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Publicado: Viernes, 29 de diciembre de 2017

Variaciones sobre la vida mundana de una MUJER INFINITA (Parte 1)

Esteban Ascencio


DĂ­a 15

En el rostro hay toda esa dureza y todo ese misterio. Nunca falta.

Imagínelo usted, ya son años acumulándosele en las orejas las infinitas contradicciones. Seguido decía: “lo malo no es decir lo que se piensa sino decirlo sin pensar”.


Al final me contĂł:

—Cualquiera en mi lugar se habría dado cuenta. Los niños además de mirarme, tenían dos posibilidades más: matarme o salir corriendo, ¿puedes creerlo? Optaron por la segunda. En momentos así uno pensaría que la prisa es el mejor aliado, pero cuando hay ausencia de “pensamiento,” tú me lo has dicho, queda el instinto, el miedo. Qué podía hacer.

—¿Qué estás diciendo? —intervine. Poco antes como a un boxeador de quince asaltos la cara se le endureció, lo mismo que a un padre cuando mira en el ocaso lo inútil de su vida, así él con la izquierda sujetaba la muñeca derecha para sostener la barbilla. Yo lo ojeaba, pero no estaba seguro de ser él a quien veía. La lentitud crecía a cada instante, la prolijidad como en un juego de magia desaparecía. Si bien el destino le traveseaba nueva broma no le impedía contravenir aquello que se dice: “a este mundo venimos a sufrir”, “y quién carajos, lo dispuso”, dijo Padua. Se le veía el abocetamiento, pero no la rendición. La amargura irisada del desconcierto como enfermedad de hígado le manchó el rostro. Era claro, a Padua ya las piernas no lo soportaban y como otros estaba dispuesto a renunciar, aunque lo callara. Bastaba con decir “ya no más”, pero su terquedad lo salvó no sé cuántas veces. Pero yo pienso que “no hay heroísmo que valga cuando delante se tiene a la madrastra simulación”. Se ven claramente inútiles los afanes humanos.

—¿Has visto esas ramas secas que en otoño se desprenden de los árboles, y que llegan a incrustarse muchas veces en la tierra? Pues así me sentí. Pasaba por un costado de la casa, las hojas parecían de higuera y asomaban por entre las rejas del zaguán. Era mediodía y el aire además de caliente, sofocaba. Me detuve entonces y vi aquel par de niños en el patio con un arma cada uno mirándolos consumirse en un gran charco de sangre. La mujer parecía ya muerta y el hombre tosía y tosía, vomitaba sangre, no dejó de toser hasta morir. Los niños no tenían más de trece años, tal vez quince; el más voluntarioso, según vi era el más joven. Verlos allí parados me pareció la metáfora más cruenta de la vida, ¿puedes creerlo? El mundo se reacomoda en el sentido inverso a las manecillas del reloj, pensé. Se desajusta el tiempo, dirán otros. Será lo que sea, pero ver aquello me resultó ingrato. No podía ser cierto, pero lo era. Los niños salieron como debieron entrar, nada les importó, nada les incomodó.

Poco después la gente comenzó a llegar y hablar de los muertos: “eran buenas personas” decían unos, “no se metían con nadie”, comentaban algunos más, “a nadie le hacían daño”, murmuraban los más cercanos; cuando de entre todos ellos se escuchó la voz áspera y franca de aquel anciano: “deberían guardar sus opiniones, no son más que tontas ligerezas. Yo, aquí donde me ven, viejo y todo, a mí ya no me sorprenden muchachos como ésos, la vida enseña, hay que mirarla nomás”. Dijo, y dio media vuelta. Nadie le hizo caso, yo me escabullí entre el gentío para acercarme a él, pero no lo alcancé, y lo seguí.

Mientras iba tras él recordé aquella película rusa donde un el hombre de entre tanto escombro asoma por encima de la montaña de inmundicia, y camina y camina, no para de caminar a pesar de lo difícil de abandonar aquel muladar. Uno hasta ese momento no sabe de dónde viene o a dónde va. Pero prontamente nos enteramos que todo se fue a la fregada.

