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Publicado: Sábado, 11 de julio de 2015

Hugo de Mendoza (2)


Hugo de Mendoza (México, 1976). Es poeta y editor. En 2002 fundó el colectivo Literagen. En 2009 editó la revista de crítica literaria El Golem. Ha publicado los libros de poemas Danzar del Agua (2009) y 34 Episodios de Piscis (2010). Ha sido jurado del premio de poesía y cuento de Sonora en 2010. Ha impartido talleres de creación literaria en escuelas secundarias. Algunos de sus poemas han sido traducidos al portugués y al inglés. Ha sido publicado por medios impresos como la Revista de la UAM y medios electrónicos como Círculo de Poesía (México), Letras.s5 (Chile), ómnibus (España) y La Otra Poesía (México). Ha dado las siguientes conferencias: "Literatura y el Café de Nadie, Acercamiento al poema en prosa", en la Feria Internacional del Libro en Minería, y "Homenaje a Federico García Lorca", en la Feria del Libro del Zócalo. Actualmente forma parte del Colectivo Los Tertulianos de Júpiter, asimismo prepara su tercer libro de poemas.


Poemas de Hugo de Mendoza




Perplejidad de Hugo de Mendoza


Viajar. Quien lea este fragmento debe de tener un pie fuera de todo manual de psicología. Es preciso construir, encontrar al Hombre en la semilla: Hay recortes de estaño en las botas de un trabajador, un pequeño envuelto en una pieza de pan. Pienso en otro vacío que se forma en el pensamiento de un dios. Otra cosmogonía, otro santuario sepultado por el crecimiento de la hierba. Qué pequeña es la luna cuando se refleja en el casco de un astronauta o en el seno descubierto en una acuarela de Agustín Dubourg. Escucho un bosque aproximándose por la escritura de un ave. Meditemos. Un jesuita dice ser mi abad en otro tiempo. Implora: "Dónde estaremos mejor sino que en el abrigo del pan y el vino". Lavemos las conciencias de Guerra Santa. El agua púrpura. Escucho un caballo trotar desde la Nueva España, la dramaticidad de una patata en los dientes de Samuel Beckett. Prefiero escuchar la paz de un rinoceronte, el sueño de un pez en un frasco con formol. Nacerá otra ciudad donde un hombre descartiano pueda decir quién soy. Te escucho reír, lector, porque no comprendemos nada. No escuchemos a la humanidad preguntar por qué, para ello fueron inventados los espejos y así es decidida mi existencia.



Fractal de charcos y un Yo
Hacia un extraño


Rostro absoluto, firmeza mentida del espejo.
José Lezama Lima



Cesó la filarmónica tormenta. Es necesario comprender: ¿por qué mutan los charcos en espejos al condensar mi rostro? Vaciado entre tantos yo reflejado, enfrento este teatro de diversiones: me deformo, me amplío, me oblicuo, me deshago por una onda de sonido, me reconstruyo por el oxígeno del agua, me estiro, soy minúsculo, me alargo, ¡mayúsculo!, me desconozco si un ciempiés cruza por mi ceja, me dilato si un cuchillo se clava en mi oído, me desbarato si una huella emana de mi boca, soy equilátero, rectangular, hologramático, me libero de mi multitud monocular. Si llega el amanecer cubriendo mis cabellos y con él la tranquilidad de un árbol o el vuelo de un insecto, rejuvenezco en un espejismo que contiene todos los charcos. La galería de mis repeticiones se dispone a sanar antes de evaporarse. Recuerdo a José Lezama en la Muerte de Narciso, es imprescindible continuar, no enloquecer por el sombrero de tantos que hay en mí: doblo en la calle República de El Salvador e Isabel la Católica; en esta coordenada, doy testimonio a la única lluvia que podrá salvarme de no estar solo. Me abro paso entre sus clarinetes y flautas transversales para despedirme filarmónicamente, para reencontrarme totalmente extraño.




