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Publicado: Viernes, 29 de diciembre de 2017

Variaciones sobre la vida mundana de una MUJER INFINITA (Parte 2)


Día 17

No le importa que siga con lo mismo, ¿verdad?

El viejo se quedó por unos momentos sin habla, se había vuelto hacia el muro de libros, parecía buscar a los amigos de los que Padua hablaba, pero la vista ya empañada le recordó cuando su Patrica y él salieron a dar un paseo en auto, y cómo un aguacero los sorprendió a medio camino. Así experimentaba en los ojos aquellos lapsos, como un parabrisas empañado impidiéndole ver entre los recuerdos, el rostro aquel de la muchacha leyendo en la banca del parque donde la conoció.


—Por aquí debe estar, por aquí, mire, aquí está —dijo el viejo, sosteniendo La Montaña Mágica de Tomas Mann, y mientras daba vuelta abría el libro como lo habría hecho su Patrica, en calma y deslizando luego la palma derecha sobre la página abierta —a ella le gustaba mucho esta novela —insistió —con frecuencia leía esta parte. Le gustaría que le leyera —preguntó el viejo con un gusto hasta entonces desconocido, Padua respondió que sí, y esto leyó el hombre: Jamás se regresará a tiempo de semejante paseo, pues se ha perdido el tiempo y el tiempo nos ha perdido a nosotros. ¡Oh, mar! Nos hallamos sentados lejos de ti y en íntimo contacto contigo, dirigimos hacia ti nuestros pensamientos, nuestro estar presente en nuestro amor al invocarte momentáneamente en voz alta. Tú debes estar presente en nuestro relato, como lo has estado siempre y como lo estarás siempre en secreto. Desierto sibilino, gris pálido, lleno de humedad amarga, cuyo gusto salino perdura en nuestros labios. Marchamos sobre un suelo ligeramente elástico, sembrado de algas y de pequeñas conchas, los oídos envueltos por el viento, ese gran viento vasto y dulce que recorre el espacio libremente, sin freno ni malicia, y que aturde dulcemente nuestro cerebro; marchamos, marchamos y vemos las lenguas de espuma del mar, que empuja hacia adelante y ronca, y que retrocede de nuevo, que se extiende para lamer nuestros pies.

…Si le dijera a usted que nunca fuimos al mar, tal vez comprenda mejor esto que acabo de leer, digo yo. Escuche, aquí hay algo más —volvió a mencionar el viejo y leyó—: Lo que se llama fastidio es, pues, en realidad una representación enfermiza de la brevedad del tiempo provocada por la monotonía. Los grandes espacios de tiempo, cuando su curso es de una monotonía interrumpida, llegan a encogerse en una medida que espanta mortalmente al corazón

Luego de esto cerró el libro y se concentró en los ojos de Padua, como si en ese momento, allí se encontrara la respuesta por él buscada. Aunque, a decir verdad, qué respuesta habría podido esperar, si en su cabeza no había pregunta inquietándole. Había simplemente un enorme vacío que a veces él confundía con el tiempo, y es sobre todo en esos momentos cuando la ausencia cobra dimensiones incalculables de espacio que arañan por dentro; debió sentir derrames de sal y arena rodarle por las paredes del cuerpo mientras miraba el reloj de enfrente con su péndulo intermitente, voraz, y casi eterno sobrecogiéndole a la distancia, en la ridiculez de ya no sentirse torpe sino viejo; y aunque no lo dijo aquel día ni ningún otro, según me contó Padua, el abatimiento a pesar de lo prolongado no era más que una sensación, pues, lo sentido verdaderamente se aproxima más al instante; fue apenas un pestañeo, así lo entendí yo. Aunque la ausencia de pronto crea imágenes inconcebibles en un área tan corta y de escasos segundos, se instaura molecularmente lo que llamamos recuerdo. Algo semejante a lo apreciado por quien después de años regresa con aire renovado a la casa de su infancia y se da cuenta, cómo, aún a pesar de los cambios, lo vivido en aquellos días sin importar lo lejano, le resulta extraordinario, pero no monótono, mas, como el lector que en los libros descubre y se descubre, el viejo de algún modo se aferró a ellos alargando el final de la historia como salvo conducto hacia la permanencia y pertenencia. Hay quien piensa que esto no es posible; sin embargo, no en todos los casos es igual, varía de acuerdo con la sensibilidad y el origen, y la intensidad resulta un factor decisivo. Esto lo aprendí en ellos.

Ahora piense usted en lo auténtico. Lo auténtico sin pasión no tiene mérito alguno, y sin pasión, la imaginación queda a merced del olvido. Para mí, el viejo aquel era autentico y apasionado. Pero esto no es todo.

Padua siguió su relato:

—¡Es imposible no recordarla un solo día! No hay un momento que no la recuerde… —mencionó el viejo según rememoraba Padua.

—Seguro también ella lo escuchó —interrumpió mi amigo.