“Él me ayudará”, pensé. Su casa no estaba lejos de allí, lo vi abrir la reja y antes de que entrara le grité: “hey, hey, señor ¿podría hablar con usted?”, el viejo volteó y sin decir ni sí ni no, se detuvo. “Vengo de lejos,” le dije, él continuó sin decir palabra. Me sentí enjuiciado, cuando me escrutaba como si yo portara algún virus contagioso. “Estoy perdido podía orientarme usted. Mi nombre es Padua”, mencioné.

—Y quién le ha dicho a usted joven que yo puedo orientarlo.

—Nadie señor. Sólo lo pensé. Lo que menos quiero es molestarlo. Soy médico.

—Y si usted es médico… ¿Estaba allí en la bola?

—Sí.

—Y por qué no ayudó a esos dos…

—No lo sé. Sinceramente no pude. Tuve miedo. En esas condiciones no sé quién les hubiera podido ayudar. Pero créame, después lo intenté. Cuando me acerqué la mujer ya estaba muerta y el hombre moría, ya no había nada que hacer —Por primera vez la sinceridad me supo a podrido, amargo y podrido y cada vez que movía los labios sentía como si una cáscara se me incrustara entre los dientes y me provocará desilusión. Créeme R, quise justificarme pensando que se trataba únicamente del ladrido de los perros, ve a saber cuántas veces lo he pensado, en el fondo lo sabía, no se trataba de ningún cansancio, y cuando respondí: “No lo sé”, el viejo no dijo nada y bebió uno de los últimos sorbos de agua de la botella que traía en las manos.

—¿Usted los conocía? —pregunté.

—Conocerlos, conocerlos, no, qué va, aquí nadie se conoce. Los saludaba nomás. Y los niños que vio usted ahí paradotes, eran sus hijos. En los últimos años las cosas por acá se han puesto feas. Pero yo creo que pasa en todo el mundo.

—¿Sus hijos? —escudriñé sorprendido.

—Acérquese un poco más y hábleme más fuerte, ya no escucho bien, cada día estoy más sordo. ¿Qué dijo?

—Pregunté, si eran sus hijos.

—Sí, joven, sus hijos —dijo el viejo llevándose un pedacito de rama seca a la boca que traía en la mano —y no vaya usted a pensar en los motivos, no es necesario, los motivos casi siempre sobran y también hacen falta, pues qué caray. Todos en el vecindario alguna vez los escuchamos gritarles que entraran a la casa. El llanto de la madre siempre se oía clarito, lo tengo todavía aquí en mis orejas, el señor era más tranquilo, los dejaba que se fueran. Pero siempre uno comete errores. Si los hubieran dejado ir nomás, nada les hubiera pasado. Allá esos chamacos. “Ya cayeron dos más”, dije cuando escuché los disparos y enseguida me acerqué de mirón. Eso es todo. Ahora, dígame. Y ¿qué clase de médico es usted? —volvió a preguntar el viejo, ahora con voz pastosa y algo deshilada según recordaba Padua. —Dígame ¿pa´ dónde quiere ir? —Insistió sin dejar de mascar el pedacito de rama que jugaba entre los pocos dientes que aún le quedaban. Daba la impresión de no querer parar jamás, como si fuera una máquina trituradora trabajando de día y de noche, los escasos dientes la molían y remolían. Me contó Padua.

—Soy médico general, y después de un tiempo me especialicé en cardiología.

—Y qué es eso de la cardiología, me puede decir.

—El cardiólogo se ocupa de los problemas del corazón, cuando el paciente los tiene desde luego.

—Mire nomás, entonces usted tal vez pueda socorrerme. Llevo años con un sentimiento metido aquí, mire usted, aquí mismo, aquí mero, en el corazón. Ya no debe tardar en matarme, ojalá no tarde. Lo que son las cosas. Pero quién sabe, no sé si usted podrá ayudarme.

—¿Padece usted del corazón?

