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Publicado: Jueves, 09 de marzo de 2017

Enrique Moya


Enrique Moya (Caracas, 1958), poeta, narrador, traductor literario, ensayista, editor austriaco-venezolano, residente en Viena. Ha publicado trabajos de diversos géneros literarios en periódicos y revistas especializadas de América Latina, Europa, Estados Unidos y Asia. Poemarios: Memoria ovalada, bilingüe español-inglés (Eclepsidra, Caracas, 2000); Café Kafka, español-inglés (Labyrinth, Londres-Viena, 2005); Teorías de la piel-Manual del desamor, español-alemán (La Bohemia, Buenos Aires, 2006); Ante la Tumba de Søren Kierkegaard, español-sueco (plaquette-Söderberg, Malmö, Suecia, 2007); Poemas de la razón nocturna. Antología (Monte Ávila, Caracas, 2012). Narrativa: El mundo sin geometría (Eclepsidra, Caracas, 2013). Su poesía ha sido traducida y publicada a más de diez lenguas. Lecturas de poesía y conferencias de literatura en diferentes festivales y universidades del mundo. Enrique Moya es director del Lateinamerikanisch-Österreichisches Literaturforum.


Enrique Moya
Poemas de Café Kafka


Labyrinth, London-Vienna 2005
English-Spanish Bilingual Edition




Té con hielo
p. 145

Sueño que preparo té en la cocina.
Sueño a la vez con una antigua novia.


I

Los fósforos no producen chispa suficiente
para encender el fogón.

Entretanto, mi antigua novia comenta:
vive muy bien sin mí,
fue buena idea no casarse conmigo,
es muy feliz al no tener que criar mis hijos.

Una chispa hace llama finalmente,
posa serena sobre la hornilla.

Sus parientes están presentes en un rincón de la cocina.
El padre asegura vivir muy bien con su pensión.
La madre dice a su marido que debería pensar más
en el futuro de su yerno fallido.


El fuego se hace un cúmulo de nervios
cuando tiene encima de sí una tetera,
como si temiera que al terminar de hervir el agua
se le fuera a acabar la vida.

Es absurdo (pienso, mientras escucho susurrar la llama)
que se aparezca una exnovia
para dejar constancia, en presencia de sus padres,
de lo acertado que ha sido que aquello que no ocurrió,
en efecto no hubiera ocurrido.


II

Busco en la alacena Té de Ceylan.

Recuerdo un reportaje sobre los productores de té de Sri Lanka:
si no comprábamos sus cosechas —aseguraba—,
vendrían todos los cultivadores a sembrar barrios pobres
en los suburbios de esta ciudad.
El té tiene también su aspecto melodramático.

Mi exnovia dice a sus padres que pronto ha de irse.
Me mira, pregunta si la puedo acompañar
hasta la parada del bus.
Le digo, lo siento mucho, pero después de tomarme el té
cogeré un avión para Tasmania, donde me esperan unos amigos
para ir a recolectar miel silvestre.


III

Luego de cinco minutos de tiempo onírico,
el agua por fin alcanza el grado de ebullición.

Mi antigua novia me observa de arriba abajo.
Comenta de improviso haber visto ayer a mi hermano.
Lo vio apuesto y elegante.
Lamenta mucho que no hubiera podido ser su cuñado.

Pongo el agua caliente en la taza.
El sonido característico de un scotch on the rocks,
me advierte que en la tetera con agua hirviendo
flotan cubos de hielo.

Dice ella que nuestro divorcio,
de haberse llevado a cabo, habría sido horrible,
ni se lo puede imaginar.

Pongo dentro la bolsita de Té de Ceylan.
Me llevo la taza a los labios.

Luego de una leve pausa agrega que mi madre
(de haber sido finalmente su suegra)
habría estado muy triste con nuestra separación.


IV

Sorbo con cuidado el té hirviendo.

Mi exnovia toma de la mano a su madre, luego a su padre.
Sin decirles nada los mete en su bolso de cuero.
Acto seguido se arregla el chal para marcharse.

Oigo un abrir y cerrar de puerta.

Con la mano que tengo libre tomo una cuchara,
saco los cubos de hielo de la tetera
y los echo a la basura.





Casablanca
p. 162


Sobre las sábanas teñidas de nicotina
sueño que soy hombre y cigarrillo
a un mismo tiempo.