—Es probable —dijo el viejo —aunque pienso que sí. Lo ve joven, lo ve, como éste, quedaron muchos otros. Cuando uno tiene intimidad con ellos, verá usted, uno que otro queda deshojado. “No es por el maltrato, es por la intensidad”, esto me decía ella, cuando yo me quejaba por el desojó de los libros —comentó el viejo y volvió a darle la espalda a Padua, y aunque parecía buscar otro título para mostrarlo, no era eso, sino el extravió llevándolo a hundirse aún más en el recuerdo de ella. Asimismo, no estaba seguro de hacia dónde miraba, a dónde exactamente tenía puesta la vista, no sólo porque la pared tenía una dimensión incalculable de ejemplares, la mirada podía estar en cualquier lomo, sino porque los ojos parecían la bolita de un péndulo en desorden yendo de un lado para otro sin el menor sentido ni recato posible; como si el tiempo se hubiera vuelto loco.

Cuándo se tiene tanto por andar, ¿sabe usted?, no bien se mira, y en tal caso (pienso) si bien no se mira, nos queda el recuerdo y la imaginación, y esto para no decir que el olvido es cosa seria. Pero, sigamos.

—No pasaban ni tres días de haberle traído uno —continuó el viejo —cuando ya por la noche me lo contaba, y qué esperanza entenderle, pero era tanto su entusiasmo que, si no era entendimiento lo mío, si me alegraba verla feliz, me entusiasmaba su felicidad cuando terminaba de leer un libro, a veces hasta bailaba de gusto, si la hubiera visto usted, joven amigo. En ella había un detalle, digo yo, pero también pudo ser su virtud, pues qué caray; cuando me contaba con tal emoción la historia que leía, las mejillas se le enchapaban, se le ponían coloradas, coloradas, como si se llenaran de cerezas y sus ojos con aquella alegría pintaban toda la casa, y viera usted amigo, cuando miraba por encima de su hombro, el roce de la barbilla era único, y el fleco —ella fue muy de fleco—, yo siempre le dije que su personalidad radicaba precisamente allí, de allí se desprendía el encanto a los ojos, tenía unos ojotes grandes ya le digo, y, qué decir de la naricilla y los labios, dígame usted si no, vea la comba de los pómulos —dijo el viejo poniendo el índice sobre el rostro fotográfico que tenía enfrente. El aroma era visible, bastaba con poner el índice para sentir el goteo, el dedo, más que trazar el contorno, acariciaba la mejilla, deslizándolo cerca de la nariz lo llevó por encima del labio superior hasta el extremo derecho donde inició el sombreado (para él la parte medular que nunca se atrevió a decir y pocas veces lo pensó como en aquel momento), luego por debajo del labio inferior zigzagueando comenzó a descender, llegado a la barbilla, confirmó lo dicho antes, la circuló como si fuera una experiencia nueva, como si de aquel contacto dependiera su estabilidad emocional, o bien, como si ella misma recargara la mejilla sobre el índice. El roce lo llevó a eso que podríamos llamar lo fantástico y fantasmal, donde en ocasiones se llega a escuchar por los corredores de la casa ciertos arrullos cuando en apariencia no hay nadie; sin embargo, siempre hay quien escuche los rumores.

A pesar de aquellas circunstancias podía vérsele en el rostro escenas amorosas; por ejemplo, la tarde cuando su Patrica vistió una blusa púrpura de holanes en el pecho y la falda larga de lino blanco abierta de los tobillos hasta poco más arriba de la rodilla. Me contó Padua y yo no sabría expresarle cómo aquel viejo la recordaba, pero creo sentir lo que él, al ver abanicar la blusa no sólo por el botón desprendido, también por el aire que de afuera a dentro debió correrle, ayudándole a impulsar el pie al estribo de la silla para subir al lomo del caballo, mientras el viejo sujeta la rienda sin perder detalle de los pies, lo imagino. De los dedos —sobre todo el meñique —se le ha manchado de polvo, “no hay tiempo, no es ahora”, piensa él, pero como relámpago le cruza por la cabeza la intención de llevar su mano a ellos y sacudirle, aunque sea con las yemas el polvo que le estropea lo cerezo. Observa las correítas negras pasar sobre el empeine, nota los huesitos extensores de los dedos flexionados para ayudarse acomodar la pierna derecha sobre el lomo del animal. Él le entrega la correa en mano, la pone en la izquierda, en una posición tres cuartos digamos, ella voltea y se encuentra con la lente que la captura allí de brazo despejado, y ojos de corteza de árbol, muchacha que-madura cadera.

El viejo, autor de la fotografía, en aquellos momentos gozaba de la misma alegría de entonces, con una variante más: el entristecimiento.

