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Publicado: Jueves, 03 de julio de 2014

Germán Carrasco

Serie: Poesía latinoamericana (1965 - 1980)


Germán Carrasco (Chile, 1971). Poeta, ensayista y traductor. Realizó estudios de Humanidades en la Universidad de Chile. Ha publicado los poemarios La insidia del sol sobre las cosas (1998), Calas (2001), Clavados (2003), Multicancha (2005), Ruda (2010), y el libro de crónicas y ensayos A mano alzada (2013).

Entre los múltiples reconocimientos recibidos por su obra destacan: Premio de poesía Jorge Teillier (1997), Primer premio en el Concurso de Poesía Hispanoamericano Vox-Diario de Poesía (Buenos Aires, 2000), Premio Sor Juana Inés de la Cruz (México-Costa Rica, 2000), Premio del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, Mejores Obras Publicadas, 2001 (Santiago, 2002) y Premio Pablo Neruda (2005), entre otros. Su trabajo también ha sido reconocido con el Creative Writing Program de la Universidad de Iowa (Estados Unidos), la beca de la fundación Rockefeller, y la beca Jean Jacques Rousseau. Ha dirigido cursos y talleres literarios en Chile y Argentina.






EL FLAMENCO

En el alcázar más alto, en una casa esquina
o en una embarcación
posa, cual veleta fija,
nuestra ave.

Hace equilibro para comprobar su lucidez, observa
cual Rodrigo de Triana que no grita tierra
ante la promesa, la ilusión, en un mar liso
bajo un cielo sin nubes y sin viento:

así está la ciudad: quieta,
pero nada es eterno,
excepto un flamenco en un alcázar;

cualquier brisa brusca podría desbaratarlo

o doblarle las rodillas (ante lo cual
tal vez vuele de vergüenza abandonándonos
o tal vez tambalee y choque y muera;
no habría rey entonces,
equilibrio, alcázar
ni visión de tierra firme).

Sus patas agregan altura a la altura del alcázar
desde el cual mira con indiferencia a dios
y con indiferencia a veces imagina
la posibilidad de amor en el ocaso;

ha de llegar, tal vez, el amor, desde aquella
dirección infrarroja a la que mira imperturbable.

El tono entre blanco y rosa de sus plumas
añora mimetizarse con el crepúsculo;
su sangre añora disolverse, desaparecer,
morir ahí.

(de La insidia del sol sobre las cosas, 1998)






EL EVENTO DEL AMOR

I

No se notan tarugos ni clavos en el amoblado de la naturaleza
o de la naturaleza de ese evento, por llamarlo de algún modo
ni parches ni junturas, forman parte: accidentes, forman parte


II

como fenómenos naturales: muertes o crepúsculos de yodo.
Así fue. Erat hora, y los dioses, dichosos, contemplaron,
es innecesaria la delimitación de lo ocurrido;

no existe diacronía, sincronía, eventos, puntos
si la caricia y el yo se disuelven en ecos vespertinos.
O, como corsés o ancas que sueltan huinchas y cabalgan,

revientan de turgente lozanía las emociones neumáticas
hasta que rajan por su entalle el dulce durazno estival
que procura la gracia que esculpen. Sus juguetes.


III

¿El evento? Ya sabes:

en la sinuosa sorpresa de lo repentino
se baña la rancia materia del agobio:

traspié y caída en el nexo, la otredad,
clavado olímpico de cuerpos lisiados de praxis
en piscinas de virtud, playas de infancia.

La sorpresa es el gozo es el evento
pero el ingreso al territorio es invisible
como la puerta incorpórea que cruzamos
a cada instante.

Hay soplidos de Miles en que no percibimos
principio ni final.
Dime de dónde
provenía el sonido del vehículo
que cortó la mañana en dos mitades:

desde lejos, no importa, lo escuchábamos:
un bus, quizás, o un caballo de mar o tiburón
en que llega tu amor de un largo viaje
¿Desde dónde?: desde lejos: el sonido
de los vehículos en la mañana
era y es LA BALADA DEL ENTONCES
en la mañana del par.