—Sí, y de qué manera joven. Y también sé que lo mío ya no tiene remedio, pero es mejor así. A veces un mal no siempre es un mal, eso digo yo, pero quién sabe. Padecerlo es lo que me mantiene vivo. Y dígame, ¿qué hace hasta acá un médico cómo usted? Qué, por allá de donde viene, no hay hospitales donde trabajar, no hay enfermos.

—Sí, sí, los hay y muchos. Los hay en todos lados

—¿Y luego?

—Pues verá, hasta ahora he dedicado parte de mi vida a servir a quien pueda ayudar. Pero nunca antes había estado por acá. Desde muy chico, siempre tuve ganas de conocer estas tierras.

—No le voy a preguntar por las ganas, pero, usted cree que la gente de por acá se enferma diferente.

—No. No creo eso.

—¿Y luego?

—Pues, quien sabe. Vine porque creo que puedo ser útil.

—¿Y qué?, por allá no.

—Sí, pero yo no me opongo al destino.
—¡¿Qué?! No sea ingenuo joven, eso del destino es pura charlatanería. Basura.

—¿Usted cree? Como sea, pero lo que me sucede, me parece signado.



—Bueno, bueno. Quedémonos cada quien con lo que piensa del destino. Y dígame, se dio cuenta que no ayudará mucho.



—¿Qué? ¿Cómo?

—Dije que si se dio cuenta que no ayudará mucho.

—No. Pero tiene usted razón…

—¿Sí? ¿Y en que tengo razón?

—…Violencia hay en cualquier lado. Y créame, estar aquí o irme de aquí no depende de mí.

—¡¿No?!, y entonces de quién depende.

—Qué diría si le dijera que por vocación estoy aquí.

—Le diría que está bien, pues qué caray. Es usted muy joven, y enseguida se le ve la terquedad —dijo el viejo y luego lo invitó a pasar —venga le ofrezco un vaso de agua y veamos de qué forma podemos ayudarnos. Pase, pase.
Como otras casas del vecindario, según me contó Padua, la suya tenía un corredor que los llevó derecho a la puerta de entrada. No tenía patio como la de los muertos, pero si un jardín con rosas y claveles, y entre ellos sobresalía un oasis de girasoles. El viejo los señaló y le dijo que era la flor preferida de ella.

—Tengo unos amigos a quienes también les gustan los girasoles —dijo Padua.

—¿Sí?, y quiénes son esos amigos suyos —respondió el viejo.

—Sus nombres son R y Figlio, los enloquecen.

—A mi Patrica también, pero yo creo que son cosas distintas.

—Claro, los motivos cambian.

—Lo ve. No me equivoqué —murmuró el viejo.

Padua no respondió en seguida. Pensaba en el gesto endurecido de la cara del viejo después de poner la llave en la cerradura y abrir la puerta. Por ambos costados las cejas se le venían abajo y la boca chueca ya por el tiempo, le recordó antiguas ventanas de madera donde los chiflones de aire entran sin olear cortinas. Los labios ya de tanto enchuecamiento se habían acostumbrado a esa forma oleadita que tienen las serpientes al deslizarse por una pendiente arenosa. La cara era, digamos, un amontonadero de escombro. No así la casa, que siendo modesta podía apreciarse el buen gusto, y aunque la tenía un poco olvidada no deslucía. La lámina de hierro que formaba la puerta semejaba la corteza de un árbol milenario. Del tiempo, la chapa había recogido el óxido dándole un humor a baúl recién descubierto. Los muebles iban más allá de su aspecto, equilibraban el temperamento a cualquiera. Se respiraban los días de cuando habían sido tallados, mostraban la particularidad del pasado como si en ellos hubiera sido escrita su historia. En los tonos y los silencios aun del esculpido podían verse las horas del artesano haciendo el trazo de la figura más tarde acanalada donde descansaría la línea de bronce que sin ser lo mejor destacaba de entre todas las demás piezas.

