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Publicado: Lunes, 25 de febrero de 2013

Mario Bojórquez (1)

Serie Poesía Latinoamericana (1965 - 1980)


Mario Bojórquez, (México, 1968). Es autor de libros de poesía, ensayo y traducción, y su obra ha obtenido diversos reconocimientos, como el Premio Estatal de Literatura de Baja California (1991), el Premio Nacional de Poesía Clemencia Isaura (1995), el Premio Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa (1996), el Premio de Poesía Abigael Bohórquez (1996), el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes (2007), y el Premio Bellas Artes de Ensayo Literario José Revueltas (2010).


Recientemente recibió el Premio Alhambra de Poesía Americana (2012), otorgado por el Patronato de la Alhambra y Generalife y el Festival Internacional de Poesía de Granada, España y la Distinción Príncipe Tecayehuatzin de Huexotzinco. Entre sus libros de poesía destacan: Pájaros sueltos, Contradanza de pie y de barro, El diván de Mouraria, El deseo postergado y El rayo y la memoria. Es uno de los poetas más importantes de su generación.


POEMAS DE MARIO BOJóRQUEZ




PARA UNA LECCIóN DEL SUJETO POéTICO

Pero cómo decirme, decirte, decirles,
que tengo, tienes, tienen, los ojos entornados,
si al final de los ojos, guardo, guardas, guardan,
la almendra de los días y los rotos veranos.

Pero cómo callarme, callarte, callarles,
estos silencios suyos, tuyos, míos,
si en mis, tus, sus, ojos, hay palomas abiertas
sobre campos de sangre, que yo, tú, ellos,
miran,
miras,
miro,

(De Pájaros sueltos.1991)


CASIDA DEL ODIO
I

Todos tenemos una partícula de odio
un leve filamento dorando azul el día
en un oscuro lecho de magnolias

II

Todos
tenemos una partícula de odio macerando sus jugos
enmarcando su alegre floración
su fruta lánguida.

¿Pero qué mares
ay, qué mares, qué abismos tempestuosos golpean
contra el pecho y en lugar de sonrisas abren garras
colmillos?

Levanta el mar su enagua florecida, abajo de su piel va
creciendo otra ola dispersada en su vacua intrepidez elástica.
Levanta el mar su odio y el estruendo se agita contra los
muros célibes del agua y atrás y más atrás viene otra ola,
otro fermento, otra forma secreta que el mar le da a su odio,
se expande sábana de espuma, se alza torre tachonada de
urgencias; es monumento en agua de la furia sin freno.

III

Todos tenemos
una partícula de odio
y cuando el hierro arde en los flancos marcados
y se siente el dolor de la carne quemada
hay un grito tan hondo, una máscara en fuego
que incendia las palabras.

IV

Todos tenemos una
partícula de odio.

Y nuestros corazones
que fueron hechos para albergar amor
retuercen hoy sus músculos, bombean
los jugos desesperados de la ira.

Y nuestros corazones
otro tiempo tan plenos
contraen cada fibra
y explotan.

V

Todos tenemos una partícula
de odio
un alto fuego quemándonos por dentro
una pica letal que orada nuestros órganos.

Sí, porque donde antes hubo
sangre caliente, floraciones de huesos explosivos,
médula sin carcoma,
empecinadamente, tercamente,
nos va creciendo el odio con su lengua escaldada
por el vinagre atroz del sinsentido.

VI

Todos tenemos una partícula de
odio
y cuando el índice se agita señalando con fuego
cuando imprime en el aire su marca de lo infame
cuando se erecta pleno falange por falange
!Ah! qué lluvia de ácidos reproches
qué arduos continentes se contraen.

El gesto, el ademán la mueca
el dedo acusativo
y la uña
!ay!, la uña
corva rodela hincándose en el pecho.

VII

Todos tenemos algo que reprocharle al mundo
su inexacta porción de placer y de melancolía
su pausada, enojosa, virtud de quedar más allá
en otra parte
donde nuestras manos se cierran con estruendo aferradas al
aire de la desilusión; su también, por qué no, circunstancia de
borde, de extrema lasitud, de abismo ciego; su inoportunidad, sus prisas.
VIII

Todos tenemos algo que decir de los demás
y nos callamos.

Pero siempre detrás de la sonrisa
de los dientes felices, perfectos y blanquísimos
en sueños destrozamos rostros, cuerpos, ciudades.

Nadie podrá jamás contener nuestra furia.

Somos los asesinos sonrientes, los incendiarios,
los verdugos amables.