—Hay quien dice, joven, que en una sola palabra se encuentra el significado de una persona. Aquí donde me ve, hace muchos años yo era de esos, ahora ya no puedo decir lo mismo. Tal vez porque ya no estoy seguro, digo yo, pero, pues qué caray, vaya usted a saber por qué los recuerdos se hacen viejos, los míos son tan viejos como yo, y mire, cuándo a veces la veo como ahora, me pasa algo raro, son tantas las palabras que, mire, aquí mero se me amontonan, véalo usted mismo, en los ojos se me amontonan, lo ve, y también en la garganta, y cuando quiero decir algunas, pues nada más no puedo, como si el sentimiento me las matara, como ahora. Luego, pues, ya nomás no salen. A veces las siento bien adentro, retorcidas y bien adentro, calan y duelen; y sabe qué joven, nada más puedo pensarlas, pero decirlas nada y tampoco imaginarlas —dijo el viejo quedándose allí, parado frente a la fotografía de su Patrica, y enseguida hizo un ademán con la cabeza señalando los vasos de agua puestos momentos antes sobre la mesa. —En vida la llamé Patrica y fue mi esposa —comentó el viejo como si antes no lo hubiera dicho ya, y siguió —venga, siéntese y cuénteme otra vez, qué le ha traído por acá.

—Pues verá señor —respondió Padua, con un ademan de aquellos que se usan cuando no sé sabe qué decir—, hace años que el destino lleva mi vida de un lado para otro. Hoy estoy aquí, mañana quién sabe.

—No me diga eso joven. Usted cree que el viento lo lleva.

—No precisamente, pero algo hay de eso. Lo decido conforme a las circunstancias. Vine acá en parte por lo que acabamos de ver.

—No me diga que a usted le atrae la violencia.

—No es la violencia lo que me atrae, no, nada de eso, por el contrario, soy muy miedoso. Además, no tengo el conocimiento social que se requiere y mucho menos los medios económicos para ayudar, así que me queda la voluntad. Si todos pusiéramos un poquito de ella, la vida de muchos y para muchos sería distinta. El país sería otro, no le parece.

—A qué mi joven amigo, y a usted, no le parece que pide peras al olmo. No me lo tome a mal, lo digo únicamente por lo de la voluntad. Yo no soy quién, pero no estoy seguro que la voluntad nos lleve a todo eso que usted dice.

—Creo que me está mal interpretando.

—Usted cree. Puede ser. Pero, dígame, qué le hace pensar que lo estoy mal interpretando. Yo sólo opino acerca de lo que usted dice. Y no me piense descreído. Ojalá las cosas pronto se arreglaran. Si por voluntad fuera, yo habría dado hasta la vida. Pero la mía así de vieja ahora ya no sirve pa´ nada.

—Tal vez tenga razón —dijo Padua—, y créame que no estoy pensando en ideas de igualdad, pienso en algo más sencillo, en algo como la dignidad. Si se valorara un poco, veríamos lo indigno de la existencia al no considerar como prioridad la vida, como dice mi amigo R.

—Usted se está metiendo en otras cosas y yo francamente no entiendo nada de eso. Pero mi Patrica, sí que lo entendía, seguido me decía: “en los libros se hallan muchas respuestas de las dudas que tenemos”.

—Pues déjeme decirle que su esposa tenía razón.

—Ya lo creo que sí, pero dígame, usted de verdad piensa que a alguien le interesa la dignidad. Ni siquiera la han de conocer. Hoy la gente es indigna de ser llamada gente. No vio a ese par de niños, usted mismo fue testigo. Hoy parecemos solo animales. Hoy en día a nadie le importa la vida, usted mismo lo vio.

—Por eso es importante conocer bien estos conceptos. Para luego llevarlos a la práctica y no andar equivocándose como lo hacen muchos.

—Y usted, joven amigo, piensa que con eso basta. Deben conocerse muchas cosas más y también conceptos como dice usted y sumar otro tanto de voluntades, pero pa´ mí, francamente que eso nunca sucederá.

—Señor, y ¿por qué ése pesimismo?, o, ¿soy yo el ingenuo?

—No joven amigo, usted no es ingenuo, y yo no pienso nada, no pienso nada. Sólo digo que llevamos mucho tiempo andando por ahí, sin resolver nada, y nada nos hará ir pa´ otro lado. Y no piense que soy un maldito pesimista nomás, pero he visto cosas…

—Aunque pensándolo bien, sí, es posible —dijo Padua— y si mi permite le diré algo más, se trata de mí mismo, ¿puedo contarle?

—Sí. Cuente usted nomás, cuente lo que quiera, pues qué caray. Qué, no he hecho yo lo mismo, contarle.

—Un día, de esto hace más de veinticinco años, cómo pasa el tiempo, no lo cree. Lo recuerdo perfectamente, era invierno y hacía demasiado frío. Se dice que cuando no se tiene cuidado, el frío puede matar. En esos días como a todos los niños, me sobraba tiempo, quizás me equivoco al decir esto, pero entonces así lo pensaba, el tiempo a esa edad no tiene importancia. Si hay momentos en la vida donde el tiempo nos permite ser, es precisamente en la infancia, después los obstáculos se multiplican y el tiempo se vuelve una especie de atadura. Y aunque no soy un hombre como mi amigo Leopoldo, obsesivo por el tiempo, le diré que hoy le tengo más consideración, incluso llego a quedarme sin habla.

