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Publicado: Domingo, 08 de julio de 2012

Luis Marqués Silva de Balboa


Luis Marqués Silva de Balboa y Lagarde-Salignac Nacido en Talca 24 de julio de 1948 – Ciudadano Francés – Ex Cónsul Honorario de Francia. Estudios Secundarios en Talca y Viña del Mar – Chile. Estudios Superiores en Francia – Licenciado en Filosofía y Derecho en Paris. Maestría en Derecho de la Universidad de Harvard – 1976.

Columnista de Diarios y Revistas Literarias. Polémico ensayista y expositor multicultural. Ha residido en Europa, Japón, México y Nueva York. Actualmente reside en Paris y Santiago de Chile, y trabaja en su novela "Sor Quevedo" próxima a su publicación con "Pinguin Books".
El ensayo "El Poder del Lenguaje" fue escrito en México y prologado por el Nobel de Literatura Octavio Paz.






EL PODER DEL LENGUAJE


Luis Eduardo-marqués Silva-de Balboa
(Derechos Reservados)

Para aquellos humanos que todavía las estiman un medio de entendimiento superior al relincho y al aullido. /
Marqués Silva de Balboa y Lagarde-Salignac AUTOR

PREFACIO
"Todo buen arte es inútil". (Oscar Wilde)
Luis Eduardo Silva de Balboa nació el 24 de Julio de 1948 en el mundo en el cual ha permanecido en el sentido más global de la expresión durante estos 46 años.

Ha atravesado o residido en lugares tan distantes como disímiles: Talca, Viña el Mar, Bogotá New York, Caracas, Londres, Boston, Paris, Kioto, Pekín, Kiev, México o Casablanca.

De visita a instantes en el mundo de los negocios, este intelectual ha tenido todo tipo de éxitos y fracasos, de los más sorprendentes. Sempiterno viajero y buscador, colabora con distintas publicaciones de diferentes latitudes e idiomas. Hombre de invaluables contactos personales a increíbles niveles, le ha permitido formar parte de empresas de gran magnitud.

Enemigo de los títulos académicos, los que ha logrado se esfuman en su tremenda capacidad de improvisar. Habiendo sido Cónsul Honorario de Francia llegó a conocer a Proust y a inspirarse en Richelieu.
Su permanente crisis existencial, es su motor y su freno, su limitación y su grandeza. Sus contradicciones son la fuente de su enorme creatividad.
BLANCA FITZ-JAMES

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SILVA de BALBOA y el buen decir
"Es función de la gran Literatura evocar el sentimiento vivaz de lo que late tras las palabras".
Alfred North Whitehead.


Las palabras son al escritor lo que la acción es al aventurero. También en ellas se juega la vida de su obra, en una faena no menos sitiada de peligros, de equívocos, de matices. Nada más fácil que, por dificultad para manejarlas, se traicione su significado.

Quien sienta su gravitación, encuentra en ellas un universo, con sus luces con sus sombras, pero sin ninguna de las leyes siderales. Es su mayor peligro y, a su vez, su mayor fascinación. El hombre frente a las palabras se transforma en un demiurgo, en un Gran Hacedor.

¿Es posible tomar de la mano a alguien - como Virgilio a Dante - y llevarlo a estos ciclos? Es éste uno de los tantos misterios de las palabras. La respuesta es ambigua: no, porque los mejores autores han escrito bien desde sus inicios; y sí, porque algo se aprende escuchando sus voces.

Luis Eduardo Silva de Balboa es uno de los seres humanos dotados del saber al manejar las palabras. No importa que su obra impresa no sea cuantiosa como tampoco importa que los avatares de su vida lo hayan distanciado de su alma de escritor, pues en este orden gradúa directamente la propia Naturaleza. Toda página y expresión suya es un paradigma de buen decir. Tiene sensibilidad frente a las palabras, las conoce en su intimidad, y sabe reinaugurar su significado.

