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Publicado: Miércoles, 18 de septiembre de 2013

Víctor Jara, a 40 años, su canto sigue vivo


Por todas esas miradas perdidas en esos sombríos camerinos del Estadio Nacional de Chile convertidos por entonces en mazmorras de exterminio humano, no se puede dar vuelta la página de la historia simulando que allá no paso nada, por esas silentes miradas de compañeros obreros, universitarios y académicos que exhalaron su último aliento en manos de la barbarie fascista de tradición prusiana, que puso en vilo a Chile en casi dos décadas de libertades conculcadas, por esos presos torturados que nunca más volvieron a ver la luz del día, se tiene que hacer justicia, sólo así se podrá cerrar aquella herida que aún está abierta en la memoria colectiva de Chile.


Víctor Jara intuyendo su desenlace fatal nos legó ese testimonio de denuncia en su última poesía escrita en prisión antes de que fueran cercenadas esas manos creadoras por esos abominables bárbaros de uniforme que después de torturarlo perforaron su cuerpo a bocajarro ese 16 de septiembre del 1973. Tres días después encontraron su cuerpo entre matorrales cerca al Cementerio Metropolitano, pensando los ilusos que sólo así todo acabaría. Aquella poesía que pasó mimetizada de mano en mano entre los compañeros de infortunio, pudo al fin salir para que el mundo conociera la verdadera cara del fascismo:

" (...) Un muerto, un golpeado como jamás creí
se podría golpear a un ser humano.
Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores,
uno saltó al vacío,
otro golpeándose la cabeza contra el muro,
pero todos con la mirada fija de la muerte. (...)

Ese es el verdadero rostro del fascismo que reaparece en cualquier tiempo y dimensión geográfica, ese aspecto demente que advirtiera Víctor Jara rasgaba las fibras más íntimas del pueblo boliviano años después cuando el líder socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz y el padre Luis Espinal Camps corrían la misma suerte en manos de sus torturadores antes de ser victimados. Llama a la reflexión que hasta ahora no se puede desclasificar los archivos de la dictadura de entonces para dar con el cadáver de Quiroga Santa Cruz, una tarea pendiente del Estado Plurinacional.

Así como en Santiago utilizaban el estadio deportivo como campo de concentración para asesinar hombres nobles, en las calles de La Paz utilizaban las ambulancias de socorro para transportar presos con dirección desconocida. En Chile tienen ahora a un único culpable entre rejas, el teniente coronel en retiro Mario Manríquez Bravo y en el caso boliviano se cubre todo ese pasaje oprobioso del fascismo boliviano con dos reos rematados, pues Luis García Meza y Luis Arce Gómez son sólo la punta de aquel témpano infamante porque muchos culpables de aquel espanto siguen libres.

Para cerrar las heridas del pueblo no sólo es suficiente cambiar el nombre del Estadio de Chile por el de Víctor Jara, sino que ese clamor de justicia debe de ser interpretado en su justa dimensión por un pueblo que a través de la justicia llegue a los autores materiales e intelectuales para recuperar el crédito del derecho de vivir en paz y para que esa herida de aquella barbarie descomunal aún abierta, recién empiece a cicatrizar.

"(...)¡Canto que mal me sales
cuando tengo que cantar espanto!
Espanto como el que vivo
como el que muero, espanto(...) Víctor Jara Septiembre 1973.

Chile se manifiesta formalmente y le pide al presidente Sebastián Piñera que el autor material y confeso, Pedro Pablo Barrientos sea extraditado a Chile para ser también juzgado por los delitos de lesa humanidad cometidos contra Víctor Jara, torturado y brutalmente asesinado por Barrientos en los camarines del Estadio Nacional de Chile, personaje que actualmente se encuentra paseándose libremente por las calles de Florida en Estados Unidos, país que cobija a todos los chacales que humillaron el continente.

Víctor Jara pese a su ausencia física sigue vivo en cada ruiseñor que le gorjea a la vida, en cada corazón rebelde que siente las injusticias y le canta las verdades no sólo como denuncia y protesta sino también como propuesta para alcanzar el bien común.

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