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PANC
Publicado: Lunes, 02 de febrero de 2004

El amor es ciego


Héctor, es un personaje intersante cuyas historias lo han hecho pasar a la inmortalidad y es otro que también está incluido en la extensa galería de los que han pasado a la fama de los héroes, dentro de este enorme exilio chileno. Un buen día y sin comentarlo con nadie, Héctor se enamoró de un papagayo. Al menos eso fue lo que le confesó al fiscal en el juicio en que estuvo involucrado, cuando éste le preguntó el porqué del intento de robo de tal pajarraco.


Acomodado en la silla de un bar y saborendo una botella de vino, estaba Héctor en jovial y despreocupado coloquio con algunos paisanos del lugar, cuando su mirada dio con la vitrina de una tienda de venta de animales domésticos, situada exactamente al frente del bar en que se encontraba. Desde su campo visual, pudo distinguir perfectamente dos papagayos: uno, verde y monótono en su colorido, que no llamó en absoluto su atención. Pero el otro era como un arcoiris exotico de alegres tonos y matices, vivaracho en su andar y con estampa de gallo de pelea. Excusandose unos instantes de sus ocasionales interlocutores, se encaminó un tanto inseguro en sus pasos, atraído por tal explosión de colores, hacia la vitrina donde se encontraba el cautivo papagayo. Lo contempló durante varios minutos y pegando su frente al vidrio de la vitrina, le hizo unas cuentas señas amistosas. El pajarraco, malinterpretando sus buenas intenciones, dio unos cuantos aletazos y se alejó a la esquina más lejana de su jaula, observando desde alli a Héctor, con desconfianza y recelo.

Los gritos de sus amigos temporales que lo llamaban desde el bar, lo sacaron de sus meditaciones terrenales y volvio a sentarse con ellos, esperando con calma y mucho vino, la hora en que los distintos negocios del centro comercial de Sollentuna, en la zona norte de Estocolmo, cerrarian sus puertas al público. El bar seguiría en tanto sus actividades etílicas por varias horas más, y eso le daba un buen margen para planificar el golpe que pensaba llevar a cabo.

De cuando en cuando, miraba hacia la vitrina para cerciorarse que el plumífero de alegres colores aun estaba allí y el verlo inmóvil y majestuoso en su prisión de cristales gruesos, le entraba una gran melancolía y hacía grandes esfuerzos por serenar un tanto, su impaciencia de amante esperanzado. Y cuando en el bar, anunciaron que se serviría la última tanda, sintió que estaba preparado. La medianoche ya estaba cercana, el centro estaba totalmente vacío y en la tienda de animales caseros todo era silencio e inmovilidad.

En una de sus idas al baño a vaciar la vejiga, se habia proveído de un grueso y pesado candelabro que adornaba el bar y que el personal tenia por costumbre de colocar sobre una pequeña mesita, situada al lado de una de las puertas de los baños. Sin titubear, lo habia deslizado al interior de un bolso que siempre llevaba consigo y que normalmente lo usaba para transportar botellas de vino, latas de cervezas y similares, tan necesarias en su vida actual de exiliado desposeído y justo.

Se despidió de sus compañeros con fuertes apretones de mano y, simulando salir del centro comercial, giró rapidamente sobre sus talones y de una carrera, se metió en uno de los baños públicos situado al lado del bar. Nadie lo observó y su calma era absoluta.
Agazapado junto a la entrada del baño, asomó cautelosamente su cabeza recorriendo el vacío centro con su mirada. Y cuando comprobó que nadie habia en sus cercanias, se empinó sobre la punta de sus pies y dando un pequeño saltito, se lanzó a toda carrera contra la vitrina de la tienda de venta de animales domésticos. Su agilidad era admirable si se toma en cuenta que se habia bebido más cuatro botellas de vino. En medio de su enfurecido galope, sacó el pesado candelabro que llevaba escondido y al llegar a su meta, golpeó con fuerza y decisión el enorme ventanal de la vitrina. Justo al centro de la misma. Con fascinación vió desplomarse el enorme vidrio hecho trizas.

El sonido de los miles de pedazos de vidrio, al chocar contra el mármol del reluciente piso, fue ensordecedor y unido al silbido agudo e intermitente de la alarma contra-robos de la tienda, provocó un barullo infernal que con toda seguridad atraería la inmediata atención de los guardias nocturnos que ya se paseaban no lejos de allí. Actuó entonces con la precisión de un cirujano, haciendo oidos sordos al griterio histérico y mancomunado de cientos de pájaros, roedores y otros tantos bichos que allí cohabitaban. Saltó hacia el interior a traves de la destrozada vitrina y un pedazo de vidrio que aún quedaba en pie, se le incrustó en uno de los múslos. Soltó una maldición, pero no se preocupó en sacarselo. Simplemente no tenia tiempo para vulgos detalles cotidianos.