(CODA)

En alguna parte de nuestro cuerpo
hay una alarma súbita,
un termostato alerta enviando sus pulsiones,
algo que dice:
ahora
y sentimos la sangre contaminada y honda a punto de saltarse
por los ojos, las mandíbulas truenan y mascan bocanadas
de aire envenenado y la espina dorsal, choque eléctrico, piano
destrozado y molido por un hacha y los vellos, las barbas y
el escroto, se erizan puercoespín y las manos se hinchan de
amoratadas venas, el cuerpo se sacude, convulsiones violentas
y todo dura sólo, apenas, un segundo y una última ola de
sangre oxigenada nos regresa la calma.


CASIDA DE LA ANGUSTIA
I
Un ácido durazno
una escaldada lengua de durazno
un picante y ardiente y amargo y picante durazno
en la escaldada lengua, oh tristes,
eso es la angustia.
¡Ah! sonrisa estudiada, aligerada, ensayada en el espejo
de lo que no digo.
¡Ah! estúpida respiración despepitada, oprimida, deletreada
veneno inocuo
ulceración.
Qué frágil corazón para el que sufre angustia
qué lenta máquina, qué desastrada
y lenta máquina es el corazón.
II
No conoció la fiebre
mi lengua no conoció la fiebre
no se alzó enardecida para un canto febril
sólo un cantar alegre
oh tristes
sólo un cantar alegre
cantaba mi lengua en su canción.
III
Este veneno ya estaba en mí
en mi sangre
antes de mí, mi sangre ardió,
antes de mí, mi sangre envenenaba a otros,
mi padre y su padre y sus abuelos, todos heridos
hasta el principio primordial.
Todos ardían como yo
todos arden conmigo.
IV
Pero el veneno escalda la lengua más feliz
¡oh, tristes!
Hablo de mí, sólo de mí.
(De El diván de Mouraria. 1999)



BROOKLIN BRIDGE
Desde la otra orilla de lo que digo
se tiende un puente para llegar a mi palabra
Cada vez que pronuncio mi nombre
mi nombre vuelve a mí desfigurado
Cada que digo agua, el agua vuelve viento
el viento fuego, el fuego mi nombre exacto
pero mucho más pleno, y más desconocido.
Tiro palabras, nombres, versos a la otra orilla
cada vez
y cada vez anuncia nuevas intensidades
de lo que no conozco.
Habría de arrojar sobre este puente
aquello que no digo, mi silencio
para que alguna vez vuelva el poema.


GUGGENHEIM MUSEUM
La incesante espiral por donde el mundo sube


baja.
La espiral incesante por donde voy conmigo
para ascender en mí
y regresarme.
Por donde yo incesante
espiral de mis huesos.
Diestro desde lo mío
hacia yo
vuelta en mí mismo.
Incesante, por donde yo
espiral apenas.
Retorno sin aliento.
Espiral donde incesante yo
para mí, en mí.


STATUE OF LIBERTY
En Fifth Avenue nadie mira al vecino
todos tienen en su abrigo negro un botón
es el botón del excuse me
Avanzan en la acera repleta
de Godiva Chocolatiers hasta Saint Patrick
pronunciando entre dientes excuse me excuse me
(Yo también he aprendido a decirlo
pero aún no logro pronunciarlo con indiferencia
me falta indiferencia)
Cada vez que me topo con alguien
digo excuse me
pero busco la cara, trato de reconocer
el rostro, el cuerpo, con el que he tropezado
me falta indiferencia
Por eso hoy, justo a la salida de Barnes&Noble
he podido observar su bronceada figura
el tacto solid brass de su piel tan pulida
Excuse me, madame, he dicho
y los rayos de su corona han brillado para mí.


CHINATOWN
El anciano se acerca al fogón
y trincha el pato
que después partirá
sobre la tabla aceitada.
-El viejo Won Ton
conoce todos los hongos
y todas las pimientas - dice
mientras
mi lengua se hace agua.


TRIBECA
Hay una termita en los muelles que ambiciona comerse el mundo entero.
Los hombres del mar se ríen de sus bravatas
pero en el fondo saben que una termita empecinada
puede ser un peligro.
Una termita al año, trabajando dos turnos, dañará, sin dudarlo,
un largo tablón de encina y con suerte una trave.
Esto no les preocupa.
Seguro el municipio o la capitanía de puerto
repondrá los maderos.
Esta ciudad es grande, grande es su presupuesto,
donde no faltará, es claro,
un buen plan general para mantenimiento.
La termita trabaja dos turnos y descansa
con la satisfacción de que su obra continúa
a pesar de las muchas dificultades.
Los hombres del mar se alejan con sus mercaderías
y entre bromas y ron la recuerdan.
¡Ah! -se dicen- La empecinada termita y sus pequeñísimos dientes.
Sus graciosos discursos, de pronto,
quedan atravesados por silencios terribles
y el rumor de las jarcias
eriza inesperadamente el vello de sus espaldas.
(De Pretzels. 2005)



