Buscar
PANC
Publicado: Martes, 24 de marzo de 2015

Sergio Infante


Sergio Infante (Santiago de Chile, 1947). Es escritor y profesor universitario.


Ha publicado los siguientes libros de poemas: Abismos Grises (Santiago de Chile, 1967), Sobre Exilios/Om Exilen (Edición en español y sueco, Estocolmo, 1979), Retrato de época (Estocolmo, 1982), El amor de los parias (Santiago de Chile, 1990), La del alba sería (Santiago de Chile, 2002) y Las aguas bisiestas (Santiago, 2012). Su obra lírica, además, puede encontrarse en antologías, como la de Soledad Bianchi, Viajes de ida y vuelta. Poetas chilenos en Europa (Santiago, 1992) y la de Teresa Calderón, Lila Calderón y Thomas Harris, Antología de poesía chilena I La generación de los 60 o de la dolorosa diáspora (Santiago de Chile, 2012), y tanto en revistas de Europa e Hispanoamérica como traducida a otras lenguas. En 2008 apareció en Santiago su novela Los rebaños del cíclope. Ha participado en eventos internacionales, entre otros en el Salón Iberoamericano del Libro en Gijón, en 2004, el Festival Mundial de Poesía de La Habana, en 2007, el Festival Internacional de poesía KRITYA, en Wardha, India, 2013. Infante reside en Estocolmo, donde llegó como refugiado político en 1975.



Poemas de Sergio Infante



NOTICIA, 20 DE MARZO DE 2007

Dice el periódico que se mueren los grandes ríos.
Ya agoniza el Yangtzé.
El Mekong, el Salweem, el Ganges,
el Indo, el Danubio, el de la Plata,
el Bravo, llamado también Grande,
el Nilo-Lago Victoria
y el Murria Darling
agonizan.

Se mueren de verdad,
y no habrá mar para el morir de esos ríos.

Omite, no obstante, la noticia
que el entierro de cada río
siempre precede a su muerte.
No se cierra la tumba de un río,
el lecho cuarteado, polvoriento,
señala el curso de esa muerte.
Se despoblarán las ciudades a las orillas de esa muerte.

Y, por inercia, en las escuelas, los niños
aprenderán de memoria que los antiguos construían
sus viviendas junto a las frescas riberas,

y de no contarse con el registro
de viejas imágenes (el chorro luminoso
que arrastra hasta un telón el espectro
de un caudal: la tromba recostada
que penetra y perpetua gana la calma
entre el verde del océano y la espuma),
habrá que explicar, a esos niños,
lo que era la desembocadura de un río
como quien explica la noción
de la nada, del vacío o del vértigo.





ERA YO MUY JOVEN

Vamos a la pieza del fondo,
m�hijo lindo,
me indicó la vidente.
Atravesamos el largo pasillo
y el silencio inquieto.
En el cuarto, las velas retenían
la tarde ya perdida en la calle.

Fíjese bien en esta bola de cristal,
ordenó quitando el tafetán.
No es la misma que usa en la feria,
dije para disimular el apocamiento,
unos destellos de arco voltaico
me achicaban en mi metro ochenta.

Cuando la vidente me invitó a su casa,
puso una condición: pasara lo que pasara,
jamás lo imprevisto me haría cerrar los ojos
juré obedecerla, pensando en el acertijo
de su cuerpo bajo el disfraz de maga.

Fíjese bien en lo que ve,
m�hijo lindo.
Dentro de la bola de cristal,
otra esfera: fumarolas y fuegos.
Me volví hacia la vidente
y dije muy seguro:
Es el sol. Es el sol,
llega a quemar.
Frío, frío como el agua del río,
se burló. Se había quitado el turbante
y, mientras reía, una agitación azabache
le tocaba los hombros y me tocaba.

Pero mire con sabiduría, m�hijo lindo.
Mis ojos rozaron un incendio
que maldije con diatribas de silencio.
Será el infierno entonces,
casi lo grité.
Pero usted, m�hijo lindo,
no cree en el infierno.
Acuérdese,
me lo contó por el camino.

Esto es lo que será la Tierra.
Escuche a ese potentado
cómo repite y repite:
Mis empresas
por un bidón de cristalina.
Qué agua, m�hijo lindo.
Ríos de lava, ladera abajo.

Me tomó la mano y agregó:
Ahora, si todavía le quedan ganas,
hay más piezas en la casa, m�hijo lindo.





SEGUNDA MUERTE DE NARCISO

Me acerco a la superficie de un remanso,
me devuelve la cara inesperada del Gran Rasca.
No salgo de mi estupor mientras las aguas
menguan sin dejar de mostrarme en esa cara.
Se evaporan, pierden volumen hasta ser
pedregullo y lamilla, yesca en breve.
Y mi cara, la del Rasca,
unas lajas y un cangrejo
podrido por el sol,
por el mismo sol
que atraviesa el tamiz roto del ozono,
y me cae en la nuca
como una guillotina encariñada;
muy pulcra, les diría.





