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Publicado: Domingo, 11 de enero de 2004

Carlos I, un reyecito en Estocolmo


Lo cierto es que paralela a la Monarquia oficial conviven - aunque no coronados en pomposas ceremonias y sin ser descendientes de la alta alcurnia - un montón de otros reyes que se mueven a diario por las calles de Estocolmo, haciendole honor a sus títulos. Son los reyecitos que con ironía o no, han sido productos de sus tragicómicas experiencias y se han ganado esa categoría gracias a las vivencias sabrosas, entretenidas y también tristes que son sus vidas. Estocolmo, capital de éste frío reino escandinavo y nordico, son sus dominios y han contribuido a condimentar un poco ésta, por otro lado, bastante aburrida sociedad.
Aquí van entonces, algunas de sus legendarias historias.

De Cuando Carlos I, se arrancó de Irlanda

Sentado en un restaurante en el interior del centro comercial de Kista, suburbio industrial al norte de Estocolmo, saboreaba Carlos su tercera cerveza en compañía de unos cuantos tártaros. La vida no le había sonreído, pero se empeñaba no obstante por ser persona amable, de buen gusto y respetuoso. Todo aquél que lo conoce puede sin titubear decir que es así, como también que nunca le conocieron trabajo o profesión determinada. Pero, en ésta sociedad, eso no constituye un gran problema y para varios es incluso, una bendición terrenal de justicia social. Tal vez lo sea, tal vez no. Las opiniones aquí son dispares y los porcentajes de uno y otro bando varían, según la coyontura económica por la que atraviesa el país.
De edad media y sin duda uno de los reyecitos más jóvenes que haya conocido nuestra historia de monarcas-plebeyos en estas heladas tierras, irradia Carlos una simpatía magnífica y es muy difícil que a alguien le caiga mal.

Nada de mal parecido, con una sonrisa permanente en su cara de niño travieso, atrae en forma especial al sexo femenino sueco, de lo cual ha sacado muy buen provecho. De cuando en cuando, cae en largos periodos de depresiones que lo obligan a recurrir a la botella como anestésico de sus angustias, lo cual poco a poco lo ha llevado a una dependencia total con el alcohol, de la cual ya nunca ha podido salir. Pero, muy por el contrario de lo que se podría suponer, esto lo ha hecho más popular aún y la gran mayoría de sus súbditos, están dispuestos a vender sus almas con tal de ofrecerle ayuda. Tal es su carisma!

Carlos I, jamás se aprovechó de esa situación. Muy por el contrario, siguió siendo el mismo tímido y discreto reyecito que parece excusarse cada vez que alguien le tiende una mano. Pero para no faltar a la verdad, debo también puntualizar, que su largo período en el trono de los personajes que han pisado las antiquísimas y bien tenidas calles de Estocolmo, se ha debido en gran parte, a la excepcional política de bienestar sueca y su Seguridad Social, a la cual todos los que aquí viven tienen derecho. Sin ésta, indudablemente que otro hubiese sido su destino.

La joven muchacha sueca que atendía la pequeña cafetería, era de una belleza extraordinaria y al pasar por el lado de nuestra mesa, guardamos silencio siguiendo con la mirada sus bien formadas nalgas, que se balanceaban libres bajo la corta y negra falda que las ocultaba.

- ¡A estas tias como las hagan salen bien hechas! - dije en voz alta y Carlos dejó escapar una risita al tiempo que agregó:
- ¡Con ropas interiores negras y de espaldas sobre una gran cama, no hay quien les gane!
- ¡Y sobre sábanas rojas! - le dije con malicia - La combinación amarillo, rojo y negro es mi favorita!

Soltó una gran carcajada y comenzó a toser. Bebí un sorbo del café y le pedí un cigarrillo. Estaba intentando dejar de fumar pero sin mucho éxito. Al menos, había dejado de comprar tabaco, lo cual no hacia mejor las cosas. Y alguien me dijo un día que si seguía así, iba a morir de cancer ajeno. ¡Vaya idea!

- ¡Pero bueno! ¿Cuál es el lío?- le dije, invitandolo a hablar.
- La Caja de Seguros estatales me ha ofrecido jubilación por enfermedad.

Lo dijo como si estuviese reconociendo un crimen. Por aquellos años iba ya por los treinta y tantos y a esa edad, no son muchos los cuales se pueden acoger a ese beneficio. No supe exactamente que decirle y esperé. Le hice un gesto con la mano para que siguiera en su desarrollo, a la vez que en forma espontánea y sin quererlo, le pregunté:

- ¿Y eso, está bien o está mal?

