Buscar
PANC
Publicado: Miércoles, 24 de septiembre de 2014

Poemas de Luis Benítez


Luis Benítez nació en Buenos Aires el 10 de noviembre de 1956. Ha recibido numerosos reconocimientos nacionales e internacionales por su obra poética y narrativa. Sus 40 libros de poesía, ensayo literario, novela y teatro han sido publicados en Argentina, Chile, España, Estados Unidos, Italia, México, Suecia, Venezuela y Uruguay. últimos títulos publicados: "Les Imaginations" (étions LHarmattan, París, 2013); "Short Poetic Anthology" (Littoral Press, Inglaterra, 2013); "Manhattan Song. Cinci Poeme Occidentale" (Ars Longa Editura, Rumania, 2013); "Bering och Andra Dikter" (Ed. Siesta Förlag, Suecia, 2012); "La Sera dell Elefante e Altre Poesie" (Sentieri Meridiani Edizioni, Italia, 2012) y "A Heron in Buenos Aires. Selected Poems" (Ravenna Press, EE.UU., 2011).


La tarde del elefante y otros poemas


(2006)


UNA GARZA EN BUENOS AIRES

Algún pincel trazó una rápida letra S
delgada y blanca
sobre el agua castaña y allí estaba
de improviso la garza,
los turistas no la vieron
y ella sí vio todo y a todos, rápida
e inmóvil sobre el milagro del agua.
Un espejo en medio de la ciudad
negligente, pintado de transparente,
un ojal abierto que abrochó en un solo momento
toda la ropa vestida por el invierno.
Ella seguía en la orilla fatal de su propio Amazonas,
la pata desdeñosa replegada contra el cuerpo,
en un decir mi equilibrio está hecho
de una perenne silueta
y de una manera perenne que no los reconoce.
Era un arpón paciente atento sólo al cálculo
entre el berrido juguetón de los patos domésticos,
solamente ella precisa como una diminuta guadaña
en el Jardín Japonés que afable exponía sus gracias,
con esa serenidad oriental que nada sabe
de los bruscos asesinatos de una garza con hambre.
Todos se fueron pero de modo igual yo no vi nada:
faltó un segundo entre las cosas, creí;
un instante en el instante siguiente
fue sanguinariamente salteado,
pero cuando la garza voló
otra vida que la suya en el estanque faltaba.



LA TARDE DEL ELEFANTE

A mi amigo, el poeta Nicholas Stix,
en donde sea que esté.

¿recuerdas, nick, la tarde del elefante?
tú estabas abrumado por el enésimo rechazo
que esa mujer casada madre ya de cuatro hijos
te había propinado por teléfono
lo único que te daba desde hacía
entonces once años
al menos
cuando era soltera te lo decía en la cara
y estabas irritado de veras enojado
porque llegué una hora tarde
y te dejé solo en la enorme nueva york
por otra hora más entregado a ti mismo
ni mi taxi ni mis disculpas calmaron
tu rabia anglosajona
decías sólo se está solo en las grandes ciudades
¿te acuerdas, nickie, de la tarde del elefante?
muchas lluvias y nieves y pisadas
de zapatos italianos y de zapatos deportivos
pasaron por esa esquina del village
pero ella no ha olvidado todavía la tarde del elefante
tú me sermoneabas en tu álgido inglés
sin darte cuenta de que yo también estaba derrumbado

y entonces esa enorme sombra

hablabas del tedio de las ciudades
del aburrimiento amarillo que se pone
al oeste del puente de tu brooklin
y de las mujeres jóvenes que cruzan solas
y en ómnibus los laberintos sedosos de central park
rumbo a esos cuartos donde la calefacción les falla

y entonces esas pisadas majestuosas

hablabas de que no te habían incluido en esa antología
y decías que el marido de ella era calvo
seseoso y que dibujaba historietas
el tonto de los cómics repetías
el tonto de los tebeos repetías
mientras la gente
siempre está alerta la gente
dejaba corriendo la acera
tumbaba las sillas
y olvidaba a los niños en su loca carrera
decías que la rutina es una vieja ciega
que mendiga monedas por bond street y por harlem
y que cada persona la recibe en su casa

