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Publicado: Martes, 09 de octubre de 2012

Gonzalo Bizama Muñoz


Gonzalo Bizama Muñoz, nace en Concepción (Chile) el 5 de junio de 1961. Realiza sus estudios en el "Lycée Charles de Gaulle" y en el Liceo Enrique Molina Garmendia, posteriormente, ingresa en la Universidad Católica de Talcahuano, graduándose como Licenciado en Educación Física.


Entre sus obras, está la novela titulada "El último malón" y un libro de relatos denominado "Los cuentos del antipoder" que en Chile ganó el Premio "Casa del Escritor". Actualmente trabaja en una segunda novela que se llamará "Las cartas mesiánicas". Vive en Madrid, donde participa en los círculos literarios "El color de la palabra" y "Escritores de Rivas".







DOS CUENTOS DE GONZALO BIZAMA

La pintura


Nakor y Arkaitz se escurrieron solos en el interior de la gruta. Nakor y Arkaitz cruzaron la primera albufera en un tronco ahuecado de nogal portando sus hachones encendidos, sus carboncillos y matices además de sus angustias y temores. Al dejar la canoa, siguieron el almagre de las estalactitas, descendiendo cada vez más al inframundo convencidos que sería inminente encontrarse con Jainkoko, el dios de la caverna, o al menos con Hartz, el oso hibernando. Pero poco les importaba todo eso, porque habían perdido para entonces el favor del espíritu de los animales. La comida escaseaba, el clan se descomponía, cada vez debían organizar partidas más largas e inconsecuentes y las mujeres recolectaban cada vez menos bayas o grosellas. Hasta los niños hacían caso omiso de Buru, el jefe, y Azti el mago practicaba todo el día sortilegios y conjuros coactivos que se habían vuelto tan patéticos como inverosímiles. Finalmente llegaron a la alta bóveda donde alguna vez sus antepasados hechizaron el espíritu del Uro o del rinoceronte lanudo pero hacía mucho que estos también habían decido trashumar al país de las estrellas porque nadie en el clan los había visto alguna vez pastando en las praderas. Entonces, extrajeron de sus morrales setas alucinógenas y las cocieron en un rimero de yesca encendida. Durante las primeras horas, no lograron percibir a ninguna manada de gamuzas, bisontes o caballos a pesar de las canciones y los ruegos, ni pudieron visualizar algún valle conocido donde se encontraran reunidos. Se entregaron a una danza frenética y a las preces pero en el trance solo distinguían la noche, vegas desiertas o frías hondonadas. Llevaron una buena parte de la mañana y el resto de la tarde en ello, agotados, comenzaron a recibir señas más finas y precisas, visiones extáticas, percepciones nítidas y reconocibles, el espíritu de las manadas estaba ahí con ellos. Extrajeron los tintes y las grasas, subieron a un peñasco y tumbados boca arriba, en las oquedades del techo y de la roca esbozaron a un bisonte siguiendo a su hembra, y a otra más acostada, aprovechando el declive de la piedra para conseguir el efecto de volumen. Dibujaron cada forma y cada músculo con lujo de detalles, capturando los gestos y el espíritu de los bóvidos porque si había algo que conocían -eran las manadas de los llanos. Quisieron cautivar el éxito de la cacería plasmando a los bisontes ya alcanzados por las flechas, pero luego estimaron que una osadía de ese tipo sería muy mal recibida por el Gran Espíritu de la Caza.

Continuaron la obra plástica combinando formas y colores, técnicas y texturas. Apenas eran jóvenes cazadores recién investidos en la ceremonia de pasaje, sin mayor reconocimiento dentro del grupo, sin grandes logros fama ni prestigio.

