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Publicado: Viernes, 20 de octubre de 2017

Crucé el puente otra vez


El sábado 14 de este mes crucé el puente del Café Concert nuevamente y me encontré con Nicolás Salvador otra vez… había llevado su guitarra por cierto. Gracias a él, tuvimos otra tarde imborrable en la dimensión que nos propone la Federación Nacional Víctor Jara con su “puente” hacia una “cultura diferente”.

Pero antes de entrar en esas profundidades teóricas, debemos dejar mejor constancia esta vez de lo que Nicolás nos ofrece magistralmente con su trabajo, así podremos entender mejor la “diferencia”.

Comenzaremos por destacar la maestria de Nicolás como guitarrista. Toda mi vida he escuchado música con gran devoción y, sin ser experto y ni cerca de serlo, me siento capáz de decir que a su nivel se llega bastante más tarde en la vida de un músico. Además de virtuoso, Nicolás nos sorprende como compositor. Agrega a ello algo muy importante en un gran artista: la modestia.

Esa tarde del 14, Nicolás nos paseó por Brasil, Cuba, Francia, Alemania, Argentina, Chile e Italia. Una vez más con un repertorio fruto de una acuiciosa investiagación, entiendo. Por un lado nos presenta compositores poco conocidos -al menos en estos fríos escandinavos- y de los famosos, nos presenta variaicones a sus obras originales. Como si fuera poco, un par de tonadas de su propia autoría.

Su dominio de la técnica viene acompañado de un conocimiento del contenido e historia de la obra que interpreta. Es en este aspecto que deseo extenderme hoy, porque las presentaciones de Nicolás Salvador hacen la “diferencia”; son una suerte de clase magistral que enriquece la experiencia de haber asistido a un concierto. Deberían grabarse, para que perdudraran como documentos de esa forma de hacer cultura iniciada en nuestras universidades antes de la noche fascista. Y sobre todo durante la reforma universitaria de 1968/69, en que se plantearon principios renovados para la función “extensión cultural”, justamente en el sentido de no entregar cultura verticalmente, presentando una obras como un monumentos… como “un aquí están el artista y su gran obra”, admírela. Al contrario, se buscó entonces que esa extensión cultural que emanaba de las organizaciones generara interacción con el receptor e incluso hubiera intercambio, de lo que salía incluso inspiración para continuar con la idea de hacer cultura para el pueblo.

Nicolás presenta una forma de hacer aquello, su modestia lo induce a explicar qué está interpretando y lo hace con empatía y humor, hasta nos hace reír. Así el peso de la virtuosidad y la profundidad de la pieza interpretada se apodera de tu mente y sientes que la comprendes.

No deja de ser que se haya producido esa feliz coincidencia en la que un joven músico, que no presenció el nacimiento de la “nueva canción chilena”, ni el surgimiento de la esperanza con el gobierno de Salvador Allende, y tampoco vivió los 17 años de oscuridad cultural de la dictadura, esté sobrepasando la línea del artista élite a la medida de lo que durante más de un siglo se intentó para hacer del arte el arte del pueblo. Concidencia con el propósito del “Café Consert – por una cultura diferente” que espero se siga produciendo, porque me consta que son muchos los artistas y creadores que quisieran emular esa manera de trabajar y no consiguen espacio.

Está en nosotros mismos, además, ayudar a reforzar y mantener habilitado ese puente.

Germán Perotti

17 de octubre, 2017

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