Este ensayo es una prueba de ello. Utilísimo en la medida en que no desciende a ninguna receta impírica. Se limita a lo único justo: señalar rumbos, tentativas, ideas generales. Escribir bien es, inapelablemente, un problema personal. No se enseña y sólo se aprende en la soledad, sin profesores, cara a cara con la carilla en blanco.
En este tiempo nuestro, tan cuidadosamente desgarbado en el arte de la expresión, resulta del todo oportuno revivir la preocupación por el lenguaje, y cuanto más si los textos sobre esta materia pecan de escasos y de áridos.

Luis Eduardo predica con el ejemplo y sus mejores enseñanzas provienen menos de sus consejos que de su estilo. Su lectura deja así un sedimento de sabiduría sobre el misterio de la expresión hablada y escrita. Y lo doblemente admirable es que este lúcido ensayo sobre la función de las palabras , que son infinitas, esté escrito con tan pocas de ellas.
La estirpe de los genios literarios es reducida y el hoy escribir de esta manera es un acto de feroz hidalguía y sublime valentía.-
OCTAVIO PAZ, México.

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"Las palabras, las simples palabras, qué terribles son !qué límpidas, qué vivas y qué crueles! Quisiera uno huírlas. Sin embargo, qué sutil magia hay en ellas !Parecen comunicar una forma plástica a las cosas informes y tienen una música propia, tan dulce como la del laúd o la del violín. Las simples palabras! ¿ Hay algo más real que las palabras ? .........Oscar Wilde

El ser humano puede ir sin monedas, hasta sin nombre, pero no se moverá sin un intangible cargamento donde en medio de hendeduras, lóbulos, tabiques, nervios, hay un filamento, ovillo de fibras, que guarda un tesoro inapreciable: sus palabras

En este cofre no hay tintas y produce colores; no hay meridianos y sugiere medidas; no posee relieves e inspira las formas. las palabras gobiernan el fuselaje cerebral en cuanto designan sus movimientos, incluyendo, desde luego, el mecanismo de las artes.
Pero hay un arte, el de la literatura, en que las palabras son la materia prima del pensamiento y del estilo. Esta alianza produce, como en el amor, su fruto:

la expresión.

Atahualpa, gran cacique, llevó a su oído la biblia que los misioneros le entregaron. Enseguida la tiró al suelo. No le decía nada. Representaba al público, ansioso de que la palabra escrita hable y solo perdura la que alguna cosa dice al oído del más ignorante.

Pero aquel encuentro del indio con el misionero simboliza, ante todo, el gran misterio de la comunicación humana. Seguros de ser explícitos, encargamos a las palabras un mensaje y ellas transmiten otro. Mejor o peor. Siempre distinto. ¿Traicionan nuestro pensamiento? no. Cumplen con establecer una resonancia de espíritus y es ésta la que, al producirse, no respeta ninguna clave ni se subordina a ninguna ley.

Nuestra idea, aún antes de encarnar en palabras, nos es infiel. Nos percatamos al corregir, placer doloroso, semejante a la cacería de relámpagos cuya claridad fugitiva desorienta.

Escribimos "espontáneamente". Pero la espontaneidad no existe. Es decir: en la espontaneidad no está la sinceridad. Del impulso espontáneo desprendemos partículas de nuestra verdad, vaciándolas en palabras. Las repasamos esperando nos repitan lo que hemos querido decir. Pero ya no queremos decir lo mismo que deseábamos. Tratamos de abrirnos paso en la espesura, desbrozando, cortando, entretejiendo. Sólo llegamos a obtener respuesta cuando hemos cambiado de envoltura. Y en esa transformación, sin quererlo, hemos modificado nuestra tesis. No es raro que terminemos defendiendo su antítesis. Así alabamos lo que criticamos, y criticamos lo que alabamos.

Expresarse es faena de lixiviación. Los ácidos disuelven las adherencias y dejan lo que resiste a su causticidad.

Obligados a expresar, previamente, a nuestra conciencia solitaria lo que tratamos de expresar a los demás, nos internamos en un túnel, sin imaginar ni siquiera el presentir que al otro extremo de la sombra nos espera la casualidad... y fruto de esta sinceridad final, descifrada e iluminada con nuestro esfuerzo, es lo único verdadero. Porque "solo proviene de nosotros lo que extraemos de la obscuridad que hay en nosotros"...

