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Publicado: Lunes, 26 de enero de 2004

Entre la cultura alternativa y la institucional


Debo decir, de partida, que la cultura como tal es una cuestión de lenguaje, esto es, por decirlo a la manera de maese Wittgenstein, una forma de vida, es decir, una cuestión que tiene que ver primordialmente con lo que somos en un momento dado que, a su vez, es la suma insustituible y, muchas veces, indecible, de lo que hemos querido ser no sólo en ese momento sino que en todos los momentos de esto que hemos dado por llamar nuestra existencia.


También, habría que aclarar que lo que entendemos por cultura no sólo es esa suma de situaciones y de perspectivas -siempre cambiantes, valga la redundancia- sino que una especie de ontología del acontecimiento como tal. Todo parte del acontecer siempre imparable y sorprendente, y que, por esa reacción humana demasiado humana que solemos demostrar en esos casos, se transforma ya sea en lo que sería el famoso continuum heracliteano o en una pléyade de conceptos y de leyes siempre rígida y limitante. Lo primero tiene que ver con lo que he llamado lo aconteciente, lo segundo con aquello que hace a los seres humanos una suerte de servidores sempiternos de la mediación y de la trascendencia.

Pero el acontecimiento como tal no puede enredarse en las delicias de la trascendentalidad, esto es, en la búsqueda infructuosa del origen del ser o del ser del origen, de lo que nos enmarca en una idealidad que se proyecta en el tiempo como mera reproducción de un hallazgo que ya no lo es o en la defensa insensata de la linealidad. Curiosamente —y por cierto que en ello estamos en medio de una formidable paradoja— no siempre la ruptura nos impulsa hacia lo nuevo ni aquello que llamamos la tradición nos arroja inevitablemente en el pantano de lo insuperable. Tal como el ejemplo kantiano del cañón, que retrocede luego del disparo, la cultura está hecha de avances y retrocesos, de rupturas y parches, de implicaciones y de quiebres, de posibilidades infinitas y de cierres aparentemente sin vueltas. En ese sentido, indudablemente no puedo estar de acuerdo con el tema de esta convocatoria, es decir, cultura alternativa versus cultura institucional. Ello encierra ya una contradicción que nos des-proyecta y que no nos multiplica —puesto que toda contradicción lleva en sí la bacteria de la multiplicación—, porque si hay alternativa está claro que allí debiera estar implicada también la conceptualización institucional, aparte de varias otras.