Los monteros antiguos, se habían entregado a la caza de cabezas entre otros clanes aledaños, convencidos que al interior de los cráneos se alojaban espíritus y sustancias vivificantes, pero a ellos les repugnaba esa práctica ancestral y establecían una clara barrera con la generación de sus mayores. Apelaban entonces a la evidencia de la magia, al incontestable poder de los espíritus para conseguir de ellos alguna certidumbre del presente y del futuro, en medio de fuerzas y circunstancias que no alcanzaban a entender. Se esmeraron en sus trazos y en sus mezclas de hematita, de sangre, de carbón y hierro oxidado. Soplaron los colores con cañas quemadas y esparcieron las tinturas con pinceles de ramas blandas para después sellarlas para siempre con una capa de sebo como aglutinante. Por algún motivo habían percibido a la manada apacible y distraída estacionada en la pradera. Los pesados machos con arrebatos descontrolados competían por las hembras, estas simulaban no atenderles y los terneros correteaban exultantes por los pastos. Quizás fueran sus ansias, las alucinaciones o su propia hambre que los llevó a dibujar una escena tan estable. Agotados, se tendieron en las rocas y se durmieron con los potes y pinceles en las manos. Durmieron tan profundamente que no volvieron a recibir visiones y al despertar habían perdido completamente el sentido del tiempo y a su lamparilla ya no le quedaba nada de grasa. La cueva estaba oscura, como la muerte, solo se sentían los aleteos y chillidos de los murciélagos y ellos hacía cinco días que no probaban algo sólido. Como pudieron encendieron el collar de brea de la antorcha, pusieron en los morrales sus pinturas, Nakor se echó a la espalda las azconas y los dardos, y Arkaitz cogió el propulsor de azagayas. Hicieron a paso rápido el camino de regreso, cruzaron la albufera en la canoa y cuando llegaban a la entrada de la gruta, escucharon la voz estridente del pequeño Ostots que venía hacia ellos llamándolos por sus nombres. A no más de un día de camino, los exploradores habían encontrado una manada tan grande y tan quieta que la vista podía perderse buscando donde terminaba en el valle. Se necesitarían a todos los flecheros para organizar una partida, y si todo resultaba bien el clan no sufriría hambre durante meses. La pintura sirvió como un gran llamado para los bisontes rojos pero finalmente había sido el espíritu que los había guiado hacia ellos.


Arbolito


"... un indio joven, apuesto, alto, de pelo largo al que metafóricamente llamaban Arbolito". Osvaldo Bayer, historiador.

Aquí que se lo estoy contando como lo vide, no va a venir usté a desconfiarme porque sería harto feo que me hiciera algún desprecio. Las cosas del desierto no son pa’ andarlas chamullando, ¿no ve que es de mal agüero andar haciendo bola con los muertos? Le digo que del partido de Ledesma habíamos salido para las Vizcacheras porque se decía que Catriel y Lemunao andaban aleonando a la gente y ya era cosa de unos pocos días pa’ que nos dieran un malón y tener a la indiada encima, pero mi coronel Rauch fue siempre muy re- porfiao y no hizo caso de los consejos que le dimos los baqueanos. Le dijimos que la mejor forma de pararlos era cortándoles el paso en la "Rastrillada de los chilenos" que es por donde seguro se llevan siempre los vacunos y las manadas de yeguarizos, pero al finao le dio con ir a buscarlos al bramadero y meterse en las patas de los baguales, sabiendo que en la pampa los indios se mueven más sueltos que huillines en los ríos, y que por muy marcenario que fuera, en la Frontera no es ná como las guerras de Nepuleón en Uropa y aquí gana siempre el más ladino y el más asolapao.