La sobriedad, virtud elemental de viejas literaturas, poco común en las hispanas, resalta como algo tan extraordinario que llega a ensombrecer, frecuentemente, otras cualidades más personales y hondas, de las cuales la sobriedad no es reflectora sino refleja. Una huella en la arena o una estela en el mar, sólo cuentan como delatoras del rastro del pájaro o de la nave. Los estilos valen dentro de la medida en que explican al hombre.

Así como de la maceración nace la sobriedad, se supone que de ésta brota la elegancia. Más, la simple sobriedad no es elegancia. La mediocridad macilenta, indigente de expresión, suele disimularse bajo el velo de la sobriedad. Un rústico puede ser sobrio sin ser elegante. La verdadera elegancia implica intención y, al mismo tiempo, ejecución, sin que se note, porque la naturalidad -- se ha dicho -- es, también, una pose.

Sin embargo, esa batalla por encuadrar "la armonía del lenguaje con la precisión del pensamiento". Es templar dos filos.
Hay que amansar las palabras como animales chúcaros, sin castrarles su brío: domesticarlas hasta el servilismo, son peores que en estado salvaje.

Como toda grandeza, la del lenguaje encierra sus miserias. Hay lectores que no perciben la nitidez. Las insinuaciones diáfanas no les suscitan nada, por el contrario, la extirpación de lo superfluo, les roba algo.

Desmenuzar cada frase, cada oración, recalcar que hasta tal punto y no más allá, que no se trata de eso sino de lo otro, que esto es ironía (¡ojo!) y aquello va en serio, pero sólo relativamente, porque... equivaldría a cuento de nunca acabar. La confusión es fatal desde el momento en que las palabras quedan a merced de las interpretaciones. Nunca se conseguirá evitar que algunos reduzcan el doble sentido a uno solo, o desdoblen lo que se ha dicho sin doblez, o descubran ironía en frases plenas de gravedad.

El adagio dice: "a buen entendedor pocas palabras". Los buenos entendedores definirían al buen explicador: uno que, sin desconocer valores secundarios, prescinde de lo accesorio y va derecho a lo principal.

Un tema que no se agota es el de si la elite o la masa, deciden la celebridad. Una teoría dice que es necesario descender para entusiasmar a la multitud. Otra, que no importa volverse inaccesible a la mayoría si se logra el favor de la elite. Una tercera, que se trata de más o menos concesiones: al vulgo, usando o abusando de la simplicidad hasta la simpleza; o concesiones a los eruditos, hablando lenguaje hermético.

La práctica, al margen de teorías, exalta obras difíciles y creaciones sencillas. Le da lo mismo. No se sabe de qué depende. Libros no leídos por el pueblo, son "populares" por cuanto el pueblo ignora su existencia. Los menciona como si los dominara. Otros, en cambio, que todos leen, no son valiosos en el concepto de personas investidas de autoridad.

Resumiendo: hay libros leídos, pero que no se nombran. Hay libros que se nombran y son poco leídos. Hay, también, escasos libros leídos y nombrados universalmente.

Estos últimos, raros, son quizás, los que dan en el clavo. Cumplen aquello que Joubert define sabiamente: "hacer entrar en el sentido exquisito en el sentido común, o hacer común el sentido exquisito".
Llegamos, por ese camino, al corazón de la manzana. La claridad, una y simple ¿existe? las obras que "todos comprenden" están llenas de contradicción y de misterio. El sortilegio del arte sólo nos da una ilusión de claridad. La biblia, libro de los libros, obra maestra de la literatura incluso para quienes dudan de la revelación, ha provocado cismas y guerras. Su interpretación controlada por doctores. Con récord de ediciones, milagrosamente clara, si la examinamos con facultades más finas, comenzamos a hallarla incongruente, nos sentimos perplejos por el absurdo de tópicos inconciliables. Sin embargo, leemos con gusto, a veces fascinados. Millones y millones, se hace la ilusión de penetrarla. ¿Se puede pedir más? el ideal de todo libro es llegar a todas las manos, sin perder la calidad.

