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Publicado: Sábado, 04 de mayo de 2013

Confesiones del Lobo Sapiens

Entrevistas a Hernán Lavín Cerda


por Mario Meléndez y Gerardo Miranda

M.M.- Hoy, 25 de abril, d√≠a lunes, despertamos con la triste noticia del fallecimiento del poeta chileno Gonzalo Rojas, nacido en Lebu en 1917, autor de libros fundamentales para la poes√≠a hispanoamericana como La miseria del hombre (1948), Contra la muerte (1964) y Oscuro (1977) ¬ŅQu√© recuerdos tienes de Gonzalo? S√© que fueron muy cercanos.

Hernán Lavín Cerda

H.L.C.- As√≠ es. Con Gonzalo nos conocimos durante una reuni√≥n de poetas j√≥venes. √©ramos los llamados poetas emergentes de la generaci√≥n de 1960. Fue un encuentro que se celebr√≥ en la Universidad de Valdivia en 1965, si no recuerdo mal. Invitaron a poetas j√≥venes de distintas zonas de Chile. Aquel evento estuvo organizado por un profesor que fue convirti√©ndose, poco a poco, en un especialista de la poes√≠a latinoamericana: me refiero a Jaime Concha. Seg√ļn el registro de mi memoria, tambi√©n tuvo una participaci√≥n destacada Federico Schopf, quien no s√≥lo era un analista riguroso del fen√≥meno escritural, sino que tambi√©n incursionaba en el campo de la poes√≠a. Con los a√Īos, parece que Schopf ha optado m√°s bien por el ensayo literario y la docencia e investigaci√≥n, siempre en el √°mbito de la poes√≠a, por supuesto. Su sensibilidad surge del arte de la palabra, por supuesto. Aparte de estos autores que ya he mencionado, llegaron a Valdivia dos poetas mayores en aquel tiempo: me refiero a Gonzalo Rojas, quien viv√≠a en Concepci√≥n, y Braulio Arenas, quien fue desde Santiago. Poco a poco nos fuimos conociendo: paso a paso. F√≠jate lo que es la vida: all√≠ empez√≥ a vivir la llamada Generaci√≥n de Poetas de los 60, s√≠, aquellos que empezamos a publicar nuestros libros a partir de ese per√≠odo. Ya sab√≠amos de Gonzalo Rojas porque la Editorial Universitaria, en Santiago de Chile, hab√≠a publicado su libro Contra la muerte. Eso ocurri√≥ en 1964. Dentro del volumen se inclu√≠a un grabado del artista Julio Esc√°mez: en √©l aparece un hombre sobre un caballo gris, y abajo, de pie, hay un ni√Īo de unos siete a√Īos. A√ļn conservo el grabado y aquel volumen de 92 p√°ginas. Su dedicatoria es muy breve, pero luminosa: "A Nora y Hern√°n Lav√≠n Cerda. Al amor: al rel√°mpago. Gonzalo. Casilla 1372, Concepci√≥n, Chile". El libro se abre con un texto fundamental: "Al silencio", y concluye con otro muy breve y no menos importarte, pues se trata de una especie de arte po√©tica. Se titula "La palabra" y dice: "Un aire, un aire, un aire,/un aire,/ un aire nuevo:// no para respirarlo/ sino para vivirlo". Sospecho que reci√©n est√°bamos descubriendo o mejor dicho valorando en toda su dimensi√≥n a Gonzalo Rojas. Sab√≠amos de La miseria del hombre, sin duda, su primer libro publicado en Valpara√≠so en 1948 ("Una edici√≥n horrorosa", nos dec√≠a Gonzalo, con ilustraciones de Carlos Pedraza en la l√≠nea del expresionismo doliente). Debo se√Īalar que aquellos poemas fueron descubiertos y valorados por nosotros con cierta lentitud. Transcurrieron varios a√Īos. Pero al editarse Contra la muerte en 1964, diecis√©is a√Īos despu√©s de su primer libro, pudimos apreciar la energ√≠a que a√ļn habita en las escrituras palpitantes de Gonzalo, a partir de su obra inicial. Nuestra lectura de Contra la muerte nos hizo descubrir o m√°s bien redescubrir esa potencia que viene palpitando desde los tiempos de La miseria del hombre. Con la obra de Gonzalo se dio entonces aquel fen√≥meno de los descubrimientos algo tard√≠os, o m√°s bien un redescubrimiento. En lo personal, antes de conocer personalmente a Gonzalo Rojas en aquel Encuentro de Valdivia, debo contar la siguiente historia: yo reci√©n me hab√≠a casado con Nora Figueroa de la Fuente, quien tambi√©n es maestra de Literatura Hispanoamericana, y por aquel tiempo tuvimos amistad con un profesor que era muy apasionado por la poes√≠a: me refiero a Vicente Parrini, quien escrib√≠a poemas y art√≠culos sobre literatura en el diario El Siglo. Era miembro del Partido Comunista y un defensor entusiasta de la Revoluci√≥n Cubana. Yo publicaba art√≠culos y ensayos literarios en el peri√≥dico La Naci√≥n, por all√° por 1960, 1961, 1962, si no recuerdo mal, y tambi√©n empec√© a publicar algunos textos de esta misma √≠ndole en El Siglo, pero bajo el seud√≥nimo de √°ngel Castillo. Yo ten√≠a un poco m√°s de veinte a√Īos. Un d√≠a lleg√≥ Vicente Parrini a nuestra casa. Nora y yo nos hab√≠amos casado en febrero de 1963. Viv√≠amos en un departamento que rent√°bamos muy cerca del bell√≠simo cerro Santa Luc√≠a. Ah√≠ apareci√≥ de pronto Vicente, muy emocionado porque hab√≠a descubierto y le√≠do a fondo La miseria del hombre. Era un hombre mayor que nosotros, muy apasionado, nervioso, que fumaba sin piedad y sin tregua. Recuerdo que me dijo mientras su cuerpo se estremec√≠a de tanta emoci√≥n: "¡Ay, mi querido Hern√°n, tienes que leer a este poeta ahora mismo, lo antes posible, porque es una verdadera bomba, s√≠, una convulsi√≥n, y en el campo amoroso es m√°s bien un animal con inclinaciones carn√≠voras, sin duda, una especie de antrop√≥fago insuperable! Digamos que devora a la mujer, verso a verso, y sin misericordia. Es un fen√≥meno indiscutible. Prom√©teme que lo leer√°s cuanto antes. Gonzalo devora al elemento femenino, como debe ser, ¬Ņno te parece? ¬°Despu√©s de leer a fondo sus poemas, no hay duda que estamos en presencia de uno de los grandes poetas antrop√≥fagos de la humanidad! Te dir√© que yo entiendo as√≠ el amor: es un fen√≥meno que no est√° muy lejos de cierto canibalismo; lo digo en sentido figurado, como es obvio. Los verdaderos poetas amorosos o m√°s bien er√≥ticos, lo erotizan todo, a partir del idioma, y acaban por devorarse po√©ticamente a la mujer. Es un fen√≥meno apasionante, ¬Ņverdad? As√≠ entiendo el amor: me gustar√≠a vivirlo de ese modo. Yo lo veo y lo siento en la piel, de profundis, m√°s all√° de la piel. Sin duda que el amor es una convulsi√≥n hormonalmente revolucionaria. No tiene mucho que ver con el juego superficial de la burgues√≠a. ¬ŅVerdad que s√≠? Recuerdo que todo eso era muy divertido. Hab√≠a una parte muy graciosa y hasta delirante en aquel juego. A partir de aquellas visitas de Parrini a nuestro departamento junto al cerro Santa Luc√≠a, qued√≥ flotando en el aire el nombre de Gonzalo Rojas. Empec√© a leerlo y fui descubriendo la combusti√≥n y el juego imantado, siempre imantado de su poes√≠a, as√≠ como los distintos grados de su temperatura r√≠tmica. Entonces era muy divertido todo eso, ten√≠a una parte graciosa aquel juego, y a partir de all√≠ me qued√≥ zumbando en el o√≠do la idea de conocer alg√ļn d√≠a a Gonzalo Rojas. Este fen√≥meno debe haber comenzado all√° por 1961 √≥ 1962. Poco despu√©s se realiza el Encuentro de Poetas J√≥venes al sur de Chile, en Valdivia, y al fin tenemos la fortuna de conocer a Gonzalo en cuerpo y alma. Confieso que lo adoptamos de inmediato como uno de nuestros maestros de mayor altura po√©tica, dig√°moslo as√≠. Lo inolvidable de aquel encuentro, entre otras cosas, fue que adem√°s empezamos a conocernos entre todos. Ah√≠ estaban, si la memoria no me es infiel, Omar Lara, Jaime Quezada, Enrique Vald√©s, Carlos Cort√≠nez, Oscar Hahn, Waldo Rojas, Floridor P√©rez, Jaime Quezada, Gonzalo Mill√°n, Ronald Kay y vuestro inseguro servidor, alias Cayo Valerio Lav√≠n Cerdus, s√≠, el Lobo Sapiens o Su Majestad la Mano Peluda o m√°s bien el Se√Īor de los Cielos. Por aquel tiempo, yo trabajaba en la secci√≥n de Literatura Iberoamericana, dentro de la Biblioteca Nacional, y ya hab√≠a publicado un art√≠culo sobre el primer libro de poemas de Omar Lara, quien me lo envi√≥ desde la ciudad sure√Īa de Concepci√≥n. Tendr√≠a unos 23 a√Īos y ya publicaba art√≠culos en suplementos y revistas literarias de Chile. Escrib√≠ mucho en aquel tiempo de mi primera juventud. La buena literatura me deslumbraba. Dicho de otro modo: el Arte de la Palabra y no la basura comercial o no comercial, que inevitablemente se lleva el viento. Recuerdo que Omar me mand√≥ una carta de agradecimiento a la Biblioteca Nacional, all√° en Santiago de Chile, y algunos a√Īos despu√©s, cuando nos conocimos personalmente, me dijo en un tono de sorpresa: "Es curioso, pero yo pens√© que t√ļ eras mucho mayor de edad". Tengo la impresi√≥n de que hab√≠a encontrado muy sesudo, modestia aparte, el art√≠culo que yo hab√≠a escrito sobre su primer libro, Argumento del d√≠a (Editorial Padre Las Casas, Temuco, 1964).

