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Publicado: Lunes, 05 de mayo de 2014

Hugo Mujica. DE: "Cuando todo calla"

ED. VISOR, 2013.
XIII PREMIO CASA DE AMéRICA DE POESíA AMERICANA


I

Anochece
y se van
replegando
los ruidos;

solitario,
un perro rengo
cruza la calle.

Anochece
y es en la quietud
donde la vida nos revela
lo que aprende de sí
mientras late nuestra vida.

II

Se enciende
el día sobre la desnudez
de los llanos

la neblina disuelve
su velo
y los sauces
emergen renacidos.

Todo se abre y el verlo
abre el alma,
el alma que es ese abrirse.

(El paraíso no fue perdido
lo perdido es el asombro.)




IV

Viento
y las nubes se deshacen;
brisa y blancas
se transfiguran.

Hay ecos
que no son de las palabras
son del aliento,
no nos repiten
nos convocan a escuchar
lo que para decirse nos llama.




VI

Hay una hendidura
en la palabra
hendidura,

un desgarro donde
cada palabra calla,
donde todo callar crea;

es lo que en el decir es aliento
no de sonido,
es donde en cada palabra
nos escuchamos revelados.




VII

Hacia lo alto, hacia la luz
se distancian las ramas,

en lo hondo,
en la oscura tierra,
las raíces se encuentran,
la sed las entrelaza.



X

Cuando la lejanía
late adentro
es que el adentro
ya es afuera;

es haber llegado al alma,
a ese hueco de nadie
que en cada uno se abre todos.




XIII

Silencio

y en el silencio
respira la noche,
respira silencio.

Por la ventana
entra
una brisa,

entra, sale y pasa
sin dejar
ni llevarse nada

y súbitamente,
en ese paso,
nada sobra, nada falta.





XVI

Hay noches
que con su propia
sombra encienden
su misterio,

pájaros
que hacen del vacío
la soltura de sus alas,
y hay vidas
a las que le basta el silencio
para escucharse contadas.




XXI

Se acuesta el sol
y todo parece en vilo
como para revelar anunciar
un secreto.

No basta con cerrar
los labios,
al silencio hay que escucharlo,
dejar que nos diga él
lo que de nosotros callamos.




XXII

Algunas huellas
no son de pasos
son de ausencias,
no trazan, borran;

son el atajo hacia el final,
son las que nos salvan
del regreso.




XXIV

Otoño,

lenta brisa
y llovizna
sobre la arboleda.

Imperceptible,
sin saber si es la lluvia
o son las hojas, algo resuena
en mis oídos.


Cuando se escribe
escuchando,
cuando al decirlo callamos,

es en la escritura
que la llovizna
cae,

es entre las sílabas
que la brisa sopla

y es en uno
mismo
donde el otoño se despoja
de lo que en la vida ya es pasado.





XXVI

No toda raíz
cumple
su destino de luz
ni cada grieta
abre su promesa
de abismo;

tampoco todo
andar
llega a palpar la tierra:
apenas uno que otro
entra descalzo a la muerte.




XXVIII

El día no es solo día
también es
noche encendida,
sombra trasparentada.

Es porque no tiene sombras
que no vemos lo que el vacío enciende,
que no vislumbramos
lo que nos queda
cuando no nos queda nada.





XXIX

Solo desde
lo que se arranca del todo
nace lo que nunca estuvo

(de la semilla que guardamos
crece apenas
lo que ya fuimos).




XXXIV

La lluvia cabe en la lluvia
y en sí mismo se consume el fuego,

solo el hombre
no habita su casa
solo a él le desborda su alma.




XLI

Sin cerros ni arboledas
el viento vuela ancho
la calma del valle.

Más vasto que esperar algo
es el no nombrar la espera:
ese no saber
lo que llega,
ese dejar que nos nombre.




XLII

En el tronco partido
crecen los hongos
y en las grietas del muro
tejen casa las arañas;

¿quién no cosechó
en las heridas
que en otros pechos se abrieron?





XLIV

Hay tajos
que son de amor
que nos abren un adentro;

hay tajos,
esos mismos tajos,
que nos salvan de nosotros:
que nos regalan su afuera.





XLVI

Todo río vuelve
a su cauce
y el polvo a la tierra.

No es hacia lo alto
que se despliegan las alas:
volar se vuela
en las honduras
que las raíces cavaron.





XLVII

Siempre hay algo
que no llega a volverse carne:
no es que nos falte
es que nos excede.

La vida no cabe en la vida
por eso siempre,
en algún lugar, se nos parte.






XLIX

Al final no habrá final
habrá la entrega:

ese salto
sin orilla desde donde darlo,
ese saltar al vacío
desde el que una vez
llegamos,

esa entrega
para la que nos fuimos
vaciando.




Hugo Mujica nació en Buenos Aires en 1942. Estudió Bellas Artes, Filosofía, Antropología Filosófica y Teología. Esta gama de estudios se refleja en la variación de su obra que abarca tanto la filosofía, como la antropología, la narrativa como la mística y sobre todo la poesía.
Entre sus principales libros de ensayos se cuentan "Kyrie Eleison" (1991), "Kénosis" (1992), "La palabra inicial" (1995), "Flecha en la niebla" (1997), "Poéticas del vacío" (2002), "Lo naciente" (2007), "La casa y otros ensayos" (2008) y "La pasión según Georg Trakl" (2009). "Solemne y mesurado" (1990) y "Bajo toda la lluvia del mundo" (2008), son sus dos libros de cuentos.
Su obra poética, iniciada en 1983, ha sido editada en Argentina, España, Italia, Francia, México, Estados Unidos, Chile, Eslovenia y Bulgaria. En 2005 Seix Barral la publicó en "Poesía completa. 1983-2004", en 2011 se editó su último libro de poesía: "Y siempre después el viento". Su vida y sus viajes han sido el material principal de su obra, hitos como el haber vivido y participado de la década de los 60 en el Greenwich Village de Nueva York, como artista plástico, o el haber callado durante siete años en el silencio de la vida monástica de la Orden Trapense, donde comenzó a escribir, son algunos de los mojones de su historia.
En 2013 recibe el premio Casa de América en España por su obra "Cuando todo calla".

Preguntas, sugerencias y colaboraciones enviar al correo-e:     pcnetinfo@panoramacultural.net