Yo creo que, si dentro de la calidad, se logra producir ese embrujo sobre la multitud, se ha conseguido lo más importante. La reducción de la barrera en que choca el escritor para acercarse al público, o el público para acercarse al escritor, constituye el barómetro de la inteligencia recíproca en pos de la inteligencia universal.

La expresión es el estado de ánimo, la emoción, la pasión, que el rostro –o el estilo– comunican.
Un mismo estilo, un solo rostro, ofrecen millares de expresiones. El estilo es permanente. La expresión cambia. Tiene que variar continuamente.

Aunque un autor alcance la gloria, su estilo se vuelve arcaico en la posteridad, porque es producto de una época, de un ambiente, de una moral, del subdesarrollo o del progreso. Declina la actualidad de los inmortales cuyos nombres todos repiten y cuya obra sólo algunos vagamente conocen. únicamente sobreviven páginas, breve suma de palabras, esencia de su expresión, Rimbaud, anticipándose al olvido, encerró en ocho palabras su inmensa poesía: "presentí los silencios, las noches, expresé lo inefable..."

Si en estilo hay algo de mágico por lo subyugante, en la expresión hay algo de milagroso por lo casual. Arvers no mudó de estilo al componer un solo soneto memorable gracias a un instante de genialidad. Uno mismo, Chateaubriand escribió "los mártires" y "memorias de ultratumba". No obstante, sus "mártires" expiraron, mientras "las memorias" todavía respiran.

"Los escritores que influyen – cito, de nuevo, a Jouvert – son los que expresan perfectamente lo que piensa el público, los que despiertan ideas o sentimientos que tienden a brotar y que germinarán en el fondo. En el fondo de los espíritus están las literaturas".

Así como un rostro apolíneo puede ser frío, y otro, imperfecto, transfigurarse de fervor, no es indispensable un estilo clásico si la expresión es intachable. El estilo de Dostoievski es disparejo, a hito de digresiones enervantes, más, de repente, una luz, de una vela, alumbra a un asesino y a una prostituta que leen los versículos de la resurrección de la carne.

Mientras él le dice: "Tú y yo somos malditos, huyamos juntos", ella piensa: "parece que está loco" . Entonces interviene la magia. Ya no hacemos distingos: la garra oculta, la fuerza íntima del autor, anula nuestro discernimiento y lo transforma en admiración. A nuestros atónitos ojos, lo monstruoso y lo sublime se vuelven paralelos; los abismos del estilo parecen espejos que reproducen las cumbres. Cuando ella no representa una realidad, la palabra es tellum imbele sine ictu , porque está escrito que sólo tiene significado en este mundo lo que está relacionado con los hombres y permanece como parte constitutiva del destino o de la acción humana.

Es un viaje a lo ideal, pero con pasaje de ida y vuelta. El que no despierta se pierde en las utopías. Baudelaire, en ese viaje, va al cielo o al infierno "¡Qué importa!". Lo que importa es hundirse en lo desconocido para encontrar lo nuevo.

Cada período siente necesidad de adaptar el idioma a modernas funciones. Hoy día, en Francia, los escritores de 40 años hablan de suprimir los acentos, comas, todo lo que sea puntuación. Como si las funciones de esta época simbolizaran el caos, dicen que las partes de la oración agonizan, llevan a la anquilosis.

Nadie niega el encanto de hallazgos inéditos. Decir lo que se piensa, de una manera distinta, es fuente de belleza y, aun, es lo único que incita a leer.

Sin embargo, la obsesión, el atolondramiento, el frenesí, lejos de reanimar el lenguaje, lo estrangulan. Por eso, "la palabra, símbolo viviente, ligado inefablemente a la cosa que significa, muestra, en nuestros días, una tendencia a convertirse en simple signo abstracto, semejante a los del alfabeto telegráfico" Weilé.

