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Publicado: Martes, 20 de mayo de 2014

Dionisio Vivanco

Serie: Poetas chilenos


Dionisio Vivanco. Santiago, Chile. Estudió Artes de la Representación, en la Universidad de Chile. Entre sus obras figuran: Oscuraclaridad; Poemas a mano alzada y Palabras al viento. Ha sido antologado y publicado en diversos medios, especialmente digitales. Mantiene inéditos varios libros, entre ellos Desde las cenizas y Sinfonía Salvaje. Ha participado en recitales poéticos y algunos talleres literarios.


El hijo pródigo

A quién prefieres:
¿al que se queda o al que parte?
¿Al que se devuelve sobre sus pasos
o al que permanece
y cae en círculos de sombras?
De sus propias sombras.
Llámalo por su nombre para que vuelva.
Mirará su reloj
sin importarle el tiempo, la distancia,
lo que quedó en el camino.
Dirá que se ha perdido muchas veces
en la lluvia, en las palabras
que nunca se dijeron.
Su lejanía está vestida de luto y de espera
y cuando regrese (si es que regresa)
saludará con la boca cerrada.
Hablará de sus viajes innumerables,
de tempestades conmovedoras,
de puertos donde se derrama el vino
y el agua salada.
Fui un vagabundo, dirá,
he conocido la dureza de la pobreza
y me he sumergido en la opulencia desmedida.
He compartido el exuberante banquete
de los poderosos
y he mirado con desprecio
a los que no tienen nada de nada.
He sufrido penas y alegrías,
y el agua me ha arrastrado como a un madero sin vida,
envuelto en su fuerza
revuelta y turbia de río desatado.
Me duele el gesto y la memoria
y me he refugiado
en las voces despobladas
de cuantos no tienen dónde ir.
Y mientras habla,
el que se quedó contigo, se mirará los pies,
volverá a cargar los sacos de trigo
sobre sus hombros,
y pensará en partir también.
Recorrerá por un segundo
las ciudades del mundo,
las imaginará iluminadas y bulliciosas
en cálidas noches de carnaval,
pero lo despertará de su sueño
el viento del desierto
y mirará las viejas murallas de tu casa.
¿Qué dirás entonces?
¿Los mirarás a los dos y los abrazarás?
¿O arroparás al viajero y desnudarás al otro?
¿Le ofrecerás una copa de aguardiente?
¿Le hablarás y le prometerás la cosecha
para que se quede para siempre?
Y al que te acompañó todos estos años,
¿le darás los panes que hay en el horno
antes que se quemen?
Al menos consuélalo
para compensar las lágrimas
que derramó por haberse quedado junto a ti
y tu miseria de espinas y de sombras.
Desata los nudos de su sangre para que se vaya
lejos de tu casa y de tus piedras,
de tu mirada de invierno y de tus flores añejas.

Entonces, si es que se va, pensarás en su regreso,
prepararás la cama con ropa limpia para cuando vuelva,
mientras la nostalgia te estremece
y te encierra en un llanto crucificado.



El viaje

He emprendido un viaje.
Hace mucho tiempo tomé el camino.
Me despidieron unos músicos ancianos,
que hacían sonar sus instrumentos,
con la devoción de los ciegos
que cantan en las esquinas
por unas cuantas monedas.
Los niños revoloteaban a mi alrededor,
y las muchachas me regalaron higos y manzanas.
Algunos se reían
y las madres me ofrecían bendiciones.
No quería mirar atrás,
pero antes de llegar al recodo
fue inevitable volver la vista
para ver por última vez mi pequeña ciudad.
No tenía rumbo fijo.
Intentaba llegar, hasta donde mi mirada se perdía,
más allá de donde se gestan los crepúsculos.
Me despertaba con el sol a mis espaldas
y seguía su curso hasta el atardecer.
Estuve enfermo y el dolor crecía en mi pecho
como una enredadera ciega.
Crucé la puerta del cordero
y el león me miró desde lejos con su melena al viento.
Cuidaba el paso de los maestros
que marchaban al encuentro de su propia imagen
reflejada en el horizonte de la redención.
A veces una negra sombra
se cernía sobre mi paso peregrino.
Entré en el mar de los muertos,
pero siguiendo el sendero de las estrellas volví a la vida,
como una semilla que germina
en la profundidad sombría de la tierra,
o en la oscuridad del huevo.
Constructores y canteros me acogieron entre ellos
y compartieron conmigo el pan y el vino de la vida.
Ellos me guiaron y me indicaron
el camino entre Orión y el Can Mayor.
Era el arco iris de Dios.
Así fui creyendo en lo increíble.
La naturaleza me envolvió en su aliento
y fui uno con la inmensidad.
El centro de todo lo que me rodeaba.
Después de tanto caminar tengo muchas edades.
Ahora llevo una lámpara para iluminar mi rumbo.
Dibujo símbolos en las paredes,
para que hablen mañana.
Y sigo solo mi camino
en un profundo silencio sideral.
Voy bajo la luna y el sol. La madre y el padre.
Alimentándome del calostro
que brota de los pechos de la noche.
Y de vez en cuando, miro hacia atrás,
y vuelvo a escuchar la música de los viejos.
Veo a las madres que me ofrecen sus bendiciones,
y a las muchachas que me regalan higos y manzanas.


