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Publicado: Lunes, 21 de julio de 2014

José Carlos Yrigoyen

Serie: Poesía latinoamericana (1965 - 1980)


José Carlos Yrigoyen (Perú, 1976). Ha publicado los siguientes libros de poesía: El libro de las moscas (1997), El libro de las señales (1999), Lesley Gore en el infierno (2003), la compilación Los días y las noches de José Carlos Yrigoyen (2005) y Horoskop (2007).


HIMNO A LESLEY GORE

Plumas, dije, plumas para la cabeza del operario
que se niega a pulir las piezas de su propio abandono,
que sale del trabajo, ansioso, olvidando mujer e hijos,
que a tu lado se detiene, a la hora establecida,
mirándote los senos como si fueran estrellas rugientes,
sabiéndote dispuesta a pasar la vida entera en esa esquina
siguiendo con la vista los autos perdiéndose hacia el sur,
a la espera de una mano vigorosa que te arrastre a los suburbios;
plumas, plumas para la espalda del joven motociclista
que comparte con nosotros la soledad de los pájaros extraños
que de cuando en cuando en sus sueños aparecen,
y tendido entre blancas sábanas revueltas se obsesiona
con un hermano asomándose contra la luz que declina
y así acostado abrirse la casaca de cuero y hacerle
la demostración erótica de sus pulmones y su mente;
en fin, estas palabras para ti, que has coincidido con ellos
en un lugar de camas debidamente dispuestas unas al lado
de otras, señaladas, donde el deseo los ha convertido en dolientes,
para ti que te dejaste seducir por el canto de los muchachos
que en el campo buscaban huesos de policías,
para ti, en quien me reconocí cuando saliste al escenario
vestida de rojo y luces, con un grosero penacho en la cabeza,
mostrándote entre cuerpos insepultos que bailaban,
y para todos aquellos que piensan cuando caminan de noche
por las calles céntricas que las mujeres como tú no existen,
que los hombres ahora deben conformarse con mirarse entre ellos,
tú que fuiste sorprendida como aquel demonio, aquella sombra
desnudando al joven repartidor en una distante esquina del cine
y numerando con lápiz negro las partes de su cuerpo,
líneas punteadas que se confundían con la oscuridad,
el turbio aliento y las violentas preguntas de los espectadores en la platea:
¿Pensaste en serio que nos tragaríamos las patrañas de tus poemas
a los chicos de las gasolineras, de las azoteas, de las plazas,
a sus contornos supuestamente sagrados, cuando en verdad
mirabas de reojo a las muchachas que entraban y salían
indiferentes a tu voz afeminada, de la mano de otros hombres,
y tú con los ojos nublados de llanto, invocando el eco del pasado
con un sudoroso micrófono deslizándose entre tus dedos
mientras ellas volvían sonrientes del baño del bar?
¿Creíste que escribiendo poemas largos encontrarías paz?
Y así vas levantando las manos hasta tocar las nubes y apretarlas,
como si fueran los colgantes miembros de anónimos dioses
que desde el cielo te observan alta y decadente como un árbol enfermo.
Y así las mujeres son hombres castrados que nos han enseñado el dolor,
que nos han enseñado a enfrentar la muerte como quien descubre
su propio rostro dentro de un libro de marchas militares
donde brillan las ilustraciones de los desfiles alemanes,
alemanes apuestos, alemanes fieros, alemanes insolentes,
mudo ejército al que preguntas para qué la poesía cuando se está solo,
para qué estos ojos que solamente han querido ver la verdad,
si sólo bastan las plumas, las plumas de los pálidos héroes
que a cada lado del pabellón se quejan de su suerte:
porque es la muerte aquella fiesta en la que lloras si quieres,
y ya no nos hace falta una canción que lo recuerde.