La fuerza, siempre traicionera, decepciona especialmente en esa área imponderable donde la última generación francesa trata de aplicarla.
Cuando el idioma resucita, es obra del azar, se debe a los que no anunciaron prodigios. Obedeciendo a sus propios estados de conciencia, imprevistos, sin énfasis, tejen frases, combinan retruécanos, forman imágenes que designan por vez primera a las cosas. De este modo, abriendo cauce particular a su intensidad, Shakespeare, García Lorca, Neruda, Huidobro, entre otros, fecundaron manantiales de riqueza verbal insospechada, suficientes para saciar la sed de épocas exhaustas.

A pesar de su ingenio, de su originalidad, de su audacia acrobática, han mantenido el salvavidas que les asegura airoso aterrizaje, enlazados, armoniosamente, a la existencia. Neruda, al iniciar la más temeraria de sus expediciones (Alturas de Machu Pichu), diluvio de metáforas, orgía de nombres y de adjetivos, oye un "acuérdate que eres hombre" y dice: "Hundí mi mano turbulenta y dulce en lo más genital de lo terrestre". No pierde el contacto de esa tibieza humana que, a manera de cápsula espacial, lo libra de la disgregación, "porque el hombre es más grande que el mar y que sus islas".

Cuando admiré de cuerpo presente las catedrales góticas, comprendí que ni los incrédulos pudieran sustraerse al influjo de esos relieves.
Después, en el Coliseo Romano, vislumbré la fraternidad de lo visible con lo ideal en una expansión jubilosa del espíritu, inexistente en el gótico. Es una experiencia vital, sufrida. Por cada grieta del Circo una eternidad clama, asciende a lo inmaterial y forma un todo –piedra y cielo– en el espacio. La grandeza del Coliseo no está en su porte sino en su proyección: produce el efecto de lo inconmensurable y de contener a la vez el infinito. Es una expresión de lo arcano cimentada en pilastras de realidad.

Un semanario francés abrió un concurso con esta pregunta: ¿Por qué escribe Usted? Sobre respuestas eruditas, filosóficas, sicoanalíticas, triunfó la siguiente: porque soy viudo.

Punto de vista personal que traduce una verdad general para un escritor. Su "motivo" no es más que una ocasión para soñar.
No es, por cierto, una lección para principiantes, sino el sello o la última prueba de una labor.

Para esa ruta no hay mapas, ni planos, si señales. El caminante es un sonámbulo librado a su adivinación. Su brújula no está en el espacio, sino dentro de su espíritu.

La Gramática, pauta de la cual no puede prescindirse para "hablar y escribir correctamente", termina donde la literatura comienza. Algunas de sus partes "funcionales" las forman, paradojalmente, contravenciones convertidas en reglas por necesidad.
Los "tropos" , voces con acepción diversa de su sentido propio, cambian el significado natural de las palabras para que puedan expresar lo que representan.
Por ejemplo, una mujer cualquiera, se le dice "mi reina"; alguien, aparentemente cuerdo, se declara "loco de júbilo" y al que goza de buena salud, lo encuentran "muerto de la risa"…

Si tomáramos tales expresiones "al pie de la letra" – que no lo tiene – no se entendería nadie. Sería, entonces, el sentido lógico y literal, el que nos parecería absurdo y falso. "El racionalismo" – decía Ortega y Gasset – "es el misticismo de la razón". De ella nos desentendemos, justamente para ser razonables.

He citado ineludibles licencias del lenguaje corriente. Ahora, en composición literaria… leamos versos de Vicente Huidobro.

(De "El Espejo de Agua") :
Mi espejo, corriente por las noches
Se hace arroyo y se aleja de mi cuarto.
Mi espejo más profundo que le orbe,
Donde todos los cisnes se ahogaron.


(De "365 Pájaros tiene el Cielo"):
Trescientos sesenta y cinco canciones suben al espacio
Canciones con los ojos azules
Canciones con los ojos negros
Canciones con árboles gigantescos
Canciones con olas infatigables.


La poesía no se construye sobre cánones sino sobre licencias canónicas. Nos ponemos de acuerdo para vivir entregados al absurdo (absurdo-ab-ordinem: fuera del orden) . Lo peor es que ese absurdo es hermoso y que la superposición anárquica de sonidos y de reflejos verbales, nos libra de la uniformidad.

