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Publicado: Viernes, 05 de septiembre de 2014

Eduardo Lizalde

Serie: Cien años de poesía latinoamericana


Eduardo Lizalde (Ciudad de México, 1929). Es considerado uno de los grandes poetas mexicanos del siglo XX. Ha ocupado diversos cargos culturales. Fue director de la Casa del Lago de la UNAM, director general de Publicaciones y Medios de la Secretaría de Educación Pública, y director de ópera del Instituto Nacional de Bellas Artes. Actualmente dirige la Biblioteca Nacional de México.

Entre sus libros destacan: La mala hora (1956), Cada cosa es Babel (1966), El tigre en la casa (1970), La zorra enferma (1974), Caza mayor (1979), Tabernarios y eróticos (1989), Rosas (1994) y Otros tigres (1995). En 1984 le fue concedida la beca de la Fundación John Simon Guggenheim. Su obra ha sido distinguida con diversos reconocimientos como: el Premio Xavier Villaurrutia en 1969, el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes en 1974, el Premio Nacional de Lingüística y Literatura en 1988, el Premio Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde en 2002, la Medalla de Oro de Bellas Artes en 2009 y el Premio de Poesía Federico García Lorca en 2013.



EL GATO

Se sabe legendario y mágico
Nos mira siempre como a sus inferiores
desde las grandiosas tinieblas milenarias
de Keops o de Karnak, donde era venerado
e inmune a toda terrenal ofensa.

Uno puede admirarlo sobre un mueble mullido
o una consola
sorteando sin romperlos frascos de cristal
y otros endebles ornamentos y espejos,
avanzando entre ellos como un soplo
de seda y fuego.
O bien, podemos verlo sobre el borde pétreo
de un muro en el jardín,
ejecutando largos y estremecedores
conciertos de inmovilidad
con estatuarias dotes sobrenaturales.

Se puede uno topar con él en un estante
-a riesgo de un zarpazo-
confundido entre los bibelotes
de armiño o lana,
o acurrucado en la vitrina de un museo
junto al tranquilo cuerpo disecado
de un felino congénere o cómplice remoto.

En la casa, cuando se halla esculpido
en uno de esos trances de asombrosa quietud,
suele fijar en nosotros, como un dardo,
su gélida mirada
por un tiempo sólo registrable
con uno de esos artefactos fílmicos
de acción continua
aptos para observar el crecimiento
de una planta o una flor.
Sus fosfóricas pupilas
-eso suele decirse-,
son un túnel de luz hacia el infierno.
Uno siente al verlas de reojo
que si intentara sostener la vista sobre ellas
durante dos minutos temerarios
podría llevarlo a enloquecer de pronto,
sufrir algún masivo infarto
o derrumbarse, sangrando por los ojos,
al pie de alguna de esas domésticas deidades.


AZUL ENDRIAGO

Allá está el mar, que luce su
imponente nombre azul,
jadeando siempre como si se ahogara
en su propio caudal embravecido;
bramando ferozmente como líquida
quimera
encarcelada por los roquedales y
las urbes costeras.
¿Quiere inundarlo todo, quiere destruir
la morada
de todos los terrestres?
¿Cubrir los territorios que fueron suyos
durante milenios?

No es pequeño enemigo el viejo azul.
Es neurótica fiera de cuidado,
y odia a las criaturas que no habitan
su reino.
A ciertas horas plácido acaricia y lame
las frágiles arenas
como una dócil ballena transparente
que protege a sus crías,
pero luego se enturbia, frunce el ceño nervudo
y montañoso de sus crestas más altas,
se enfurece, encabrita desmelena
escupe espuma de color esmeralda.
Quiere destruirnos para recobrar los
territorios
que ocupan hoy los continentes
y llevar a su averno legendario
nuestros huesos.


BRAVATA DEL JACTANCIOSO

No soy bello, pero guardo un instrumento hermoso.
Eso aseguran cuatro o cinco ninfas
y náyades arteras -dijera el jerezano-,
que son en la materia valederos testigos
y jueces impolutos.
Dice alguna muy culta y muy viajada
que debería fotografiarse
mi genital ballesta en gran tamaño
y exhibirse en el Metro,
en vez de esos hipócritas anuncios
de trusas sexy para caballeros.
Y agrega que esta lanza de buen garbo
-son palabras de ella-,
de justas proporciones y diseño maestro,
debería esculpirse, alzarse
en una plaza de alta alcurnia,
un obelisco, tal el de Napoleón en la Concordia,
o la columna de Trajano
en aquel foro que rima con su nombre.
Yo no me creo esas flores,
pero recibo emocionado el homenaje
de todas estas niñas deliciosas.
Yo celebro.


AMOR

La regla es ésta:
dar lo absolutamente imprescindible,
obtener lo más,
nunca bajar la guardia,
meter el jab a tiempo,
no ceder,
y no pelear en corto,
no entregarse en ninguna circunstancia
ni cambiar golpes con la ceja herida;
jamás decir "te amo", en serio,
al contrincante.
Es el mejor camino
para ser eternamente desgraciado
y triunfador
sin riesgos aparentes.


POEMA

Todo poema
es su propio borrador.
El poema es sólo un gesto,
un gesto que revela lo que
no alcanza a expresar.
Los poemas
de perfectísima factura,
los más grandes,
son exclusivamente
un manotazo afortunado.
Todo poema es infinito.
Todo poema es el génesis.
Todo poema nuevo
memoriza el futuro.
Todo poema está empezando.


Selección de Mario Meléndez

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