De las paredes colgaban fotografías muy bien enmarcadas, los tamaños eran distintos y aunque empolvadas, fieles permanecían al recuerdo. A pesar de su forma rectangular la hechura y la madera era distinta, los había hondonaditos y también lisos y otros que por encima fulguraban un recuadro destacando aún más la imagen. En todos ellos se apreciaba la foto de la misma mujer en diferentes momentos de la vida y en situaciones distintas. En una de ellas, estoica y de perfil la mujer lee sentada en una mecedora. Del respaldo se desliza hasta tocar el piso lo que parece una bata de seda negra, mientras la muchacha de entonces con el tobillo izquierdo sobre el derecho se impulsa ligeramente hacia atrás meciéndose (debió ser así), pues en el instante en que el obturador la atrapa, la silla ondula su natural reclinación y su espalda concentra la fuerza destacando en el impulso la planta del pie derecho. Antes, la tensión debió correr por la pantorrilla haciendo escala en la rótula para enseguida continuar la carrera ascendente sobre la pierna desembocando finalmente en las nalgas, donde el impulso advierte un poco más de fuerza, desplazándose luego por la columna hasta dar con la cabeza arqueada, desde esa posición tira la vista sobre las páginas del libro que lee. Los marcos son sencillos, pero la mujer hace que las proporciones sean mayores. En otra la joven a tres cuartos mira a la izquierda, hay cierta ligereza en la vista, el cabello recogido cae por el frente, abultado atrapa y juega bocanadas de viento; no hay forma de evitar el sesgo en los ojos, el perfil es de identidad única e irrepetible. Allí, en esa fotografía, fue donde el viejo encontró a Padua, desplazando la vista sobre el cuello de la joven mujer de entonces.

—No hubo otra, para mí no hubo otra, ella fue la única. El día que la vi, lueguito supe que entre ella y yo pasaría todo, pues que caray. Por cierto ¿usted cree en el amor a primera vista, como se dice?, porque yo, francamente ahora, ya no sé, pero aquel día me enamoré de ella enseguida. Me bastó verla. No sé si aquello fue amor a primera vista, pero lo que es a mí, como le digo, me bastó con verla. Estando con ella, nada más no quería que pasaran las horas. Era alta y llenaba mi vida. Ahí no se ve, pero mi Patrica, sí que era una mujer alta y sesuda, así de alta, mire usted —señaló el viejo por encima de su cabeza agitando el brazo derecho —, y de sesuda, no había quién la igualara. Libro que le caía en las manos, libro que leía. ¡Cuánto no leyó! ¡Cuánto canijo libro no se llevó en su cabecita bonita! Si no hubiera sido por ella, yo qué canijos hubiera sabido, ni una palabra, se lo juro, ni una palabra hubiera conocido, yo soy de cabeza dura, usted joven, cree que hubiera aprendido algo. ¡Qué va!

Seguido me preguntan por ella. Yo no sé qué decir. Se fue tan joven que de verdad no sé. A veces creo que por eso le tengo mala voluntad a Dios, y ha de ser por eso que me castiga.

—No diga eso. Dios no castiga. Somos nosotros dice mi amigo Salvador, quienes nos flagelamos.

—Ah, eso no es verdad, si fuera verdad, por qué sigo yo aquí joven. Dígame, por qué sigo aquí.

—No lo sé.

—Bueno, olvidemos eso, pues que caray. Era tanto el saber de mi Patrica, que no sé qué canijos puedo decir. Pero se me vienen a la mente un montón de cosas, como la primera noche que salimos… Mire nomás, usted viene aquí por algo y yo contándole “retorcidos recuerdos,” pero usted es médico y pues, de por aquellos tiempos vengo cargando dolencias.

—No se apure —comentó Padua —a mí me gusta escuchar, hace tiempo una amiga de R, le dijo de mí: “Padua es un hombre que sabe escuchar”. Yo creo que me definió bastante bien. Así que no se apure.

—Gracias, joven. Pero no tiene por qué soportarme. Mejor lo olvidamos y san se acabó.

—No. Por favor no diga eso. De verdad, no se preocupe. Si a usted no le importa a mí me gustaría seguir escuchándolo.

—¿Seguro?, ¿no se arrepentirá?

—No, cómo cree usted, no diga eso.