En prosa, estamos obligados a cometer otras tantas irreverencias para poder expresarnos. Abro, al azar, un diccionario. Mi vista cae sobre la palabra Ejército: "Un número considerable de tropas de infantería y de caballería combinadas para obrar contra el enemigo".

Esa es la verdad a secas, satisfactoria pero no emocionante. El P. Flechier, en su "Oratoria Sagrada", define al Ejército con los términos siguientes: "…un cuerpo animado de una infinidad de pasiones diferentes, que un hombre hábil hace mover para la defensa de la patria: una tropa de hombres armados que siguen ciegamente las órdenes de un jefe cuyas intenciones no conocen. Una multitud de almas, en su mayor parte viles y mercenarias que sin pensar en su propia reputación, trabajan por la de los reyes y conquistadores; un confuso agrupamiento de libertinos que es preciso conducir al combate, de temerarios que es preciso contener, de impacientes que es preciso acostumbrar a la constancia".

Por algo se dice (y ésta es otra figura) que el escritor está siempre al margen de la Ley. A tal punto la extorsionan, que los mismos que dictan preceptos gramaticales o los académicos que pulen y limpian el idioma, reconocen, enseguida, que la insubordinación a las leyes que ellos defienden, ha remozado y enriquecido el habla. Los antiguos incluso ignoraron las leyes e hicieron obras inmortales: epopeyas, tragedias y comedias que ya existían cuando Aristóteles les escribió "Poética". Sus reglas no hicieron más que consagrar el uso que libremente habían adoptado los autores.

El dilema no consiste en ser o no ser. Todo es y no es. En un mismo acto. El ser y el no ser, no se excluyen. Se complementan. El avance de uno que ocupa más terreno, o del otro, cuando recupera el suyo, es constante fluctuación que marca el ritmo armonioso de todo. Esa es la real cuestión.

No mentimos al decir que la ignorancia de los preceptos gramaticales y literarios, induce a escribir incorrectamente. Pero tampoco nos equivocamos al asegurar que le conocimiento y sumisión puntuales, causan los mismos resultados. Los que, escrupulosamente, cuidan de no trasgredir disposiciones, elaboran una prosa inerte, una momia perfecta. El exceso de libertad origina un estilo pedestre, pradera de vulgaridad y, a veces, de ordinariez. No obstante, el exceso de gravedad, profundidad, erudición. Lleva a la tiesura retórica, exenta de vitalidad comunicativa, de gracia alada.

Una carta de ALONE (notable crítico literario chileno) me parece especialmente apropiada como ilustración de mi asunto: contiene frutos de su experiencia y de su observación crítica: es el eje de mis dificultades, ecléctica, imparcial y clara. Dice así:

"Mi querido amigo:
Hay algo de singular, que casi me asusta, en las coincidencias Es mi libro de cabecera entre sus cartas, sus preguntas, y lo que me sucede: mis preocupaciones. ¿Usted tiene doble vista? Esto de las asonancias y disonancias en la prosa constituye, desde que empecé a escribir, el eje de mis dificultades. Inútilmente me digo que no importan, que otorgarles tanta importancia es un estorbo, una rémora, un bizantinismo pernicioso, una manía como la de Flaubert, algo que revela falta de presión interna y de verdaderas ganas de escribir: porque cuando éstas urgen y sube aquélla, los pequeños escrúpulos y aún los grande, son barridos por el viento. ¿Usted lee a Saint Simon? Es mi libro de cabecera. ¡Qué demonio! No le importa nada. Ni las asonancias, ni las disonancias, ni las discordancias. Todo se lo lleva por delante como una catarata.. ¡Y qué deliete inagotable de hallazgos de expresión, qué de imágenes, de elipsis, de rasgos profundos, certeros, acumulados, redoblados! Pues bien, todo esto es inútil; aún ahora al escribirle a Usted, mecánicamente, automáticamente, evito y procuro evitar las cacofonías y repeticiones involuntarias; ( los adverbios en mente son adrede…) ¿Son adrede? ¿No debería decir van adrede, los puse adrede…? Al fin he concluido por aceptar lo inevitable, por resignarme a lo que no puedo remediar y convertir ese escollo en un sistema para apoyarme en él. Me he dicho: "No repetirás": He ahí toda la Ley y los Profetas. No repetir palabras, sonidos, géneros, números, medidas, giros, volúmenes, colores, olores,…De ahí viene toda retórica, ésa es la almendra del arte de escribir. Aplíquela y verá. Con eso, más o menos, se me ha tranquilizado la conciencia y, si falto, sé que falto, a qué, por qué. No es poco. Claro que, después, quedan todavía mil incógnitas, todas del alma humana que son infinitas.