—No exagere joven.

—No exagero, créame, no exagero. Mire, le cuento, volvíamos a la casa, salimos de la Villita, ¿conoce usted la Villita?

—No, no le digo que no he salido de por acá. Pero he oído hablar de ella.

—Le digo entonces, caminamos un largo trecho hasta la parada del tranvía, donde había una larga fila que parecía coralillo, la llovizna no cedía y los toques eléctricos al abordar a todos nos sorprendían, el frío arreciaba y mi mamá se quitó el reboso y me abrigó con él; yo no sabía nada de eso, pero aquella fue la primera vez que sentí coraje, sin saberlo, sentí coraje contra mí mismo, contra mi madre, contra mi padre, e incluso contra la vida. Protestaba en contra del destino (sin saber siquiera lo que era) por llevarnos caminando empapados y muertos de frío. Allí íbamos, andando como si no tuviéramos esperanza, como si la esperanza de nosotros no quisiera saber nada, como si fuera un terreno ajeno, baldío y desconocido; para mí de algún modo lo era. La esperanza es una de esas palabras poco entendida. Si uno no la asume con deber y trabajo, pierde todo sentido y toda proporción. Ahora sé que todos tenemos esperanza, no como un asunto meramente fortuito, sino como algo real y posible, yo se los digo a mis pacientes y hay unos que me escuchan y otros no. Si nos apoderamos de ella como es debido, les digo, estaremos en mejores condiciones de despojarla de su carácter pasivo, entregándole a un tiempo su verdadera esencia, su carácter activo. Con los años entendí, señor, que la esperanza por sí sola no es nada. Qué esperanza puede tener la esperanza si nosotros desde el principio la desesperanzamos. Qué ganamos aguardando cruzados de brazos a que las cosas sucedan. Nada sucede si nosotros no lo provocamos. ¿No lo cree usted?

—No recuerdo haber padecido nada de lo que usted me cuenta joven amigo, pero sí, creo que así es. Y ahora, disculpe, pero me gustaría seguir escuchándolo. Porque entiendo que ese carácter activo de la esperanza del que usted habla lo trajo pa´ acá, digo yo, o, ¿me equivoco?

—No, no sé equivoca, fue eso lo que me trajo aquí. Termino entonces. Mi mamá creyó que su reboso me protegería del frío, pero no fue así, y sabe por qué, porque el frío desde antes ya me calaba los huesos. Me di cuenta cuando arropaba una de las puntas alrededor del cuello, y mirándome tan triste como lo hizo, supe enseguida que por el frío no temblaba ella, lo hacía por mí, yo le provocaba todo ese frío y esa helada mirada me golpeó por primera vez; un acicate, sabe, un duro y violento acicate que sin comprenderlo definió mi camino. Mi coraje, era el coraje de mi madre también. No era un simple coraje, era un coraje contra nosotros mismos. Ve usted, la esperanza en ese momento fue cobrando sentido, pero muy poco podía hacer entonces, era muy niño todavía. Digamos que la razón de ser de la esperanza, al menos para mí, pasados los años tuvo un significado distinto. Es algo, creo, parecido a lo que usted me acaba de leer acerca de “la enfermiza brevedad del tiempo”. A mi entender ocurre cuando al tiempo se le sujeta a la monotonía, aparece invariablemente lo que el señor Mann dice: el fastidio. ¿No lo cree usted?

—No sé si sea exactamente, así como lo dice usted, joven amigo, pero más o menos entiendo lo qué quiere decirme. Ahora, dígame, ¿usted piensa que algún día será comprendido esto de la esperanza? Digo, así como usted la piensa.

—Quién sabe. No tengo respuesta, pero sí voluntad y seguiré insistiendo.

—Yo lo entiendo, pero, dígame ¿de qué lado pone usted a la esperanza?

—Para mí no hay esperanza que valga mientras no se trabaje para alcanzarla.

—Esto no va a terminar hasta que termine joven. Y nadie puede evitarlo, así de simple, así de sencillo, pues qué caray.

—No lo entiendo ¿qué quiere decir?

—Es elemental, joven amigo. Verá usted, según entiendo, la esperanza es esperanza, si se trabaja para ver cumplido eso que pensamos, digo yo, ¿es así?

—Sí, así es.

—Y cómo espera quitarles de la cabeza a quienes todavía creen que la esperanza es cosa de la divina providencia. Cómo les convencerá que la esperanza no es ningún hecho azaroso que ocurre nomás de esperar, pa´ ver cumplido el milagrito que nos cambiará la vida.

—Quién sabe. Y aunque parece una utopía, yo seguiré tras ella.

—Y ¿qué puede hacer usted? Dígame, ¿qué ha logrado hasta ahora?, ¿han cambiado las cosas? ¿Qué ha logrado con dar consultas gratis?

