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Publicado: Lunes, 29 de junio de 2015

Cristián Gómez Olivares


Cristián Gómez O. (Santiago, Chile, 1971). Poeta y traductor. Entre sus libros publicados se cuentan: Inessa Armand (2003, La calabaza del diablo), Pie quebrado (2004, Amarú ediciones), Como un ciego en una habitación a oscuras (2005, Conaculta), Alfabeto para nadie (2008, Fuga), Homenaje a Chester Kallman (2010, Luces de Gálibo), La casa de Trotsky (2011, La isla de Siltolá), La nieve es nuestra (2012, Ediciones Liliputienses) y la traducción de Cosmopolita (2014, Ediciones Liliputienses), de Donna Stonecipher. En el segundo semestre del año 2002 fue escritor en residencia del International Writing Program, de la Universidad de Iowa. Recientemente, fue escritor en residencia en The Banff Center, en Alberta, Canadá. Fue también miembro del taller de poesía de la Fundación Neruda. Co-editó junto a Germán Carrasco la antología Al Tiro. Panorama de la nueva poesía chilena (2001, Vox ediciones), y con Mónica de la Torre firma la antología Malditos latinos, malditos sudacas. Poesía hispanoamericana made in USA (2009, El billar de Lucrecia). Junto a Christopher Travis, preparó el dossier de la revista Crítica Hispánica "Después del centenario: asedios a Pablo Neruda y la poesía chilena contemporánea" (2006, Duquesne University).


Arte poética

          Este tipo de ejercicio introspectivo me es sumamente complejo, carente como es propio de estos textos del travestismo inherente al poema. Escribir como lo hago desde la desconfianza en los medios utilizados, resulta siempre una tarea más compleja, no sé si menos gratificante. Sin embargo escribo e intento plasmar ciertas perplejidades -la cotidianidad, la vida familiar, las contradicciones de la política a través de ciertos mecanismos de lenguaje que no oculten su artificialidad, pero tampoco hagan de ella su razón de ser.
          Si bien me parece inexcusable aquella máxima según la cual el poema sólo habla de sí mismo, también creo que el intento de ir más allá de esa cárcel lingüística, ennoblece o por lo menos le da carta de existencia a la poesía contemporánea. Me sigue interesando, en ese sentido, la frase que dijera Seamus Heaney a propósito de Philip Larkin: "Aun cuando es ejemplar en el modo en que escudriña las condiciones de la vida contemporánea, rechaza coartadas y empuja la conciencia a una condición expuesta que no es el cinismo ni la desesperación, pervive en él una aflicción por una realidad más cristalina a la que pueda ser leal".
          Para mí esa realidad más cristalina con la cual mantener cierta lealtad, sólo podría nacer a partir del lenguaje, ente opaco por definición. Sin embargo, si en alguna medida pudiéramos acercarnos a semejante estado de cosas, sería intentándolo a través de una crítica de la memoria histórica, un examen riguroso del destierro voluntario e involuntario, una imagen de la familia escéptica de la familia. No tengo otra concepción de la vida que no sea agónica, por lo que escribo un poema creyendo siempre que será el último poema. Escribo como perdió el Atlético de Madrid en la última final de la Champions, como ganó la U el campeonato del 94. Ni Mohammed Alí ni George Foreman, pero sí Chuck Wepner, sí Jack La Motta. Siempre
.




Poemas de Cristián Gómez O.





RENGA

Quisiera dar las gracias
por este pan sobre la mesa.
Si me llevara la vida entera
agradecer este desayuno

espérenme, por favor:
espérenme leyendo en los escaños
de una escalera que dirija a otra
escalera, divagando sobre
la calidad de los alimentos

recibidos y su relación
irrenunciable con la lengua.
En el intertanto

pueden practicar lecciones
de dibujo o algún instrumento
musical, pueden practicar
el camino del guerrero

-Gorin no sho, de Musashi-
y estudiar la forma en que
el enemigo intenta aprovechar
tus debilidades (saca ventaja

de que intente aprovechar
tus debilidades), escribir con
tinta invisible un mensaje
que lo confunda: el kanji

donde su muerte venga escrita.
Aprender la caligrafía de los hiragana.
El tono con que se dibujan las sombras
cuando el bambú se corta para usarlo

como un remo para defenderse contra el agua.
Aprender a esquivar los golpes
y la tinta demasiado gruesa.

Aprender a aprender a respirar.


