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Publicado: Lunes, 16 de septiembre de 2013

Jorge Boccanera

Serie: poetas latinoamericanos


Jorge Boccanera (Argentina, 1952). Publicó los siguientes libro de poesía: Los espantapájaros suicidas (1973); Noticias de una mujer cualquiera (1976); Contraseña (1976); Música de fagot y piernas de Victoria (1979); Poemas del tamaño de una naranja (1979); Los ojos del pájaro quemado (1980); Polvo para morder (1986); Sordomuda (1991); Bestias en un hotel de paso (2002) y Palma Real (2008).


Sus poemas fueron reunidos en las antologías: Marimba (1986); Antología poética (1996); Zona de tolerancia (1998); Antología personal (2001); Poemas (2002); Servicios de insomnio (2005); Libro del errante (2008) y Tambor de jadeo (2008). Autor de los ensayos: Confiar en el misterio/ Viaje por la poesía de Juan Gelman (1994); Sólo venimos a soñar. La poesía de Luis Cardoza y Aragón (1999) y Voces tatuadas. Crónica de la poesía costarricense 1970-2004 (2004). Escribió además libros de historias de vida, crónicas y testimonios, entre ellos: ángeles trotamundos (1993); Malas compañías (1997); Tierra que anda/ el exilio de los escritores (1999) y Redes de la memoria/ Escritoras ex detenidas de la dictadura (2000). En 2002 salió su libro de relatos La pasión de los poetas. Como periodista fue jefe de redacción de las revistas Plural (México); Crisis (Argentina) y Aportes (Costa Rica), y dirigió nómada, revista de la Universidad Nacional de San Martín. Entre otros galardones, obtuvo el Premio Casa de las Américas (Cuba, 1976), el Premio Internacional Camaiore (Italia, 2008) y el Premio Casa de América (España, 2008). Con el mismo título de Marimba han aparecido antologías de su poesía en Argentina (1986, 1998 y 2006), Uruguay (1989), Costa Rica (1990) y Cuba (2010). En cada una de estas ediciones, la selección varía, a la vez que se van añadiendo textos inéditos a la fecha de salida.


POEMAS DE JORGE BOCCANERA



Exilio

expulsados de la selva del sur de Sumatra
por los hombres que vienen a poblarla, 130
elefantes emprendieron hoy una larga marcha
de 35 días hacia la nueva ciudad que les fue
asignada.
(afp. 18/11/82)

No hay sitio para los elefantes.
Ayer los expulsaron de la selva en Sumatra,
mañana alguien les impedirá la entrada al Unión Bar.
Yo integro esa manada hacia Lebong Hitam,
yo sigo a la hembra guía,
cargo con la joroba de todas mis valijas sobre las
cuatro patas del infierno.

Llegarán a destino -dijo un diario en Yakarta.
Los colmillos embisten telarañas de niebla.
Llegarán a destino,
viejas empalizadas que sucumben bajo mareas de carne.
Llegarán -dijo el diario-.

La estampida cruza por suelos pantanosos
y mi patria -la mía- es sólo esta manada de elefantes
que ha extraviado su rumbo.

¡Guarde celosamente la selva impenetrable este ulular
de bestias!
tambores y petardos, acompañan,
algo de todo el polvo que levantan, es mío.




Historieta

La niña abre el baúl y una mano le echa tierra
en los ojos.
Ella dice: ¡qué hermoso paisaje!
Ahora mezcla pinturas,
revuelve los vestidos de tías adornadas con juegos
de palabras.
Se amorata, se luce angelical, gira mangosta, novia
de esparadrapo,
Se mira en los espejos que trabajan sin que nadie
los mire.
En este último cuadro la niña se pinta y se despinta,
aparece y se borra.
Yo cierro el libro de cuentos infantiles pensando
que mi lengua es esa niña Sordomuda,
probándose vestidos a la hora en que los demás
duermen.




Universo

El poeta, como el cazador pobre,
a lo que salga.
Baldomero Fernández Moreno

El domador que mete su cabeza dentro de la boca
del león, ¿qué busca?
¿La lástima del público?
¿Que tenga lástima el león?
¿Busca su propia lástima?

El poeta que arroja su anzuelo en la garganta de la
Sordomuda, ¿qué busca?
¿La lástima del público?
¿Que tenga lástima la Sordomuda?
¿Busca su propia lástima?

Y el público, ¿está loco? ¿por qué aplaude?




El rock de la cárcel

Ella pone la radio a todo volumen cuando intento
escribir,
cuando quiero dormir,
ella baila en el piso de arriba.
Baja las escaleras con fuerte zapateo,
sus hijos lloran,
sus perros ladran.
Todo el santo día hay personas que tocan a mi puerta
y por toda disculpa dicen: me equivoqué de puerta.
Ahora sube las escaleras corriendo, da un portazo en
su cuarto y discute a los gritos.
Sus hijos ladran,
sus perros lloran.
Con ella el vecindario es mucho más que una
riña de gallos en el techo,
mucho peor que una explosión adentro de la almohada.
Un día respiré profundo, subí las escaleras,
me atendió un hombre que estaba agonizando,
dije tímidamente, me equivoqué de puerta,
mis hijos lloran,
mis perros ladran.
Ella tiene la radio a todo volumen cuando intento escribir,
cuando quiero dormir,
ella baila en el piso de arriba.