SE PREGUNTABA MANRIQUE (HACIA 2476)

¿Qué se hizo el peje y la mar?
Las tortugas, los corales,
¿qué se hicieron?
¿Qué fue del oso polar?
¿Qué fue de los marsupiales?
¿Cuántos vieron?
¿Fueron mitos los manglares?
¿Qué fueron tundras y llanos
de estos mundos?
¿Las neviscas, los glaciares?
¿Lagos, arroyos, veranos
muy jocundos?

¿Qué se hicieron esas selvas,
sus tucanes, sus orquídeas,
sus colores?
¿Qué se hicieron madreselvas
y llamaradas irídeas
de las flores?
¿Qué se hizo tanto cruzar
de bandurrias enfiladas
que tañían?
¿Qué se hizo tanto volar,
aquellas plumas chapadas
que traían?





RECADO

Díganle a Eliot que la tierra, de verdad, está baldía
y que, ahora, la muerte por agua nada tiene que ver con la inmersión.
Lo que ahoga es la carencia.
Lo que mata es un cuchillo,
si te asaltan por una botella de agua.
Le parecerá ridículo a Eliot.
Ustedes, amigos de los poetas difuntos, háganle ver que la botella de un litro vale diez veces más que la de bencina. El agua viene purificada con tecnología de punta, los robots del Rasca le arrancan las bacterias, las cochinas radiaciones, y le pegan al envase una etiqueta refrescante con la imagen de lo que, alguna vez, fueron las cataratas del Niágara. No olviden comentar, de paso, cuánto fluctúa el agua en el mercado negro. Eliot trabajó en un banco, lo pescará todo al vuelo.

¿Comprenderá Eliot el significado de perder la yugular en la punta de un cuchillo?
¿Advertirá Thomas Stearns Eliot que no se inventa un mito al contar: Morir luchando entre la sed y un arma, con todo, se considera un hecho honroso?
Hasta se levantan placas recordatorias, díganle.
No cualquiera muere de este modo.
No cualquiera puede adquirir una botella de agua.

Ustedes que dominan las letras de la g�ija, subrayen la absoluta falta de metáfora: lo del agua sucede, sucede rotundamente.
Ustedes lo sufren, se juegan el pellejo por un buche.
Saben que a la mayoría la sed la deja en el camino. Temen encontrarse en la cifra de esa mayoría.
Han visto a los envenenados por la ilusión de una vertiente, la quimera de un caño que aún gotea; sorben, gritan �Horeb!, y sucumben.

¿Comprenderá Eliot, si le señalan que cada día es la ceniza de ese miércoles donde ya no cabe ninguna esperanza?
¿Advertirá que no es hipérbole
cuando se entere de tanta víctima,
de tanto acribillado
al saltar las rejas
de la única cisterna?





GUIóN DE PELíCULA

Primera escena
El calentamiento del planeta,
más rápido de lo que se creía.
La disminución de los gases,
más lenta de lo que se pensaba.
No se cumplen las promesas,
no se alcanzan las metas.

Segunda escena
El ping-pong de las recriminaciones,
en armonía con el aumento de la temperatura.
El resultado de los esfuerzos, la razón de las raciones,
inversamente proporcional a los delirios mesiánicos.

Tercera escena
El esmog apenas permite la visión de edificios y calles.
Los especialistas en la materia se quedan afónicos
y a las ciencias se les empaña la paciencia.
La polución enturbia el cristal en la bola del vidente.

Cuarta escena
Por tradición, en letras de molde se modela el mundo:
HABRá CORTE PERMANENTE DE LLUVIA
(no se pagaron a tiempo las exigencias del cielo).
SE INTENSIFICAN LOS DESGARRAMIENTOS POR EL AGUA
(la ley del gallinero sigue siendo la base del derecho,
las raciones se distribuyen conforme a dicha ley).
COMIENZA LA GUERRA POR LAS RESERVAS Y LOS ALJIBES.
LOS EJéRCITOS REGULARES DERROTADOS POR LA DISENTERíA.
LAS GUERRILLAS, DE ESPEJISMO EN ESPEJISMO
(alucinadas con la victoria final).
LA MADRE DE LAS BATALLAS
(una riña sangrienta de todos contra todos).

En la última escena
el sol calcina la soledad del pedrusco.
La palabra FIN se vuelve redundante.
Anodinos los créditos con los nombres
de los primeros actores, roles secundarios,
dobles, técnicos de variada índole.
Anodinos incluso los nombres
del guionista, del productor y del director.
Absurdas las palabras de agradecimiento,
son demasiados los auspiciadores,
son demasiados los auspiciadores,
son demasiados los auspiciadores,
son demasiados los auspiciadores.




-Poemas de Las aguas bisiestas, Santiago de Chile, Catalonia, 2012.

Preguntas, sugerencias y colaboraciones enviar al correo-e:     pcnetinfo@panoramacultural.net