M.M.- Trilce y Ar√ļspice eran las revistas de esa generaci√≥n
H.L.C.- En ese tiempo, Trilce y Ar√ļspice estaban naciendo. Emerg√≠an aquellas revistas que fueron muy importantes para el desarrollo de nuestra literatura y de nuestra poes√≠a en particular. Como ya dije, √≠bamos descubriendo, paso a paso, que emerg√≠a entonces una nueva pl√©yade de poetas de tonos muy variados, aun cuando ten√≠amos, como es obvio, muchos puntos en com√ļn. El cr√≠tico y maestro Luis Bocaz sigui√≥ los pasos de nuestra generaci√≥n desde sus or√≠genes. Tambi√©n descubrimos a Oliver Welden, aquel poeta que ven√≠a del norte, de Antofagasta, junto a la inolvidable Alicia Galaz. Por lo que s√©, Alicia ya no est√° en este mundo, pero ¬Ņqui√©nes son los que van por este mundo todav√≠a? Los exilios, que siempre son en plural, provocan trastornos no s√≥lo geogr√°ficos, sino tambi√©n ontol√≥gicos, lingü√≠sticos, carnales, en fin. Su Majestad el Tiempo se trastorna y, paso a paso, vamos convirti√©ndonos en sombras como algunos personajes de Juan Rulfo. Hace algunos d√≠as recib√≠ un libro de Oliver Welden desde Santiago de Chile. ¬°Cu√°nta emoci√≥n! Supe entonces que hab√≠a vivido en Estados Unidos, posteriormente en Suecia, y ahora me escrib√≠a desde La Reina, en Santiago de Chile. El exilio suele ir en plural: hasta la sangre del alma se nos va pluralizando, oh Dios. Recuerdo que Alicia y Oliver prepararon una tesis profesional para la Universidad de ¬ŅArica o de Antofagasta?, al norte, y me trataron muy bien: descubrieron los aspectos fundamentales de mi escritura po√©tica durante aquellos a√Īos. Su estudio tambi√©n abarc√≥ a buena parte de nuestra generaci√≥n, si mal no recuerdo, aun cuando esta √ļltima frase Si mal no recuerdo, pudiera ser un buen t√≠tulo para un bolero de √°lvaro Carrillo, que en paz descansa, o para un tango en la l√≠nea de Cambalache. No puedo olvidarme de Jaime Quezada, quien tambi√©n desarrollaba una actividad muy importante en la difusi√≥n de aquella literatura emergente, en especial de nuestra joven poes√≠a de la d√©cada del 60, durante el siglo pasado. ¬°Oh Virgen del Carmen, all√° en Chile, oh Virgen de Guadalupe, ac√° en M√©xico! ¬ŅC√≥mo es posible que los j√≥venes poetas de aquel pa√≠s situado geogr√°ficamente en el fin del fin del mundo, pertenezcamos al siglo pasado? Da la impresi√≥n de que todo, casi, hubiera ocurrido en el siglo pasado, ¬Ņcasi?