áLBUM FAMILIAR

Regresando tarde a casa, ya entregado
a los favores de la hierba quemada y a las horas de trabajo,
volviendo entre la dispersa luz de una calle desierta,
hoy he sentido, y no sé por qué, algo que me arrastra
a escribir la historia de la pareja que duerme a cinco pasos
de mi cuarto: hombre y mujer que tiempo atrás
se dispusieron en medio de una gran cama, cercándome
con el rumor de sus cuerpos, siguiendo con los ojos
y con las manos el recorrido de un río blanco y caliente
por el que yo pasé, sigiloso entre ellos, orgulloso
como un muerto que a besarlos se niega.
Quizá sea hora de volver a sumergirme en ese río.
Quizá ha llegado, pienso, el momento de ser bueno,
de salir a la noche y liberar el corazón
del mismo modo en que la mano suelta al pájaro,
de apartar por fin de mi mente este humo prohibido
donde mi cuerpo agotado casi siempre se extravía.
Pero hoy, con mi definitiva desnudez entre los dedos,
sentado en el suelo, frente a la ventana, escribiendo
bajo una luna que no tiene ninguna intención de perdonarme,
prefiero contar la historia que comenzaba todos los domingos
cuando él la recogía en su auto, a las cuatro de la tarde,
en una esquina cercana a su casa, esperando verla llegar,
y ella aparecía con la sonrisa del acróbata que no le teme al cielo.
Sin embargo su alma temblaba tanto como el caballo
a punto de saltar a través del aro ardiendo.
Pero por ese entonces lo único que les importaba
era llegar a ese hotel barato cercano al aeropuerto.
Dentro del cuarto, una mesa de palo y un áspero lecho
eran testigos de sus ceremonias, sucio asunto de blancos.
Ella se desnudaba. Bajo el vuelo de los aviones.
Luego retorcía su cola de mono entre las piernas de mi padre.
Y su cuerpo como un libro que no se me ha permitido leer.
Y un par de horas después debían vestirse de nuevo y salir,
dejar el cuarto para alguna otra pareja que, como ellos,
hizo guardia esperando su turno en el frío de las afueras.
Volvieron a ese lugar un par de veces más, eso es seguro,
sucedieron cosas que he olvidado, que han preferido
no contarme, sino guardar para el tiempo de alabanza.
Pero ahora les digo que ese tiempo nunca llegará,
y es a este lejano lugar levantado para el reposo debido
que hace más de veinte años ustedes esperaron,
padre Jorge, madre Marisol,
donde he vuelto para que miren a su hijo nacido en un cuarto de hotel,
para que lo miren a los ojos y acepten juntos estas palabras,
manos pálidas que a través del aire nos trajeron compasión,
misericordia,
y otras cosas que aún no hemos entendido.





MUCHO MáS ALTO QUE UN HOMBRE ALTO

Esta tarde, cuando salí de casa en búsqueda
de un hermano, que en realidad no es mi hermano,
pero me ofrece a cambio de casi nada las ramas
más abundantes de su árbol -el árbol del conocimiento,
el árbol que se duerme con el televisor encendido, el árbol
que telepáticamente administra nuestra retórica,
te encontré, ajeno a la gente y al rumor del tránsito, a ti,
hijo de lo irreal, no-muerto, zombie de película paraguaya,
con un bastón en la mano, herido de muerte
desde hace tres meses atrás, mirando todo
como cuando miramos por última vez algo que perdemos.
Estabas como siempre: irónico, cansado, abrazado
a una chica guapa totalmente vestida de negro
debido a la música que escuchaba. El rostro maquillado
de blanco, la memoria confundida, los intestinos abrasados.
Le quise dar un beso y ella, temerosa, me saludó con la mano.
Nuestras necesidades somos nosotros mismos, eso lo sé,
también sé cómo cambia la velocidad del tiempo
cuando somos felices, cuando podemos convocar
a quien queremos con sólo nuestra presencia, porque nosotros
somos nuestro propio cántico. No me importó e igual la besé.
Todo esto es tan natural como el miedo a la electricidad,
pero sería bueno que ocupara el lugar de algo más importante,
que una descripción nos obligue siempre a comenzar otra,
y dejar de hablar, por favor, de la elevación de los cuerpos
donde sólo queda nacer, desgarrarse y morir, sin importar el orden.
De verdad yo quería una vida larga, pero no tengo otra salida.

(de Lesley Gore en el infierno, 2003)





Selección de Mario Meléndez

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