Si uno empieza a corregir, no termina jamás; porque cada línea traduce el estado de ánimo de un instante que pasa y una hora después, en otro estado de ánimo, parece débil o demasiado fuerte, no sirve "para el instante nuevo" y hay que cambiarla. Usted ve en lo que viene a quedar el consejo de guardar un manuscrito seis meses, el dar y cavar, pulir y repulir, limar y volver a limar. Sin embargo, eso es lo desesperante; estos consejos, estas reglas, encierran gran parte de verdad, no pueden rechazarse del todo… ¿Entonces? Entonces, mi querido amigo, viene la medida, la proporción, el no mucho ni muy poco, viene el instinto alógico, el tacto, la práctica, el gusto. Viene también esa sentencia de Renán que puse por ahí de epígrafe a un libro y que tanto me ha ayudado para poder escribir: "El arte de escribir consiste en resignarse a decir, a lo sumo, la mitad de lo que se piensa, y, por lo menos, una cuarta parte de lo que no se piensa". Medítela, practíquela, eche escrúpulos al aire y reciba el saludo de su viejo amigo".
ALONE

En inconsecuencia – no en consecuencia – la mejor manera de cumplir las reglas, es dudar de ellas, no esclavizarse a la línea recta.
No obstante, si alguno, atropellando las prescripciones, fracasa, tenemos perfecto derecho a recriminarle su indisciplina. La legalidad en literatura es como el contrabando o el golpe de Estado. Son delitos si fallan; el que traspasa hábilmente las aduanas, no es infractor, es buen comerciante; el conspirador afortunado, en vez de morir, empuña el cetro.

Así como ante señalamos, el ser y no ser se complementan. Los métodos fijos, infalibles – si los hubiera – no implicarían otro mérito que el de la obediencia.

Hemos dicho que la misión de las palabras consiste en establecer una comunicación, despertar eco. Hemos hablado de palabras, no de ideas, así como el escultor de Afrodita hablaría de formas y no de mitologías, pues los efectos maravillosos no se logran teniendo ideas, sino expresándolas en el órden másgico de una forma perfecta. Antes de ello, "El mundo está cerrado, opaco y silencioso. Cuando se descubre el secreto, todo se ilumina, se dilata y se hace cantante".

¿Qué son las ideas si no cuajan en el verbo? La palabra le presta alas, música, molde, temperatura, ímpetu, garbo.

La gente no toma posesión efectiva, consciente de este patrimonio. Lo dilapida. Lo pervierte. Hacen lo contrario de lo que debieran: despojan de sus sentido a las palabras en vez de afinárselo y descubrirles otro, insospechado. Las palabras están henchidas de vetas, de rastros minerales ignorados y es necesario hundir el taladro y perforar yacimientos que revelen y tonifiquen sus quilates invisibles.

Hay, para algunos, palabras que pasan de moda. Pero no es así. Si hacemos la prueba de exhumar palabras antiguas, presuntivamente muertas, y confiarles una función vital, vibrarán de actualidad, con energía juvenil y gracia hechicera. Pero no es preciso buscar deleite en términos arcaicos. Bastará con salir a la alegre feria mañanera donde hay palabras frescas y cómicas como repollo;
Palabras adorables como noche: ambiguas como calle; tentadoras como veneno; oscuras como un sí; bárbaras como un locutor; inglesas como twilight; dulces como mitsuko; increíbles como gobierno; escasas como dinero; caras como todo.