Volvamos a la definición de la cultura como lenguaje. Si partimos del lenguaje como aquello que se define por su uso, es decir, como aquello que se define como "forma de vida", no podemos anquilosar la cuestión practicando una estrategia del cierre aunque sea como futura posibilidad de apertura. La institucionalidad, esto es, la conjunción de lo que el filósofo italiano Antonio Negri llama "el poder constituyente" con el mito (hegeliano y también rousseauniano, qué duda cabe) de "la expresión de la voluntad general", es un proceso complejo que no podemos soslayar como mera parte integrante de una supuesta lucha de clases como motor de la Historia o, lisa y llanamente, como esencia de la Historia. El conglomerado humano es un conjunto imponderable que se niega infinitas veces a sí mismo por arte de birlibirloque. Por eso, el lenguaje es allí lo que lo define y lo que lo salva. Pero aquí el lenguaje no es, indudablemente, "la casa del ser" como lo postula el profesor Heidegger, ni tampoco mera comunicación entre las partículas sociales colocadas allí por el azar de lo Otro y de lo Mismo, como lo postula una visión demasiado rápida de un cierto posmodernismo mal digerido. El lenguaje es aquí aquello que nos dice, incluso sin decirlo de manera estridente, que estamos aquí formando parte de una suma de acontecimientos y de perspectivas que, al mismo tiempo, nos afirman y nos proyectan en una temporalidad que nunca seremos capaces de dominar y, menos aún, de explicarnos del todo. El tiempo como tal es una invención humana, demasiado humana —el viejo Einstein ya lo decía, tangencialmente, en su célebre fórmula: "Dios juega a los dados con el Universo". Pues sólo existe lo aconteciente y la afirmación de aquél como postura ética. Y es en ese sentido que se habla de "usos" y de "formas de vida" —que viene a ser lo mismo—, de lo contrario sólo estaríamos en el reino del puro comentario, y eso sí que sería triste. Porque la cultura, en tanto voluntad de expresión, está en perpetuo movimiento, sino no sería el caso, y es aquí donde la contradicción llega a su clímax. Sí, la cultura está en perpetuo movimiento, pero entonces, si es así, preguntémonos un momento: ¿acaso el Derecho no forma parte de la cultura; la Ley, las Religiones, el Estado, la Moral, no son manifestaciones culturales? Ya lo sabemos, desde que el primer pitecántropos se puso de pie comenzaron los problemas culturales, sobre todo cuando llegó el primero que convenció a los otros que él sabía más porque estaba en contacto directo con el que sabía más que cualesquiera de los otros, y que, por supuesto, ni él ni nadie había visto ni vio jamás porque sólo tal vez lo había escuchado o creído escuchar. Y todo eso era cuestión de divinidades, las que, según las culturas, fueron tomando el nombre, la importancia y los poderes que les correspondían, a pesar, o por eso mismo, de su invisibilidad e incorporeidad. De allí, y tal vez nunca lo sabremos con certeza, alguien instituyó trascendentemente lo que era la Moral, el Derecho, la Ley, y luego, posteriormente, otro alguien instituyó que todo eso era para siempre, por supuesto —y esos fueron "los dueños de la palabra", como nos dice maese Nietzsche. Sí, claro, alguien diría, alguien que sabe, naturalmente: es el colectivo puesto a prueba en una situación dada quien instaura el cierre y el dominio del acontecimiento en una serie de normas necesarias. No discutiré lo propio o lo impropio de esto, sólo me interesa, valga la redundancia, el acontecimiento, es decir, lo que allí se produce en este caso: una cierta institucionalidad. Un hecho cultural, indudablemente. Un eslabón más de aquella larga cadena de razones de las que alguna vez habló con tanta propiedad el filósofo francés Descartes. Y eso no es desechable así como así, puesto que forma parte tanto de la inexistente Historia con mayúscula como de la única historia posible, la con minúscula.
Llegamos entonces al punto de la discordia: cultura alternativa versus cultura institucional. Cuando uno de nuestros príncipes, el más importante, dice líricamente en el discurso que inaugura la nueva institucionalidad cultural: "Y estoy seguro, entonces, que cuando se escriba la historia del desarrollo cultural de Chile, la impronta de lo que significó esos años, que fueron de dolor y de tristeza, van a tener el otro correlato, que tras el dolor y la tristeza hubo un enriquecimiento de la capacidad de los creadores chilenos, con una visión más cosmopolita de poder volcar con mayor fuerza la imagen del Chile que estaba en la retina y que no podían pisar ni ver cotidianamente", está diciendo que antes del exilio el desarrollo de la cultura chilena estaba trunco, puesto que no era cosmopolita la visión para plasmarla, y así se hace parte de lo que algunos llaman con el pecho inflado "la cultura universal", pero que yo llamaría más modestamente, "la cultura occidental que nos impusieron desde la conquista". Y eso no me parece motivo de orgullo. Además que ese lirismo de Lagos estaría repleto de "institucionalidad", claro, pero en el mal sentido de la palabra. Aunque hay que reconocer que nos inserta, al mismo tiempo, en el "concierto mundial", si es que se puede hablar de concierto en vez de desconcierto. Porque al mismo tiempo, nuestro príncipe nos dice un poco antes: "Y Lastarria, ese pensador liberal de mediados del XIX, cuando se funda la Universidad de Chile, pedía ‘que ni la Universidad ni la cultura fueren un ayudante o simple ejecutor de las voluntades del Ministerio de Instrucción y pedía también que ella, la cultura, no fuera tampoco ‘elementos]…[Pública’ de la industria ni un medio de propaganda y falsificación’/ Esto que planteó Lastarria es lo que queremos en esta legislación, cómo somos capaces de asegurarnos que esta institucionalidad dé el marco de la libertad para la creación de cada uno de ustedes." Y esto qué otra cosa quiere decir sino que siempre estaremos en función de la mediación que las instituciones ejercen, es decir, en función del "marco de libertad" que nos otorguen. Respecto a lo de la industria y la propaganda y la falsificación, cada uno de ustedes puede sacar sus propias conclusiones, a pesar de que Lagos termina aún más líricamente su discurso de entronización de la cultura institucional: "Estos logros no son del Gobierno. Estos logros son de todos, del ámbito público y del ámbito privado; porque hemos aprendido en estos años que el espacio para la creatividad cultural es demasiado grande para suponer que sólo algunos sectores pueden hacerlo". Aunque no me quiero detener demasiado en esto, es preciso preguntarse: ¿qué quiere decir "el espacio de la creatividad es demasiado grande para suponer que sólo algunos sectores pueden hacerlo", sino el reconocimiento de que es preciso una Ley para que ese "espacio demasiado grande" tenga alguna legitimidad? Lo que equivale a decir que el horizonte de la mediación —indudablemente, otro hecho cultural— es insalvable, y más aún, que cualquier hecho cultural, si no tiene la impronta de la institucionalidad carece de toda realidad concreta. Estamos, aquí, en las delicias del Malentendido. Aquel Malentendido al que me he negado desde el principio, es decir, a caer en ese juego perverso de distinguir como inconciliables dos supuestas culturas: una alternativa, otra institucional. Y aquí llegamos al nudo de la cuestión que nos convoca hoy día.

