto en la última repisa,
enfrente de la mesa. Te bastaba
levantar la cabeza, asegurarte
de su presencia tranquilizadora.
Os contemplabais con los ojos lánguidos
de dos enamorados incurables.

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