Polvo de estrellas

Todos somos polvo de estrellas.
-Carl Sagan-


En las orillas del universo,
los astros enredados peinan sus cabellos galácticos.
Parecen almendras luminosas lanzadas al espacio
y transformadas casi imperceptiblemente,
en pequeños fósiles ciegos.
Es el ojo en el cristal, o la sensación en línea recta,
que se repite persistente hasta deformar la piedra.
Lo transitorio se vuelve eterno,
y el polvo de las estrellas es sembrado en el universo,
para que la vida germine más allá del ecuador celeste,
de la espada de Orión que apunta al infinito.
Se multiplican en la desnudes del tiempo,
en las profundidades sucesivas e insondables,
de los oleajes en llamas, de los gases turbulentos,
del azufre y el nitrógeno.
Todo es posible en ese disturbio gaseoso en gestación,
en la oscuridad violenta, o en las explosiones
que se suceden unas a otras en una cadena interminable,
que se proyecta y se repite en las costillas del cosmos,
con una rutina asombrosa.
Son contorsiones en los ramajes de la noche,
en la concepción de un mosaico de luz y oscuridad,
que se proyecta sobre todas las cosas
vertiginosamente inmóvil.


Mi camisa vieja

Ah, mi camisa vieja,
celeste como el cielo de un día claro.
Su color era intenso, casi eléctrico, definitivo.
Ahora, después de todos estos años
de polvareda y llovizna,
de zapatear en las veredas,
su color se ha ido destiñendo inexorablemente.
Remendada incontables veces.
Lavada y tendida al sol en el patio trasero
flameaba al viento como un sueño.
Más de una vez voló enredada
en sueños de noches y de plumas desechas.
Cruzaba el cielo como un pájaro
que va a ninguna parte.
Pero siempre la volvía a encontrar
en el último de los cajones,
limpia y planchada,
con un soplo de frescura que me embriagaba.
Yo hundía mi cara en ella,
como si me sumergiera
en las profundidades de un mar en calma,
de un océano eventual donde las sirenas
hacen sus nidos junto a las rocas,
y nos llaman en secreto por nuestros nombres.
Ah, mi camisa, mi camisa,
novia de mis noches,
testigo presencial de mis desvaríos,
confidente de mis secretos,
amante de los labios
que te manchaban de rubor o lápiz.
Ahora te tengo entre mis manos,
contando los botones que te faltan,
las costuras abiertas, los hilos sueltos,
viendo los puños y el cuello gastados,
manchados de luna y de lluvia.
Te quieren ver convertida en estropajo.
Quieren abrirte
de par en par con unas tijeras,
y limpiar vidrios y azulejos,
cocinas y estanterías
con lo que quede de ti.
Quieren romperte en pedazos
para sacarle brillo a los zapatos.
Para trapear el suelo
y sacar las manchas inevitables.
Es la hora del sacrificio,
te veré por última vez estirada sobre la cama,
esperando que vengan por ti
el día menos pensado,
para descoserte parte a parte
y dejarte hecha pedazos
en un rincón donde hay que secar
el agua que dejaron las goteras.