No se puede negar que la nueva Ley sobre institucionalidad cultural en nuestro país tiene más de un aspecto positivo. Uno de ellos, no sea más que aquel de reconocer el indudable peso de los relatos que se juegan y se imbrican en el tejido social. El otro, la necesidad de ampliar los espacios del hacer cultural, no sea más que paradójicamente delimitándolos en áreas y zonas de relieve creativo. Pero todavía se nota un cierto entrampamiento en las definiciones tradicionales del hacer cultural y que son justificación y solaz del Malentendido. Pues no existe una cultura institucional u oficial y otra alternativa o clandestina, por decirlo así. Existe el fenómeno cultural que, en su esencia, tiene que ver con el lenguaje de un pueblo, es decir, como ya lo había dicho, con una forma de vida. Y esa forma de vida tiene que ver con mestizajes, procesos interrumpidos, reivindicaciones zonales, cruces, despliegues, imbricaciones, autorreflexiones, mitos, etc., todas cuestiones expresivas, en suma, pero en ningún caso una cultura se construye desde o en la institución, por cuanto ésta es sólo un producto de aquella, puesto que la cosa va más por el lado del haciendo que de lo ya hecho. Una cultura se construye en el día a día del continuum heracliteano, esto es, de la génesis eterna. Mal podría entonces existir una cultura institucional, salvo en el Malentendido, claro.

Ahora bien, en relación a una supuesta cultura alternativa, creo que estaríamos aquí en el ámbito de lo redundante. Una cultura es siempre alternativa, por cuanto si ésta no irrumpe en el goce del encantamiento y de lo novedoso o transgrede en el encantamiento de las raíces y de lo ya conocido, no tiene caso. El gran cineasta y escritor italiano Pier Paolo Pasolini luchó durante gran parte de su vida por la conservación de los dialectos campesinos de la Italia meridional, ricos en imágenes y giros idiomáticos. Veía en ese respeto y continuidad de un pasado diverso la posibilidad de un presente más amplio y, seguramente, más hospitalario. Sí, como ya lo dije, así se construyen y se preservan las culturas: de quiebres, de implicaciones, de avances, de retrocesos, pero sin la linealidad que nos han tratado de hacer tragar los teóricos del mal llamado neoliberalismo con el objetivo de seguir imponiendo un modelo sustentable sólo en los esquemas que le reparten a los incautos —y donde no se respeta ni la ley de la selva, como dice nuestro Nicanor Parra.
Una forma de vida tiene, necesariamente, la pluralidad de lo equívoco, de la multivocidad —de la expresión. Sin ese reconocimiento, mal podemos construir una cultura que nos defina, llámese alternativa o, en el peor de los casos, institucional. Por eso es sólo la llamada sociedad civil la que está destinada, en su esencia, a sumergirse en las tradiciones culturales y, a partir de ellas, construir las nuevas. Porque, mal que nos pese, una cultura lo es cuando ya es tradición, con o sin el apoyo de la institucionalidad que la circunda y a la cual contribuyó a poner en pie, es decir, una cuestión de piel, de ímpetu vital, de intensidad, de expresividad. Por eso quiero terminar con una cita de nuestra Gabriela Mistral:

"Me lapidan por esta culpa de entrar a una escuela a enseñar sin haber pasado por una escuela grande donde deben fabricarse, por ley del Estado, todos los maestros. Yo vine de otra parte. Vine de mi corazón. En primer término, de mi corazón lleno del ansia de darse./ Y después, vine de una vida de estudio, de un cenobitismo de estudio. No entré a esa escuela porque nací pobre. Pero si volviera a comenzar la vida, ahora que ya sé, tampoco entraría por esa gran puerta detrás de la cual estén la ciencia y el arte momificados y no esté la vida. Volvería a desconocerla, y ya conscientemente."

Me parece que con esto no queda, por ahora, nada más que decir.

Ponencia presentada en el "2º Encuentro de verano ICAL Valparaíso". Universidad de Playa Ancha. Sábado 17 de Enero 2004

Cristián Vila Riquelme
Horcón, enero 2004

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