Y luego del mudo ofertorio
despiertan como amnésicos
o huyen como fantasmas cautelosos.

Además, no preguntes desde dónde porque alguien
preguntó por tu nueva dirección
y no importa distinguir el punto exacto
donde se origina el sonido de la brisa
en árboles siameses que experimentan
escalofríos de gozo.

En la sinuosa sorpresa de lo repentino
se baña la rancia materia del agobio:
Así, luego del único evento discernible
duermen los amantes o los desconocidos
y despiertan y caminan, y eso es eso.

(de Clavados, 2003)



HOY TU VOZ NO ES LA MISMA

qué timbre, qué nota, qué sílaba extra
agrega a su canto el chincol cuando llueve,
cuál su criterio al agregar o sustraer una nota
o alterar el ritmo del canto sin partitura ,
que hace celebrar a las hojas entre risas
y correrías de colegio y duchar aliterantes
su propia tersura su ya limpia fosforescencia,
su limpieza: las piezas que a modo de paraguas
intentan proteger al príncipe nervioso,
el canto que dicta las líneas y el ánimo de quienes

escancian y escancian: //1) escancian

el zumo en jardín de rumores y escuchan absortos
ese mismo canto que ha de convertirlos
en fantasmas o estatuas o en mismos pájaros
//2) provistos de lápices y aparatos, intentan
reproducir el canto con sistemas de notación.

Hay hojas, por cierto, y alas mojadas.

(de Clavados, 2003)



ALTA POESíA

A veces quemo la vela por ambos cabos
A veces quemo el aceite de la medianoche
y hurgo en libros como con herramientas,
contundentes herramientas. Golpean:
"ábreme, samaritano, tengo a mi hija en el hospital
y necesito monedas para el microbús".
¿Cómo saber si dicen la verdad?: Se cacha al tiro
y creo no equivocarme en estos casos:
con alguna herramienta contundente
como por ejemplo una pala de jardín
-cualquier herramienta es un arma
si se la empuña adecuadamente-
permanezco alerta a palabras y sonidos
de la calle, a la vez que del libro
o mi boceto, garabatos; me detengo
en una palabra, creo asirla, y esta vez
siento que forcejean con ganzúa. Los espero
con una contundente herramienta de jardín
en una mano. Con la otra leo "oda a un ruiseñor".

(de Multicancha, 2005)



INTERIOR

es como si una bandada de chincoles
-esos ruiseñores proletarios-
hubiesen sido alcanzados
por una lluvia de perdigones

o como el suicida vanidoso que escoge
para la descarga de su arma
un fondo blanco (el policía que llega,
bromea impávido: otro Pollock).

Bandada. Lluvia. Hacen el amor.
La chica está en su periodo.
Quedan manchas por aquí y por allá
en el cuerpo de la muchacha.

Parecen hematomas, dice ella.
Dice: me dejaste llena de hematomas.
Petequia, equimosis, telangiectasia,
signo de Battle, de Cullen.

Sonríen ante una pulsión y misterio
que en vez de reprimir, dejan fluir.

Delebles las manchas, el cubre de caricias
la arbitrariedad impresionista: manchaje
de aromos y ciruelos que se anuncia
a lo lejos como avanzada de primavera.

Pero la efusión se parece al otoño
cuando los árboles se desprenden
de las hojas amarillas y rojizas.
Manchas por todos lados, de ciruelas

que caen de maduras y tiñen el pavimento
con un criterio de diseño que,
al igual que las rayas del célebre tigre,
dicen que solo Dios sabe.

Las manchas son delebles en el cuerpo
pizarra o formalita en donde la vida
a veces garabatea, otra veces escribe
con elegancia, diversos grafemas.

Es como si una bandada de chincoles
-esos ruiseñores proletarios-
cantaran.

él es una brasa que la sonrisa
de la muchacha atiza.

Entre risueña y triste ella luego
restriega las sábanas con cloro.

La tripa del bolígrafo es una arteria
y el cuore un cartucho de tinta
adulterada, pirata
que arruina la impresora,
el escritorio, los papeles.

(de Ruda, 2010)

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