M.M.- T√ļ mencionaste a Braulio Arenas, quien junto a Te√≥filo Cid y Enrique G√≥mez Correa conformaban el grupo de La Mandr√°gora. Si bien Gonzalo Rojas se adscribe a este movimiento en sus inicios, despu√©s va alej√°ndose poco a poco. Gonzalo dec√≠a que era un movimiento que no alcanzaba una dimensi√≥n mayor, a partir de la escritura autom√°tica.
H.L.C.- S√≠, estoy de acuerdo en relaci√≥n al automatismo escritural. Pienso que pod√≠a funcionar bien como un ejercicio para soltar la pluma o la lengua, pero no mucho m√°s all√° de eso. No obstante, debemos ver el asunto con un poco de m√°s cuidado. Hab√≠a que soltar la lengua, no lo dudo, en su poder imaginante; pero luego hay que redondear o pulir el producto. Buscar al fin un equilibrio entre lo informal y lo formal. ¬ŅOnirismo en vigilia y sin perder de vista la raz√≥n m√°s o menos razonante? Creo que s√≠, por ah√≠ va el asunto. Hay por ah√≠ un texto de Braulio Arenas que me parece muy singular y, ¬Ņpor qu√© no decirlo?, fascinante: se trata de La casa fantasma. Lo incorpor√© dentro de otra atm√≥sfera, ciertamente, en un nuevo libro que publiqu√© no hace mucho y que lleva por t√≠tulo La belleza de pensar que la palabra perro no muerde (Facultad de Filosof√≠a y Letras, UNAM, y Ediciones E√≥n, serie narrativa, M√©xico, 2009). Ah√≠ aparece La casa fantasma. Yo se lo escuch√© alguna vez a Braulio Arenas durante una lectura que hizo en la sala Petit Rex, que estaba junto al cine Rex. Hoy d√≠a aquel cine ya no existe con ese nombre, aunque me parece que todav√≠a es un cine, all√° en el Paseo Ahumada, si no recuerdo mal, en Santiago de Chile. √≠bamos con frecuencia al Rex. Qu√© sala tan elegante. Nadie com√≠a ni escup√≠a ni estornudaba ni tos√≠a dentro del Rex. Casi no respir√°bamos de tanta emoci√≥n suspendida en el aire. Nunca olvidar√© que all√≠ vimos por primera vez algunas maravillas como El Satiric√≥n, de Federico Fellini, uno de los magos de la cinematograf√≠a contempor√°nea. √©ramos muy cin√©filos, por fortuna. Pero regreso a Braulio Arenas y digo que su lectura fue notable. Me impresionaron algunos de sus textos: La casa fantasma y el Discurso del gran poder, entre otros. Ahora bien, con respecto a Gonzalo Rojas, dir√© que s√≠: √©l estuvo ligado, aunque no mucho, a La Mandr√°gora. Lo cierto es que los fundadores fueron Braulio Arenas, Te√≥filo Cid y Enrique G√≥mez Correa. A Braulio y a Te√≥filo los trat√© mucho en la Sociedad de Escritores de Chile. Siempre fueron muy curiosos: Braulio cortado al rape y con alguna explosi√≥n de risa repentina; hablaba corrigi√©ndose sobre la marcha, midiendo las palabras, y sus ojos eran como de ave rapaz y algo nocturna. Te√≥filo hab√≠a sido un pr√≠ncipe elegante, seg√ļn dicen; lleg√≥ a tener un cargo en alg√ļn Ministerio, si no recuerdo mal. Pero la bohemia y el alcohol lo fueron acabando. Lo conoc√≠ en su etapa decadente: una especie de pordiosero con elegancia de esp√≠ritu. U√Īas sucias, casi azules, un abrigo lamentable y "hasta piojillos en las mangas de la camisa", como dijo alguna vez Gonzalo Rojas. Cuando los j√≥venes aspirantes a poetas de aquel tiempo hil√°bamos algunas oraciones, √©l nos correg√≠a con algo de paciencia: ojos profundos y p√°rpados a media luz, tan profundos y viol√°ceos como los ojos. Fueron descendientes, cada uno a su manera, de aquel otro pr√≠ncipe que sin duda lleg√≥ a ser Vicente Huidobro. La pel√≠cula del surrealismo literario, entonces, se ech√≥ a correr en Santiago de Chile aquel 12 de julio de 1938, un a√Īo antes de mi enigm√°tico y glorioso nacimiento, para decirlo al modo de Salvador Dal√≠. Dicha pel√≠cula se ech√≥ a correr con la lectura de un manifiesto en el Sal√≥n de Honor de la Universidad de Chile, all√° en Santiago, casi en el fin del mundo, geogr√°ficamente, aun cuando todo fin tambi√©n es un comienzo. Gonzalo contaba que en aquel evento apareci√≥ una especie de p√ļblico singular y muy divertido: "Alguien reclut√≥ a unos mendigos en la calle San Diego para que animaran el baile. A pesar de que yo no estaba en la tarima de lectura del Sal√≥n de Honor (tuvimos una pelea un rato antes con Braulio Arenas y no quise estar ah√≠), yo era el Mandr√°gora n√ļmero cuatro porque hab√≠amos participado juntos en su creaci√≥n". Dir√© que algunos de ellos evolucionaron m√°s all√° del surrealismo escol√°stico; sobre todo Gonzalo Rojas, quien no mucho despu√©s abandon√≥ sus filas, y por cierto Braulio Arenas. Los dictados autom√°ticos y las oscuridades lingü√≠sticas quedaron entonces muy atr√°s. Muchos a√Īos despu√©s, ya en √©poca de la dictadura militar, Braulio Arenas acept√≥ recibir el Premio Nacional de Literatura, que se volvi√≥ muy oficial. Esto caus√≥ mucha molestia no s√≥lo en Gonzalo sino en buena parte de la intelectualidad chilena. En ese tiempo tan cruel para Chile, aceptar un premio reconocido oficialmente y en tales condiciones, fue algo muy doloroso, sin duda, una afrenta en contra de la sensibilidad y la conciencia democr√°tica o libertaria. M√°s all√° de eso, yo estimo que hay varios aspectos enriquecedores en m√°s de alguna obra en verso como en prosa de Braulio Arenas. ¬ŅC√≥mo olvidarnos de su texto La casa fantasma (1962) y de su antolog√≠a que va de 1929 a 1969, cuya edici√≥n se hizo en Santiago de Chile en 1970 y bajo el t√≠tulo En el mejor de los mundos?
