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Publicado: Lunes, 03 de febrero de 2014

Moisés Ortega

Serie: Poetas mexicanos jóvenes


Moisés Ortega (Aguascalientes, México, 1988). Es egresado de la Licenciatura en Letras Hispánicas por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. En su haber literario se encuentra el tercer lugar en el Premio Universitario de Narrativa, "Elena Poniatowska," en su edición 2010, así como dos menciones honoríficas en el mismo certamen y una en el Internacional, "Desiderio Macías Silva." Ha publicado en las Antologías "Luz Sangre y Tinta" y "Premios Universitarios 2007 y 2008" de la UAA y en algunas ediciones del suplemento cultural "Guarda Agujas" así como en la Revista "Parteaguas". En 2008 su obra de teatro "El ombligo del gigante" representó al Estado en el Encuentro Nacional de Teatro Infantil. Ha participado en los encuentros de poesía: "Carlos Pellicer Cámara" en Villahermosa, Tabasco; "Nacional de Escritores de la Región de los Ríos" en Palizada, Campeche y el "Internacional de Poesía Caracol" en Tijuana, Baja California en 2011 y 2012. Actualmente es Coordinador del área de Literatura en el programa "Unidades de Exploración Artística" del IMAC y CONACULTA.


Una piedra
He de regalarte una piedra. Un pedazo endurecido de la tierra; todavía no decido que tipo de piedra pero estoy seguro que será una piedra mi último obsequio.
Puedo regalarte una planta, o un pez rojo. La planta crecerá poco a poco, pero un día que se te olvide darle agua o platicar con ella, se morirá también poco a poco de tristeza, de soledad o de sed.
Tal vez el pececillo nade silenciosamente en un cubo de cristal con agua hasta que un invierno te olvides de cambiarlo de sitio o renovarle el agua comience a producir amonia para tragársela y envenenarse así.
Sin embargo una piedra no crecerá, no nadará, ni se secará nunca, tampoco se envenenará en reproche porque no tienes tiempo para ocuparte de ella.
No te regalo una foto porque de pronto un día puedes encontrarla gritándote a los ojos que tus besos siguen resecándome la espalda. Por eso lo mejor sigue siendo una piedra.
Pensé también regalarte un gorro igual al de los muchachitos que atienden el café donde me fui enamorando más de tu voz y aunque lo compré no voy a dártelo. Sentiré una rabia inmensa al imaginarte sonriendo para otra gente. Quizás muera de celos.
Por eso será una maldita piedra. Ayer de regreso a casa encontré la indicada, es de forma oval y muy negra, es óptima. No le pondré moño ni tendrá caja.
Cuando te vea te la daré, guárdala en el bolsillo de tus jeans rotos y no digas nada. Déjala en tu cajón o como centro de mesa, haz lo que quieras con ella. Silenciosa, jamás te importunará, pero por favor no la tires.
Si alguna vez sientes que volverás a verme, métela de nuevo en los bolsillos de tus pantalones de siempre y en cuanto me tengas cerca,
¡Rómpeme la cara de una pedrada!


Petición

Un día le pedí a mi madre que me arrancara el corazón,
que lo cocinara a la manera de las sopas de tomate.
De haberme hecho caso, se habrían solucionado dos cosas:
El hambre de mis hermanos
y esta sed letal de sentirme amado.


Inventé que crecía por dentro

Construí altos edificios al sur; presas al este y al oeste para aprovechar el escurrimiento natural de lágrimas; un complejo turístico al centro con museo para que se exhiban viejas e interesantes radiografías de historias míticas y tal vez bonitas; dos "pulmones" ecológicos llenos de manzanos, hortensias, orquídeas y fuentes.
Desde luego diseñé jardines para las zonas devastadas por las dos grandes guerras viscerales; hice parques enormes donde los momentos recién nacidos, como niños podrán jugar a sonreír, provocando esa sensación tan conocida de mariposas estomacales.
Implanté sistemas de evacuación y drenaje, eficaces para pensamientos erróneos y disparates; iluminé los cinturones de miseria e intentando limpiarlos de errores arrumbados.
Olvidé que soy un cuento con aspiraciones de poema y no un pueblo con inspiraciones de ciudad.