Partimos con dos compañías de "blandengues" pa’ tomar presos a los caciques pero a la altura de Salinas ya se veía que se habían corrido con su gente, y ni un toldo pudimos alcanzar ese día. Era puro perder la vista en la inmensidá mañana y tarde y ya ni los culpeos salían a echarnos una ojeada. Lo único que mirábamos de vez en cuando eran de esos humitos que echan los puelches para noticiarse pero tan a la distancia se veían que ya ni caso les hacíamos. Fíjese que tan re cansaos andábamos que ni una cebada de mate o una ración de charqui nos hacia gracia cuando acampábamos y lo único que pedía el cuerpo era echarnos a la luz de las estrellas y dormir como angelitos. Viera usté unas compañías de milicos roncando que da gusto en el medio de la pampa. Así nomás al otro día, el gringo era el primero en ponerse en pie, y ya estaba ofoscado por no pillar luego a los ranqueles. - ¡Chinel, Chinel, siguiendo rápido mapache!- era lo que más le oíamos bramar, y así anduvimos toda una semana entera en esos trucos tratando de encontrar el nido grande de los lanzas, y ya empezábamos a creer que se los había comido la tierra, aunque también sabíamos que estos diablos son como mala noticia que se aparecen cuando usté menos se lo espera. Yo ya había tenido mis entreveros por el lado de China Muerta, sabe..., y un día de esos hostigosos y medio muertos, cuando quedaba poco pa’ l fortín, nos atendieron detrás de unos lomajes, y viera usté como nos caía una lluvia de griteríos, lanzas y bolazos que daba gusto, y ahí nomás pelaron a cuatro bisoños que reciencito se habían traído de la leva; ahora entiendo que entre los más críos hubiera siempre tanta reserción. Otras veces, estas fieras esperan que se encuentre en medio del río vadeando los caballos, o bien que usté se pare y lo encuentren desmontao, y cuando se meta en una cañada o en algún abrevadero, entonces ahí se le vienen encima con todo su juror, y no espere en ese instante que le muestren alguna compasión porque el indio si hay algo que no aguanta es que le troteen en su tierra. La cosa es que ansí anduvimos varios días pensando que el malón lo darían por el norte; y pobrecitos los cristianos que se les cruzara la partida, porque no quedaría ni hembra ni ganado que no les llevasen los infieles y nosotros habríamos perdido toda la campaña y sobre todo la fatiga.

Pero vea que una tarde, cuando el sol se estaba echando y ya entre todos nos mirábamos las caras, reparamos que a una media legua, había una silueta en un monte de la que todos sospechamos, pero al gringo se le antojó de que era un arbolito y la dejamos tranquila. A la mañana siguiente, desayunamos muy confiados pero uno se fijó en que el arbolito ya no estaba, mas en llegando a las Vizcacheras la misma figura apareció otra vez como cortada en una peña, y así pasamos todo el santo día con la sombra como yunta. Mi coronel siguió insistiendo en que era un arbolito, pero pa’ que saliéramos de duda dio orden de galope para toda la columna. Finalmente se apercibió que el arbolito se movía tan ligero como la tropilla, y ahí fue donde cometió el error de su vida. Decidió ir a investigar por su propia cuenta y no quiso que lo acompañáramos ninguno de los más baqueanos. Lo vimos desaparecer en una hondonada, se fue muy confiado el incauto y al ratito escuchamos a lo lejos uno de esos alaridos fieros que dan los lanzas cuando atacan. Espoleamos los petisos con mi compadre Soza, pero ya era demasiado tarde. La cabeza de mi coronel Rauch venía rodando como pelota por entre las rocas y el arbolito hacía rato que ya se había juído. Le seguimos la polvareda y las huellas pero nunca pudimos alcanzarlo y al final se nos perdió en la grandeza de la pampa porque seguir a un indio al galope es como agarrar el viento con la mano. Envolvimos la cabeza en la casaca azul de don Federico y se la entregamos al gobernador de la provincia, y viera usté como el hombre se puso pálido de asustao. Después supimos que el indio se llamaba Maciel, y que había jurado cobrarse venganza por unas matanzas que el gringo le había hecho en su tribu.

Yo le digo una sola cosa, y aunque me acusen de antipatriota, pa’ mí que estos mapuches se traen algo y nunca van a respetar a la autoridá de los gobiernos , porque ya están cebaos a no regalarse con naides y tienen la libertá como su única señora y compañera. Dígame usté, mi amigo: ¿Ha visto alguna vez que se pueda amansar al cóndor?

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