Ahora vuelvo a la pregunta y te digo que Gonzalo Rojas se fue distanciando de aquel modus operandi de hacer o fabricar poemas con olor a mec√°nica de surrealismo literatoso. Aquel surrealismo a la chilena que fue La Mandr√°gora, no pudo escapar de dicha escol√°stica o de aquel maquinismo verbalmente artificioso, aun cuando de improviso pod√≠a surgir por all√≠ la ley de fino y brotaba, entonces, el aut√©ntico arte de la palabra con poder imaginante. Gonzalo decidi√≥ irse al norte del pa√≠s e hizo amistad con los mineros. El fin era ense√Īarles las primeras letras, y √©l dice que aprendi√≥ mucho al convivir con ellos: "Fue un despertar para m√≠, en el sentido m√°s amplio de lo que significa despertar. Realmente, ellos me ense√Īaron cu√°l era el surrealismo m√°s aut√©ntico y profundo, aquel que proviene del trabajo del ser humano en contacto directo con la madre naturaleza. As√≠ surge una nueva est√©tica de lo real o de lo surreal maravilloso. Esos mineros eran como ni√Īos y se comportaban como padres o abuelos de s√≠ mismos, comunitariamente. ¬°Qu√© experiencia tan esencial e inolvidable! No hay duda que me marc√≥ o m√°s bien me hizo despertar para el resto de mi vida. Descubr√≠ as√≠ la poes√≠a encarnada en lo m√°s profundo de los seres humanos de hueso, m√©dula y esp√≠ritu". Pero quisiera no dispararme a campo traviesa, como se dec√≠a en el siglo XX, y me voy regresando al encuentro de poetas j√≥venes all√° en Valdivia, bajo esa lluvia indomable, y las aguas del r√≠o por todos los rincones. ¬°Oh Virgen de Guadalupe! ¬ŅC√≥mo se puede vivir con el peso de aquellas aguas que entran y salen como Pedro por su casa, implacablemente? Pienso que fueron muy importantes aquellas reuniones. Todo se efectu√≥ en el auditorio de la Universidad de Valdivia, si no recuerdo mal. Ah√≠ le√≠mos nuestros textos de juventud. Asimismo, algunos maestros dieron a conocer algunas ponencias sobre la escritura de nuestros colegas o compa√Īeros del oficio. Todo fue constituyendo un tejido de dicciones, sugerencias o contradicciones muy enriquecedoras. Fue la primera vez que nos ve√≠amos a nosotros mismos, nos le√≠amos y establec√≠amos relaciones o amistades como compa√Īeros en el oficio maravilloso del Arte de la Palabra. De ese modo comenzaba a surgir el corpus de la poes√≠a joven de Chile en los primeros a√Īos de la d√©cada de 1960. √©ramos los muchachos veintea√Īeros con toda la energ√≠a y el entusiasmo. √≠bamos no s√≥lo a darle un aire nuevo y vital a la escritura po√©tica, sino tambi√©n a contribuir para que se diera la transformaci√≥n social y pol√≠tica de Chile hacia una sociedad m√°s justa e igualitaria, y no con esos desequilibrios y discriminaciones tan crueles. Dicho de otro modo, tomar√≠amos el cielo por asalto, aunque democr√°ticamente. ¬ŅSo√Īar no cuesta nada? En fin, sospecho que ese ideal no ha desaparecido del mapa de Chile y del mundo por completo. Hay varias asignaturas pendientes en este planeta de injusticias y locuras que parecen ingobernables. Recuerdo asimismo las conversaciones que sosten√≠amos en algunas casas o en aquel sal√≥n principal del hotel donde est√°bamos, as√≠ como en la habitaci√≥n donde se alojaba en ese momento Gonzalo Rojas. All√≠ hubo reuniones inolvidables. Yo no s√© si tom√© alguna vez apuntes. Todav√≠a no exist√≠a el juego de las grabadoras, y aquellas reuniones, como quien dice, fuera del rigor del evento oficial, eran casi m√°s ricas y estimulantes. Gonzalo nos hablaba de muchas experiencias: su vida de viajero permanente, los cambios y las constantes en su escritura po√©tica, los autores de aqu√≠, de all√° y de acull√°. Todo eso fue muy estimulante: nos abr√≠a hacia otras √≥rbitas u otras respiraciones po√©ticas, como a √©l le gustaba decir: diferentes estilos de silabear el mundo, aquellos viejos y nuevos mundos. Otras temperaturas. Fue muy enriquecedor para nosotros aquel encuentro con Gonzalo Rojas, ese viejo lobo de mar. Recuerdo que siempre nos dec√≠a: lean a este poeta lo antes posible, "es muy navegado", como quien dice viene de vuelta. "No dejen de silabearlo: todo entrar√° por el o√≠do, el vaiv√©n r√≠tmico y el sentido". Su libro Contra la muerte nos impact√≥ vivamente: cu√°nto rigor y tambi√©n desali√Īo. Equilibrio y arrebato a menudo suntuoso. ¬ŅCierto preciosismo posvanguardista? Es posible, pero ni modo, como se dice en M√©xico. Soltar las amarras de la escritura po√©tica, pero con conocimiento del oficio, equivale al balanceo de los grandes, el flujo de la respiraci√≥n po√©tica que apuesta a lo imposible, rom√°nticamente, y pretende ir m√°s all√° de todos los l√≠mites.
Despu√©s vino la di√°spora tan dolorosa a partir del golpe militar en Chile, ese infarto al miocardio. ¬°Ah los cuatro jinetes del Apocalipsis, que en la rep√ļblica asesinada fueron m√°s de cuatro, como suele ocurrir hist√≥ricamente! Un infarto casi mortal, durante m√°s de una d√©cada, aunque al fin no fue para siempre. Nada es para siempre, por fortuna, ni la palabra siempre es para siempre. Al fin la sociedad chilena se recompuso y regres√≥ la vida democr√°tica. Aquel pa√≠s tan ins√≥lito a partir de su loca geograf√≠a, para no olvidarnos de Benjam√≠n Subercaseaux, no muri√≥ del todo, fue resucitando desde el agobio y la crueldad de sus propias cenizas, cenizas que tambi√©n tuvieron la virtud de convertirse en piadosas hacia adentro y hacia afuera. Aquella muerte individual y colectiva no nos mat√≥ del todo. A medio morir saltando, volvimos a nacer o a renacer. Bendito sea el renacimiento de Chile y su rep√ļblica asesinada. Ya me estoy repitiendo y lo mejor es guardar tres minutos de silencio por los ca√≠dos. Piedad, entonces, respeto y piedad, ahora y en la hora.