Yo digo que es arte

Soy una extraña criatura, el aire me lastima en la garganta, en la piel y en las pupilas de los ojos pequeños que tengo.
Tengo párpados pesados y grandes ojeras, las lágrimas tiñen la piel de violeta, o verde, o verde violáceo, no sé.
Lo de las ojeras se acentúa porque me como las horas llorando o recogiendo pedacitos de hojas que se van secando por el frío de estos días.
Las horas son áridas, dice la gente que se llama tristeza, yo digo que es arte, el arte de ser con suavidad suave.


Regresé...

Puestos de revistas en cada esquina,
un algodonero de azúcar,
palomitas de queso con su color anaranjado de cinco pesos de antes.

Olor a gente moviéndose rápido,
tiendas mudas de gritar ofertas,
árboles silentes, sonrisas distantes y ficticias
Me sorprendí...
Sigue aquí el señor Eugenio,
su pierna gangrenándose: pintura impresionista
rojos descarados, morados dolorosos, amarillos inquietantes.

También la anciana despeinada y mugrienta
agitando su medio bote de leche
con sus pocas monedas.
Su voz cansada y ronca:
"pasaste a mi lado con gran indiferencia"

Luego, la catedral:
elefante dormido, habituado a ser una atracción de circo.
Como un silencio de "Cien años"
que le gritaba a mis ojos el día que nos perdimos.


Volví...

Me encontré con la puerta pistache de tu casa,
con los años del colegio hechos fotos,
con un chango de peluche que se aferraba,
terca, graciosamente anaranjado,
a tu ventana.

Descubrí discurriendo por la casa
al fantasma tus manos juveniles,
que morenas caminaban por mi espalda
y por mi pecho,
luego de descubrirlo me miró
y lo encontré travieso
recorriendo de nuevo
mis caminos enteros.


Y todo por tu recuerdo

Afuera de mis parpados cerrados, los medios cuerpos verdes, ámbar y violáceos siguen desnudos brincando como si supieran bailar, están buscando sus mitades desesperadas e incompletas que ignoran que no son mitades.
El alcohol sigue haciendo veredas en todo el ambiente vaporoso.
El humo entra aún por la pequeña abertura de mis pestañas superiores e inferiores que se encuentran casi selladas y me arranca una lágrima seca de sentimiento.
Está claro que no es el humo, no es el ruido ni el dolor que produce, no es el alcohol, ni la luz que tiñe la resequedad de mi piel de un tono azul como de vidrio.
Simplemente se trata de la idea de tu recuerdo ficticio que no quiere dormirse, como se duermen mis pies.
Tal como mis pies se han dormido.


Tierra mojada

Llover es como un llanto de sonrisas.
Aunque el día se opaca, todo comienza lentamente a florecer en silencio.
La superficie sedienta del piso comienza a reflejar el ruido de las gotas
gotas grandes,
pequeñas gotitas,
gotas normales,
gotas aguadas;
agudas gotas...

Las plantas van abriendo sus ojos verdes y respiran, se abren de a poco al deseo del agua y se agitan.
El viento enloquece, sube, se aleja, le arranca besos a las nubes, desciende y cuando regresa, choca con el piso mojado, con las ventanas llorosas, se mueve desesperado, suspira y luego se duerme.
La gente corre, se tapa la cabeza con las manos, busca urgentemente refugiarse;
curiosamente los niños sonríen, levantan sus cabecitas abriendo la boca para tomarse la lluvia, los más afortunados danzan haciendo rondines entre las manos de la llovizna, los menos los miran por las ventanas y se sienten húmedos.
Por último la tierra, qué decir de la tierra que se entrega sin reservas, se extiende, se deja mover según la voluntad del agua, cambia su estructura, se excita y enlodece.

Yo respiro...
Como los niños menos afortunados observo tras mi ventana,
si a caso asomo la mano para mojar mis dedos.


El cansancio de las cosas

Mi almohada está cansada, casi le oigo quejarse de las veces, de la sal y la saliva.
Las cosas no se quejan porque no pueden, o porque si pudieran nadie las escucharía,
Yo también me quejaría de mis veces.

De las veces que ando arrastrándome por la cama y por el suelo, por el suelo y por la vida, con el silencio quedito de mis recuerdos despojados de alas, arrojados al vacío del presente azul. Silenciados sin remedio, sin tregua. Silenciados a fuerza de omisión. Silenciosos rebeldes.