—Nada. No he logrado nada. Pero no creo que se trate de logros, señor. Y no cambiaré, seguiré dando lo poco que sé y puedo.

—Pues yo no entiendo nada de eso joven amigo, pero si estuviera mi Patrica, ya me habría regañado, ya me habría tapado la bocota por tantas insensateces que he dicho, de verdad, amigo, ya me habría regañado por no creer nada de los destinos. Ella sí que creía, y cuando pasaba algo bueno o malo, decía: “así debía suceder”. Pero ya ve, mi cabeza es terca y yo sigo pensando que como te portas te va, así de fácil, así de sencillo. Digo yo, qué piensa usted. En fin. Y dígame pa´ dónde quiere ir, sí está en mis manos ayudarlo, yo le ayudo —masculló el viejo llevándose a la boca un pedacito de tortillita dura que había sobre la mesa de centro.

—Le dije que soy médico, recuerda, y en tal condición lo poco que sé, como le digo, lo pongo al servicio de quien lo necesita. Llevo años haciéndolo. Cumplo con un deber.

—¿Deber? Y, ¿cuál es su deber?, ¿andar exponiendo la vida?

—No, no es eso, aunque tal vez, pero, ¿no cree usted que desde el nacimiento la andamos exponiendo?

—Ah qué mi joven amigo, ya entendí. Usted es de esa clase de hombres que ya casi no hay. Un día mi Patrica me leyó un libro, así de grueso, miré usted, así de grueso; debe andar por ahí, fue de los primeros que leyó, por aquí anda, miré, es aquel de allá, alcáncelo por favor, aquel de allá arriba, acérquemelo. Lo tenía entre sus preferidos. Trata, bien que lo recuerdo, de un viejo, a quien llamaban, Don Quijote, que por ocupación tenía la de caballero andante, ja, ja, ja. El viejo siempre andaba acompañado de su amigo y escudero llamado Sancho Panza. Fíjese que Sancho a mí me caía mejor, era hombre bajito y gordo como yo; no recuerdo mucho, pero tenía cada ocurrencia, se pasaba diciendo dichos, pero estos, como se dice, estaban bien dichos. Mi Patrica siempre dijo que Sancho no era tonto, por el contrario, era hombre sesudo y bien intencionado. Para mí que sí.

—Usted ya lo leyó.

—No. ¡Qué va! Y usted, joven amigo, ya tuvo el gusto.

—Todavía no. Pero R, el amigo del que le hablé hace rato, me contó alguna vez del libro. Me dijo que lo había escrito Miguel de Cervantes Saavedra, y por allá del año de 1605 o 1606 no recuerdo bien, se editó la primera parte, sólo eso puedo decirle.

—Yo tampoco puedo hablar mucho, pero bien me lo contó mi Patrica, y recuerdo que el viejo Don Quijote, por ayudar a tantos se metía en cada problema. No me los imagino ahora andando por los caminos de hoy. De tantísimo problema siempre salieron adelante, no sé cómo, pero salían adelante. Y sí, hay quienes dicen: “ayudar sin mirar a quién.”

Pero déjeme decirle, joven amigo, mi experiencia me dice que ayudar no redime. Aunque camine toda la vida ayudando a los demás no habrá cielo que le abra la puerta, no importa que se pasé toque y toque, digo yo, se lo puedo asegurar. Nada más no lo hay, así de fácil, así de sencillo. Yo creo joven amigo, que no es cargando culpas ajenas como se llega a donde se desea, pero no le quito la intención. Le diré lo que sé de por acá —dijo el viejo que había bebido el último sorbo de agua y ya caminaba a la cocina de nueva cuenta con los dos vasos y, de por allá con un grito le ofreció a Padua un poco más de agua, que aceptó él de inmediato —Acá hay muchos lugares con gente así, que quizás necesiten de usted. Pero esto pasa en todo el país yo creo. Nunca he salido de mi terruño, es cierto, pero he visto cosas en la vida ya le digo, y también en programas de televisión, pero quien sabe, y me he enterado que el mundo anda patas arriba. Desde que me acuerdo, las cosas siguen igual, no cambian. Siempre habrá quien arreé y siempre quien sea arreado. O usted, joven amigo, cree que los de meritito arriba un día nos van a decir: “les toca a ustedes”. No, hombre, eso nunca va a suceder. Eso es puro espejismo. Un día me dijo un compañero de trabajo: Los pájaros de arriba siempre cagan a los de abajo, o usted cree que eso va a cambiar, joven amigo.

Y ahora más, desde que aumentó el consumo de polvo, por acá la cosa ha ido de mal en peor, y sabe que es lo más grave, que se ha vuelto moneda de cambio y cuándo algo como el polvo se vuelve moneda de cambio, pues ya se fregó la cosa. A mí la vida me ha enseñado que la moneda de cambio o corrompe o mata. Lo que usted vio hace rato es solo una pizca de lo que hay debajo, pura porquería. Y la cosa se va a venir peor cuando ya no haya pa´ dónde hacerse.

