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Publicado: Martes, 03 de junio de 2014

Néstor E. Rodríguez

Serie: Poesía latinoamericana (1965 - 1980)


Néstor E. Rodríguez (República Dominicana, 1971). Estudió en las universidades de Puerto Rico (Río Piedras) y Emory (Atlanta, EUA), donde se doctoró en literatura latinoamericana. Es autor de Animal pedestre (Puerto Rico: Terranova, 2004) y El desasido (México: El Billar de Lucrecia, 2009). Enseña en el Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Toronto (Canadá). Editó la revista cultural electrónica El Mono Adivino.


RAZONES PARA EL MIEDO

Afuera ya no hay ruidos
sino los necesarios.
No así dentro.
Aquí las manos giran y saludan
con la súbita prestancia del ausente que regresa
como una intemperie de matices probables y remotos.
El tiempo del adentro sujeta la demora
y artificia el curso fijo de los abecedarios.
Desde aquí me confundo como otro factor
entre la turbamulta lívida de sus instrumentos.
Algo de distancia
habrá en el filo de las formas
que las vuelven insondables,
un quién sabe qué de lentas figuraciones
agotando la lámina del suelo
sin el menor espanto.
Deferencia debo a estas paredes
en su ademán de límite baldío.
Padecer la inmediatez de tal visaje
es conocer del miedo y su razón
que nunca es sola
sino la impertinencia
de salvar esta frontera sin plan concreto,
sin orden que defina
el avance o retirada de esta ciudad menor,
de este jardín hostil que todos llaman mi habitáculo.
¿Presagiaré el escarnio de sus pliegues?
¿Maliciaré la conjura de este cuarto
en que se templan los augurios
con el silencio de lo intacto?





PROMETEICO

Por este mundo en blanco
se conjura cada víspera
una suerte de reencuentro.
Cauto se detiene el aire,
el linde avieso principia los rumores.
Observa el espacio una lejana exigencia compartida.

Dónde encontrarse con el tedio bajo los párpados
es un lacónico reparo de promesas
dispuestas ante la espuria silueta de la muerte.

¿A qué esta farsa de agonía?

Fuera el prístino hacedor
y a volverse tornarían
las fauces del apócrifo fingidor de notas,
minúsculo impostor,
famélico oficiante.
Ese inquieto signo
curtido de rigores:
la palabra,
pide se le presente de sus nombres
el más certero,
el apenas insinuado en lugar alguno.
Luego el silencio.

Por este mundo en blanco
algunas cosas quedan:
una línea arcana,
un aire,
el reparo de la tinta obsesa con el fuego.





VUELTA

Volver ajeno,
como quien regresa.
Andar oculto,
como quien nos mira.
El retorno es un furor cifrado
contra letras imposibles,
la pátina de horas y memorias
si digo soledad para buscarte,
un intento, pues, de mordedura.
El olvido, al contrario,
es una ficha marcada
que fija en el tiempo su envés.
Con ella se negocia la precaria tregua
de los cuartos,
perdida ya la mínima cordura
al presenciar que al contacto cotidiano de las cosas
una maraña de pasos breves avanza copiosa.

(de Animal pedestre, 2004)





CóMO SE COME UNA OSTRA

La escena que te atraviesa,
esa mandorla que recorre
lujuriosa tu carne
ligeramente azulada
por los fuegos de artificio,
dimensiona el asomo
de una cercanía,
el contorno que va
del acaso a lo posible
y de lo posible a las vetas
de una continuidad.
Lo que se escapa de ti,
lo que se desborda
en tenue cauce
por el ocre verdoso
de tu curiosidad,
no calla ni vaticina,
es sólo un estar ahí,
suspendido e ignoto,
asordinando el fragor
de remotas mareas.





LA CARCAJADA

Adviene con la levedad
de un gesto escapado
la brizna de una memoria,
un segundo asido
a la material banalidad
de este momento
en que te miro
desgarrar el silencio
con cuatro palabras furtivas
y una carcajada.
Algo se cuela por el ojal,
un elemento conocido
y otra vez distinto
que fulgura
tornasolando la máquina
de tu proximidad,
visos, tal vez,
de lo que más adentro,
lejos de esta página desapacible,
nos aguarda para pertenecer.

(de El desasido, 2009)



Selección de textos: Mario Meléndez

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