Algunas preguntas

¿Qué me diste, que no puedo olvidarte,
y estoy sumido en tus recuerdos?
¿Qué invocaciones hiciste? ¿Qué ruegos?
Ando como un penitente por las calles,
con el silicio de no tenerte hundiéndose en mis entrañas.
¿Con qué poción me envenenaste?
Estoy muerto en vida.
Mi voz se deshace y mis labios están escarchados
de tanto repetir tu nombre una y otra vez.
Dame el antídoto para olvidarte.
Me inunda tu voz en noches
en que estoy borracho
de recorrer tu cuerpo parte a parte,
de besarte y de estrecharte entre mis brazos.
Noches en las que desciendo hasta tu vientre
y me hundo en los sollozos de tu ausencia.
¿A quién te encomendaste?
¿A quién encendiste velas
para que me lanzara sus flechas ingrávidas y certeras
y me dejara heridas de alondras y penumbras?
En que cáliz me hiciste beber
hasta la última gota de esta amargura sorda.
Aclárame este misterio. Enséñame el sortilegio.
A mi respiración le falta tu aire
y me ahogo en un mar de pétalos tristes.
No puedo levantar mi mirada
porque tengo hambre de tenerte,
dime con qué filtro puedo lograr el olvido,
con qué destilado, con qué encantamiento.
Despierto en las noches
y recorro las habitaciones vacías,
siempre me encuentro con tu sombra
y me extravío en todo lo que nace muerto en mí.
No logro entender este naufragio,
la frialdad de mi cuerpo,
esta desnudes con la que me asomo por la ventana
y revienta la oscuridad en mi cara.
Los ojos me pesan por el abandono.
Mi sangre exclama. Mis dedos tiemblan.
Soy esclavo de tu nombre.
Dime qué tengo que hacer,
tu aroma vuelve y me desborda.
Qué antídoto tomo, me atraviesa el agua
y me rompo en un baile de luces cenicientas.
Dime, dime, antes que sea demasiado tarde,
me voy apagando lentamente,
y esta mágica subyugación
que me somete a este desolado amor,
me transforma en raíz y silencio,
lamento que se consume entre las piedras,
aleteo etéreo que me desangra.
Dime qué brebaje de extrañas hierbas y musgos
tomé sin darme cuenta,
y me condena a esta locura que se clava en mi pecho,
a quedarme sin ti, caído para siempre,
condenado a llevar tu nombre revoloteando en mis labios,
mientras me voy perdiendo en la maraña de los sueños,
prisionero en el escalofrío de tu embrujo.


Eros ha entrado por la ventana

Como el viento fresco,
repentino, inesperado,
en una noche de calor,
de insomnio,
de estar medio a la deriva,
hundido en la cama,
entre las sábanas,
hablando cuestiones sin importancia, a solas.
Entra algo, alguien,
lo invade todo
con su cercanía irremediable,
no saluda, pero deja un beso,
sale, pero vuelve de inmediato.
Viaja como pasajero
en los afluentes de la oscuridad.
Lo desenreda todo y lo vuelve a enredar.
Abre sus manos
y en el espacio que queda entre ellas
cabe hasta lo imposible.
Lanza sus dardos y hacen blanco
en mi pecho abierto de par en par.
Sus influjos me ahogan,
los deseos empiezan a caer
como una lluvia interminable.
Mis manos exploran a tientas la oscuridad,
mi piel busca otra piel,
mi respiración perderse
en la exhalación del éxtasis,
en el punto exacto
donde se arquean los cuerpos
y se pierde la razón,
donde el placer se hace carne y deseo
y una pequeña muerte nos habita,
nos deja extenuados,
sumergidos en todo lo prohibido.
Es Eros que ha entrado por la ventana.
Ritual poderoso,
arma ávida que socava,
que forja en el fondo de cada uno
un ardiente gesto que se desata,
que invade con su movimiento,
que limpia, que desamarra,
y al final nos abandona
en todo lo que es transparente y bien amado.
El rocío cae sobre mi cuerpo extenuado,
estoy solo, mintiéndome a oscuras,
ya mis manos no buscan, ni tampoco mi piel,
Mi respiración entrecortada
es lenta y disipada.
Mi ausencia es de lirios,
de pájaros tatuados en las alas,
de húmedas mañanas
de súbito extraviadas en la mirada.
Es Eros que se ha equivocado
y me deja más solo que ayer y que mañana,
buscado estrellas entre las frazadas.
O tal vez, soy yo,
yo, que dejo mi herencia de formas,
de estar solo y roto por todos lados,
herido por una flecha quebrada.