Sostengo el cigarrillo
con los dedos índice y pulgar
y el cigarrillo, que soy yo,
se quema a paso lento.

El humo se levanta.
Dibuja fantasmas similares a mi propio espectro
que luchan entre sí por imponerse.

Porque pronto se vuelven esculturas invisibles
o por mis propias reflexiones
acerca de la breve vida de un hombre
convertido en cigarrillo, no me es posible reconocer
al vencedor de la contienda.


II

La cajetilla roja con letras blancas
señalan mi marca en idioma alemán:
     CASABLANCA
     Feine Zigaretten neuen stils

«En efecto, debo estar soñando
(dice el cigarrillo que soy yo)
pues un hombre puede imitar perfectamente
la vida breve de un cigarrillo,
pero ningún cigarrillo puede hablar alemán.»


III

Lo que niega o confirma mi condición de tabaco
que consume a un fumador nunca satisfecho
es la advertencia de las autoridades de salud
en el extremo inferior del estuche:
«Este hombre es nocivo para la salud
No le dé la mano.
No encienda su boca.
No aspire sus palabras.
No escuche su humo.
No bese su tos»


IV

Mi cigarrillo se extingue en el sueño rojizo de mi cabeza.
Mi cabeza arde en el fugaz sueño de un cigarrillo.

Los hechos se imponen.
Levantan este eco las cenizas:
     «El placer es ley
     que todos han de respetar»

Acepto con una sonrisa moribunda
que soy un cigarrillo Casablanca*,
quien poco antes de ser humo
para luego desaparecer
escribe su breve autobiografía.




Poema de la dinastía Han

I

Tomemos tres palabras.
Una vieja, una secreta, una hueca.
Tomemos una idea sin adjetivo ni color.
Tomemos el magnetófono.

Hablemos directo al micrófono,
sin artificios ni disfraces.

Ahora, en estado de relax
reconstruyamos algunas imágenes
de una cultura muy antigua.

No hablemos de sus desgracias o sus derrotas,
no proclamemos sus fechorías.

Tan sólo imaginemos el paisaje de sus dominios,
el arte de su reino desaparecido,
a través de un trío de palabras tomadas al azar.


II

Las palabras elegidas son:
anciano, caligrafía, bambú

Añadamos otoño
(otoño es el color de la madera,
de buena madera para el poema).

Imaginemos una mañana,
de tonos ocres, de luces inclinadas.

Veamos a un anciano de una aldea
de la provincia de Shandong
en la China de la dinastía Han.

Oigamos el sendero alfombrado con hojas,
hojas muertas murmurándole a la brisa.

¡Que suene la canción de la morera
los susurros de una flauta de cerezo
un tono sin palabras al modo de Lao Tse!

Hagamos que el anciano,
en silencio piense en sus milenios,
en los elementos que se esconden
detrás de la apariencia de las cosas,

en cómo recogía pedazos de secretos
cuando aún las mozas lo buscaban
por el valle del Huang-He.

Veamos al frutero en el mercado
al vendedor de flores secas
y al conductor de una carreta con arroz
al final de la calzada a orillas del Hoang-Ho.


III

Contemos luego las palabras con el ábaco del frutero:
anciano, caligrafía, bambú.

Añadamos otoño
(como si escribiendo estuviésemos
con tinta de azafrán sobre una seda).

Reescribamos una estrofa del Tao
con la elegancia del anciano.
Borremos imágenes de tormentas
crímenes o guerras perdidas,
y dibujemos una flor de bambú
al final de este proverbio:
      «La escritura se detiene pero el significado continúa.
      Se abandona el pincel mas su poder persiste inagotable.»

Ahora, apaguemos el magnetófono.

Y en relax (con la mente en blanco
expuesta a los colores ocres del otoño) meditemos
en qué pudo haber sucedido
para que en Occidente se hable mucho
de la dinastía Ming
y nada de la dinastía Han*.

* En la dinastía Han se creo la primera Escuela de Pintura, que estaba íntimamente ligada al arte de la poesía. En el Valle del Huang He y a orillas del Hoang-Ho (o Río Amarillo) nació y se desarrolló la cultura china.