—Y pues, qué le digo, seguido pienso en ella, y es aquí donde me paso horas hablando, aquí hablo y hablo parezco perico enjaulado. A dónde más puedo ir. Cuando ya se es viejo no queda más que resignarse, un viejo siempre se queda solo, no lo cree usted joven. Y no está mal quedarse solo, pues qué caray. Lo malo es que llegado el momento se apesta uno. Aunque, por otro lado, qué más puede hacer un viejo sino esperar, y ¿qué canijos espero yo? Dice usted: “no lo sé”, pero, yo ya no hago otra cosa. Bueno, sí, a veces me distraigo un poco, como hoy; ya vio donde me encontró. Todos los días salgo a caminar, camino medía hora o una hora, y a veces nada más ando de metiche; a ver cuántos más se matan, o como dicen los vecinos: “nada más le anda buscando tres pies al gato, un día de estos, si no deja de andar de curioso, se va a encontrarme con una bala perdida”. Perdone que diga esto, pero, dígame usted, si esto no es un callejón sin salida, qué es. Y yo me pregunto ¿a dónde nos llevan estos hijos de…? Y nosotros ahí como rebaño detrás de las hierbitas que nos van tirando. Ya ve usted, esos niños a balazos cortaron el cordón umbilical. Ahora, si me perdona, ya no quiero hablar más de mi torcido pasado, ya le digo, yo no soy tan sesudo como mi Patrica, ella sí que lo era, no paraba, buscaba y buscaba hasta entender todo. Y yo pienso, sabe usted, que no todas las cosas deben entenderse, pa´ qué, pero ella qué me iba a ser caso.

—Eso mismo pienso yo —dijo Padua



DĂ­a 16

DormĂ­ mucho mejor. Hoy amanecĂ­ de buen humor. Sigamos con la historia de aquel anciano.

—Fíjese —mencionó el viejo haciendo entre el índice y el pulgar una medida —, si algún día yo logro entenderme, aunque sea así de poquito, creo que estaré en mejores condiciones pa´ entender a otros, pa´ darme a entender al menos, no le parece a usted joven. Pero pa´ que me hago, si a mí ya no me queda tanto tiempo. Ahora por lo pronto mis preocupaciones son sólo mías. Antes, por ejemplo, la soledad no era tan mala, hay la íbamos pasando mi Patrica y yo. La soledad no era tan fría como ahora que ya no está ella. Había veces que cuando salía a la calle y se le hacía tarde, yo la esperaba allá afuera recargado en la reja, y lueguito la extrañaba, pero me contentaba porque sabía que en cualquier momento llegaría, ahora, aunque me engañe y la espere paradote allá afuera ya no cambia la cosa, ya me fregué. Ya de nada sirve, ni contándome mentiras pasan las dolencias. Pero no hay día que en algún momento la recuerde leyendo en voz alta como a ella le encantaba hacerlo. Nada como leer en voz alta la ponía tan contenta, abría sus ojos, así, mire, como de botón de abrigo. Yo sigo su ejemplo, pero ya no es igual, cómo va a ser igual si ya no está ella. Su voz, ¡cómo me hace falta su voz! Pa´ empezar yo no leo también como ella, ahora está usted, pero nunca desde que ella se fue he vuelto a leerle a alguien más. Me pasa como aquel que perdió la ilusión, y sabe qué es lo más triste de esto, que no tengo ni idea de cómo se siente cuando se pierde la ilusión, ja, ja, ja.

—No sé qué decir —comentó Padua.

—Pues no diga nada joven, o diga lo primero que se le ocurra.

—Eso precisamente no quiero, además, no se me ocurre nada. Siento como si mi pensamiento me abandonara. Dice mi amigo R, que: “la ausencia de pensamiento es lo que mata a un hombre.”

—Y cómo es eso, joven amigo.

—No lo sé, pero imagino que, al no haber pensamiento, el sentimiento nos inunda.

—Entonces desde hace ya mucho tiempo yo estoy inundado. Pero de esas cosas no entiendo, y menos ahora. Ha de ser lo que digo, la torcida desilusión. Y la soledad, en casos así, viera cómo pesa, joven, viera cómo pesa. A mí hasta me impide caminar a veces, es más venenosa que la maldita gota; y ahora más que se ha juntado con la sordera, ya comienza apartarme del mundo y dentro de poco serán los ojos y pa´ qué más le cuento...

