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Publicado: Viernes, 07 de marzo de 2014

Roberto Méndez Martínez

Serie: Poetas cubanos


Roberto Méndez Martínez (Camagüey, Cuba, 1958). Poeta, ensayista y narrador. Doctor en Ciencias sobre Arte del Instituto Superior de Arte de La Habana. Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua y Correspondiente de la Real Academia Española. Ha recibido, entre otros: Premio de Poesía "Nicolás Guillén", 2001. Premio de Ensayo "Alejo Carpentier", 2007. Premio de Novela "Alejo Carpentier", 2011. Premio Internacional de Ensayo "Mariano Picón Salas" (Venezuela, 2011). Tiene publicada más de una treintena de volúmenes, entre sus poemarios más recientes se encuentran: Cánticos para la luz de otro siglo, Ediciones Universal, Colección Espejo de Paciencia, Miami, 2011; Epístola para una sombra, Editorial Letras Cubanas, 2013; Libro de la Ventura, Ediciones Extramuros, La Habana, 2013.


VENDEDORA DE CASTAñAS EN OTOñO

En Zaragoza,
cuando está a punto de terminar el otoño,
no lejos de la Universidad
y a la sombra
de la estatua terca de Miguel Servet,
hay una vendedora de castañas.
Pone el fuego suaves claroscuros,
luces de piedad
sobre su rostro encorvado
y el crepitar del sabor
pinta sus hombros
con el mismo generoso tinte
de las bocas que van, pasmadas,
abriéndose en la penumbra.
Ella es afortunada y no lo sabe.
En mi país
no existen el otoño
ni la sombra de las estatuas,
pero cuando un aire feroz
golpea las bardas de mi casa
o la noche se echa contra el aldabón,
queriendo hacer saltar las puertas,
entonces
cierro los ojos
y veo a la vieja vendedora de castañas
revolviendo con su bastón las brasas,
golpeando, aquí y allá,
los frutos oscuros
como cabellos de muchacha virgen
y sin atender a su expresión de asombro,
extiendo desde mi orilla las dos manos
y en medio del silencio que viene después,
soy dichoso por un momento
y puedo respirarlo y escribirlo
como si estuviera en el otoño de Zaragoza,
no lejos de la Universidad,
a los pies de la estatua proscrita de Miguel Servet
y nos encontráramos, mirada con mirada,
el rostro plateado de la vendedora
y el mío aterido,
entre ambos las manos
con el papel tibio y algo grasiento,
sin palabras, sin dinero
y afortunados en el sueño,
por única vez, por un instante,
sabiéndolo ambos.



COLUMNA

Lo he visto esta tarde,
al niño idiota, rodeado de otros niños,
mientras golpeaba ferozmente una columna
con un burdo pedazo de hierro.
-Armando álvarez Bravo-


He visto la columna, desde el zócalo herida
Y ni siquiera sé quién la ha golpeado.
Una columna gris, sin estilo
y apenas posee algo así como un teléfono,
en el portal de una bodega de barrio.
Hace mucho su zócalo fue mordido
y cayeron la cal, la arena, los hierros
que le dieron ser hoy vuelven al salitre.
Dicen que sostiene el portal, que estamos
seguros con su precaria eternidad
pero si alguna vez cayera
Contemplo la columna, espero,
detallo los puñados del recebo
que va rodeándola. Todavía la humedad
y el odio no han tocado el fuste,
todavía la gente pasa, comenta, busca lo suyo
y apenas mira que el tercio inferior
fue roído con inexplicable persistencia
dicen que ya hay una grieta en el techo.
La gente se guarece junto a ella,
a falta de sitio mejor, comenta, exige,
y la columna en su espera va no siendo,
dicen que si mañana cayera
dicen, pero ella, contra toda ley,
exhibe el capitel airoso e inclusive
sostiene ese artilugio que algunos pudieran llamar teléfono.
Nada pasa, claro está, hoy,
solo esos hierros huérfanos están un poco
más torcidos, pero si mañana cedieran
a la fatiga, al aburrimiento, al torpe discurrir
de este barrio, quién sabe
en modo alguno dirán que yo la he visto.



BACANTES

A Elina Miranda

A quien se ha colocado sobre el pino,
al pobre travestido, al mirón,
hay que derribarlo
que es traición
no porque quiera espiar los ritos
reservados a lo oscuro o pretenda
hurgar en misterios destinados a los inocentes,
sino porque quiso gobernar el caos,
unir en líneas trémulas la imaginación y el aliento,
domeñar a un país
con normas tan frágiles como su cuello,
que es traición
Poden las ramas, quiebren la copa
porque el pie está ya condenado,
agiten el árbol hasta que su propio miedo
lo haga caer en nuestras manos;
entonces ya no será el rey sin ejércitos,
el demagogo privado de sus tribunas,
sino el soberano juzgado por el viento y las vides,
el jabalí herido, el ciervo
al que alcanzó el venablo en su carrera,
que es traición
deshagan sus vestimentas femeniles,
arranquen el velo de su rostro,
en ese instante de ardor no reconoceremos
su indefensión ni sus vínculos con nuestra sangre,
separemos el brazo de su hombro,
el pie del tobillo, las ingles del tronco
y la cabeza, en fin, del cuello orgulloso otrora,
su corazón tiene el sabor de las bayas silvestres.
No temáis, mujeres, no ceséis
el rito de esta mañana,
merecido lo tenía el que adoptó por trono
el remate de ese pino,
su altura lo ha condenado
que es traición
y cuando llegue la tarde
no preguntéis al vulgo
quién os ha manchado la manos
como de un vino corintio,
son los dioses que consienten nuestras obras
y nos devuelven, ya cumplidas,
al telar, al silencio, al orden,
no olvidéis que por vosotras
vino a este reino la justicia,
que es traición todo lo que no sea
poesía bajo consigna
.



SUPERSTITES

Non modo aliorum, sed etiam superstites sumus
-Tácito-


Si al levantarte, la mesa del comedor te pareció empolvada,
si el sabor del café, o el de los libros que te acompañaron
presentan al paladar el mismo enigma,
si ya esos diez pasos de la habitación a la sala
o, incluso, esas cinco más que te llevan
hasta las humildes plantas del patio,
han perdido toda elocuencia, tienes que decidirte.
Coloca sobre tus hombros una camisa del color del día,
pon ante tus ojos lentes que sean un puñado de humo
y, sin más ceremonia que la tolerada por tus bronquios,
abre la puerta.
Nadie puede caminar por ti
esa cinta de casas fatigadas y árboles sin fortuna,
levanta sin vergüenza el rostro, ¿a quién vas a sorprender?
Has sobrevivido, eso deja sus marcas,
que sientan temor los que te colocaron tales surcos,
si es que todavía existen. Respira, siente
el crujir del sol entre los dedos,
puedes llegar hasta la esquina y descubrir
que esas columnas todavía resisten y quizá
agitar la mano saludando la sorpresa
de alguien que hace mucho no te atrevías
a llamar por su nombre. Eres afortunado
porque estuviste en cien naufragios, pero no olvidaste ese nombre,
eso no hace más benévolos a los dioses,
quizá les ate las manos.

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