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Publicado: Miércoles, 26 de marzo de 2014

José Antonio Terán Cabero

Serie de poetas bolivianos


Reseña y selección de poemas: Javier Claure C.

José Antonio Terán Cabero, apodado "El soldado Terán", nació en 1932 en Cochabamba, Bolivia. Los días domingos, en la época que hacía el servicio militar, asistía con uniforme a recitales pare leer sus versos. De ahí el apodo. Abogado de profesión. Su poemario "Boca abajo y murciélago" fue galardonado con el Premio Nacional de Poesía, "Yolanda Bedregal", el año 2003.


Fue miembro del grupo literario "Gesta Bárbara". Trabajó como Director de Cultura de su ciudad natal. Fue Presidente de la Unión Nacional de Poetas de Cochabamba. Hombre culto, con buen sentido del humor, que se dedicó a la poesía desde temprana edad.
Ha publicado los siguientes poemarios: Bocamina de cánticos (1962), Puerto imposible (1963), Y negarse a morir (1979), Bajo el ala del sombrero (1989), Ahora que es entonces (1993), De aquel umbral sediento (1998) y Boca abajo y murciélago (2003).

Soneto ii

Sobre ignorado mar gaviota herida
viejo rencor atormentado el viento
disputa a los gusanos tu lamento
y lo esparce terrible ante la vida
clamará tu silencio voz suicida
en el rumor intérmino sediento
de tu arroyo mortal yo soy el lento
rostro apagado por la luz fallida
ya sólo queda el mar la sal caída
y pues tu muerte acrecentó la ciega
cosecha de otra muerte y de otra vida
estaré como ayer presta la viga
en la siembra que tanto se nos niega
por fin nacida y como tú mendiga.


La identidad

El estupor del árbol cuando el canto de los pájaros se ausenta
había sido su cuerpo entre vientos cruzados
un silencio aturdido de llamadas lejanas
le dislocó la imagen
ya no se recordaba ni siquiera en su nombre
pero indaga en sus vidas sucesivas
el sueño de sus libros bajo las tenues lámparas
el agua de su origen
el viaje de su alma por el vasto planeta
ha bebido de cántaros nativos
y sólo fue un aguayo tristón de aquella fiesta
y aquel día de sol
ni en el lúcido vértigo de que busca
con la razón ardiente los secretos del ser
más allá de los mares pudo hallarse
y como no comulgó con dioses prepotentes
ni soportó migajas ilusorias
con todo el desamparo de su huérfano doble
viene ahora a buscarse en esta página
de memoria en memoria recupera
las viejas lentitudes las imágenes
del río interminable las espigas
que el tiempo desnudó para las horas
de la noche cercana
y se mira crecer hasta la sombra
que dibuja su rostro en el espejo
con rituales arácnidos nacido
y expulsado a la vez de su primera cuna
y al cabo de su fuga
pariéndose a sí mismo como los grandes ríos
hurga una luz entre las voces orilleras
en torno ese murmullo
respiración ansiosa que adivina
siente entonces los ojos que lo miran
y sabe que otros buscan como él
un lugar donde sembrarse
hablan allí alas de cóndores
dioses de la montaña heridos por la historia
los cielos subterráneos los fantasmas del fuego
montes de oscura piedra todavía sangrantes
el mundo en una aguayo multicolor la lluvia
que lava toda llaga y verdece los surcos
el mundo del principio la sangre de los mitos
el incendiado vocerío de la magia
aquí adusto el aire donador de certezas
y la razón insomne la muerte del milagro
las visiones duales y el tiempo sucesivo
toda la luz que engendra y asimismo enloquece
y crea monstruos ávidos
y el pensativo aliento
que asoma desde el este y oscurece
la ilusión de lo externo y aun del íntimo yo
todo lo engulle
según el hambre de sus noches y la sed
de sus amaneceres
con esos alimentos
ya navega en sus venas su existencia
y el orden de sus pasos que él dispone
en cada pulsación de los visible
aún cercado de abismo sabe ahora quién es
por los menos qué es
qué animal sensitivo lo habitó
en cada una de sus vidas y sus muertes
aunque no tenga nombre
no necesita rótulo en la frente
para saberse con raíces en la tierra
con el velamen tenso bajo el cielo
afuera gritan iracundos vómitos
k'ara t'ara indígena alienígena
ancestral advenedizo originario
se reciprocan babas
cada cual sólo yo la verdad de la historia
al diablo todo eso
con su pan se lo coman
ha reconocido el antiguo bullicio la música
que iluminan los ojos
abraza emocionado a uno que otro prójimo
su hermano verdadero
y es como si lo inundara el universo
donde no existen huérfanos ni anónimos fantasmas
no necesita un nombre
y si lo precisara nadie sería ese nombre
que suena como el agua de un arroyo
debajo del desierto
nadie sino la sola empuñadura de su viento
hinchado de altas voces
y el invicto silencio de su viaje
en la cueva del tiempo imantada de ruidos
y el estupor del árbol cuando el canto de los pájaros
enciende otra vez el mundo.


Soledad

águila rampante
bajo la lluvia de ceniza
vuelve el tiempo de la sal
antiguamente derramada por el remordimiento
la roca en que abrevaste
luna de infierno y noche de esmeralda
soledad que ha de enterrarte un día
entonces te bautizas
estérilmente con los astros
con la innoble piedad de la tristeza
te instalas habitante
en el fuego que alumbran las palabras
sólo así sobrevives
al rencoroso silencio de los dioses.

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