—No se angustie, verá que no será así. Es usted todavía un hombre fuerte y con demasiadas cosas por hacer.

—Usted cree, joven.

—Sí. Yo, por ejemplo, le agradezco la invitación a su casa, de no ser por usted, no sé dónde estaría; y si me permite me gustaría revisarlo.

—¿Revisarme? No, ¡qué va!, no se apure, joven. Le digo que es mayor la ausencia de ella, está por encima de cualquier dolencia. Y como usted me ha autorizado a contarle, le diré que la muchacha de allí es mi Verónica. Verónica fue el nombre de pila de mi Patrica. Siempre me agradó su nombre, pero a ella le gustaba que la llamara Patrica.

—¿Y por qué?

—¿Por qué?, pues verá, un día le dije que, pensando en la Patria, se me ocurrió el nombre, así de fácil, así de sencillo, pues qué caray. También le conté de por aquellas tierras de mi infancia, y le dije que para mí esa sola palabra reunía a la Patria, y a la Tierra donde nací, a aquellos tiempos de la infancia, con el tiempo uno se vuelve un llorón. A ella le gustó mucho, y, qué le puedo decir, pues, así fue. Ella rápido se encariñó con el sobrenombre, y de lo que uno se encariña, pues nada más no se olvida. Y, ya ve usted, míreme a mí. A ella le gustaba mucho leer, los libros eran su gran amor, jamás dejó ese hábito, yo he leído algunos libros, muy pocos, pero lo hice gracias a ella, se lo debo a ella, como otras tantas cosas. Ahora leo muy poco, pero lo hago en voz alta como si mi Patrica estuviera escuchándome, lo hago pa´ que se enteré como he avanzado. Pa´ que se dé cuenta y vea cómo hice a un lado el miedo de leer en voz alta. ¡Caramba!, cómo extraño su risa. “Tu voz parece silbido de viento”, le decía apenas comenzaba a leer. Y sí que lo era. ¡Caramba!, se oía rete bonito y más cuando le daba por cantar.

Ve usted estos libros, joven, y los de allá, pues todos son de ella y todos los leyó. Se volvía loca leyendo, con un libro en las manos se le figuraban tantas cosas, y no paraba de hablar y a mí eso de a tiro me gustaba, me enseñaba qué tan misteriosa es la vida. Desde cuando era niña su papá comenzó a comprarle libros y libros, tal vez porque era la única hija, pero quién sabe. Me contó que pa´ su papá no había libro que no quisiera comprarle, pa´ él su hija era parte del libro. No había uno que no lo hiciera pensar en su hija, en mi Patrica. Y cuando nos casamos yo seguí alimentando su vicio. Cuando deseaba verla linda con su enfado, porque ella enfadada era la mujer más linda que han visto estos ojos, pues, le reclamaba, le decía: “tú nomás les de puro vicio”, y ella comenzaba lueguito a hacer sus muecas. Casi no hablo de esto, pero sus gestos eran cosa única. Usted, joven ¿ha visto leer a una mujer en voz alta?, ver lo que se dice ver. Si no lo ha hecho, hágalo, se lo recomiendo, no se arrepentirá. A mi Patrica, apenas comenzaba a leer le crecían figuritas en la cara. Tenía gestos chistosos, pero en su rostro se podía ver todo cuanto sucedía en la novela, allí mismo le crecían los personajes.

Una noche, de las primeras que me leía, no aguanté más y me fui al baño a quitarme las canijas lágrimas. “¿Qué te pasa?,” me preguntó, “nada, no me pasa nada”, le dije y seguí caminando al baño. No sé si fue el libro lo que me provocó el llanto, pero ver a mi Patrica al tope de la emoción pues me hizo llorar.