Cementerio

Los ángeles de piedra parecen dormidos,
a pesar que tienen los ojos abiertos.
Debe ser el tiempo que se acumula,
como el luto o el olvido,
en sus alas o en sus manos ya sin dedos.
Es fecha para flores de plástico,
para cortejos
y despedidas sin abrazos,
para mensajes sin remitente.
¿Y quién escribe el nombre
del que ya no lo tiene?
¿Quién espera en el patio vecino,
con un sobre sin remitente en la mano?
Tras la reja forjada
se esparcen sonidos o ruidos
que resultan incomprensibles y remotos.
Y no son la pena o el llanto
los dueños de esa arquitectura inmóvil,
no es el misterio, ni los epitafios,
es el hueco donde antes estaban los labios,
o los músculos que ya no sostienen el esqueleto,
es el denso aire que no circula,
las aguas estancadas
en un abismo en sombras,
son los huesos oscurecidos.
Es otro idioma el que se habla aquí,
y un fugitivo presentimiento
flota en los charcos de la incertidumbre,
traslúcido y remoto,
salpicado de sangre y de noche.
Los muros se levantan,
ya están descascarados,
y las enredaderas trepan persistentes
sin importarle la muerte,
sin importarle el signo del amor,
ni la codicia de la carne.
Los largos pasadizos
llevan a una selva de azulejos,
de maderas húmedas
donde se aviva el secreto,
y cae torrencial una lluvia inesperada.
Es en esta tarde de invocaciones
cuando desciendo y cruzo un río,
cuando levanto la mirada y entiendo
que no es el insomnio
el que me mantiene despierto,
entonces, mientras la tarde va cayendo
vuelvo para besar, para tener vagas ilusiones,
y trato de dejar el viejo cementerio,

pero como llueve y no tengo paraguas, me devuelvo.



Creo en ti


A María Angélica Manhey.
(Lo escribí pensando en ti)


Creo en ti,
como creo en el viento desatado,
como creo en la noche
cuando se rompen
las leves ligaduras de lo imposible.
Creo en ti,
porque soy lluvia y recuerdos.
Es así, simplemente,
como la risa sin motivo,
como el beso robado a última hora,
como el fuego que se enciende
para desentumecer los huesos,
mientras el rocío cae suavemente
y moja casi sin mojar.
Creo por creer,
sin exigir ni dar respuestas,
sin entender, casi presintiéndote,
cayendo torrencial en todas las formas,
pegándome a tu cuerpo,
eligiéndonos mutuamente.
Creo sin preguntarme
que hay después de la muerte
y pongo en juego la ilusión,
de a lo menos,
presentirte siempre,
de elegirte
como el pan tibio cada mañana,
como el sueño que me habita,
como la flor que se dilata
antes que empiecen a caer sus pétalos.
Creo en ti porque eres posible,
porque te haces cierta,
porque en mi abandono te vuelves mía,
porque me puedo sumergir entre tus brazos
y extraviarme
en la lentitud diaria de cada cosa.
Creo en ti
como creo en la vida,
como creo en el agua que me quita la sed,
como quien cierra mis heridas
y navego por tus aguas impetuosas
lleno de vientos y mareas.
Creo, no como quien cree en un dios
o en una figura de yeso o de cenizas,
creo en ti porque eres irrefutable,
porque te haces una
en mi carne y mis deseos,
y ya nada es demasiado lejos,
y desde entonces, desde siempre,
estamos infinitamente juntos.


