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PANC
Publicado: Lunes, 23 de febrero de 2004

Operación


Nos levantamos tempranito, las cosas habían quedado prontas desde la noche anterior. Heché una mirada a cada rincón en silencio, como despidiéndome, agradeciendo lo feliz que había pasado entre ellos estos meses, compartidos con Nico, Chini, hasta hace unos días atrás, y mi querido Bernt. Tomé un te, con todos mis recuerdos anudados en la garganta, recogimos el bolsito, nos aprontamos para la caminata hasta el hospital. Hacía mucho frío, iba muy protegida, metida dentro de mi propio dolor. Caminamos lentamente, con pocas palabras acompañamos la marcha.

Graciela Rojas (Negrita)
Llegamos al hospital y empezamos a preguntar por el lugar a donde debía dirigirme. Me apreté fuerte a la mano de mi compañero, jugando a dos puntas con mis lágrimas. Caminamos por un pasillo muy colorido entre cuadros que intentaban mejorar mi bienvenida. Al llegar al lugar salío a nuestro encuentro una enfermera muy joven, de rostro agradable, con un "välkommen"!!,abierto, sincero. Me llevó hasta el que sería el cuarto donde me alojaría por unos días y despues nos llevó a un cuarto pequeño, íntimo, donde me desarmé en un llorar sin poder parar, su mano y la de Bernt intentaron acompañar ese derroche de angustia, se mostró sin sorpresa y pude entender "entiendo".

Pasó a explicar y Bernt a traducir los pasos siguientes previos a la operación. Volvimos al cuarto donde me entregó la ropa que debía ponerme. Me dejé desvestir mansamente, como un niño que se entrega a los peparativos nocturnos porque le van a leer su cuento preferido. Cuando estuve pronta me pusieron en una cama con ruedas y empezé a viajar por pasillos iluminados por hermosas lámparas y como siempre cuadros a los costados de las paredes. Todo el ambiente me ayudaba, cálido, distinguido por su simpleza tan cerca del buen gusto arquitectónico que se necesita en esos lugares. Fui llevada hasta una sala donde me esperaba un traductor que acompañaría todas mis dudas y las indicaciones que vendrían.

Mis hijos fueron traídos a mi memoria en cada momento, el rostro de cada uno fui apoyándolo en ese espacio que dentro de unas horas quedaría hueco, ese espacio que durante nueve meses había sido su morada, donde recibieron las primeras caricias, compartiendo el hospedaje con mis alegrías y mis tristezas, mis luchas incansables por ofrecerles un afuera mejor, qué rápido se desarma un nido que se construye con tantas esperanzas. Pero siempre la vida tiene una explicación de conformidad para estas cosas. "Ahora ya no voy a tener más hijos", para qué arriesgar, mejor extirpar todo y evitar complicaciones.

Hace un tiempo un extraño ocupó su espacio, no fue invitado por la vida, no traería escarpines, ni haría crecer mis tetas de alimento, por lo que despues de varios estudios decidimos llegar hasta donde habíamos llegado y combatir hasta las últimas consecuencias. Mis ganas de continuar viviendo eran fuertes,por eso que aunque me cuesta perder algo tan mío-nuestro, preferí salvar el resto que me permitirá seguir creando otras vidas, otras construcciones para compartir con ustedes.

Vinieron las imágenes de sus hijos Agustina, Malena y Pilar se acomodaron para jugar a besarnos mucho sobre mi panza. Mi viejita me agarró fuerte la mano dandome su fuerza octogenaria, acudieron a mi mente mi hermano y mi padre, ausentes, que también me acompañaron. Los amigos… esos hermanos de la vida que uno va recogiendo en el camino, cuántos rostros, éramos tantos que ya no entrábamos en la salita. Gracias a todos.

Pasó el tiempo entre estas imágenes y palabras, que iban concretando el momento de la operación. En un momento recuerdo una enfermera que se acercó, hondureña, diciéndome que ahora íbamos a pasar a hablar con el anestesista. Èl, un hombre de aspecto informal, simpático de anteojos gruesos y charla rápida, con carpeta en mano y constatando mi identidad, preguntó si era alérgica, nerviosa, si había tolerado anestesias previamente y después me explicó el uso de un "dolorímetro", una pequeña tabla plastificada con graduaciones del 0 al 100, allí yo debía poner cuanto dolor sentía cuando lo sintiera y que de acuerdo a esa información ellos me pondrían la dosis de calmante suficiente para que yo no sintiera nada.