Leía sobre todo novela, pero no había día que no leyera poesía: “Unas gotitas de poesía a diario nos hacen bien a todos. El mundo se ve distinto”. Decía y lo recordaba cada vez que nos reuníamos con amigos o familiares. Pero eso del vicio no era cierto, no era lo que yo pensaba, en realidad pensaba que se veía muy linda cuando leía, pa´ mí fue la imagen más bella, como le digo, por esta, miré usted, por esta, que no han visto estos ojos imagen más hermosa; y su voz amigo mío, me conmovía más allá del alma. Una vez que su canto entraba por mis orejas lueguito me apartaba del mundo. Véala usted mismo, no le parece encantadora, es bonita leyendo allí en la mecedora, no lo cree. No. No se avergüence joven, ella andaba así por toda la casa. Le gustaba andar en cueros.

—¿Y se lo dijo a ella alguna vez? —preguntó Padua, tirando la vista para otro lado.

—¡Ja! ¡Qué si se lo dije!, no me cansé de repetírselo, fueron muchas las veces, no sé cuántas. Todo el tiempo. Eso de que era un vicio nos divertía, yo lo decía nomás pa´ divertirnos. Ella tenía muchos dones, pero el de la lectura era el más grande, creo yo. Toda esta pared, cada uno de ellos, yo se lo regalé —dijo el viejo caminando orgulloso de una orilla a la otra; con paso casi marcial y doliente los contemplaba como si su Patrica, me contó Padua, caminara junto a él (yo me identifiqué mucho con aquél viejo, y pensé incluso que mi vida era muy parecida a la suya). El hombre aún conservaba esa expresión entre cortada y turbulenta que lo seguía desde aquel domingo—, eso sí —dijo el anciano—, los que yo le compré eran los que más leía. Llegaba a leer hasta dos o tres veces el mismo libro, yo sabía que eso iba a pasar porque cuando lo terminaba decía: “Hay una comunicación íntima entre el autor y yo, que aún no descifró”, y comenzaba a leerme frases, en un rato me leía el libro en puras frases; de no ser por ella seguiría de bruto. Cuando la conocí yo no leía nada, nada, pero luego encontré el gusto por los libros y comencé a sentirme diferente, y, ¡caray joven!, qué le digo, los domingos, sobre todo, nos pasábamos horas hablando de libros, de autores que a ella mucho le gustaba como escribían, su pensamiento digo yo. A mí al principio no me agradaba, me aburría y a veces me dormía, en varias ocasiones pensé que eso no nos llevaría a ninguna parte, pero ya ve, uno a cada rato se anda equivocando y lo malo no es eso, digo yo, lo malo es no darnos cuenta. ¡Qué equivocado estaba!, no le parece, joven amigo. A mí lo que más me gustó fue enterarme de la vida de esos hombres. Ella leía novelas y poesía, y yo leía la vida de los escritores, de algunos, no de todos. En el trabajo muchas veces a la hora de la comida los compañeros me sorprendieron leyendo, y no faltó la broma, me preguntaban que cuándo era el examen, ya sabe, nunca falta la guasa entre los conocidos. Después se acostumbraron a verme leer y algunos hasta me preguntaban que, si era interesante el libro, y yo, qué les iba a decir, pues que sí. Y les platicaba del hombre o de la mujer de quien leía su vida. Al jefe creo que no le gustaba verme leer, torcía la boca cuando me veía, pero eso a mí no importaba, total, no lo hacía en horas de trabajo. De lunes a viernes cualquier tiempo libre se lo dedicaba a la lectura, leía en el autobús cuando iba al trabajo y cuando regresaba, y a la hora de la comida me apuraba a terminar y siempre me quedaban algunos minutitos pa´ leer. Gracias a mi Patrica, la lectura más que un hábito, se me hizo una necesidad, me comenzaba en el pecho un hormigueo y para calmarlo corría a agarrar un libro y me ponía a leer. Pero, como le digo, ella era la lectora, cuando me leía todo en mí cambiaba. Aquél de allá era su lugar favorito, leía desde allí merito mientras yo le preparaba su tacita de café, ¡ah!, eso sí, nunca me la perdonó, antes de irme a trabajar la dejaba leyendo y bien acompañada de su tacita de café. ¡Cómo le gustaba beber una taza de café mientras leía por la mañana! Luego ya se ponía hacer los quehaceres de la casa y a preparar la comida, pero la tacita de café no se la perdía por nada.