M.M.- Mencionaste este encuentro del a√Īo 1965 en Valdivia, pero ya Gonzalo ven√≠a de esos grandes encuentros que se hab√≠an realizado en la Universidad de Concepci√≥n
H.L.C.- Claro, por supuesto, aquel Encuentro Internacional fue en 1960.

M.M.- Donde √©l dec√≠a que se hab√≠an juntado los paisanos de Latinoam√©rica. Gente como Juan Rulfo, Julio Cort√°zar, y tambi√©n por primera vez los poetas Beats: Lawrence Ferlinghetti, Allen Ginsberg. ¬ŅQu√© nos puedes contar al respecto?
H.L.- La verdad es que yo no asist√≠ a ese encuentro. Qu√© bueno que me haces la pregunta y lo recuerdas porque fue muy importante para nosotros. Los encuentros internacionales que organiz√≥ Gonzalo Rojas fueron muy significativos porque descubrimos las diversas y muy variadas l√≠neas de desarrollo en nuestra poes√≠a, as√≠ como en el ensayo y la narrativa de ficci√≥n. Dir√© que muchos poetas tambi√©n incursionaban en la narrativa que luego conocer√≠amos como el boom latinoamericano. Hay fotograf√≠as y diversos testimonios de aquella √©poca. Recuerdo algunas fotos de Nicanor con Allen Ginsberg y Ernesto Sabato, entre otros. La generaci√≥n emergente de los beats en Estados Unidos fue receptiva con la obra antipo√©tica de Parra. Ellos se soltaron el pelo audazmente, para utilizar una frase de Jaime Sabines, y fueron muy contestatarios dentro de los Estados Unidos de Am√©rica. Aquellos poetas circulaban alrededor de la librer√≠a "City Lights Books", en San Francisco, que dirig√≠a Ferlinghetti. Empezaron entonces las influencias cruzadas, de ida y vuelta. "Quien influy√≥ en mi escritura en los a√Īos sesenta fue Nicanor Parra", reconoci√≥ Ginsberg en una entrevista con el diario El Pa√≠s, en 1994. El propio Nicanor le informa a la periodista Pamela Z√ļ√Īiga: "Por eso Allen en su √©poca de beatnik puro vivi√≥ un mes en mi casa de La Reina. Andaba con un mameluco que era su vestimenta, y cero peso, recorriendo el pa√≠s". Los viajes de Nicanor Parra por aquellos a√Īos fueron esenciales para encontrarse definitivamente a s√≠ mismo dentro de un tono antipo√©tico. Estados Unidos, la zona de California, y por supuesto su estancia en la Universidad de Oxford, all√° en Inglaterra. Poco a poco, a trav√©s de viajes y lecturas, va cocin√°ndose de un modo gradual el tono de la antipoes√≠a. A trav√©s de alguna correspondencia con Tom√°s Lago, quien radica en Santiago de Chile, es posible apreciar los primeros indicios del tono antipo√©tico: el humor negro, la coloquialidad, algunas gotas de absurdo, el tono directo, la aparici√≥n de nuevos hablantes, el rescate del aforismo y las frases hechas, cierto esp√≠ritu de collage, lo corrosivo y visceral, aunque controlando muy bien el caballo aparentemente desbocado de la escritura. No exiliarse de la raz√≥n en modo alguno, pero transfigurarla por dentro mediante el estallido de la risa y de la aparente sinraz√≥n. Debo confesar que estas nuevas visiones fueron muy enriquecedoras para todos nosotros; se nos abrieron de un modo distinto las puertas y las ventanas por donde pod√≠amos observar la realidad de una manera diferente. No hay que olvidar que Chile era y de alg√ļn modo sigue siendo, por su ubicaci√≥n geogr√°fica, un pa√≠s un tanto insular. La Cordillera de los Andes nos protege, aunque tambi√©n nos a√≠sla: uno se siente encajonado, a veces, sobre todo durante el largo y duro invierno. M√°s que peninsular, hay algo insular en el esp√≠ritu chileno, aunque los sistemas actuales de comunicaci√≥n abren muchas puertas, ventanas y cordilleras. Vivimos entre la gran cordillera y el oc√©ano Pac√≠fico, ese oc√©ano que de tarde en tarde se encoleriza y nos destruye de sunami en sunami. Ah nuestro querido Chile y su loca geograf√≠a que tambi√©n da origen a ese barroco genital que sube, sube y no deja de subir desde lo m√°s profundo de la tierra echando espanto a borbotones! para decirlo con palabras de Pablo de Rokha. Sin duda que vivimos algo encajonados entre la enorme cordillera y el mar, aquel Pac√≠fico de temperatura m√°s bien fr√≠a, que casi nunca ha sido all√≠ muy pac√≠fico. Geogr√°ficamente, somos una inmensa cornisa que va desliz√°ndose mar adentro, rumbo a las profundidades. Pero estos fen√≥menos ocurren a lo largo de los siglos. No de un d√≠a para otro, seg√ļn lo que sabemos. Por otro lado, es un territorio muy s√≠smico que paso a paso va disgreg√°ndose o fractur√°ndose, desde la isla de Chilo√© hacia las tierras del sur. No podemos olvidarnos, adem√°s, de los aspectos s√≠smicos que van y vienen, pendularmente, desde los tiempos m√°s antiguos. Pareciera que estos aspectos tienen algo que ver, o m√°s de algo, con un tipo de ser emocional que se manifiesta a trav√©s de una escritura en verso y prosa igualmente convulsa. Somos abisales, abismales o catacl√≠smicos, a menudo, desde el fondo de una escritura muy convulsa y torrencial. Una especie de chorro k√°rmico, barroco, gen√©sico, bab√©lico a veces, y profundamente existencial a partir de la respiraci√≥n de cada d√≠a. Oscilamos sobre la cuerda floja que va de lo gen√©sico a lo apocal√≠ptico. He ah√≠ el barroco genital de Pablo de Rokha, por ejemplo. Ya lo vemos con el asunto s√≠smico, tambi√©n. Chile es un pa√≠s que se disgrega geogr√°ficamente, s√≠, va fractur√°ndose desde la isla de Chilo√© hacia el sur como ya lo dije. Nos dejamos ir a trav√©s de la erupci√≥n sinuosa y envolvente del remolino. La tierra en esa regi√≥n del mundo, como muy bien dice Benjam√≠n Subercaseaux en su libro fundamental Chile o su loca geograf√≠a, da origen a un pa√≠s a menudo imprevisible.
Pienso que esta orfandad humana ante el poder de la naturaleza, ha terminado por enriquecer a la literatura que se cultiva en Chile. En el caso de la poes√≠a en verso y prosa, el fen√≥meno es evidente. Ah√≠ est√°n los progenitores: Pablo de Rokha, Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, Pablo Neruda. Todos ellos, cada uno a su modo, son gen√©sicos, terrestres, torrenciales y a√©reos. A trav√©s de sus escrituras, son capaces de volar por encima y por debajo de la tierra. Son torrenciales y testamentarios. Alguna vez, en nuestra casa de la calle Asunci√≥n, no muy lejos del cerro San Crist√≥bal, all√° en Santiago de Chile, Gonzalo Rojas me dijo que ten√≠a el prop√≥sito de publicar un gran volumen de su poes√≠a reunida bajo el t√≠tulo de Testamento. Lo repito, entonces: existe desde hace mucho tiempo un tono entre gen√©sico y apocal√≠ptico que es m√°s o menos habitual en la poes√≠a que se escribe en Chile. Un estupor testamentario. No es el √ļnico tono, por supuesto. No dejo de pensar que esa loca geograf√≠a tambi√©n vuela de un modo subterr√°neo y sangu√≠neo por las venas de la escritura po√©tica de aquel pa√≠s. Hay algo de mesura tambi√©n, ¬Ņc√≥mo negarlo?, aunque de mucha locura m√°s o menos consciente en el gran r√≠o de la poes√≠a chilena. ¬ŅUna especie de temperatura s√≠smica y baudelerianamente amparada, desamparada o temperamental? En l√≠neas muy generales, como es obvio, tal vez la poes√≠a ser√° convulsa o no ser√°. ¬ŅTal vez?
F√≠jate que no hace mucho tiempo, dentro del marco de la Feria Internacional del Libro en el Palacio de Miner√≠a, aqu√≠ en la ciudad de M√©xico, yo present√© una de mis obras m√°s recientes. Se trata del volumen La belleza de pensar que la palabra perro no muerde(Facultad de Filosof√≠a y Letras, UNAM, y Ediciones E√≥n, 2009). Dos amigos muy queridos que tambi√©n son poetas y profesores en la Facultad de Filosof√≠a y Letras de la Universidad Nacional Aut√≥noma de M√©xico, leyeron sus ponencias. Uno de ellos se llama Rodolfo Mata. Fue uno de mis alumnos m√°s destacados, y en la actualidad es investigador en el Instituto de Investigaciones Filol√≥gicas. Es un estudioso de los fen√≥menos literarios, particularmente de la poes√≠a contempor√°nea de Brasil. En colaboraci√≥n con su esposa Regina Crespo, ha publicado no hace mucho una estupenda antolog√≠a que se titula Alguna poes√≠a brasile√Īa (1963-2007), dentro de la colecci√≥n Poemas y Ensayos, UNAM, 2009. El otro presentador tambi√©n es un poeta de alto vuelo. Somos colegas en el campo de la literatura y la ense√Īanza. Se trata de Eduardo Casar. Lo leo y releo desde hace mucho tiempo. Disfruto much√≠simo su escritura. La poes√≠a que cultiva es muy suelta. L√ļdica, l√ļcida, y con mucho sentido del humor, lo que no es muy frecuente por estos lados. Debo decir que en un pasaje de su presentaci√≥n escrita, Casar sostiene con agudeza y generosidad que mi escritura, sea en verso o en prosa, se mueve entre dos polos: la parte culta o culterana, y la otra, completamente salvaje e hilarante. De pronto dice que la poes√≠a de Hern√°n Lav√≠n Cerda puede llegar a ser bestial, muy culta y absolutamente salvaje. "La poes√≠a de Hern√°n Lav√≠n es de pronto bestial; lo cierto es que pertenece a una tradici√≥n de salvajes". Y entonces menciona a Pablo de Rokha, Pablo Neruda, Vicente Huidobro, Gabriela Mistral, Nicanor Parra y Gonzalo Rojas. Todos ellos son de la √©poca contempor√°nea, por supuesto, a partir de los primeros a√Īos del siglo XX. Antes que ellos, durante el siglo XIX, Chile no tiene mucho que ofrecer. M√°s bien era un pa√≠s de cronistas, historiadores y ensayistas. La poes√≠a de altos vuelos y muy alta temperatura surge en los primeros a√Īos del siglo XX, casi como un fen√≥meno de generaci√≥n espont√°nea.