Poema sufí del eterno retorno
p. 184

I

En los paisajes olvidados de mi alma
vivía en un palacio de techo alto y paredes transparentes.
Era rico en saberes y en turbantes de bordes dorados.

No conocía el dolor propio;
no sabía que éste existía en los demás.
No era feliz pues era rico
tampoco infeliz, pues era humilde.
No era joven ni enfermo.
No era sano, tampoco viejo.

Nunca reí, por tanto, nunca sufrí.

Era dueño de un esclavo obediente
y ese esclavo era imagen de mí mismo.

En los paisajes olvidados de mi alma
la muerte negociaba sus cosechas a la luz del día,
la vida vendía el aliento de sus hijos entrada la noche.


II

Frente a mi palacio habitaban dos hermanas.
Una era espejo de la otra.

La una peinaba su cabello mirando a su gemela,
la gemela sonreía con la boca de su hermana.

Vivían solas, con siete abejas amaestradas
que depositaban directamente en sus labios
la miel que extraían del jardín de mi palacio.

Siendo anteriores a la luna y las mareas
no tuvieron nunca madre ni padre,
desde siempre habían estado allí.


III

Una noche decidí hacer un viaje.
Partí al siguiente amanecer.

En un sendero encontré a un niño.
Escribía en un idioma cuyas letras
tenían forma de insectos o nebulosas.
Bastaba una letra para dibujar el alma de un hombre
y dos, para dibujar el aliento de una hormiga.
Acepté agradecido una de esas letras
que el niño me obsequió no sé por qué.

En la entrada de un templo vi a una mujer
con un libro de piedra abierto sobre el vientre.

En sus páginas se formaban las frases
que engendran al sirviente, al amo
al pájaro delator, al árbol de fuego
al placer de la venganza, la cicatriz de la pasión
al sueño del sabio o al ábaco del usurero.
Ofrecí a la mujer cien limosnas por el libro.

En el mercado de un pueblo conocí a un anciano.
Padre de magos y filósofos, de profetas y mendigos.
Me dijo:

     «¿Ves esa lámpara? Tómala, es tuya.
     Frótala sobre la tumba de tu padre,
     que aun estando muerto
     sigue siendo un hombre sabio».

Fui y la tomé.

Con este último suceso en la memoria,
y mi alforja llena de objetos que nunca antes había visto,
comencé el largo camino de retorno.


IV

Meses más tarde vino un perro a visitarme.
Se sentó frente a mí.
Me habló con la mirada.
Sonreía mientras me revelaba el lenguaje secreto de los lobos.
Percibí ternura en sus colmillos.

Luego se acercó, posó su cabeza en mi regazo
y se le escapó una lágrima.

     «En la religión de mis ancestros —dijo el perro—
     no existe el malo o el bueno, ni la enfermedad
     como castigo. Pero una vez que este cuerpo
     claudique ante el acoso de mi alma,
     mi cielo (o infierno) va a ser una noche eternamente iluminada.»

Y aunque nunca había conocido la risa,
ese día conocí por primera vez mi propio llanto.

Vacío por fuera, vacío por dentro
antes del crepúsculo abandoné mi palacio
sin decirle adiós a las gemelas.

Regalé al perro todas mis riquezas
y le pedí perdón por no haber entendido mejor
el idioma de sus ojos.

Sobre la tumba de mi padre froté la lámpara antes de partir
como el anciano había sugerido.
Pero nada sucedió.


V

En el libro de piedra que cambié por cien limosnas
(cuyo título y autor tengo prohibido revelar)
aparecen dibujados los paisajes aún no vistos por mi alma
que por sino tendré que transitar.

He organizado mis dudas en frases cortas.
A cada frase he asignado un preciso itinerario,
usando como números y letras
insectos de la selva o siluetas de nebulosas.

Las primeras líneas de ese libro
contienen cuatro versos manuscritos
que por intuición pude traducir:
     «La verdad de mi pasado
     yace en la flor del azafrán,
     y la llaga de mi alma
     en la lengua de un perro»

Ignoro qué significan estos versos
(haber sido perro o azafrán, en el tiempo remoto
cuando el idioma de los hombres, plantas y animales era uno,
es una certeza más allá de cualquier sueño)
aunque su imagen transparente es como el cristal.

Preguntas, sugerencias y colaboraciones enviar al correo-e:     pcnetinfo@panoramacultural.net