entonces ese gordo la mole
se quedó parado cerca de nuestra mesa
en la esquina desierta mientras el cajero
temblando llamaba a la policía

cinco mil kilogramos de pacífica selva
aplastando el asfalto una inmensa epifanía gris
de cuatro metros de alto y esa trompa curiosa
con un dedo en la punta
que probaba las frutas de las mesas caídas
y revoleaba jugando los manteles manchados

aplastó en su huida de algún circo o del zoo
a esa vieja mendiga que a la gente oprimida
acongoja en su casa
nos miraba sin miedo como todas las cosas
que sonriendo repiten soy amigo del hombre



LOS LEOPARDOS

Hermanos menores de los membrudos leones
y viejos depredadores de nuestra especie,
los segundones de la elástica raza
no están hechos de manchas,
sino del liso amarillo
donde ocultan y esconden su cierta identidad:
es que ellos aprovechan los mejores
matices de las sombras:
¿mejor oculto otro animal
que uno amarillo bajo la lluvia de motas
que aparenta? Un leopardo
es una bestia que siempre está bajo la lluvia.
En los plenos mediodías
sólo exhiben las sombras
que les ha dejado por hábito
la extensa habitación de los junglas.
Si los vemos bicolores apenas
es otra demostración de su astucia,
las apariencias son siempre
el corpóreo truco de todos los pequeños.
Ni la soberbia del tigre que no precisa
nuestra corta imaginación para estar entero
en esa palabra, tigre;
ni la firme y perezosa arquitectura
que se levanta ante nosotros demostrando
la melenuda majestad de la sabana;
los leopardos emigrados a las copas de los árboles
son unas etéreas y fatales sombras,
el vuelo con que de amarillo
se salpican por capricho bien fundado las selvas.
Son lo mínimo posible para el lenguaje de la muerte
en su linaje de músculos:
llegan más cerca que los tigres
porque no son lo sentido, son un peligro que no pesa,
el silencio, la sorpresa de un brinco que elige antes,
una afelpada estrategia que se desliza
mortífera y gentil, metáfora y carne del tiempo
por los delgados corredores que comunican
(y ello siempre ha sido sigiloso)
el mundo en calma con la alegre nada.



SU PEQUEñO TIEMPO DETENIDO

el automóvil que lo mató
se alejó seguro de sí mismo
y ahora duerme su sueño de motor
en un desaliñado garaje del suburbio

mañana le limpiarán la sangre
antes de ir a trabajar

el criminal no duerme sin embargo:
discute con su esposa el tema de la renta
se ha olvidado por completo del gato
que hasta que llegó la tarde estaba hecho
de músculos y encanto
de sanguinaria agilidad y de silencio

ahora en la lejana calle
sólo está hecho de tiempo detenido
y lo buscan las hormigas
que caminan siempre
por un desierto infinito
donde el agua escasea
pero abunda la comida

ese país escondido donde ponemos los pies

la calle sigue como siempre calle
como estuvo ayer como estaba
en la tarde de la muerte
como seguirá durante todos
los indefinidos mañanas

el cielo apenas más oscuro
apenas alguien solo
que cruza por la esquina
y de tanto en tanto otro automóvil
que busca algún ser vivo

sólo el gato cambió
o su mitad que es todo
lo que quedó en la acera

hoy que la muerte
ha capturado otro ratón



TRUCHAS EN EL OCASO SUREñO

El hilo flotaba blando como un hombre descuidado
en el espejo líquido de un cielo nublado

nada le había avisado
en su simple condición de materia
que un ser vivo lo había tendido hacia otro
por un cruel pacto unilateral
algo que de veras no era un pacto
entre un mundo agitado
por apenas cien mil años de historia
(algo que parece un fallido experimento:
cada año parece confirmar este fatal
intento de la naturaleza)
y el universo líquido y elemental
que tiene millones de episodios sutiles
congregados en cada gota de agua:
además remite a las primeras épocas
no a las posteriores
de este gran teatro

el hilo flojo terminado en un gancho
en medio del paisaje prehistórico de la Patagonia
donde las grandes truchas continúan
porque inmutables
todo y ellas continúan
iguales que en lejanísimos atardeceres
con la misma perennidad
que posee una mosca que cae