Parado al lado de la jaula que cautivaba al papagayo de sus amores con la adrenalina recorriendole todo el cuerpo, estiró una mano y lo agarró firmemente del pescuezo. El pajarraco contraatacó rapidamente y repetidos picotazos le despedazaron parte del dorso de la mano y también la muñeca. Era indudable que el bicho inconsciente, no apreciaba en absoluto su plan liberador. El otro papagayo en tanto, tal vez por solidaridad o tal vez por resguardar su propio y emplumado pellejo, dió unos cuantos aletazos desesperados y volando, aterrizó sobre su hombro izquierdo picoteando sin misericordia una oreja, la frente y parte de la cabeza de Héctor, el cual comenzó a sangrar en forma profusa. Con su mano libre le dió un violento palmetazo y el plumifero fue a dar con su cuerpo afuera de la vitrina, desde donde emprendió enloquecedora carrera hacia algun lugar desconocido.

Tiempo después y cuando ésta historia ya era clásica en el abultado curriculum de éste singular personaje, me contó que, en medio de esa enorme batahola, le habia parecido como si aquél desagradable bicharraco chillón, habia salido con su andar desfachatado y ridículo, en busca de ayuda, para tenderle una mano a su desgraciado compañero de celda.

Héctor saltó nuevamente por sobre los pedazos de vidrio diseminados por todas partes y con el pajarraco fuertemente sujeto entre sus manos, abandonó el lugar del delito a toda carrera, perdiendose entre los vehiculos cubiertos de nieve, de un estacionamiento cercano al centro comercial de Sollentuna, protegido por la cerrada obscuridad de una noche invernal más, en la capital del reino sueco.

La policía no tuvo grandes dificultades en dar con su paradero, porque para mala suerte suya habia dejado de nevar y las huellas de su fuga eran muy faciles de apreciar. Y estaban además adornadas con manchas de su sangre, más unas cuantas plumas que el papagayo perdía cada vez que se removia intentado liberarse de su raptor.

Por esos tiempos vivía Héctor en un departamento ubicado a unos cien metros del lugar de los hechos y no le tomó a la patrulla policial encargada del caso, más de unos cuantos minutos en dar con su domicilio: no tuvieron más que seguir aquel reguero de sangre y plumas, que terminaba en la entrada del departamento en donde habitaba.

Al descerrajar la puerta de su casa, lo encontraron tumbado sobre una cama sumido en un profundo sueño, con sus ropas en completo desorden, la cabeza y parte de su cara cubierta de una pegajosa costra de sangre reseca, roncando estrepitosamente. Y en un rincón de esa habitación, al papagayo completamente desprovisto de su vistoso plumaje, cual pollo faenado esperando hacer su entrada al horno.

El veterinario encargado de examinar al explumado pajarraco determinó "pérdida de plumas, ocasionada por el violento chock psicológico que sufrió el ave, al ser sometida a tratamiento desacostumbrado de violencia y terror", constatando además que "no se detectó penetración sexual alguna".

Durante el juicio al que fue sometido, mantuvo Héctor su acostumbrada calma y en su cara de ser inocente se dibujaba una imperceptible sonrisa - un tanto sarcástica para mi gusto - como si estuviese actuando ante un público que conocía sus debilidades, pero también sus grandezas.
A la pregunta del fiscal de, qué lo habia motivado a tan salvaje acto de maltrato y destrozos? contestó con toda naturaleza que "apenas lo ví, me di cuenta que me habia enamorado de él... o de ella. Porque nunca supe si era macho o hembra, aunque no era eso lo fundamental". Los presentes en el juicio, tanto representantes de la ley, funcionarios y público asistente (en su gran mayoria, amigos y conocidos de Héctor ) soltaron una enorme carcajada que relajó el ambiente y aminoró su condena. Le dieron tres meses de libertad condicional, 200 horas de trabajo social y una multa de ocho mil coronas, que cubrirían los daños y perjuicios ocasionados a la dueña de la tienda de venta de animales domésticos.

La vitrina fue reemplazada por otro vidrio del mismo tamaño, el papagayo recuperó su colorido pelaje y las heridas sobre el dorso de la mano, la cara, la cabeza y uno de los múslos de Héctor, cicatrizaron sin mayores consecuencias estéticas y la vida siguió su rumbo acostumbrado, con este sentádo en el trono de los inolvidables, de aquellos que aún en vida, son ya una leyenda." Yes Yes 1785 0 0

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