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Publicado: Viernes, 13 de febrero de 2004

Los poetas de Chile (O una loca geografía)


Son tiempos difíciles para el arte. La poesía, sobre todo, joven dama sin renta ni oficio conocido, moribunda alondra de las viejas alcantarillas del azar. Dueña, eso sí, de una retórica más que milenaria, cortesana en la corte, gutural en las cavernas, pequeña diosa de los olimpos, retraída maestra rural del siglo XX. Tiene escuela, digo, pecosa mía, me le voy arrimando y le prometo superar la página en blanco. Soy tu pordiosero, tu naufrago Neftalí de los muelles al alba. Domínate, me dice, la noche está estrellada. Copiona, convéncete que todo está escrito, ya lo dijo Pound, y repasó el abecedario en inglés, chino y francés. Fue el jovencito del Barco Ebrio, en cambio, quien pintó las vocales y se hastió de la belleza.


Hay poesía por todas partes y se mandó a mudar al áfrica. Que el Dante siga construyendo edificios medievales y que algún bardo del siglo XXI se ahorque con la cuerda que salvó a Villón. La poesía necesita un Papa, o no, ¿monsieur Apollinaire? Sin manifiestos Renum Novarum, pero que se le respete no por sus oraciones, sino el verso libre, plebeyo de deberes y obligaciones.

Un poema debe respetarse como una catedral cuando tiene credibilidad, llega, no abusar del sagrado altar de las palabras, y sólo el lector está autorizado para prenderle velas si tiene fe en él. La poesía es un bien común, pero de unos pocos. Un Emperador tenía tiempo para escuchar poesía en la Edad Media los Juglares tenían trabajo, hoy los presidentes son semianalfabetos y su mercancía, entre otras, es el tráfico de influencias, y no la palabra. Los poetas ni siquiera se suicidan, para que perder el tiempo frente a las cámaras.

César Vallejo se sigue muriendo en el Cuzco, en Nueva York, Bagdad, en las tierras palestinas, en cualquier rincón de Nuestra América, y un poco menos en París.

Tanto oficio para terminar como sacristán detrás de la palabra, olvidándose que el altar es la propia palabra. Una oración por Marilyn se merece la poesía. Esta es la verdadera estrella, que alumbra en el feo ocaso y no se deja opacar por el mercado, prefiere morir con honor, (ya no se vive de la gloria). Nos habla desde el calendario de la historia.

Tiempos difíciles de ratas en los trigales y de largos dedos en las bóvedas populares Un piano de cola, ya no importa tanto como un café con piernas. Son descomunales estos tiempos, y la poesía, no es ni parte del pequeño circo romano, del Río Bravo al macizo andino. La poesía, aún así, respira sin un equipo artificial, no la asisten aún blancas enfermeras sigilosas, ni inquisidoras señoras medievales. ¿Pero por cuánto tiempo se puede sobrevivir boca abajo?

Ella, que sus huellas deja, manotea el espacio, que le asignan a un vulgar cadáver en un patio de desconocidos.

En una tierra baldía también prosperan, buenos, densos, duraderos versos. Y un poemario que funda una nación puede calificarla de altiva, jamás regida por rey alguno, voy de memoria, aunque 500 años después, este rey monarca absoluto sea el mercado. Es mejor decir fértil región en la antártica famosa, lo más alejado del continente, donde todo se vende.

La poesía nombra, y lejos de ser sólo palabras que convoca otras palabras, una clara misión del lenguaje, hace su pequeña historia, misionera, y hoy, pordiosera del mercado.

Son unos papeles casi quemados los poemas, cenizas que el viento sopla y el mar encrespa en sus aguas. Un pedazo de alquitrán en el rostro de un policía de Moscú, el pequeño ruido de un cinc en alguna aldea, el día borrado en un portal. Es inevitable que no se cuele la luz en el poema cuando es verdadero.

"Chile, país de poetas", y da risa como se regodean las editoriales. Es que el único poeta que todavía vende es el condenado del Neftalí, la animita que sacamos a pasear cuando nos queremos dar brillo, y decimos: venimos de un país de poetas. Austral, pero de poetas. Como si la poesía fuera un punto cardinal. Algunos dicen, que sí. Los poetas de Chile son del sur. Otro mito. Si, llegaron en tren por la Estación Central, como relata el Libro Los Poetas de Chile. Con humo, asumagados, con sus manuscritos calientes, vaporizados, y llenos de imaginación. Pero Carlos Pessoa Véliz, Huidobro, Díaz Casanueva, Anguita, Uribe, Lihn, Millán, Silva Acevedo, son de Santiago, la Mistral del Norte Chico, y es cierto, un grupo significativo viene del Sur, Gonzalo Rojas, Parra, De Rokha, Juvencio Valle, Teillier, el Vate, Barquero, Arteche, Cárdenas, Lara, Quezada, Floridor Pérez. Oscar Hahn se quedó en el medio, en Rancagua. Entre los poetas del Sur debemos contar a Don Alonso Ercilla y Zúñiga, español, que notarió la conquista de Chile en La Araucana, en el frente de guerra. Sur del Sur.

