Buscar
PANC
Publicado: Lunes, 12 de octubre de 2015

Alberto Quero


Alberto Quero nació en Maracaibo, Venezuela. Narrador y poeta. Es Licenciado en Letras, Magister en Literatura Venezolana y Doctor en Ciencias Humanas por la Universidad del Zulia. Miembro de la Sociedad Iberoamericana de Escritores, Asociación Venezolana de Semiótica.

Ha publicado cinco cuentarios: Dorso (1997), Esfera (1999), Fogaje (2000), Giroscopio (2004) y Aeromancia, (2006). También ha publicado un poemario: Los que vinieron (2013). Textos suyos han sido recopilados en "Los espejos plurales" (Poesía, Universidad del Zulia, 2000) y en "Cuentos de monte y culebra" (Cuento. Universidad de Los Andes, 2004). Ha sido incluido en dos diccionarios de personalidades "Diccionario General del Zulia" (1999) y en "Quiénes escriben en Venezuela" (2005)


Ha obtenido los siguientes premios: Mención de honor en la XII Bienal de Literatura "Eduardo Sifontes"(1997), Segundo premio en el concurso estudiantil de poesía de LUZ (1998), Primer premio en el concurso estudiantil de cuentos de La Universidad del Zulia (1999), Primer premio en el concurso de poesía de La Universidad del Zulia (2001), Premio "Andrés Mariño Palacio", otorgado por la Gobernación del Estado Zulia a escritores noveles (2002), Primer premio en el concurso de poesía "Por una Venezuela literaria", Editorial Negro Sobre Blanco (2013).

Textos suyos han sido recopilados en "Los espejos plurales" (Poesía, Universidad del Zulia, 2000) y en "Cuentos de monte y culebra" (Cuento. Universidad de Los Andes, 2004). Ha sido incluido en dos diccionarios de personalidades "Diccionario General del Zulia" (1999) y en "Quiénes escriben en Venezuela" (2005)


Poemas de Alberto Quero



LOS DíAS
MENOS ABRUMADORES*





I
Amanecer


Poco permanece de mis antiguas batallas
y de sus interminables superficies,
sólo pasos tórridos y muchas procesiones falsas
que ingenuamente puedo recordar.
Hace tiempo absorbí esta carencia
y la llamé mía;
traté de no sucumbir, de no capitular
pero he concedido, porque algunas guerras se ganan
gota a gota, fuego a fuego:
pasé frente a tantos espejos y todos mintieron.
Real o eterno, mucho abandoné
porque el mundo no difiere de cuanto sujeta.
Ninguna cifra dejé, ninguna clave propuse
y mis emblemas fueron grilletes.
Veo siglos detrás de mi juventud,
justo cuando mi pasado se desmorona
y el tiempo lastima ciegamente.
Muy poco he logrado,
pero todavía acecho algo:
aprendí el arte de la invisibilidad
y por eso he tenido más nombres de lo que jamás soñé.
Como enmascaré continuamente mi verdadera figura
di y recibí perdones y juramentos
pero también furias y hachas ;
al mismo tiempo perfumes y vómitos,
abrazos e iniquidades partieron desde mí
y hasta mí volvieron:
supe de besos y de odios.
Fui conocido por tantas etiquetas
y todas ellas fueron espirales,
no otro fue el terrible aprendizaje que heredé
de mis rasgados disfraces.
Sin embargo, fui inofensivo
y prevalecí tercamente
porque todas esas maniobras mías
de alguna manera repitieron
hasta mis más nimios trazos:
el tiempo dejó una marca incesante y sin fondo
sobre los senderos que hace tanto conocí,
y ella fue un signo en el cual confié infinitamente.
Esta mañana, supongo, fue distinta
precisamente por no serlo:
fue apenas una revelación,
como las que ocurren los días menos abrumadores





II
Mediodía.


Este mediodía ha llegado lentamente
y ha quebrado mis flechas y mis espadas,
solo artificios
y espejismos insignificantes
contra este mundo, fácil y enorme,
contra sus hedores y su apetito por la ira.
Tampoco mi escudo ha sido tan poderoso
como una vez lo supuse;
aun es amorfo, blando
y no protege mis heridas:
un terrible sol me ha calcinado,
su despreciable brillo ha taladrado mi frente
y más de una vez me ha derrotado.
Mi escudo, en efecto, no ha tenido demasiados poderes
pues mis costras y cicatrices
se han hecho abundantes.
El tiempo no ha sido sino una frontera maleable
un eco, una voz imposible;
nunca lo vi como tal, así que he estado haciendo malabarismos sobre su estrechez:
para mi gran sorpresa, ahora descubro
que he sido un acróbata o un predicador
Este mediodía he decidido no ofrecer más disculpas
porque me doy cuenta qué terrible
fue ser manso y dúctil:
he caminado a través de tierras ardientes,
entre laberintos:
mucho abarca este letargo
y tantas veces me he hundido en él;
nunca he olvidado la presencia del hado
y quizá por eso no le temo.
Una vez me bauticé con polvo
y soledad fue mi primer seudónimo,
después éter y barro,
hasta que me convertí en piedra innumerable.
Ahora me llamo nómada
pero quizá sólo soy el que conspicuamente se enmienda,
ahora me llamo viento o humo
o quizá litoral y nieve, en una letanía olvidada,
ahora conozco la muerte, y ya no me es extraña
porque verdaderamente pesa menos que la vida.



III
Ocaso


¿Por qué no todos los días son como este nublado atardecer dominical
que, seguramente, nadie sino yo está contemplando,
deseando que dure para siempre?
¿Por qué no todos los días son como éste,
devastadoramente silencioso y gris,
tan ampliamente gris
como si suyo hubiera sido el último mediodía?
Me descubro preguntándome dónde abunda el amor,
si realmente está hecho de amatista,
si es un reflejo compartido
o si no fatiga tanto como
los caminos por los cuales he andado hasta ahora.
Me pregunto si sólo será otro demonio
que me domará nuevamente
o si alguna vez aparecerá
en medio de un viento frío
y alejado de esta luz despedazada.
Ahora el silencio alivia el olvido:
he aprendido a desvanecerme y a persistir,
a ignorar y a hallar,
a permanecer sobre el filo mismo de la soledad
y de otras parsimonias;
en este momento mis huellas se derriten
sobre caminos inmensurables,
mi mirada se desata
y yo le permito deambular entre las nubes.
Si el tiempo y la vida deben cesar, en este instante lo digo,
si cada exhalación ha de detenerse
que el final sea tan soñoliento como esta puesta de sol,
lento y brumoso:
si los paréntesis terminan,
poco importa lo demás.
Que todo se convierta en quietud y sigilo,
lo imploro,
que la levedad del destino sea clara,
sus círculos y sus espirales
y nadie lo llame llanto ni pérdida
sino sonrisa indemne.
Que nada duela,
como este atardecer.
Por mi parte, yo me rendiré ante un nuevo silbido
seguro estoy que alguno finalmente me convocará.


* Este texto fue publicado en Palimpsesto 2.0 N 16. Sevilla, España (Noviembre 2014)

Preguntas, sugerencias y colaboraciones enviar al correo-e:     pcnetinfo@panoramacultural.net