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Publicado: Miércoles, 23 de diciembre de 2015

Mariluz Escribano Pueo


Mariluz Escribano Pueo nació en Granada en diciembre de 1935. Cursó estudios de Filosofía y Letras y se doctoró en Filología Hispánica por la Universidad de Granada, en la que ha ejercido como Catedrática de Didáctica de Lengua y Literatura en la Facultad de Ciencias de la Educación.


Colaboradora habitual de revistas de Filología y Didáctica, simultanea sus estudios científicos con la creación literaria. Entre sus obras destacan Sonetos del alba, (1991), Desde un mar de silencio (Cuadernos del Tamarit, Granada, 1993), Canciones de la tarde (1995), Cartas de Praga (prólogo de Luis García Montero, 1999), Sopas de ajo (2001, 2a ed.), Memoria de azúcar (2002), Ventanas al jardín (2002), El ojo de cristal (2004), Sonetos del alba (prólogo de Gregorio Salvador [RAE] y Estudio Preliminar de Remedios Sánchez García, 2005, 2a ed.), Jardines pájaros (2007), Los caballos ciegos (2008) y Escuela en libertad (2009); en colaboración con Tadea Fuentes ha publicado, Diálogos en Granada (1995) y Papeles del diario de doña Isabel Muley (2a ed. 2008). Su última obra publicada es el poemario Umbrales de otoño (Hiperión, 2013), con la que ha obtenido el Premio Andalucía de la Crítica 2014. Es columnista habitual de Ideal. Diario Regional de Andalucía desde 1971 como antes lo fue de Patria. Recientemente ha aparecido su último nuevo poemario, El corazón de la gacela (2015), publicado en Valparaíso.
Dirige y preside desde su fundación, en 2005, la prestigiosa publicación semestral EntreRíos. Revista de Arte y Letras.





Selección de poemas




IX

Tuya es mi voz y el hueco de mi mano,
mi cálida sonrisa intrascendente,
los suspiros que van, sencillamente,
de mi aliento a tu aliento tan lejano.

Nada vive en mi sangre tan cercano
como tu corazón. Serenamente
creces en mí, y en mí como simiente
te guardaré mañana. Y será en vano

que la tarde me llame a la tristeza,
con sus dorados tonos otoñales
porque te tengo a ti por centinela.

Y es tanta la ternura y la tibieza
que derraman tu gesto y tus modales
que tu sola existencia me consuela.

(De Sonetos del alba, 1991)



XVII

Desmayo de la tarde hacia el poniente,
paso a paso la sombra descendiendo,
quebrada ya la brisa, oscureciendo,
cipreses en el agua de la fuente.

Un temblor de la hierba que se siente
herida soledad, siempre sufriendo
sin flor ni aroma, apenas si creciendo
socorrida de amor por la corriente.

Pequeña alondra que en el chopo canta
acunando la tibieza sobre el trigo
ajena a la alegría que levanta.

Del monte anochecido se adelanta
este olor a mastranzo que persigo
para verde collar de mi garganta.

(De Sonetos del alba, 1991)



CANCIóN DE LA TRISTEZA

Aquí está la tristeza.
No hay mar para abarcarla con latidos
de barcos por sus olas,
no hay albas más inciertas por sus bordes,
ni sueños que respiren
paisajes humanísimos y ocasos.

Porque está aquí y es sólo la tristeza
de saberme mujer como manzana
asomada a la lluvia del espejo,
a una historia desnuda de relatos
y un pasado sin nombre y consecuente
y justamente azul, como debiera,
como debe erigirse en la memoria.

Ahora tengo una mano de marfil
y otra de ausencia
y ejerzo de tristeza y de noviembre.

(De Canciones de la tarde, 1995)



CANCIóN DEL OLVIDO

No recuerdo tu nombre
aunque abejas libaran tu apellido
pródigas en la miel.
Desde el rincón del libro
donde habitaba el son de aquel poema
desprende polvo una flor.
Y el mar, que no se muere,
ha borrado la arcilla de tu nombre
para que no regrese
a mis labios de sal y enredadera.

(De Canciones de la tarde, 1995)



YO NO Sé SI RECUERDAS

Para Luis García Montero

Yo no sé si recuerdas los jardines,
el camino del mar que era aquel río
desmemoriado y pobre.
Si la infancia volviera hasta tus ojos,
si acaso regresaras, si regresas,
descansa el pie bajo el laurel antiguo,
detente ante las rosas invernales,
recupera una infancia de arboledas,
antes de entrar al templo de los dioses.
Que el tranvía te diga
adiós con un pañuelo,
que compartas la música del pájaro,
sin olvidar que esta ciudad es triste,
melancólicamente desnutrida,
con la ruindad del mundo en sus zapatos.
Si volvieras, al fin, si regresaras,
eleva la mirada hasta la altura
y sueña una ciudad que tiene un río
que te hizo almirante sin saberlo.