CANTO
Dame, Señor, piedad para mí mismo
Y que mi obra te responda.
(Francisco Cervantes)


I
Con la pesada llaga ya sin cuerda en el cuello
Con el dogal vacío y la enhiesta pesadumbre que no implora ya más
Que no tunde ya el hueso carcomido, ni la visión postrera
Aquí cerca del junto
Me pongo a recordar muelles del aire donde atracó la sombra de otro tiempo
Me pongo a recordar y digo
Siete palabras sin brillo de cosecha para tu cruel memoria
Que allende el río
Donde la ciudad reposa con luciente escafandra
Donde soñé algún día volver para quedarme
Se van desvaneciendo los deseos
Y de mí sólo queda una vaga sustancia que no me nombra ya
Que no contiene todo el vigor, la lumbre de otro tiempo encendido.

II
Campo de cebollas
Para tu triste deambular
Con la brisa bordeando
Su hoja espiritual
En el surco de llamas
Abriéndose
En la hendidura de la tierra
Con su fruto amargo
Su corazón de aire
En el cielo apretado
Su puño de miserias
Decantado licor
De almendras amarillas

III
Te acercas
A los patios
De las primeras casas
El ruido
De tus trastos
Altera los ladridos
Pareces
Una sombra
Que se mueve
En el aire

IV
Regresarás del llanto en la postrera cumbre
Tu oído sensitivo desliará el soplo de flautas
Que te anuncian con cara deslavada
Por el fútil contacto de fluidos
Tu mano trémula se aferrará al báculo torpe
Como las hierbas huérfanas al borde del abismo

V
Qué desmedrada
Encía
Para tus cuatro dientes
Qué espalda
Que encorvada
Ya no distingue
El peso de lápidas atroces
Qué desolada
Respiración
Te pone en pie

VI
Te quedaste sin tierra
Dispersa partícula de polvo
Te quedaste en el irte
El ir te dio tu casa
Labró tu sombra
Puso en el patio
Tu maceta de lirios congelados
Pero en el ir también
Quedaron los deseos
Plantados a orillas del camino
Arboleda de natas
Para tu pie ligero

VII
Sólo nombraste el bosque que te vistió de niño
Su alegre arboladura
Su tenebra de musgo
Por eso es que volver
Regresar en el soplo ardiente
En la escama de vidrio de tus ojos
No puede ya salvarte
No entregarás tu espada capitán abatido
No te dará un pañuelo esa mano
No limpiarás tus lágrimas
Oyes llamando el grito del cabrero
El cencerro espigando el aire de la tarde
El hato que congrega el pasado a la vera

VIII
Aquellos tus amigos
Extenderán sus manos
Como quien tiende un recibo por cobrar
Una minuta detallada de todas tus traiciones
Pero nunca sabrán
Que tú has pagado ya las deudas
Que no hay nada que valgas
Ni siquiera el resuello que te mantiene erguido

IX
Ninguno podrá jamás decir de ti
Tuve su mano franca junto a la mía estrechando el deseo
Haciendo de una fuerza común un compartido sueño
Si alguien te vio no supo nunca el color de tus ojos
La vena matriz de tu corazón
Apenas diste un paso para retroceder
Y un gesto que acusaba bondad se congeló en tu boca
Y de tu lengua sólo saltó un desflorado ramo de pétalos insomnes
Que dejaba al oído siempre un olor
Pero nunca una palabra clara

X
Por eso hoy que regresas
Ya nadie reconoce tu rostro entre las piedras
Nadie un saludo un gesto que te confirme el pecho
La memoria de un sol para la cara fresca
Tus manos distraídas en el fulgor del bronce
Nada a tu paso es hierba de oro para la necesaria infusión de tu recuerdo
Ni una resina un bálsamo para tu piel quemada por el sol de los trópicos
Ni siquiera la lumbre de tu propio pasado

XI
Porque dejan tus manos el cincel en el borde de antiguas limaduras
Tus manos que labraron tu boca para decir palabras donde el norte crecía
Nada
Ni un cabalgar de noche a lomos de la savia
Un continente errante en el pecho injertado
Un mínimo silencio que diga sí, adelante
Que te ponga los pies en la vereda conocida
Y tomes rumbo sin volver la mirada
Alegre al menos
De saber que te vas que ya te has ido
(De El deseo postergado. 2007)

Preguntas, sugerencias y colaboraciones enviar al correo-e:     pcnetinfo@panoramacultural.net