M.M.- Era un país de historiadores
H.L.C.- Exactamente. Un pa√≠s de historiadores y memorialistas. Dicho en l√≠neas generales, por supuesto. Debo decir que el comentario de Eduardo Casar activ√≥ de inmediato mi memoria. Hace algunos a√Īos ven√≠amos saliendo de un evento art√≠stico en la Casa Lamm, y de pronto distingo a un poeta y narrador de muy alta categor√≠a, y del cual sabemos poco √ļltimamente: me refiero a √°lvaro Mutis, quien naci√≥ en Colombia en 1923 y reside en M√©xico desde hace muchos a√Īos. Tiene cinco a√Īos m√°s que su compatriota Gabriel Garc√≠a M√°rquez, otro espl√©ndido poeta en prosa, cuentista y novelista, que naci√≥ en Aracataca en 1928, y que tambi√©n vive en M√©xico, as√≠ como de repente en Barcelona y en Cartagena de Indias. No recuerdo con exactitud el contexto de aquel di√°logo. S√≥lo s√© que Mutis me dijo de improviso: "Lo que sucede es que ustedes, los chilenos, son todos un bola de locos, empezando por Vicente Huidobro, Gabriela Mistral, Pablo de Rokha y el otro Pablo, s√≠, Neruda, Gonzalo Rojas y los que siguen. Hay una tradici√≥n po√©tica de mucho vuelo en Chile. No s√© qu√© sustancia les pusieron en la mamila o en la mamadera cuando eran casi unos reci√©n nacidos. De repente son capaces de escribir obras geniales e incre√≠bles, a riesgo de meter la patas tambi√©n. Esto √ļltimo no me lo dijo √°lvaro Mutis. Lo agrego yo, aunque sospecho que es la pura verdad.
Nuestra conversaci√≥n, a estas alturas, empez√≥ a dar vueltas alrededor de Gonzalo Rojas y su poes√≠a. Debo reiterar que Gonzalo, no obstante su investidura universitaria, fue siempre un salvaje l√≠rico y anti l√≠rico, una especie de liricida convulsamente l√≠rico. Lo que acabo de se√Īalar va mucho m√°s lejos que un simple juego de palabras. Rojas, aquel oscuro numinoso, zigzaguea habitualmente a trav√©s de unos cortes de verso que me parecen brutales, s√≠, as√≠ es, para bien o para mal. Pero ni modo, como dicen en M√©xico, as√≠ es la vida. En fin de los enfines, digo con j√ļbilo. As√≠ era y as√≠ es Gonzalo.

M.M.- Un poeta que introduce el desequilibrio a partir de la sintaxis, y obliga al lector a estar muy atento para seguir el juego de su propuesta.
H.L.- Por supuesto que s√≠. Gonzalo Rojas tuvo casi desde sus or√≠genes un gran juego de cintura verbal, un arrebato de temperatura pugil√≠stica. El inolvidable Ram√≥n G√≥mez de la Serna habr√≠a estado feliz con esta expresi√≥n m√≠a del arrebato pugil√≠stico o "side step", para decirlo con altura r√≠tmica. Hace algunas d√©cadas vi por televisi√≥n un combate box√≠stico entre Sugar Ray Robinson y otro peleador del que ya ni me acuerdo. Sugar, de raza negra, fue un artista del boxeo, con aquel desliz de cintura que perteneci√≥ a lo real maravilloso, para decirlo en palabras de otro gran creador del idioma, entendido de un modo po√©tico: me refiero al cubano Alejo Carpentier. ¬ŅUna pantera elegante encima del cuadril√°tero? ¬°Por supuesto! ¬°Vamos, Sugar, vamos! Vuelvo a Gonzalo Rojas y percibo esos quiebres de cintura en su poes√≠a. Arriba del cuadril√°tero, es decir de la p√°gina de cada libro, la escritura po√©tica no tiene una presencia inm√≥vil. El poema nunca est√° detenido: hay quiebres de cintura, como ya dije, a cada momento, y un ir y venir incesante donde surgen versos de distinta medida. En esto se lleva por delante a muchos j√≥venes y no tan j√≥venes. Los poemas de Gonzalo Rojas tienen mucho de eso; quiebres de cintura, cambios de velocidad, cortes abruptos e inesperados. En sus escrituras casi nada aparece como dentro de un bloque marm√≥reo e inm√≥vil. El ritmo, entonces, se vuelve incesante, jazz√≠stico, picassiano, dalinesco y celanesco. Los lectores deben estar con los ojos en el ritmo, y la temperatura sinuosa en los ojos. De lo contrario, se los puede llevar la corriente. Pienso que Gonzalo descubri√≥ la potencia expresiva de este juego en C√©sar Vallejo y en Paul Celan. Lo hablamos en m√°s de alguna oportunidad: primero en Chile y despu√©s en M√©xico, as√≠ como en alg√ļn di√°logo epistolar que sostuvimos durante alg√ļn tiempo. Cuando descubri√≥ a Celan, dijo que de inmediato lo adopt√≥ como si fuese uno de sus √°ngeles tutelares. Lo llam√≥ de inmediato el Gran Maestro: "Descubr√≠ esa forma espl√©ndida de escandir los versos. Qu√© modo de cortar las l√≠neas. Yo siempre fui de respiraci√≥n dif√≠cil, desde ni√Īo, con algo de convulsi√≥n asm√°tica. Entonces vi que pod√≠a hacer un experimento semejante a trav√©s de los cortes de mis poemas. Me atrev√≠ a cortar en nexos oracionales, preposiciones, art√≠culos, conjunciones, lo cual no es o no era muy frecuente, sobre todo en lengua espa√Īola. Celan lo hizo en alem√°n como ninguno. S√© que a veces mand√© al demonio el concepto del verso como una medida que tiene su historia, pero me atrev√≠ a correr todos los riesgos. Por fortuna, yo tengo buen o√≠do, soy un animal muy r√≠tmico. Las cosas me entran por el o√≠do. Hay que silabear el mundo, y eso t√ļ tambi√©n lo sabes y lo cultivas". De cualquier manera, hay momentos en que a mi juicio pierde el control y se va en vicio. En algunas de sus composiciones aparece el hermetismo y hasta la confusi√≥n. El sentido pierde la vertical o m√°s bien se pulveriza. Pero en los instantes de esplendor, surge la luz y el equilibrio entre el sentido y el sonido, para decirlo al modo de Octavio Paz; emerge entonces el milagro del arte de la palabra, y todo se vuelve letra viva, sem√°nticamente profunda y palpitante como una criatura que no deja de emitir luz y de respirar. Me atrevo a decir que Gonzalo Rojas lleg√≥ a ser, a menudo, un maravilloso poeta imperfecto, por fortuna.