(De Umbrales de otoño, 2013)



LOS OJOS DE MI PADRE

Los ojos de mi padre,
los ojos de mi padre,
mirándome en la patria cereal de los trigos,
en un tiempo de cunas
mecidas por el viento de la guerra,
mirando cómo crezco
en los abecedarios
y conquisto sonidos primitivos
balbuceos, palabras necesarias,
porque él me empuja y vuelve,
desde su corazón y sus espigas,
su corazón de tierra y manantiales,
patria de tierra y gritos apagados.
Mi padre es un silencio
que mira como crezco.
Sus manos me conforman,
me miran la estatura,
la dimensión del cuerpo,
averiguan gozosas
que me elevo en trigal.
Las manos de mi padre
tocan mi cuerpo y cantan,
y yo sé que me acunan
con nanas de caballos,
con la salmodia triste del judío,
del converso que habita por su sangre.
Pero paseo con mi padre.
Abandono en sus manos
mis manos tan pequeñas,
y al calor de su sangre
mis pulsaciones tienen
una ambición de tiempos.

En las luces inquietas de la tarde,
al borde de la noche,
vamos pisando hierbas, territorios,
ríos como torrentes, manantiales,
horizontes donde la niebla habita,
paisajes metalúrgicos y bosques,
ciudades, vientos, cordilleras,
blancas constelaciones.
Camino con mi padre.
Me nombra a las palomas,
pájaros migratorios,
aguanieves que rozan las praderas,
alcaudones de viento,
golondrinas, gorriones, avefrías.
Y todo pasa y llega de su mano,
y a mi infancia regresa
el calor confortable de su sangre

Cuando llegan los días de septiembre,
láminas del otoño,
las madrugadas frías y estrelladas
detienen sus palabras.
Pero es sólo un instante
de sangre y de fusiles
porque mi padre vuelve del silencio
y pasea conmigo
el callado silencio de las calles,
y los campos sembrados
y las constelaciones,
y su voz de madera me acompaña, me mira cómo crezco.
Todo el mundo conoce
que heredé de mi padre una bandera.

(De Umbrales de otoño, 2013)


GABO

Cruzan los teletipos los océanos azules;
ha muerto Gabo dicen, como si fuera un cuento,
allá en Colombia habita el buitre que cantaba
esa mala noticia que nos deja tan huérfanos.
El eco lo repite: ha muerto Gabo,
y un profundo dolor deja en los ojos lágrimas.
Macondo está de luto, con sus callejas lóbregas
y sus hombres alzados sobre el polvo del tiempo.

Cien años de soledad son pocos
los que nos deja el hombre
que levantó una patria con nombre de Macondo,
habitada por hombres y por mujeres tristes
tan solos en un mundo ajeno a la aventura.

Sólo queda en Colombia un rincón ignorado,
Macondo se llamaba y Macondo se llama,
algún aventurero buscará con presteza,
aquellos peces de oro de Aureliano Buendía.

(De El corazón de la gacela, 2015)



ESCRIBIRé UNA CARTA PARA CINCO

Cuando surja la luz de primavera,
y las rosas dibujen sonrisas de colores,
escribiré una carta para cinco muchachos,
contándoles lo mucho que gané con la vida.

Escribiré desde una nube blanca,
con una tinta azul que no la borre el tiempo,
porque no volveré a pisar las arcillas,
ni la dura tristeza del asfalto.

Contaré que mi vida
fue una historia muy larga,
con mapas y lecciones
en un palacio antiguo,
el fragor de los trenes
hacia el país del trigo,
la lluvia sobre el mar
y las arenas suaves.
El Cantábrico allí,
tan lejos de Granada.

Después vinieron ellos,
esos cinco muchachos,
y los días pasaron
con nanas y con besos,
con los ojos dormidos
en cuna almidonada.

Mi corazón estuvo
siempre en guardia con ellos
Y ahora que ya han crecido
y conocen los mundos de las hierbas
los nombres de los pájaros,
la música del mundo,
los placeres del libro,
creo que ya he cumplido
mi misión en la tierra.

Escribiré una carta para cinco
cuando la primavera arribe
y me inunde la casa de amarillos.

(De El corazón de la gacela, 2015)



CUANDO ME VAYA

Dejaré un silencio en el recuerdo,
sonidos de una voz que fue muy joven,
y un aroma de sándalo y cipreses
para que no me olvides.

Y ahora, cuando el sol desaparece
con la promesa de una noche clara,
las estrellas se esconden
y están muertas de tanta nívea luz.

Dejaré abierta la ventana.
Un gorrión divulgará mi huída,
y un frescor de mañana
anunciará mi marcha,
con trémula voz para llamarte.

Cuando me vaya
perderé las praderas,
los bosques encendidos de noviembre,
el verde del jardín en primavera,
la tenue luz de los planetas,
la sonrisa de un niño,
el calor de un amigo,

lágrimas de dolor por los caminos
que transité tan alta,
la caricia de un perro
que dio fuego a mis manos.

Cuando me vaya
habré perdido tantas cosas,
que creceré en trigal
por no morirme.

(Inédito)


Selección de Remedios Sánchez

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