De otras tantas ocasiones en que el silencio va dejando de callarse y toma forma de lluvia y llora a través de mi cuerpo, de mi casa, de mi alma y de mis cosas. Llora sobre todo, haciendo inundaciones que cuando se secan saben a pura sal y emblanquecen todo. Cuando los llantos se van secando, endurecen las cosas.

Y de aquellos momentos en los que de mucho revolcarme en el silencio y en el llanto por la superficie blanca de mi casa salada, los ojos se cansan de ser callados, de ser lluviosos y se cierran, dejando entrar al sueño con sus humedades voluntariosas. Cuando me quedo dormido y me pongo a babear como condenado sobre la almohada, el sillón o la mesa.

Definitivamente yo también me quejaría, como mi almohada, mis sillas y mi baño.

Yo recogería todas mis plumas y toda mi tela y me convertiría en ave,
me agarraría volando, volando hasta encontrarte, para escurrirme en tu cabeza.
Irte mojando de un silencio lluvioso de recuerdos apestosos a saliva nocturna.
Sólo para que sepas que la puerta, la ventana, la cama, y las almohadas están cansadas,
cansadas como yo de tu recuerdo rebelde.

Sí, si yo fuera mi almohada también me quejaría...


El número 407 de la calle Madero...

El número 407 de la calle Madero, es ahora una pequeña cafetería de corte boutique.
Somos como las casas, amor, un momento servimos para que alguien habite en nosotros haciendo su vida íntima tras nuestras puertas, y al otro somos centros públicos a los que la gente acude a beber café, contar sus historias, o simplemente a comer en compañía de extraños que ni siquiera voltean a verse entre sí.
¿Te acuerdas de nuestro último beso? Estoy seguro que fue en el balcón café de la casa aquella en que Clarita compartía su consultorio con un amigo al que amaba en silencio.
Hace tres años apenas, recibí una notita color turquesa que decía: Me marcho a estudiar a Italia, los espero sin falta en Madero 407 a partir de las nueve.
¿Sigues viviendo en Pavía? ¿hay alguien haciendo su intimidad tras tus puertas? o ¿te encuentras como yo?
Yo que soy un sitio público con las puertas
y las piernas
abiertas...


Testamento

Si te llega este baúl, papá
es que por fin estoy muriendo, o he muerto por completo.
Sí, es rosa y tiene flores decorativas, no te asustes.
Te dejo mi rubor, el carmín de mis labios delgados, ahora incapaces al beso.
Un vestido de leopardo y el recuerdo de la noche del canto estridente de los grillos.
Hay también una peluca de cabello natural tejida a mano.
Son para ti los aretes de fantasía brillante
y los abalorios que cascabeleaban en las noches de rumba sobre mis muñecas finas.
Te regalo todo, incluso el amor que nunca dejé de prodigarte en el rincón
silencioso de los sueños.
Ponte la peluca y píntate los labios
Seguro la viejita primorosa en el reflejo del espejo me querrá más que tú.


Hablando de recuerdos parecidos...

Recuerdo a una yegua marrón a la que mi padre llamaba "la Viquina."
sus dientes apretando mi pecho, un fuete de cuero rojo quebrando el aire mareado
oscuro.
Fuertes relinchos rotos.
Grabada sobre todo, está la imagen del añil de la luna reflejado en sus enormes ojos,
una lágrima inmensa que cortaba largamente su mejilla poderosa.
- ¡Papi, no le pegues por favor! Ya casi no me duele la mordida
Al fondo de la escena un potrillo impotente con mi suéter verde anudado al cuello.

Recuerdo un día en que te enteraste, no sé por qué, de que mi primer beso
me lo dio un hombre.
Tus manos, fieras hambrientas sobre mi cuerpo, el mismo fuete de cuero
reventándome.
Espinas en mi espalda y en mi lengua oraciones de polvo.
Ni los grillos irritantes, ni la yerba crujiente, ni la sangre te ruegan que te detengas.
Tras la escena no había un potrillo, no estaban ni mi madre, ni el hombre del beso.
Ni siquiera Dios.


El sabor del mar

Sospeché desde el vientre de mi madre, el sabor del mar
lo comprobé después,
el día aquel que le rompiste el cráneo contra un lavadero
hecho de piedra.
En mis labios permanece desde entonces
tatuado
el sabor tortuoso de las lágrimas.
Es que ese día,
aprendí a llorar.

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