Epístola del niño
(Señor M)


Señor M:
No cierre usted los ojos. No se pierda en el infinito. No se haga usted el cadáver o simule ser una letra filosofal. No porque su crimen fue anónimo se haga el que no me escucha. Ayer. Cuántos ayeres. Ayer entró a uno de mis razonamientos y se robó la llave de mi habitación. Me quedé viviendo el hielo del remordimiento. Es terrible la nada. Es terrible mirarse en la conciencia sin la llave para entrar a la calefacción del cuarto. Y usted, dónde estaba cuando todos me culpaban. Entró a la habitación. Abrió el vino. Se embriagó con un pierrot que perdía equilibrio en un avión de juguete. Se reía mucho usted, ¿verdad? Mucho histrionismo le causaba saber mi envejecimiento. No tuvo piedad de mi esfuerzo por conservar ese espíritu de niño. Desordenó todos mis juegos de mesa. Aplastó los caballos azules que recibo el 30 de cada año. Hizo muecas a una imagen de Cristo. Se dijo comunista y negó la existencia de un amigo imaginario que jugaba a los dados con Jesús. Descolgó mis banderines de fútbol y con ellos mi única anotación a la vorágine de estar en la red del misticismo. Usted sembró una planta de coca en mi diario. Fundó el museo de mis terrores y los distribuyó en los andenes de mis días. Me enseñó la palabra: tragedia. Por usted supe que los aviones usan diesel y fracasó mi experimento de volar en un poema. Creía en la existencia de los misterios en la selva chiapaneca, y usted los cargó de escopetas para asesinar leopardos y saquear su medicina. Señor M, usted no es yo. Recuerde que lo abandoné en el futuro. Avance por las escaleras hacia abajo y tráguese el infierno. Llévese en sus colmillos toda su alma digitalizada. No existirá su preservativo en la memoria de un juguete. Muérdase las venas. Usted no es yo. Usted ha quedado calvo mientras mi madre me recuerda hace 20 años. No insista en que me robé los 5000 pesos. Ya no tengo culpa. Hace mucho frío en mi realidad de enfrentar la pirotecnia y toda su política pragmática. Debo entrar a dormir. Señor M, salga usted de mi pensamiento.



Deleite, enfrentamiento con hormigas



Cuánta musicalidad hacen las hormigas al comenzar el amor. No puedo, no deseo quedarme sordo, sus falsetes son tranvías cruzando mis oídos. Y mi apetito es voraz, terapéutico, ortodoxo y reportero, que no puede dejar de escuchar esa partitura de sobrepoblación.
Han pasado ya decenas de minutos como si fueran inflaciones en el buche de un sapo. Sigo expectante al desastre de esa ebullición hormiguera por todas partes. Permanezco en vigilia, absurdo a ese puntillismo con patas marchando por mí brazo, con sus mandíbulas ansiosas por el azúcar semanal, con sus cabezas aspirando el oxígeno del mundo y esos terribles ojos, que saben del presupuesto sexenal y de los fondos para la concesionaria de insecticida.
Tendré que limpiar la cal de mis pobres manos, antes de que se traguen mis uñas, de que trepen por mi ego y hagan de mi cama un prostíbulo de recuperación por los caídos en batalla.
Debo proteger la miel de mi descendencia. ¿Dónde habré dejado el alfiler para desinflarles el estómago? Enciendo la licuadora para enfrentarlas, azoto mi pantufla para sepultarlas entre su excremento seco. Esto no es un genocidio, es el sudor por conservar mi respiración, mi soberanía intacta y ebria, aunque sea sólo en mi bolsillo, aunque sea sólo en este segundo, mientras otra mano no me aplaste.



Oración para un día después


Sujétate a ese mareo de pájaros, sujétate, extiende tus dedos hasta alcanzar mi pensamiento, te persigo, -tu mano es una estrella-, te persigo por el viento y por las líneas de tu mano, y ahora que nuestras manos viven tibias de vapor, viven unidas con musgo y nube, libérame del hierro, de esta cruz ensangrentada entre lo visible y lo impensable, aléjame de los derrumbes de la urbe cayendo en mi dolor de estómago, aléjame enteramente de las grandes letras de la SOBREVIVENCIA, de las grandes letras que permanecen cuando vuelvo a nacer en mi cuerpo.



Epílogo
(Posiblemente leído en el año 2076)


¿He resucitado? Por más que insista el siglo en exterminar mi especie, no soy una fauna disecada en este libro. Sabes de mí por mis días, vertiginosamente sabes que viajaba en taxi por las avenidas que hoy son tus avenidas. Quizá ya nada se parece, todo es veloz y paradójicamente paralitico. Pero si deseas conservar algo de mí en tu memoria, cifrarás el almanaque del cemento en la ciudad entera. Y tal vez te preguntes, cuántos cráneos cayeron en mi último minuto, y serán los mismos que registre el listado de partos.
Estoy aquí, que es ninguna parte, el sol me sigue golpeando el pecho, mientras concluyes esta lectura. No tengo más que decir o, mejor dicho, más que escribir, esto no es una despedida, sigo reviviendo en cada página que tires al aire, sin saber volar, sin saber caer, sin saber que existe en la espera de otra semilla.

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