—¡Pero eran sólo unos niños! —Comentó Padua, sorprendido y decepcionado al mismo tiempo; por primera vez decepcionado, como si el significado de la palabra decepción cobrara nueva personalidad y se manifestara de forma total en él.

—Sí, joven amigo, unos niños, y ya ve usted de lo que son capaz. Eso trato de decirle. Cuando le damos a cualquier cosa un valor superior a la vida, eso pasa. Mire, aquí ya se echó a perder todo. La gente cuando digo esto lo único que se les ocurre es decirme loco, y algunos me maldicen y no me bajan de viejo tonto; ya veremos al final quién es el loco y el tonto. Para ellos soy un demente, y ellos, ¿qué son? Para mí no son más que falsos y mentirosos, unos hipócritas, ¿qué hacen ellos?, hacen lo que usted vio, compadecerse nomás, y pasarse unos días diciendo lo bueno que era esa gente, ve usted, ja ja ja, luego olvidan todo y san se acabó. La vida sigue, como debe seguir. Así es esto amigo. O me va a decir que usted sabe cómo cambiarlo.

El olvido es la cárcel de los muertos y de los vivos también, pues qué caray. Quién cae ahí puede darse por difunto, tarde o temprano sucede. Del olvido nadie escapa. Mi padre, que era un viejo duro y bien curtido, me dijo un día: “lo único que eterniza, mijo, es el recuerdo,” y ya lo ve usted, mi Patrica sigue aquí, ve, aquí joven amigo, aquí mismito, conmigo, y cuando yo ya no esté, pues ahora sí, allá nos iremos los dos, derechito al olvido. O, tal vez no. Tal vez quedemos en algún conocido, quizás mañana seamos uno de sus recuerdos, digo yo, y así, pa´ delante, pero, a lo mejor no.

—Y entonces, cómo es que el recuerdo eterniza.

—A qué joven amigo, lo eterno no tiene que ser pa´ siempre. Lo eterno es mientras hay vida, lo eterno, digo yo, no necesita ser infinito. Pa´ mí la eternidad está llena de instantes, se compone de instantes. Cada instante es eterno. Pero sabe qué es lo más triste, que no sé si cumpliré con los pendientes que ella me encargó. Y no se crea. Me he pasado días buscado quién podría quererlos tanto como ella, como yo mismo, porque darlos, así como así, pues, no, verdad. Me preocupa dónde queden, me preocupa qué será de ellos cuando yo ya no esté. Si no me encargo antes, no faltará quien venga y tal vez hasta los lastime, tal vez los eché a la basura, o les prenda fuego, quien sabe, usted qué cree, ¿qué debo hacer?, ¿cree que la fortuna nos favorezca?, ¿cree que el destino se encargará como pensaba mi Patrica y cómo piensa usted?, si es así, entonces pa´ qué hacer algo. Desde que mi Patrica no está, yo sigo cada tanto limpiándolos como lo hacía ella, paso horas allí sacudiéndolos, arreglándolos. Están como ella los dejó —narraba Padua y yo imaginé al viejo con el vaso de agua en la mano caminando en calma frente al primer bloque de libros tendido de un extremo a otro de la pared, concentrándose por un momento en el mueble de caoba donde los alojaba. Y lo vi correr la vista sobre las molduras que zanjaban y exaltaban al mismo tiempo los relieves donde las gubias habían hecho aparecer corcheas y semicorcheas y según contó el viejo su esposa las había mandado grabar con la única intención de experimentar cuando se sentara a leer, los movimientos que aseguraba podía ver y escuchar pasados algunos minutos de iniciada la lectura, el viejo narró nunca haber visto y ni oído nada, pero, qué ver la expresión de ella le basta para creerlo, y si él nada escuchaba era por ser distraído, quizá era porque aquella música a los descreídos como él no les llegaba o se ocultaba de ellos. Sin embargo, allí estaba con las yemas de la mano izquierda recordándola —amigo —comentó el viejo luego de esos segundos casi eternos de silencio como si hubiera asomado la muerte por primera vez de su boca, hasta él mismo la sintió golpear además del paladar los dientes. Creyó primero en una basura atorada en los frontales y con el índice trato de quitarla, pero el intento fue inútil, luego creyó sucia el agua; le supo amarga y le preguntó a Padua si el agua le sabía bien, él no entendió por qué la pregunta, pero contestó que sí, además de fresca, no percibía algo más. Aquél fue el momento donde con toda claridad la dentadura del viejo se vio por primera vez, notándosele los años, el descuido se le amontonaba allí mismo, y dándose cuenta de la mirada de Padua, alcanzó a esgrimir apenas un atisbo de sonrisa interpretado por mi amigo como: “para mí ya nada tiene caso, pero no puedo irme sin antes cumplir con ella”, y así llegó al final del muro e inició el descenso del segundo bloque de libros —Es aquí donde se encuentran los últimos que leyó —comentó el viejo y siguió con ese paso desalentado que el recuerdo a veces más allá de alegrar lastima, y no se trataba de la falta de amor sino de sufrimiento y ausencia. El viejo bien sabía que todo su amor no alcanzaba ni siquiera para un instante de la felicidad que su Patrica entregara a él. —Mire, joven amigo, este es uno de los últimos que leyó —le compartió el viejo a Padua dejado simultáneamente el vaso frente a la fotografía, el hamaqueo del agua por instantes escamoteaba la réplica de la foto colgaba en el muro donde ella alegre lee con el torso desnudo. Donde gracias al oleaje del recuerdo, su Patrica eterna para él continuaba meciéndose.