M.M.- Gonzalo Rojas se consideraba un poeta larvario, as√≠ es, alguien que se demoraba. Entre La miseria del hombre, de 1948, y Contra la muerte, de 1964, transcurren diecis√©is a√Īos; y de Contra la muerte a Oscuro, de 1977, trece a√Īos m√°s. Son sus tres primeros libros fundamentales. ¬ŅC√≥mo ves ese proceso de irse demorando en el camino? ¬ŅQu√© te parece su manera de trabajar as√≠ los textos, con varias versiones, incluso, como lo hac√≠a por ejemplo Dylan Thomas?
H.L.C.- S√≠, yo dir√≠a que s√≠. Por supuesto que era un poeta larvario y sin prisa, sobre todo al principio. Despu√©s empez√≥ a publicar con m√°s frecuencia. Todo ocurri√≥ a partir de Oscuro. Antes de eso, durante su primera y larga temporada en Chile, la docencia ocupaba la mayor parte de su tiempo; docencia y difusi√≥n universitaria. Disfrutaba con ello, aunque tambi√©n so√Īaba con tener m√°s tiempo para dedicarse a la escritura. La crisis, entonces, era inevitable: cosa de tiempo. Lo conversamos m√°s de alguna vez. Habitualmente viajaba desde la ciudad de Concepci√≥n, al sur de Chile, y aparec√≠a en Santiago. Nos escrib√≠amos o nos habl√°bamos por tel√©fono. A menudo pasaba a visitarnos. Nora Figueroa de la Fuente y yo viv√≠amos en un departamento peque√Īo con una vista inmejorable, all√° en la calle Rosal, y al fondo el cerro San Crist√≥bal en todo su esplendor. Esa calle conserva un aire m√°s o menos parisino: un cine club al fondo, algunos caf√©s, la Plaza del Mulato Gil, donde se re√ļnen los artistas, y aquel inolvidable Parque Forestal muy cerca de all√≠. Y al otro lado, a media cuadra de nuestro edificio, aquella maravilla del cerro Santa Luc√≠a con sus terrazas, su elevador de color verde oscuro y cristales, y aquel mirador en la cumbre. A nuestro departamento que estaba en un s√©ptimo piso, llegaban Gonzalo Rojas, Jorge Teillier, Enrique Lihn, Jaime Quezada, Gonzalo Mill√°n, Manuel Silva Acevedo, y el editor Armando Mened√≠n, quien fund√≥ esa colecci√≥n de peque√Īas obras emblem√°ticas; pienso en "El viento en la llama", esos libros hicieron historia. Hasta Neruda, Rosamel del Valle, Luis Oyarz√ļn, Juvencio Valle, √°ngel Cruchaga Santa Mar√≠a, Te√≥filo Cid y Jorge Teillier publicaron ah√≠, entre otros. Mi libro se titula Poemas para una casa en el cosmos, y es de 1963. Recuerdo que las tertulias duraban a veces hasta el amanecer. Alguna tarde apareci√≥ Teillier con una novia muy bella. Se hizo de noche y de repente dijo que iba a comprar cigarrillos y que regresaba muy pronto. Cuando sali√≥ del departamento, la novia hizo el siguiente comentario: "Jorge ya no vuelve, ustedes saben, lo conozco m√°s que a la palma de mi mano". Y as√≠ fue. Se iba a los bares y se hund√≠a en alcohol hasta quedar tirado como un trapo viejo. Lamentable, aunque la vida puede ser cruel. Un magn√≠fico poeta y un gran ser humano. Despu√©s de un tiempo nos fuimos de la bella calle Rosal. Compramos una casa en la calle Asunci√≥n, entrando por la calle Loreto. Eran nuestros rumbos desde la infancia. El Parque Forestal y los cerros: el San Crist√≥bal y el Santa Luc√≠a. Y aquel r√≠o Mapocho con su caudal a menudo muy escu√°lido. ¬°Qu√© tiempos y qu√© paisajes de nuestra infancia y juventud! Me parece estar viendo aquel paisaje de un modo casi ontol√≥gico. Vislumbro el ser o no ser de aquella realidad. ¬ŅVamos hacia el cerro San Crist√≥bal? Yo los invito. Aquel cerro no est√° junto a nosotros, todav√≠a, pero aparece, desaparece y aparece una vez m√°s, como por arte de magia. Recuerdo que Gonzalo Rojas lleg√≥ m√°s de una vez a nuestra casa, s√≠, la casa verde. Aparec√≠a con Hilda May, su esposa. Desayun√°bamos, com√≠amos, y alguna vez hasta se dio una ducha en un ba√Īo m√°s o menos antiguo. Habl√°bamos de este mundo y del otro, por supuesto, y luego ellos part√≠an a hacer sus cosas. Una vez se inquietaron mucho cuando me vieron con un pa√Īuelo rojo en la frente. ¬ŅQu√© te pasa, te golpeaste con algo, es una herida? Nada de eso, les dije sonriendo: Estoy con un ataque de sinusitis. Se me parte la bendita o maldita cabeza. Esta rinitis al√©rgica y este invierno tan fr√≠o me dan en la torre, como dicen en M√©xico. En fin. Ya ni s√© por qu√© estoy hablando de estas cosas. ¬ŅA prop√≥sito de qu√© digo esto que digo y por qu√© lo digo como lo digo? Ya me parezco a uno de los personajes de Cantinflas.

