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Publicado: Martes, 04 de marzo de 2014

Mirta Yáñez

Serie: Poetas cubanos


Mirta Yáñez (La Habana, Cuba, 1947). Narradora, poetisa y ensayista. Doctora en Ciencias Filológicas. Periodista y profesora universitaria, ha participado en coloquios internacionales y ha ofrecido numerosos cursos y conferencias en universidades y centros de estudios de Europa, Estados Unidos y América Latina. Ha recibido en cuatro ocasiones el Premio Nacional de la Crítica. En 2012 le fue otorgado el Premio de la Academia Cubana de la Lengua por su novela Sangra por la herida (2010). Entre sus numerosos libros publicados se encuentran: Todos los negros tomamos café, El diablo son las cosas, Falsos documentos (narrativa), Un solo bosque negro (poesía), La narrativa romántica en Latinoamérica y Cubanas a capítulo (ensayos). Parte de su obra ha sido traducida a otros idiomas y publicada en España, Alemania, Francia y Estados Unidos.


Credulidades

Mis tatarabuelos creyeron en la tierra,
anotaron su fe ciega en los irreprochables terrones
que proveían casi lo necesario;
la sempiterna vaca en el establo, un serrucho, para qué más;
todo fiel y ordenado,
como para durar hasta siempre.
Mis bisabuelos creyeron en el viaje,
la ciudad prometida,
el polvo de oro cayendo quizás como el maná
sobre las callosidades de sus manos
y despacharon a sus hijos, mis abuelos;
y ellos creían, creían,
aunque no vieron ni por asomo a los dioses dorados;
así, tuvieron otra vez fe en los objetos inconmovibles,
el arcón, una trenza anudada, los anaqueles
para guardar la harina.
Mis padres también creyeron en lo suyo,
una familia sólida como un doblón enterrado en la arena,
durará tanto el apellido
y tendrán bodas de diamante.
Yo también creí casi en las mismas cosas
y aún en otras que se me han ido olvidando.




Objetos

Los objetos se someten indefensos
a las máscaras del tiempo.
Tomemos, por ejemplo, esta piedra,
esta desnuda piedrecita que encontré en una gaveta.
¿De dónde vino? ¿Desde cuándo está?
¿Cómo llegó hasta ahí?
¿Quién la trajo? ¿Por qué la conservé conmigo?
Cada pregunta que me hago acumula perplejidades
y desmemorias.
¿Es piedra de río o piedra de mar?
¿La recogí en un riachuelo de la Sierra Maestra?
¿O acaso en las riberas del bucólico Clain, o del Arno?
¿La encontré en la playa de Guanabo,
o en la costa de aquel pueblo del Pacífico,
o en el helado puerto de Ostende?
¿Sería una piedra de tierra adentro?
¿Proviene de las secas murallas de Avila,
de las ruinas de Tula, de los cerros de Humahuaca,
tal vez de la azotea de los abuelos que ya no existe?
¿Desde cuándo está conmigo?
¿Hago la cuenta por meses, por años, o por décadas?
¿Fue piedra de verano o de invierno?
¿Qué suceso la trajo?
¿Quizás el recuerdo del tránsito por algún cementerio?
¿Pero cuál de ellos? ¿Y cuál de los tránsitos?
¿Fue la memoria de un encuentro afortunado
o de una despedida?
¿Qué caminata me llevó hasta esta piedra,
no más grande que una moneda?
¿La recogí yo? ¿La encontré o la busqué?
¿Me la dio alguien? ¿Quién sería ese alguien?
¿Estará aún entre nosotros? ¿Me habrá olvidado también?
¿Conservará otra piedra gemela a la mía?
Y aún más:
¿Será mía esta piedra?
¿O todo ha sido un error?
El sitio que llamamos alma se me llena de espanto
cuando irrumpe, incluso así, el infinito.
Y eso que apenas hemos tomado, a modo de ejemplo,
una piedra,
entre tantos y tantos objetos,
esta pequeñita piedra.




Relojes

Hay un reloj de pared, enloquecido en su madera original,
de golpecitos desbordados,
que cubre mi jornada, alentando sus riesgos;
la luz espejada de una pantalla digital
irradia inútilmente en la oscuridad de la habitación
donde mi vigilia se asombra;
el meridiano desfasado de aquel reloj de viaje
continua impasible su tránsito hacia ninguna parte;
la esfera sin horarios
de un reloj de bolsillo, leontina de un pasado poco confiable,
dormita en la gaveta traspapelado para siempre;
mi reloj personal, tan cerca de la mano que palpa
y del pecho que duda, adelanta un cuadrante sin sentido;
de manera irremediable, ninguno está en hora.




Encuentros

Una golondrina trazando, desalada,
el atardecer solitario
sobre las torres de Salamanca;
un caballo que flota en la neblina
de aquel pueblecito belga;
un gato sin dueño, caminando por Bloomsbury,
que acepta la velada caricia, apenas horrorizado;
un perro agonizante
contra las piedras de Pompeya,
mientras sueña con el hogar perdido;
un ciervo que huye por la clara campiña del Poitou,
entre un bosque negro que abandona
y otro bosque negro que lo espera;
una paloma en la plaza de San Marcos,
renegada y cautiva, al mismo tiempo, de la belleza;
mis semejantes,
mis iguales.




Dejaciones

Se han ido yendo los amigos, cada cual a su forma;
perdí el olvido del amanecer,
un pino lejano,
ciertas músicas imposibles;
apenas un soplo del tiempo me ha llevado la familia
y ya no reconozco a mi bella madre
en esta anciana que retiene
el polvo inútil y confundido de mi infancia;
murió mi perra, murió el helecho,
murieron los azulejos y los herrajes
de aquello que pensé que era mi casa;
los espantados dioses también me han abandonado.

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