¡plop!

en el agua
una dura boca que surge de las profundidades
y adelanta su armada mandíbula hacia la muerte
o la vida que nosotros cambiamos en muerte

¿tiene cabida un súbito salto de la mente
un insight brillante que surge de las aguas
algo que avisa que la misma vida
está en un extremo y otro del hilo flojo
peligrando por el acto siguiente tanto
una como otra peligrando
peligrando siempre por una determinación
basada en la costumbre?

la misma costumbre peligrosa
del hombre y de las truchas

y entonces ese recoger el hilo
y romper sobre las rodillas la caña
arrojar lejos el reel
los señuelos las botas
volver sin nada a la cabaña
para siempre sin nada de esas preciosas vidas inocentes
sin nada de ese amplio universo líquido
para siempre a salvo
al menos de uno de nosotros

Y el casero de la cabaña
al verme hacer desde lejos
me juzgó un idiota



LA MOFETA DE JUAN CRISTóBAL

era un niño cuando su camino se cruzó con el mío
y ya llevaba tozudamente prisionero
-sujetado siempre con una correa para perros-
aquel hermoso animal blanco y negro
al que naturalmente le daba un nombre ridículo
y decía sonriente que su padre
(un impúdico veterinario)
le había extirpado "las glándulas de veneno"

la mofeta de juan cristóbal
esa bestia amputada
en su traje de presidiario
mordisqueaba las rosas de todos los jardines
como si envidiara su perfume
y olía cuanto encontraba
tal vez buscando su propio
definitivo hedor perdido para siempre

era odiado por todos
ya que sus garras agudas destrozaban los canteros
y daban vuelta los ladrillos colocados ex profeso
para caminar por ellos atravesando las calles de tierra
cuando la lluvia inundaba los senderos del pueblo

ello solo y la mala prensa de ser una mofeta
bastan para convocar el odio de las multitudes

todos alguna vez fuimos la mofeta de juan cristóbal
inerme bola de pelos privada de toda arma

un granjero la mató a escopetazos
una tarde en que su dios el niño
dormía: despertó en un sueño
donde el animalito ya no existía
y me vio y lloró
no por el animal indefenso
sino por lo que su infancia había perdido

cría de otro animal más fuerte
que una mofeta indefensa
la culpaba sin saberlo
de haberle hecho daño
patas arriba junto a una cerca
que se llenaba de moscas

una definitiva maldad camina entre las cosas



EL EXTRAVAGANTE VIAJERO, RíO ARRIBA

Entonces lo vi en el agua aceitosa,
regalo de la industria y del odio a lo vivo,
remontando río arriba la corriente:
el salmón imposible,
un monstruo musculoso
ornado de verdes y violetas,
de naranjas y rojos,
en la librea que sólo presta el deseo
a los ansiosos por reproducirlo a toda costa.
Insólito tornasol entre la basura
del río condenado,
como un hombre empecinado
en encontrar el camino que le diga
"soy tu vida", un regalo
para la candidez empecinada en creer,
un estímulo para los músculos tensados
bajo las ásperas escamas,
una sobredosis de hormonas
inundando el cerebro diminuto.
Y esa boca abierta al deseo de respirar
todavía algo más de su último día,
guardaba la postrera sílaba
de aquellos que no se dejan vencer
ni por su propia idiotez
ni por las aristas de los muelles
donde nunca paran, donde jamás
por cosa alguna se detienen.


LA PREGUNTA

¿Y el ocaso rompiéndose en oro rojo,
inmutable, más allá de la historia de la poesía
de Oriente y de Occidente,
el ocaso de oro rojo,
inalcanzable, el rojo de un astro roto
fracturado contra el borde del mundo,
eso que es lo único y lo primero, en lo que veo?
Cuando, auténtico y entero,
acá, aunque se haya vuelto casi la noche,
acá en los versos lo requiero.

Preguntas, sugerencias y colaboraciones enviar al correo-e:     pcnetinfo@panoramacultural.net