M.M.- A propósito de la condición de poeta larvario, sin prisa.
H.L.- Ah, sin duda, Gonzalo Rojas nos hablaba siempre de este punto fundamental. "No se precipiten, escriban, lean mucho, vivan con intensidad, pero deteni√©ndose. Sean fieles a sus obsesiones, sus experiencias de todo tipo, y no se dejen ganar por el aplauso m√°s o menos repentino. Mucho cuidado con el exhibicionismo y la far√°ndula". Yo me demoro, t√ļ te demoras, √©l se demora, ellos se demoran, en fin, hay que demorarse. Mucho cuidado con los elogios y las publicaciones precipitadas". -Ah, pero que tuvo su crisis, no hay duda, de eso no hay duda, como dec√≠a hace algunos minutos! La disyuntiva fue: o me voy totalmente del lado del profesor y del mundo acad√©mico, o le robo tiempo al tiempo para dedicarme al oficio mayor, que no es otro que el cultivo de la poes√≠a. Afortunadamente, opt√≥ por lo segundo, aunque nunca dej√≥ de ser un maestro en el campo de la creaci√≥n literaria. Asisti√≥ a varios congresos en universidades del mundo, pero siempre llev√≥ aguas a su molino: la poes√≠a, no s√≥lo la suya, a trav√©s de su voz en distinta frecuencia y ritmo a menudo cambiante e inesperado. Volvamos a la idea central: bienvenida la docencia, siempre y cuando no termine por agobiarnos y por debilitar nuestra energ√≠a creadora.

M.M.- Lo que le sucedió a Sergio Hernández, por ejemplo
H.L.C.- Sin duda. Creo que Sergio vivi√≥ en la disyuntiva, aunque muy dedicado a la docencia. Sin embargo, pudo mantener cierto equilibrio, pero oscilando sobre la cuerda floja. No s√© si me equivoco. Pienso que mientras su vida avanzaba en a√Īos, logr√≥ regresar al cultivo del oficio fundamental: su escritura po√©tica. En el caso de Gonzalo Rojas, tal vez los encuentros acad√©micos que organizaba le hicieron ver que corr√≠a el riesgo de acartonarse un tanto con los asuntos de la academia. No obstante, se aferraba a la academia porque necesitaba vivir. Ya sabemos que en Chile la vida es muy dura: ayer, hoy y tal vez siempre. -Qu√© duro es vivir en ese pa√≠s tan espartano, y dentro del marco de esa fr√≠a y bella y loca geograf√≠a! Pero Gonzalo, por fortuna, tuvo un trabajo seguro; siempre fue un profesor admirable y muy reconocido. Toda una personalidad. Ahora vuelvo a lo mismo. ¬ŅDe otro modo lo mismo? ¬ŅMetamorfosis de lo mismo? Transcurren varios a√Īos entre sus dos o tres obras fundamentales, y luego empieza a publicar m√°s seguido, aun cuando algunos de sus textos emigran de un volumen a otro. A √©l siempre le gustaba repetir que uno escribe un s√≥lo libro en su vida.

M.M.- Por cierto, en Gonzalo Rojas se daba esa circularidad que cultivaron Walt Whitman y Charles Baudelaire
H.L.C- As√≠ es, por supuesto. De pronto se da cuenta que los a√Īos vuelan, van volando y hay que detenerse y trabajar a fondo, verticalmente en su poes√≠a, como hubiera dicho Roberto Juarroz, quien ya tampoco est√° en este mundo. Gonzalo era cuidadoso en este sentido, pero tambi√©n cultivaba un temperamento de corte rom√°ntico; un rom√°ntico de la vanguardia y hasta de la posvanguardia. Esto funcionaba como un motor y se pon√≠a a enviar sus poemas a diestra y siniestra, en copias a m√°quina de escribir, o aun en forma de manuscritos. Su conducta propiciaba el di√°logo o el intercambio de opiniones de variada √≠ndole. Entonces le escrib√≠a a medio mundo. Yo recib√≠ muchas cartas con sus poemas entre medio. En cada uno de esos testimonios epistolares inclu√≠a un racimo de poemas de la m√°s variada √≠ndole. A veces s√≥lo me llegaban sus poemas con alguna nota al pie, as√≠ como recortes de peri√≥dicos de Chile, Venezuela, Espa√Īa y los Estados Unidos de Am√©rica. Ha llegado el momento de no detenerse: Gonzalo se vuelve cada vez m√°s convulso y vertiginoso. Un parto po√©tico y otro y otro m√°s, de una manera infatigable. Empiezan a salir nuevos libros suyos de una manera casi compulsiva. Esos libros contienen textos antiguos que dialogan con otros de factura m√°s reciente. Dicho de otro modo, siempre se incorporan algunos textos nuevos junto a otros m√°s antiguos, pero cambiando el orden. Dichos cambios generan una especie de resemantizaci√≥n a lo largo de sus vol√ļmenes de poes√≠a. Una metamorfosis en el sentido y en el sonido. Por eso, ya en plena madurez, llega a titular una de sus obras fundamentales con el siguiente eneas√≠labo: Metamorfosis de lo mismo.

Hern√°n Lav√≠n Cerdanaci√≥ en 1939 en Santiago de Chile. Es licenciado por la Facultad de Filosof√≠a y Humanidades de la Universidad de Chile, en 1965, dentro del √°rea de Comunicaciones. Fue redactor y columnista de varios peri√≥dicos y revistas de Chile durante la d√©cada del 60 y principios del 70. En 1970 obtuvo el Premio Vicente Huidobro por su texto de narrativa po√©tica La crujidera de la viuda, que luego public√≥ en M√©xico la Editorial Siglo XXI. Durante 1971 fue becario del Taller de Escritores J√≥venes dirigido por Enrique Lihn en la Universidad Cat√≥lica. Pertenece a la generaci√≥n del 60, que tambi√©n se conoce como la generaci√≥n violentada, disgregada o del exilio. Reside en M√©xico a partir de octubre de 1973. Desde 1974 es profesor en la Facultad de Filosof√≠a y Letras de la Universidad Nacional Aut√≥noma de M√©xico, dentro del √°rea de Letras Hisp√°nicas. De 1975 a 1979 dirigi√≥ el Taller de Poes√≠a del Instituto Nacional de Bellas Artes, que se imparti√≥ en la Capilla Alfonsina (casa de Alfonso Reyes). A partir de 1992 es miembro de la Academia Chilena de la Lengua. Ha publicado alrededor de sesenta libros de poes√≠a, novela, cuento y ensayo. Ha sido traducido al alem√°n, y parcialmente al ingl√©s e italiano. Aparece en el Diccionario de Escritores Mexicanos, tomo IV, publicado por el Instituto de Investigaciones Filol√≥gicas, Universidad Nacional Aut√≥noma de M√©xico, en 1997. Su obra, tanto po√©tica como narrativa, se incluye en antolog√≠as de Latinoam√©rica, Estados Unidos y Espa√Īa.


Adelanto del libro "Confesiones del Lobo Sapiens. Entrevistas a Hern√°n Lav√≠n Cerda". Mario Mel√©ndez y Gerardo Miranda. Colecci√≥n Sue√Īos de lluvia y otros tiempos. Laberinto ediciones. M√©xico, 2013.

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