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PANC
Publicado: Viernes, 07 de marzo de 2014

Mixturas, serpentinas y confites en el alma de los niños


Era domingo de Corso de carnaval, la ciudad de Oruro había amanecido mojada después de que negros nubarrones se descargaran en truenos y el cielo llorara a cántaros durante toda aquella noche de lujuria y de bohemia. La alborada estaba insensible con aquella atmósfera olor a tierra húmeda y conforme se iban disipando las sombras con el claro firmamento, el entorno adquiría un tono festivo de brisas cantarinas como los chiquillos de mi barrio que pese a esa fatalidad de la vida no habían extraviado sus sonrisas ni la ilusión de ser felices, algunos con los pies descalzos y ajuares zurcidos, con esas miraditas abismadas pero siempre traviesas, de mejillas perennemente rajadas por aquel inquebrantable frio de las serranías, de cabellos cortos y erizados como las de un puercoespín, portando siempre sus gorritos de lana o esas cachuchas al revés como las de Memín Pingüín.


Esa mañana glacial de febrero el cielo seguía gris, conminando con aquella inminente lluvia pertinaz que llegaría después, sin embargo, era un día especial, el centro urbano por donde recorrería el carnaval iba atestándose de gente, turistas ubicando sus asientos en graderías provisionales que bordeaban aquella larga avenida y los ambulantes vendecositas ofreciendo sus chucherías y baratijas, la vía estaba ornamentada de banderines de disímiles colores que pendían a cierta altura entrecruzando las calles, la alegría empezaba a sentirse, las mixturas y serpentinas, los confites, los globos y así se daba inicio al Corso Infantil de aquel domingo.

A lo lejos, desde aquella cobijada barriada mientras jugábamos placenteramente con nuestros trompos y cachinas, se escuchaba el concierto de las bandas musicales que briosamente tocaban sus ritmos al igual que el murmullo de aquella turbamulta que se daba cita en la entrada del carnaval de Oruro, nosotros, abstraídos en nuestro mundo de niños, el entorno pasaba inadvertido hasta que fuimos interceptados por el amigo Marcelino, un niño espigado como un alfiler y de una de cabecita pronunciada como la de Memín, quien traía el mensaje de la cofradía " Negritos del Pagador" ofreciéndonos participar de aquella caravana porque carecían de niños en su grupo de danza, nos quedamos patidifusos y suspendidos en el silencio, entrecruzamos miradas traviesas y de súbito rompimos en un desenfreno de júbilo y en tropel nos acoplamos a aquella improvisada comparsa.

Nos proporcionaron ropas acicaladas de cuyas mangas resaltaban unos borlones de seda, atiborradas con lentejuelas de colores, nos ofrecieron sombreros de jipijapa, tamboriles, maracas, güiros rascadores y por último nos dieron un retoque con betún negro de zapatos por toda la piel y en un soplo de tiempo nos vimos transformados en nuestros zambos de Chicaloma y Koripata que pervivieron con su cultura desde que irrumpiera ese bárbaro colonialismo y la llegada de estos con la travesía de Diego de Almagro en 1535 y su posterior asentamiento en las exóticas tierras de los Yungas en los albores del siglo 1600.

Acompasando el paso improvisado del ritmo alegre de la saya afroboliviana, dimos tributo a la alegría con los golpes de nuestros tambores e instrumentos, bailando en dos largas columnas guiados por la figura central de Marcelino quien vestido de zambo caporal y chicote en mano era un verdadero saltimbanqui al bailar haciendo rechinar los cascabeles de sus botas negras, mientras nosotros con toda animación entonábamos con voces vocingleras: "Dónde está mi negra bailando, cargado de su guagüita cantando, cargado de su guagüita bailando, negra zamba coge tu manto siempre adelante" y así transcurrimos por aquel trayecto del carnaval con la ovación del público.

Este gesto singular y simpático me hizo entender a temprana edad que nuestro héroe Memin Pingüín nos había alimentado de la tolerancia y el derecho a la felicidad en esos tiempos cuando ciertas danzas y ritmos folclóricos tenían sus atributos de clase pues seguíamos respirando ese aire rancio de las megalomanías sociales y ese desprecio descarnado a las tonalidades del color. La italiana María Montessori del siglo pasado no se equivocó en su legado: "No me sigan a mí, sigan a los niños" porque la niñez es siempre el referente del hombre.

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