Me dió la mano y me dijo que en un ratito nos volvíamos a encontrar. Seguimos de charla con la hondureña muy simpática, me relató sus 30 años en Suecia en escasos minutos. El traductor fue obviado de sus servicios pues ella lo reemplazaría y además la médica que me iba a operar manejaba perfectamente el español, así me despedía de José el ecuatoriano, a quien agradecí sus servicios, deseandome suerte.

La camilla comenzó a moverse hacia la sala de operaciones, acción que me fue comunicada previamente a suceder. Así se desarrolló todo, nada hacían, sin avisarme, cada inyección que me dieron, cada medicamento, cada toma de fiebre, o estudios, me fueron comunicados con la explicación debida. No me sentí invadida en nada, todo lo contrario, nunca me sentí tan acompañada, tenida en cuenta y que era parte, la más importante de lo que iba a suceder allí.

Ya en la sala lo último que recuerdo es que se acercó el anestesista y me dijo bueno ahora vamos a colocarte una inyección que te dormirá, quieres antes la máscara de oxígeno? NO, fue mi respuesta, tengo fobia, no me tapen la cara por favor!! Y entré en un sueño profundo, eran las 9 hs.

Cuando desperté estaba en una salita que ya me habían dicho iba a ser llevada. A mis pies la imagen de mi hijo Nicolás, con más miedo que yo, temblaba asustadito como pollito mojado, y mi Bernt fuerte grande sosteniendonos a todos, sentí su beso, pero no estaba despierta del todo como para disfrutar de su sabor y su mensaje. Todo había salido bien, habían sacado el útero y un ovario que estaba tomado, había derramado mucha sangre y 20 puntos sellaron la historia.

Dormí, dormí mucho, como si tuviera años de cansancio. Cuando me desperté realmente estaba en el cuarto muy cálido con cortinas blancas, dibujos amarillos, un cuadro con una gitana, una mesita con una pequeña lámpara que colgaba del techo desparramandosu tibia luz sobre la mesa. Al frente había otra cama con una sueca octagenaria operada de las piernas, Iris, como mi abuela y mi hija, me dio la bienvenida desde su cama y yo en mi escaso sueco pude comunicarme muy bien con ella. Al lado de la cama tenía una pequeña mesa con teléfono radio y los botones para llamar a las enfermeras, pocas veces lo utilizé porque ellas acudían antes que las necesitara.

El baño tenía todas las comodidades para valerse por uno mismo y además con llamadores por todas partes en el water, la pileta de lavabo, la ducha abajo y arriba, no podía creer tanta tecnología al servicio del bienestar humano. Fueron días donde la reflección tenía todo el espacio del tiempo para ocupar la mente.

No pude evitar comparar mi última estadía en un hospital, el de Clínicas en Uruguay, en una sala de emergencia donde los pacientes se apretujaban, donde las paredes se caían de humedades y los baños eran impensables para el lugar, casi que inhabilitables. Después gritos, traeme esto!! No, No ya le puso lo otro!… Me sentía una bolsa de papas, nadie me decía lo que me iban hacer, era un misterio, secreto profesional, ni aún después de la intervención pude saber qué me habían hecho, o encontrado. No hubo resultados y las investigaciones llevaban meses de espera en los corredores para hacer un análisis, una ecografía… yo que sé, fue distinto.
También allá tenía la posibilidad de encontrar mis amigos y familiares al rededor de la cama, cuidándome, brindando lo mejor que se tiene como una medicina que alcanza en estos tiempos.

Acá la eficiencia es algo que funciona cotidianamente y no puedo decir que los vínculos fueron fríos. Todas las personas que se ocuparon de mí lo hacieron con una afectividad sincera, no era una pose, y me daba cuenta que no era sólo "un trabajo". Cumplen la tarea con tranquilidad y pueden disfrutar de lo que hacen. Una amiga que circunstancialmente pasó por el hospital, recién llegada del Uruguay me dijo" te fijaste, me impresiona que aquí el personal camina, no corre, y los espacios interiores se parecen a un hotel"… es así y eso tiene el precio de la desigualdad social que vivimos en el sur del mundo.