Cuando llegaba de trabajar, antes de entrar ya se escuchaba su voz desde la puerta y también clarito se oía el viejo rechinido de la mecedora, la ve usted, la sigo conservando como la dejó ella. Ahí leía, se oía como silbidito de viento que anuncia la lluvia, y ya ve usted, joven amigo, con que brío le exaltan las carnes. No. No se avergüence joven, ya se lo dije. Ella misma me lo decía, fue ella quien la colocó ahí, al principio yo bien no estaba de acuerdo, pero cuando una cosa se le metía en la cabeza, no había manera de hacerla cambiar. Con los años uno se va acomodando en su lugar. Yo rápido me acostumbré a su carácter. Ande, véala, era linda mi Patrica, no lo cree. Además, por mirar no se cobra, y menos lo bello. No hay porque avergonzarse. A mí al principio no me gustaba que anduviera en cueros. “Tápate —le reprochaba —los vecinos te van a ver y van a comenzar con sus cosas.” “Qué cosas”, me preguntaba ella. “Pues cuáles han de ser mujer, sus habladurías, dirán que estás loca, que eres una desvergonzada”. Pero ella nomás decía: “Por mí que digan lo que quieran, a mí no me importan sus opiniones. Si supieras lo bien que se anda así, ya andarías tú también encuerado”. Y miré lo que son las cosas, joven, ahora que quiero, pues, como voy andar mostrando esto, puros pellejos, puro cascajo me queda ahora en el cuerpo. Mi Patrica tenía razón en casi todo, siempre tuvo la razón. La gente nunca dejará de ser malpensada. Luego entendí cuánto bien le hacía a ella y la verdad, cuánto bien me hizo a mí. Dirá que me falta un tornillo, pero verla era un espectáculo, verla pasearse desnuda de un lado para otro. A mí se me botabas las canicas, me desordenaba el pensamiento. A veces, después de la cena, hasta yo mismo la mecía, jalaba una silla y me sentaba allí donde está usted ahora parado. Me imaginaba cada cosa, algunas se las dije y otras no. Los domingos, cuando terminábamos de almorzar comenzaba todo…, y ahora, ahora que no está ella no halló qué hacer con los fregados domingos y ya no le digo cómo me va por las noches.

—Y ¿qué lee en estos días? —Intervino Padua, mirando al viejo tallar con los índices los ojos, manía a la que se había acostumbrado desde aquel domingo, cuando su Patrica partió, siendo aún muy joven.

—¿Qué leo? No, ya casi no leo, a veces, pero ya casi no. Nada en particular. Leo poquito de todo. Un poquito de aquí y un poquito de allá. De todo, por eso le digo que nada. Ya no es como antes.

—Pero algo debe haber que no haya leído y que usted quiera leer.

—Sí, mucho, casi todo, pa´ leer hay demasiado, pero a veces las ganas ya no son suficientes. “A veces creo que se pierden entre las sombras del tiempo, a todos vencen por igual,” decía ella.

—Puedo contarle algo.

—Sí, cuente usted lo que quiera joven.

—Fíjese que mi amigo R, dice que leer un libro es la experiencia más pura y digna de la amistad.

—Sí, sí —le dijo el viejo—, yo también así lo creo. Entre mi Patrica y yo además de amor hubo una gran amistad.

—Mi amigo piensa que el encuentro se da en el nivel más alto del respeto, y dice también que la relación es por afinidad electiva, aunque, no deja de recordarme, que, en eso, el libro nos lleva ventaja. “Es como si hablaras contigo mismo, dice él, sólo que en dos planos. Uno presente que eres tú leyendo y otro futuro que se experimenta al procesar la lectura”.

—No entiendo, pero ha de ser. Y sí, creo que es como dice su amigo. Si no fuera por ellos, de verdad le digo, quién sabe dónde estaría yo ahora, como dice usted.

—Viéndolo así, lo ve, todos tenemos la oportunidad de pasar horas con esos amigos que siempre nos esperan.

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