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Publicado: Domingo, 22 de junio de 2014

Juan Eduardo Esquivel Larrondo

Serie: Poetas chilenos


Juan Eduardo Esquivel Larrondo. Nací en Santiago de Chile en el primer tercio de la segunda Guerra Mundial, coyuntura decisiva para entender el marco de mi caminata. Estudie la primaria en el Liceo Manuel Bulnes y el segundo nivel lo cursé en el Liceo Lastarria, por eso, mi formación fue laica; después estudie Filosofía en la Universidad Católica, donde confirmé mi malestar por la religión como camisa de once varas. Las complicaciones vendrían solas. La mayor fue política y me traería hasta México.


Trabajé en la UNAM prácticamente cuatro décadas y allí obtuve el Doctorado en Pedagogía; insigne institución que me compensó hace un año con un programa de retiro excepcional, cuyo alcance debiera ser extensivo para la dignidad de todos los profesores e investigadores en su momento. Mi vida académica corrió paralelamente a mi escritura de la poesía* sin que prevaleciera una sobre la otra, aunque por momentos sus lógicas y sus lenguajes se tropezaran entre sí. En más de una ocasión he tenido que vérmelas con un foro por echar mano a una metáfora y en más de un poema me he visto tan conceptual que he tenido que dejarlo reposar para salvarlo.

Llegó el momento que regresé para decirlo.




Poemas de ñuñohue




Retorno

A Rodrigo Vera y Carmen Garretón.


Entonces, hace cuarenta años vengo
desde México ?del Río Colorado al Suchiate?
a conversar con ustedes. Este libro
escrito con las líneas y los montes de mi mano
donde leo mi pasado y me detengo a hilvanar el cosmos
desde abajo
me aconteció poco a poco, una vez y otra
y quiero compartirlo

Cada palabra fue inminente para mí, cada imagen
dijo cuándo. El crisol de esas naciones me brindó su
arqueología cotidiana, su inconsciente
histórico, el profundo de lo vernáculo
donde todo lo nuevo e inventado
ya era, se conocía; y cuanto quiero decir ahora, sí
a media lengua, porque me falta el indicio, la señal
ese vestigio de que tuviera un nombre, el glifo
lo hacía comparecer mil trescientos años antes
del Crucificado

Vengo desde allí. Así es que conversemos

Deseo que hablen de sí mismos; que
me lleven consigo por el terraplén de las mañanas
y por las cumbres de las tardes; que apocopen
a los muertos, todo tendrá su tiempo
al revés y de través. Preferible que procedan
a paso franco
a habitar los espacios abandonados
y sepan que nunca me fui
y me enseñen a volver a ser entre ustedes
a reconocerlos
a reconocerme
a reconocernos por los signos de los signos
de nuestras vidas. Amén.

Las Condes, 27 de noviembre de 2013/
Las águilas, 2 de abril de 2014.




ñuñohue

Yo vivía en ñuñohue, un lugar del sur con flores
amarillas, a punto de florecer los manzanos y
desvanecerse el crepúsculo en el espejo vanidoso
de los Andes

Ahí nos llevó el aire
el día que mi padre compró la casa que llamaban
la "Casa del magnolio", porque en las noches de diciembre
olía todo el barrio a esencias generosas
y por las tardes venían las vecinas
-con sus vocecillas y sus canastos-
a pedir que les cortaran unas buenamozas
olorosas

Ahí cumplí un papel importante en mi vida

Tomaba un palo largo con una tijera de podar en
la punta, elegía un gancho de las todavía célibes
y tiraba del cordón, ¡clic!, demostrándome
habilidad y artesanía. Las flores se prodigaban
y se cumplía la encomienda

El magnolio fue mi rehue, el tótem familiar
plantado en el centro ceremonial de mi adolescencia
el guardián en tiempo frío, el frondoso frescor
necesario en el verano
y el motivo para escribir este lánguido poema

Un día volví a ñuñohue, eran las cuatro de la tarde
transitaba gente por la Avenida Manuel Montt
el emporio de la esquina, donde entendí la ley
del intercambio indispensable, todavía cerraba
a la horade la siesta, permanecían encendidos los aromos
y los plátanos orientales sacudían
su pelusa

Se presentía el asma

Mario, mi hermanastro, con quien transitamos
diez mil veces bajo el paraguas
y a campo traviesa, me contaba
que su muerte había sido impostergable

La escuelita del señor Echeverría daba testimonio
de quienes pasaron por ahí. El follaje resurtía
el vaivén de las imágenes, la vieja casona de mi padre
-la dormida- había sido convertida en dos
pero el rehue, eso no, el rehue
ya no estaba.

Las águilas, abril-mayo de 2010.




Los transtierros -los llamó José Gaos- tejen crónicas sobre asuntos crónicos que nuestros hijos no acaban de digerir, así las primaveras vuelven con éstos y nuestros muertos permanecen.


De la ventolera
Adiós, Gonzalo.


Y "¿Quién no vive cien años?"
Esa probabilidad segura de nunca otra vez
Hasta aquí la ventolera
y el relincho

Va todo o nada a la ruleta, van
las fichas, no hay arrepentimiento para nadie
Pudiera ser el rojo, o el negro
el par, o el impar, y el cero -claro-, pero
el cero rizado por Moebius
sin orientación matemática, pura traslucidez
simple definición, cero por sí mismo y
por indecible, cero

Va la apuesta en el mesón de la taberna

Va el deshojar las margarita, zumba
el aire, galopa la voz del caballo
entonces, en Chillán de Chile, uno
el Naufragante, sostenido de la gravedad
comprime su fuelle pulmonar

-Ninfas veo, capullos veo. éso
"Pétalos", dice, "nenúfares", dice, yéndose
del cuerpo, una sílaba primero, luego
el algoritmo, hasta tomar la decisión
en su natural poético: optabile est ut
(es preferible que...; es deseable que...)
abril 25, lunes. Prácticamente translineal
irreversible, con papiro y gorro griego.

Las águilas, marzo-abril de 2010.



Puedo hablar también desde este otro lado de la puerta.



La mujer dormida

La mujer que duerme, la
mujer que duerme de costado
a mi costado
que duerme para renacer mañana
tan temprano, tan vigilia
tan dulce con sus cremas
y sus afeites

La mujer que duerme a mi costado
entregada a la ensoñación
profunda
que apacienta las bestias de mis
sueños
que por las mañanas me recupera
que por las noches me ama

La mujer que me susurra en el oído
y me despierta de mi dormitar
perpetuo, la que me despide
y me recibe

La mujer que amo porque sí
porque no le debo nada, porque sólo
me pide una flor de alelí.
Jiutepec, junio de 2007.



*Las manos encima (Cochabamba, 1966), El piano de letras (México, 1996) y Memorial (México, 2013). Algunos de esos textos u otros han sido publicados también en revistas y antologías.

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