De todos esos poetas y muchos más, habla el libro Los Poetas de Chile. Les recuerda en la cotidianidad de sus gestos y vidas, en la historia que les convoca y nombra. Se abre el libro con Teillier, el más despiadado de los despiadados poetas de Chile, quien le abrió un túnel lleno de estrellas a la poesía y la consumió frente a un bar, mientras esperaba la muerte con su poncho negro araucano en una línea abandonada de un tren en Lautaro.

Rosamel del Valle, un inclasificable que prefirió vivir en Nueva York y David Rosenmann –Taub, la misma cosa.


Chile es una loca geografía de poetas

Hacen falta editores de poesía para que pongan las cosas más en orden. En el orden oculto de la poesía. Una vergüenza que los primeros seis libros de la Mistral se editaran fuera de Chile. El país estuvo a punto de no reconocerla como Premio Nobel, con tal de no darle el Nacional de Literatura, una especie de limosna en aquel tiempo. Chile, país de poetas. Qué poco sagrada es la escritura. Las urracas buscan en el closet de la Mistral, casi medio siglo después de su muerte, para saber si militaba en el otro partido o se reía en la fila. Del nicho helado, estos ridículos bacalaos te siguen poniendo motes, querida Gabriela.

Los poetas de Chile, es bueno saberlo, estuvieron en manos durante décadas de Alone e Ignacio Valente. La crítica es a veces tan impura como una biblioteca llena de libros evangélicos. Se presta para algunos titulares y páginas dominicales. A De Rokha se le fue la vida peleando con un destino que al final demostró que era más duro que su propio roca.

Los Poetas de Chile andan en búsqueda de un editor. El libro da cuenta de las historias de los poetas y del Chile del Capitán General. Se planta en el corazón de Santiago, en la Plaza Italia, en La Fuente Alemana. La ciudad que responde a sus límites, a un Norte y a un Sur.

Son tiempos difíciles. Se vendieron los originales del famoso, mítico, Cuestionario de Proust, Poeta en Nueva York de Federico García Lorca y todo el menaje, manifiesto, obras de arte, colecciones de libros, máscaras, alfombras, del padre del Surrealismo, André Bretón. Así entraba en su último acto surrealista inconsciente en las bibliotecas públicas y privadas, de la mano del mercado, bendito por una subasta: Poeta For Sale. Todo se subasta.

Dentro de poco los inéditos de Los Poetas de Chile, antes de dejar la imprenta. Yo los quisiera ver editados y que se vendan en un Mall. Que un día pasaran por las librerías de viejos del Paco Rivano y él les dijera: le tengo una novedad, Los Poetas de Chile.

De Rokha nos enseñó el camino, a patear las calles polvorientas de Chile. Y Armando Menedín, a quien pocos recuerdan, un ilustre argentino, les dijo con la colección en llamas, que si se puede, a los editores. La poesía ardió por años en sus pequeñas coleccionables páginas.

38 poetas chilenos y un mitómano contiene Los Poetas de Chile. Un poeta español, un editor argentino, la historia que nos clavó con un puñal en el corazón el Benemérito y la visión personal de su autor de los bardos que conoció directamente, y a los que ha leído con devoción, entrega infinita, y el vicio de las distancias. Aquellos que murieron en la plenitud de su actividad poética por distintas razones, si, de ellos también da cuenta el libro. No están todos los que son, y como debieran, pero si una muestra representativa de una de las poéticas más ricas, variadas, sorprendentemente vitales del idioma castellano.

Los Poetas de Chile, son como el mote con huesillo, pero también la desesperación de sus horas, los intervalos, la desmesura, el olvido, la esquina sin nombre, el andén detrás del adiós, una moda que no pasa de moda, las vocales sopladas en primavera por un duende de orejas de lapislázuli y manos de oso perezoso, con ese diente de oro que le marca la sonrisa del enigma.

La poesía es el largo remo de Chile, así vio el país la Mistral; un largo pétalo, como dijo Neruda, una sangrante claraboya en alta mar, la voz amarga del desierto, el chorlito que aún conserva la cordillera, el último estandarte en un escaparate sin vitrina de la calle Ahumada.

El bosque quizás siga preguntando algún día por la poesía y el poeta pase silbando por un asfalto en ruinas, sin fachada ya la ciudad, las moscas tocando acordeón en alguna esquina.

La poesía chilena es un paisaje de lenguajes. Hay versos célebres incorporados al ser, acervo nacional. Y en eso Neruda se lleva todos los premios. El "poeta de lo cotidiano", del desayuno, almuerzo y comida.

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