De mí sé decir que uso varias, huyo de muchas, tolero a otras, juego con todas. Amo, de veras, algunas palabras absurdas como caracol y humanas como pan.

Aunque me mataran no pronunciaría nunca: papi, mami, terno, bello, inconsútil, propender, epónimo…Buscaría, en cambio cualquiera ocasión para decir: iglesia, campana, musgo, muslo, insular, témpano, verdad, amor, Blanca.

El pueblo chino inventó la escritura ideográfica, fácil y práctica en la representación de cosas concretas. No hay problemas en dibujar una casa. Tampoco en hacer la forma de un corazón. Mas para decir, por ejemplo, "otoño", lo simbolizaron, ingeniosamente por medio de un árbol pelado. Llegó el momento de significar realidades que carecen de figura y recurrieron a la combinación directa de lo concreto y lo abstracto. La reunión de dos signos, otoño y corazón, sirvió para el concepto de tristeza. Fórmula que, al parecer, es concentración de milenios de lucha, de esplendores, de plagas, de ciencia, de leyenda, que enseñaron al Celeste Imperio a engastar toda la historia de su alma en una sola imagen: el otoño en el corazón.

Inevitablemente relaciono esa candorosa síntesis china con el espíritu de Jaubert que ambicionaba encerrar todo un libro en una página, toda una página en una frase y esta frase en una sola palabra.

Esa fórmula que podría estimarse ambición preciosista, es más filosófica que literaria. Pues ronda justamente en el misterio de nuestra comunicación. El misterio de su imposibilidad. El misterio del esfuerzo que hacemos a despecho de imposibles. El misterio de la impresión que tenemos de haberlo conseguido, aunque no sea más que una ilusión. Y todo misterio de la palabra es límite de nuestra expresión. La perfección consistiría no en generar muchas palabras tan llenas de luz que evaporaran hasta el último obstáculo de la comprensión. Ni tampoco en reducir todas las palabras en una sola, aunque pareciera el medio más elegante de simplificar. La perfección verdadera sería aquella que nos proporcionara un poder de penetración tan absoluto que volviera innecesarias las palabras. Que una mirada o un hálito bastaran para un entendimiento sublime, pleno y constante. Y aplacaran la angustia,, el deseo insaciable de decir, de hablar, de interpretarse, de entregarse e identificarse como ángeles o como dioses. Como Gabriela Mistral invita a ese interminable y celestial banquete de silencio elocuente: "Sentirás que a tu lado cavan briosamente – que otra dormida llega a la ciudad – esperemos que la hayan cubierto totalmente – y luego parlaremos por una eternidad…"

Sujeta a las mismas leyes que rigen la exactitud de los astros o el humilde arrastre del gusano, nuestras tentativas de comunicación barajan en ecuaciones tan reales como las del álgebra los infinitos factores que persiguen condensar la unidad esencial de lo que existe: no imaginamos cuántos dolores o qué remotas angustias han debido sumarse en el arquetipo de la expresión más castigada. Ni consideramos la enorme sugerencia, la afirmación temeraria y la duda latente implícitas de una verdad simple y grandiosa, a cada instante repetida, aunque nadie sería capaz de demostrarla: que dos más dos son cuatro.

Con la belleza rítmica, con el esplendor de la constante ceremonia, con la pasión de amarla como la única, de acariciarla con temor del tiempo que pase, que hace nacer y morir a cada instante, la palabra, mi amante, mi compañera de viaje sin destino, la que me conduce al éxtasis, antes, muchos antes que para siempre la pierda de vista y me abandone para dejarse amar por quien venga, la reconozca, juegue y la admire. La haga vivir y la haga morir, la palabra, la que me enseñó que soy esclavo de los que digo y amo de lo que callo. La que me traiciona, las que llevo en el baúl de mi alma, la más profunda: libertad, la que sobra y la que falta, por sobre todo la que nunca deja de llevarme lejos, hacia el infinito… amén.
Lomas de Chapultepec, México.

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