San Agustín Etla, 30 de abril, 2013





DOMINGO POR LA TARDE

En el cuarto de al lado escucho los quejidos de
alguna pareja, la división capitalista del
trabajo y las tarifas del servicio telefónico

contribuyen de igual manera
a que uno se pase la tarde sin pronunciar palabra:
domingos por completo en blanco donde el hecho
objetivo de la soledad difícilmente podría conseguir

el adorno de alguna excusa, algún nombre para
exornarlo como dudosa compañía. Los fantasmas
de la juventud recién perdida se mezclan con los fantasmas
de la madurez que aún no llega, un limbo parecido al del
idioma en el que todos se comunican con señales
aunque tengan ganas de salir gritando.
Yo mismo quisiera salir gritando

en busca de alguna leyenda, los jumpers
maltrechos de bertoni, el orompello
del tomás, la cristalería

frente a frente a un elefante.
Vuelvo los ojos hacia la puerta
pero no consigo que se acerque nadie

a tocar. Ninguna colegiala alegre
vestida de colegiala, ningún zombie
por las calles de concepción.

Al elefante que está parado en la ventana:
sólo le pido que empiece luego a recordar.





LITERATURA MEDIEVAL, APLICACIONES PRáCTICAS

Escríbelo encima de algún puente:

Sepan todos cuantos van y vienen por estas landas
Antaño bendecidas por el vuelo de las cornejas
A ambos lados del camino, por el cual sólo

Aquellos más ilustres y donosos y no de hogaño
Cristianos sino viejos, que alimañas no se han
Atrevido por ser tales bestias de tan cobardes

Dignas sólo de oscuridad y no de recaudadores
De impuestos que por más lejos que vayan
Siempre se encontrarán con esas ventas

A la vera de este u otro camino, donde alguna
De esas historias que se cuentan para animar
El vino no incluya más tragedias que las por

Todos conocidas, inevitables como el viento
Sobre la cara de los que siguen caminando
A pesar del cierzo que los aconseja y no lo

Escuchan: otros tampoco escucharon
Aquella sabiduría mistral que no reconoce
Norte ni hace diferencia entre el ladrón

Que ejerce en la corte y aquel que ejerce
En estos caminos olvidados tal vez de Dios.
No, sin embargo, de la contumacia de sus aires

Helados para aquellos que pasan como si pasaran
Aunque sus canas los desmientan por primera vez
Y fingen temor ante las tablas desvencijadas

Que han estado allí desde antes que hubieran
Puesto un pie sobre aquellos pedazos de madera
Recién cortada bajo el sol y su inclemencia.


Pero escríbelo sobre un puente que sea tan hermoso
como las aguas que pasan por debajo, un amigo
me contó alguna vez que estuvo en la ciudad

donde ambas orillas guardan la misma importancia
y llegar al otro lado era lo mismo que volver:
nadie necesitaba llenarse de cera los oídos

porque el canto de las sirenas te guiaba hasta una playa
donde el oleaje no competía con las rocas ni era
necesario atarse al mástil: sólo un puente

como ese valdría la pena cruzarlo dando por supuesto
que ya no seremos los mismos en tanto que debajo
de nuestros pies ya no corran más las aguas

sino esos autos de clase media que nos enorgullecen
por las mismas razones que nos hacen arrepentirnos.





EL MáS
PACIENTE


Habla de esto:
un hospital

demasiado
moderno y
delantales

blancos,
prohibiciones
de fumar

a menos de
veinticinco
metros

de cualquier
ingreso al

recinto

penitenciario,
donaciones

hechas por
todos y cada
uno de

los bancos
de la ciudad,
organizaciones

sin fines de
lucro,

millonarios

cuyos nombres
aparecen
bautizando

pabellones
completos

de atención
cubierta

por un seguro
en el que
todos

piensan

pero del
que

nadie
habla

y en
el

casino,
una familia
el matrimonio

y el niño
calvo,

delgadísimo

(y lo único que alcanzas a escuchar
al pasar por el lado de su mesa
es que está funcionando el
tratamiento).





CIUDAD

Hay adoquines en las veredas pero no muy grandes. Un
paseo peatonal donde cualquiera habla con cualquiera, donde
se cobran los cheques de los pensionados y un veterano
se sienta al sol a fumarse el último cigarrillo de la
tarde. Cuando se hace tarde, (hay) algunos jugando ajedrez o
apostando una cerveza, decidiendo
cuál será el próximo país

dispuesto a caer en desgracia. Hay buses
que pasan siempre a la misma hora, cajeros de banco
que te sonríen, choferes de la locomoción colectiva
que te preguntan cómo estás. Hay árboles que
cambian de hojas

(y de color al comienzo del otoño).

Una biblioteca que permanece abierta hasta las dos de la mañana.

Otra que te presta los libros durante unos seis meses. Y un río
que homónimo y circunspecto no guarda relación con la ciudad.

Nadie se puede suicidar desde esos puentes. Tampoco
reflejarse en estas aguas.

Preguntas, sugerencias y colaboraciones enviar al correo-e:     pcnetinfo@panoramacultural.net