Me miró fijamente a los ojos y aplastando con fuerza el cigarrillo en el cenicero me contestó con sarcasmo:

- ¿Y tú que crees? - acentuando lo de "tú". Lo miré a los ojos y nada dije, aunque estaba conciente que había metido la pata.
- A nadie le gusta reconocer que uno es un caso perdido, ¿no te parece? - agregó con voz suave y dulce. Era el mismo Carlos de siempre, el que nuevamente tomaba la palabra y la pequeña tensión provocada por mi estúpida pregunta, desapareció por completo.

- El problema es que me ponen como condición para la jubilación por enfermedad, la siguiente alternativa: tratamiento en una clínica francesa o en una clínica irlandesa. Por un año.
Guardé silencio pues presentí que una nueva pregunta sería un error. Sin lugar a dudas, no me encontraba en mi mejor forma de terapeuta. De todos modos la respuesta que pensaba obtener llegó por si sola cuando Carlos agregó:
- Es que he estado en todas las clínicas estatales y privadas de Suecia y no tienen nada más que ofrecerme! Je, je, je!

Siempre bromeaba de su tragedia personal. Era seguramente su manera de sobrevivir. Me reí también y le pregunté:
- ¿Y el dilema? ¿Cuál es el dilema?
- El dilema, mi gran amigo, es que no sé si elegir los vinos franceses o el whisky irlandés!
Y se retorció de la risa, llamando la atención de la gran mayoría de los que se encontraban allí. Debo reconocer que tenía humor.

Me enteré algunas semanas después, que se había embarcado rumbo a Irlanda y que se había comprometido con la Caja de Seguros sueca a cumplir el año que duraba el tratamiento. Recuerdo que pensé no sin ciertos sentimientos de culpa, que el whisky le había ganado al vino francés.
Al llegar a la clínica le habían quitado su pasaporte, limitándole además las salidas afuera del establecimiento. No se sentía a gusto y quería volver cuanto antes a Estocolmo.
Pasaron un par de meses sin que nada supiese de él hasta que cierto día recibí una llamada de larga distancia desde Londres (?)
- Si. Desde Londres! - me dice la operadora con cierta irritación en su voz.
- ¿Está dispuesto a pagarla o no?
Más que nada por curiosidad acepté cancelarla pues estaba seguro que no conocía a nadie en esa ciudad. Pero claro, no había contado con la astucia del reyecito Carlos y su asombrosa habilidad para conseguir que lo ayudasen. Donde estuviera y de quien fuese.
- Escucha! - me dice con calma. Necesito tu ayuda!
Y antes que continúe lo interrumpo:
- ¿Te trasladaron a Londres?
- No! me dice y agrega - Me arranqué…!
Un montón de preguntas dan vueltas por mi cerebro, sin decidirse en que orden salir.
- Pero - logré preguntarle después de titubear unos segundos - ¿cómo llegaste a Londres sin pasaporte? ¿Y de dónde estás llamando?
- Desde el teléfono de una inglesa que vive en el centro de Londres! - me dice y suelta esa risita suya tan típica y agrega - Ya te explicaré todo! Ahora necesito que alguien me vaya a buscar a Arlanda(*).

Un vehiculo para irlo a buscar no fue ningún problema conseguir y ya instalados en el auto de uno de sus súbditos me contó que, una noche simplemente había saltado el cerco que rodeaba la clínica, había esperado el día caminando por las calles de aquella ciudad irlandesa (de la cuál nunca supe como se llamaba) y ya entrada la mañana, se había dirigido al consulado sueco, donde había contado que su pasaporte se le había extraviado. Fenómeno bastante habitual entre los turistas suecos en el extranjero y que no llamó en nada la atención del personal consular, quién con mucho agrado y sin más indagaciones le otorgó un pasaporte provisorio, válido hasta la entrada a Suecia. Le compraron además, un pasaje en tren hasta Londres desde donde se embarcaría rumbo a su reino de nieve y hielo.
- Y la inglesa que te prestó el teléfono? - le inquirí con verdadero interés pero no obtuve más respuesta que su risita tan típica y unas cuantas palmaditas en la espalda.

Y cuando me lo volví a reencontrar en Estocolmo, estaba sentado en un restaurante en el interior del centro comercial de Kista, suburbio industrial al norte de Estocolmo, saboreando su tercera cerveza en compañía de su séquito habitual.

(*) El aeropuerto internacional de Estocolmo.

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