Día 18

No sé si le servirá esto, pero, en fin, sigamos.

Aquel libro según recordaba Padua, se trataba de una vieja edición de la novela Ana Karenina de León Tolstoi.

—Yo sé poco de él, —comentó el viejo —pero mi Patrica, sí que sabía la vida de esa mujer, —dijo y agarró el libro, abriéndolo enseguida y volviendo de inmediato a la portada donde con detenimiento miró el nombre del autor y releyó el título. Ambos formaban un círculo en el extremo superior derecho, y dentro a una sola línea, como llega a crearlos Betyna, se dibuja el rostro de Tolstoi, sello de garantía encaminado para todo aquel deseoso de leerla. Luego el viejo extendió el paso frente al muro mientras Padua, miraba el dibujo que abarcaba toda la primera página. En primer plano la figura de una mujer se encuentra en sus ojos y un tren que no avanza se proyecta en su mente.

—Yo nada más he visto la película —pensaba Padua—, cuando justo el anciano le preguntó: —¿Usted conoce el libro, lo ha leído?

—No —Respondió él.

El “no” se le quedó un rato atorado en la boca como mal aliento provocado por el deterioro del hígado, le supo a decepción.



—Solo he visto la película —agregó, tratando de decir que algo conocía, sin embargo, Padua sabía que aproximarse nunca es igual. La materia de que están hechos es distinta y aun cuando pudiera desprenderse uno del otro nunca serán lo mismo.

—Yo no he visto la película —comentó el viejo seguido de otra duda —pero, usted cree que sea lo mismo, digo, yo no sé nada ni de cine ni de libros, ya le he dicho joven amigo, pero mi Patrica, que de libros sí sabía, me contó que sólo escuchar música se le emparenta al acto de leer. Usted qué piensa. Yo le dije que eso decía ella porque le gustaba leer, como seguro a quien le gusta pintar lo dice. ¿o me equivoco?

—No. No se equivoca. —comentó Padua que tenía abierto por azar el libro en la página 545, y en voz baja leía un subrayado de Patrica: La muerte, inevitable fin de todas las cosas, se le presentó por primera vez con una fuerza invencible. Y esa muerte, que estaba aquí en su hermano querido, el cual se quejaba entre sueños e invocaba con indiferencia y por costumbre tan pronto a Dios como al diablo, no estaba tan lejos como le parecía antes. Estaba en él mismo, la sentía. Si no era hoy, mañana, y si no dentro de treinta años. ¿Acaso no era igual? Y en cuanto lo que era aquella muerte inevitable, no sólo no lo sabía ni meditaba sobre ella, sino que ni siquiera se atrevía a hacerlo.

Mientras tanto, el viejo, que aún seguía dando pasos laterales frente al muro de papel, de sus ojos no quitaba el recuerdo de Patrica, la miraba con tal nitidez viviéndola tan pleno que los labios descarminados le bisbiseaban como zumbido de abeja mal herida, llevándolo hasta los ojos que no eran ya ojos sino pozos donde él caía. “En qué piensa,” le preguntó Padua, con la intención de alejarlo de allí, pero ya era demasiado tarde, el hundimiento había iniciado desde la desaparición de su mujer y era cosa de meses, quizá de días para ver cumplido el vaticinio antes anunciado. Cada mañana lo pensaba, e incluso salía —le contó a Padua —únicamente con el propósito de encontrarla, era quizá ese el motivo de caminar todos los días desafiando a las balas perdidas.

—Y qué, ya me va decir a dónde quiere ir —dijo el viejo ya no yerto como hacía unos instantes y sí, volviendo las manos sobre algunos lomos como lo hizo aquellos años cuando su Patrica, detrás de él, al abrazarlo le hablaba de ellos, de los que tenía enfrente y él como un ciego experimentaba cada sensación como única al deslizar más que la yema de los dedos el alma. Acto donde la sensorialidad le abarca desde el ombligo a la cabeza todo el espacio físico. Ya no eran los libros ni sus texturas ni lo colores ni siquiera los autores en voz de Patrica, exaltándolo hasta embotarle los sentidos, nunca se lo dijo, pero todo ese tiempo lo atragantó de dicha, alcanzando por momentos algo de felicidad. Como en cada cumpleaños cuando sumaba los minutos y las horas junto a ella. Patrica no lo sabía, es cierto, pero la intuición siempre le advirtió que él cuidaría de ellos, pues se trataba como ella misma se lo dijo: “Cada uno de estos libros soy yo misma”, y de algún modo lo era, bastaba mirarla leer para darse uno cuenta.