Al día siguiente a las 7 y 30 hs me desperté con una sonrisa que me decía "buenos días, qué quieres desayunar?- "Puedo? contesté .-"Sí, claro", "Yogurt?.-"Sí!"- "Café, té, con leche azúcar?".-"café con leche sin azúcar".- "Un sandwich? .-"Sí, mmm qué rico! Tenía apetito.
Me trajeron una bandeja con un riquísimo desayuno, me acomodaron la cama para poder tomar los alimentos cómodamente, me preguntaron si quería la radio "sí, respondí, aunque entiendo poco igual me ayuda a integrarme más al idioma.

Seguía con el suero. Comí tranquila, con placer, sentí ganas de hacer pis, toqué el timbre, vino Ivonne una enfermera magnífica que acariciaba mi pelo admirada de su color y consistencia. Trajo un aparato como un carrito alto con apoyabrazos, allí colgó el suero y me bajó de la cama. Me incorporé sin problema un poco mareada, para lo que me dio a beber agua. Fuimos al baño y pude orinar sin dificultad. Todo bien?-preguntó. "Sí". Volví a la cama con su ayuda, dormí otro ratito, y vinieron a sacarme el suero, tenía mis manos libres. Intenté leer un libro que me había llevado, pero me era difícil, me mareaba, entonces decidi descansar.

A media mañana vinieron Rina y Bernt a visitarme, ella había llegado desde Uruguay sin previo aviso. Escuché su voz en el celular la noche anterior diciéndome que recién llegaba y que estaba en el aeropuerto, y cómo hacía para llegar hasta mi casa. Tuve que explicarle que estaba en una cama recién operada y que se comunicara con Bernt para arreglar eso. Entre ellos lo resolvieron y el caso es, que estaba visitándome en el hospital. Trae planes de quedarse a vivir en Suecia, pero todos sus amigos le dicen lo difícil que está para conseguir trabajo y vivienda sin saber el idioma y sin tener residencia. Esa es una visión de la realidad, hay otra , llena de personas ilegales ocupando mercados laborales de explotación, sin derechos sociales y con muchas limitaciones.

Pasé 3 días en el hospital al segundo día ya caminaba hasta un pequeño comedor cerca del cuarto. Era una sala con una cocina donde hay café y té y agua caliente todo el día, fruta y algunas galletitas por si alguien quiere. Había mesitas con sillas y unos sillones con mesitas bajas con revistas y un televisor donde consumir las imágenes que pasan el cotidiano espectáculo. Allí también se puede ir a desayunar, merendar o almorzar y cenar si uno está en condiciones y quiere hacerlo. Yo tomé la merienda un día y mi almuerzo del último día. Muy cálido, decorado con un tapiz lleno de flores azules y blancas con un sol naranja. En los alfeizares de las ventanas plantas, hermosas plantas y las mesas con manteles decordos al tono y también con macetitas blancas con diferentes flores. Un ambiente muy agradable, tranquilo, todo para recuperarse realmente.

Me costaba dejar tanta comodidad, pero debía continuar mi vida. Volver a mi casita, a su ritmo, sus voces, a esta amiga que estaba en casa.
Vino la doctora a saludarme y decirme como había salido todo y cuando debía volver, y otras instrucciones que tenía que tener para mi regreso y mi recuperación total. Prepararon bolsitas con remedios para el fin de semana porque la farmacia estaría cerrada y no podría comprarlas.

Además todo el tiempo estuve con unas medias especiales para favorecer la circulación. Cuando fui a cambiarme de ropa me dijeron que esas medias eran para mí que podía llevarmelas que me serían de gran utilidad y así fue.
El bolso estaba pronto, mis miedos quedaron allí ahora debía pensar sólo en iniciar una vida nueva, recuperando mi energía para enfrentar tantos proyectos y sueños que bullen en mi alma.

Llegamos a casa mi hijo Nicolás y Rina me recibieron muy bien, la casa estaba hermosa, todo acomodado , Me comuniqué de inmediato con mi madre, mis hijos, oí sus vocecitas tan queridas y escribí a todos mis seres queridos que me acompañaron a la distancia, y aquí estoy escribiendo este relato que quiero darles a todos de una vivencia más, fuerte, es la historia de una pérdida, una de las tantas que uno tiene en la vida y de la que nos recuperamos con las mismas ganas de continuar desafiando los vericuetos que tienen los caminos sinuosos pero tan llenos de pasión y amor a la humanidad.

Negrita

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