Carlos Díaz Loyola

Cuántas noches rumiando tu pena,
sumergido en tiempos oscuros.
Hijo y padre inmerso en la noche tremenda y sorda.
Tus flores se secaron prematuramente,
mientras te paseabas
por una avenida de almendras y flores de papel.
Huésped que niega el abrazo y sigue el cortejo
para sepultar a los hijos en los límites del silencio,
en la tierra húmeda, en un espacio sin tiempo
y frío como las piedras en un día de invierno.
Te extravías en un amanecer de cruces dispersas,
que significan lo que significa el olvido.
Tu plegaria es el silencio,
el misterio que se repite con los labios pegados,
y deja un sabor oxidado en la boca.
Torbellino laborioso. Caballo desbocado.
Al final habrás llorado con la sonrisa deshojada,
y dejado una huella de cenizas a tu paso.
¿Dónde quedó tanta tinta vertida
como un chorro que rompe las hojas,
con palabras que provocan erupciones?
Es un misterio no aclarado, que hiere,
negando lo posible y lo imposible,
como si se tratara de un sonido
que se diluye entre los crepúsculos
y del que ni siquiera queda su recuerdo,
como la esencia de un perfume etéreo sobre el cuerpo desnudo.
Los recuerdos te inundan lentamente,
sombra a sombra te apresan en un tejido de confusiones,
sueño a sueño navegas a oscuras en un mar de sal y cristales
en busca de la muerte sedienta.
Después bebes un vino grueso y suena el disparo.
Un rastro de sangre queda entre las tablas del piso.
Y un fuego insaciable te devora.


Te miras al espejo

Te miras al espejo y te pintas los labios.
Una línea bajo los ojos, carmesí en los párpados.
Te quedas horas y horas contemplándote
cautivada por tu imagen reflejada
en los miles de espejos de tu mirada,
que van y vienen haciéndose infinitos, multiplicándose,
precipitándose en los sueños de tu belleza fija,
en los impulsos de tu condena.
Tiemblas por la fiebre leve y definitiva
que te provoca mirarte una y otra vez sin pudor,
sin sentir el escándalo que te provocas.
Estás ahí perdida, desmoronada,
entre la ropa tirada al suelo, diciendo sin embargo,
recibiendo en silencio tu perfil dibujado,
tu semblante de tiempos desechos,
de lentitud ensangrentada.
Buscas, escrutas, recorres tu piel, tus formas, desciendes,
te derramas acariciándote con tus dedos presurosos,
con tus manos suaves como la espuma.
Y en esos momentos, largos momentos llenos de ti y sólo de ti,
no hay sonidos, ni oleajes, no hay memoria,
ni palabras que sobran, no hay huellas,
ni cae lluvia que moje, ni viento que despeine,
no hay sombras que derriben, ni piedra que se cierre.
Nada sobra en la apariencia deseada,
ni lo que fue quedando en la demencial órbita de mirarse siempre,
ni ese salvaje ir y venir desmedido,
esa interrogante sorda que no tiene respuesta,
ese modo suave y distinto de huesos y de piel,
de sombreros que se vuelan sin motivo aparente.
Y tarde en la noche, muy tarde, te ahogas irremediable,
el espejo te lleva hasta sus entrañas.
Y ya sin razón, inundada, caída, inconclusa,
te asfixias en tu imagen reflejada por última vez.


Tienes miedo

Tienes miedo, un miedo
de sangre y sombras.
Un miedo de piel.
Miedo a sentir la muerte
que se sube a la cama,
y ensucia las sábanas
con una huella de engrudo,
que se endurece
como las lágrimas
derramadas en vano.
Tienes miedo
a la respiración que arde
y su crepitación que salta
sobre los cuerpos desnudos,
y los deja tibios sobre la cama.
A habitarse y deshabitarse,
a dejarse húmedos y extenuados
el uno sobre el otro, con sed,
con las manos unidas
por un hilo de silencio.
Tienes miedo de sacarte
el vestido y los zapatos,
de la boca que busca florecer en tu boca
y hacerse una
en ese enredo de placer y de roce.
Y sonríes, sonríes con una mueca áspera
que te desvía el labio hacia la noche,
que lo pone rígido y ajeno,
inmóvil como un velamen de piedra.
Ya nadie puede beber de tus pechos,
nadie puede navegar en tu vientre,
los vendavales han amainado,
hay sólo un triste vaivén
que te lleva en su lentitud,
en su inercia de sal,
de escamas esparcidas por el litoral,
y te deja en la otra orilla
sin que te des cuenta, como orquídea rota,
o un zorzal asustado,
oprimido por los deseos,
y la necesidad de volver a mirarse desde lejos.


(De Palabras al viento)

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