—En eso pensaba —contestó Padua—, aunque le confesaré que, por primera vez, bien a bien no sé qué hacer.

—¿Qué quiere usted decir joven amigo? —preguntó el viejo—, usted me dijo que es médico, no es así; y yo sé de comunidades donde mucha gente estaría feliz de verlo.

—Lo sé, pero como usted dijo en principio: “en todos lados los hay”, pero no son ellos, ni usted, los que ahora me detiene; soy yo quien no sabe qué hacer.

—¿Está arrepentido?

—¿Arrepentido? No. Eso nunca. Aunque le diré, como dice mi amigo R: “lo sucedido era necesario vivirlo, así se entienden mejor las cosas”.

—De qué cosas habla.

—De lo que vi y que, a usted, ya no le asombra.

—Se equivoca, joven amigo, eso de matarse me siguen causando miedo, pero dígame, yo qué puedo hacer. En situaciones como esa, ser honesto es lo mejor, es la forma más sincera de condolerse, las cosas hay que decirlas tal como se sienten, digo yo, o ¿me he equivoco? Además, la mucha voluntad, sabe, nunca va a reunirse, perdone que se lo diga, y no es por mala sangre. A la verdad, nadie quiere verla y quienes la ven como usted: ¿qué tanto pueden hacer? Yo no sé pa´ dónde vamos, será que soy pesimista como usted me dijo hace rato. Pero, habrá motivo pa´ no serlo, digo yo. Usted, ¿cómo lo ve? —Preguntó el viejo seguido de una carcajada —Ja, ja, ja, no estará pensando que soy exagerado, ¿verdad? Lo que usted vio si no es de todos los días, es porque no alcanzamos a mirar más pa´ allá.

No esperó más, Padua se acercó al viejo, lo agarró por los hombros y casi a la oreja le dijo: “creo que ya no es necesario. No continuaré, no por ahora”. El viejo de soslayo lo miró, aún tenía el libro de Tolstoi en la mano, y cuando se encaminó a dejarlo, miró a Padua, y le dijo: “bien hacen las cosas estando en su lugar, ojalá usted pudiera ayudarme a conservar todos estos libros, como le digo, yo ya no tardo en irme, pero si usted me ayuda, aunque sea con un recuerdito, tal vez…, uno nunca sabe”.

Sin embargo, ¿sabe usted?, Padua lo sabía en el fondo, no era el viejo quien había cambiado el curso de su destino, pero él así lo pensó y así lo daba a entender. Por eso aquella mañana de algún modo me lo contó como si cada momento lo viviera de nuevo, aunque para mí, quizá no lo fuera, para él era importante contar a detalle, siempre fue así, la minucia según decía: “es más de las veces lo sustancial de las cosas, en ella se concentra el valor supremo de los acontecimientos, y nada queda fuera de su sombra por más ignorada que sea”. No era extraño entonces insistirme en dejar aquella actitud y asumir la vida en el más puro concepto del vivir, aunque a decir verdad ni él mismo lograba entender lo pensado. Qué quería decir con eso de “asumir la vida en el más puro concepto del vivir”, para mí, aunque no lo dije, rayaba en el disparate, no era otra cosa que palabrería fútil y estúpida. Un montón del mejor anhelo, quizás, pero sólo eso, sin embargo, también sabía que la emoción por más cercana al sentimiento jamás alcanza a fusionarse, y como esto, comprendí igual que el involucramiento por distante e involuntario afecta de algún modo la vida. Pues no es por elección como la vida se da, las circunstancias intervienen en su conformación, y no esperemos verla desarrollarse a modo, no es una puesta en escena, no es seguir la trama conforme fue escrita. No olvidemos nuestro papel de espectadores, aunque también seamos actores, pues la sorpresa será o bien el final feliz o bien lo trágico o bien lo cómico. Eso lo sé ahora y de sobra.

Las emociones me llevan a pensar en el sentimiento como algo inexplicable y que jamás entenderé ni el cómo ni el por qué la vida se hilvana como se hilvana y nosotros en ella. De tal modo lo explicable me resulta entonces paradójico y contradictorio. Venga acérquese, quiero confesarle algo, ve usted estos libros, ve todo este corredor, aquí se alojan los libros de aquel viejo, los de su amada Patrica.



Esteban Ascencio (Ciudad de México, diciembre de 1965). Es licenciado en Sociología, por la UNAM. Entre sus libros se encuentran: Sabato en esos instantes, Me lo dijo Elena Poniatowsca, Memorias de un poeta. Dialogo con Gonzalo Rojas, Los cántaros de la noche, Los misterios de la pasión. Cuaderno de espiral azul. Recientemente publicó Variaciones sobre la vida mundana de una MUJER INFINITA.

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