Hace años que mi único deseo es cruzarme con ella en
la escalera,
y decirle a la cara: ¡me voy!
y rociarla con nafta,
y apagar mi cigarro en su vestido rojo.



Suma

Los días no contaban para mí,
bastaba la palabra.
Yo escuchaba en cuclillas como alguna palabra
conversaba con otra.
No contaban los días.
Pero extravié palabras y los días me siguieron
de cerca con sus largos abrigos.
Yo iba mirando el suelo.
"Ese no cuenta el cuento", vaticinaron unos.
Yo no escuchaba a nadie, yo contaba con ellas.
Los días fueron como trapos mojados en los pies.
Habité días feroces porque perdí palabras.
Eran contadas y eran, al fin, las que contaban.
El tiempo es implacable.
El que pierde palabras tiene los días contados.



El peluquero

A mi abuelo, Santiago

Asentaba navajas en un listón de cuero,
porque era su trabajo arrancarle a los rostros sus
animales muertos.
Hacía barba y bigote para el espejo atestado de gente.
Su navaja pulía aquella superficie,
rasuraba los rostros del espejo y haciendo su trabajo,
¿afeitaba al espejo?

Era más chico que un tarro de gomina Brancato
mi abuelo,
pero una cabeza más alto que la muerte.
Invitaba al cliente sacudiendo una toalla
y el cliente ocupaba aquel sillón Dosetti de madera
y entraba en el espejo.
El estilista hablaba solamente con su tijera
y cuando ella por fin tenía la lengua desgajada
hacia un lado, él decía: "servido".

Mi abuelo maquillaba al espejo con estrellas de talco
y usaba un pulcro saco blanco.
La muerte -que es prolija- le envidiaba su colección
de peines.

Un día la muerte, que hojeaba una revista deportiva,
dijo: "me toca a mí".
Y ocupó aquel sillón, despatarrada y con
un remolino en la cabeza.
"Tiene un pelo difícil", dijo sin voz mi abuelo.
Después, la muerte asentó su navaja y haciendo su
trabajo, ¿rasuraba al espejo?
El peluquero se marchó bajo un cielo cualquiera con
estrellas de talco.
El espejo se pasó la mano por la cara afeitada,
suave, como un recién nacido.




Arder

Cuando nos besamos trituramos un ángel.
Su última voluntad será nuestro deseo.
Tiempo habrá para escupir sus vidrios de colores,
su sombrero de plumas,
barajas manoseadas por tahúres y ahora
hay que hacerlo entrar,
ofrecerle licor (que él viene de morirse),
acercarle una silla (que lee en la oscuridad).

Dirá sus baratijas,
su forma de guiarnos al secreto de la vieja
estación.
Dirá que el vino está hecho de hojas secas,
que puede hacer un fuego con tu rostro y el mío.
(Ni un centavo de luz a su trabajo).

Cuando nos besamos desollamos un ángel,
un condenado a muerte que va a resucitar en otras
bocas.
No tengas lástima por él, sólo hay que hincar el
diente y triturar al ángel.
Abrir tus piernas blancas y darle sepultura.




Envíos

Todo lo que se da llega a destiempo.
No existe otra manera.
Entre el ojo y la mano hay un abismo.
Entre el quiero y el puedo hay un ahogado.
Un país que asoma su cabeza deforme en una
carta,
y va a darse a destiempo, nada es lo que
esperabas.
Y lo que llega envuelto en papel de regalo se irá
sucio de odio.
Bailamos entre los escombros de una cita.
Dibujamos una taza de café en el desierto.
Vivimos de sumar y de restar:
Lo que te da el amor, lo que te quita el miedo.
Al final nos entregan los huesos de un perfume.

Aun así persistimos.
En alguna montaña vive un pez resbaloso.
Entre números rotos se desliza una estrella.



Huellas

En el sueño soy otro que se parece a mí.
En la arena del sueño cruza un tren.
La silueta de un viejo va borrando las huellas
con un plumero negro.
Tras la locomotora, el ruido de tus pasos y
los míos anudados a un tango,
a una canción revuelta.
a un roquerío lejano donde van a morir todas
las camas.
Y la luz en la luz.
Y el anciano en lo suyo.

En el sueño soy otro que se parece a mí.
Este que ves ahora, no se parece a nadie.



Menudencias

La muerte afila un palo,
una daga de palo, un palo de tambor, un caballo de palo,
una cuchara.
La muerte, trabaja a la vista de todo el mundo.

La vida afila un palo,
un bastón, una vara, una cruz.
La vida trabaja a la vista de todo el mundo.

¿Qué diferencias hay entre las dos?

La vida fabrica huesos con los huesos.
La muerte fabrica huesos con los huesos.


(Selección: Mario Meléndez)

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