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Publicado: Jueves, 04 de enero de 2018

El indulto y la dignidad ciudadana

Marco Minguillo


En medio de platos, cubiertos, aroma de pavo horneado y en víspera de Navidad recibí de un familiar la predecible e indignante noticia que el inquilino de la celda de lujo de la Diroes (Dirección de operaciones especiales policiales) había sido indultado por el presidente del Perú, Pedro Pablo Kuczynski (PPK).

Al inicio pensé que era una broma de mal gusto, pero cuando me mostró la noticia en la pantalla de su Iphone, comprobé que la realidad es más intrincada y brutal que la propia ficción.

Y era verdad. Alberto Kenya Fujimori, el jerarca del fujimontesinismo (1990-2000), condenado a veinticinco años de prisión por crímenes de lesa humanidad había sido absuelto en un pacto lóbrego y silencioso (vergonzosa práctica de la “clase política” peruana) para evitar la vacancia presidencial impulsada por claros indicios de corrupción del presidente, el noble y aristocrático empresario PPK.

Al presidente Kuczynski le bastó menos de año y medio para demostrar a favor de quién gobierna, con quién dialoga, a quién reprime, a quién bendice y a quién libera sin complacencias. De ese modo pues, no fue casualidad su incondicional apoyo a la hija del ex-dictador Alberto Kenya Fujimori en las elecciones presidenciales del 2011. Y no fue casualidad que haya evadido reiteradamente durante todo este tiempo en Palacio de Gobierno, recibir a familiares de víctimas secuestradas, torturadas, desaparecidas y asesinadas durante la dictadura fujimontesinista. Tampoco fue y es casualidad que este comportamiento provenga de PPK, hombre excesivamente fiel al capital financiero internacional e incondicional peón del imperio del norte, lugar donde los valores humanos, el drama y sufrir de los pueblos, la solidaridad y la justicia social le son extraños e indiferentes.

Sin embargo es una característica necesaria, en la construcción de la democracia, conservar la memoria histórica para comprender que los fenómenos sociopolíticos no son regidos por el laberinto divino del azar o la eventualidad. Desde esa perspectiva, PPK es un antiguo personaje vinculado a las esferas del poder político en los gobiernos peruanos desde mediados de los años sesenta del siglo pasado hasta la actualidad. Es decir que PPK es un lobo harto conocido en el poder y en la misma sombra del poder.

El indulto de PPK al ex-dictador Fujimori es un insulto contra la dignidad humana y la memoria popular. El indulto de PPK al ex-dictador Fujimori es una reinvindicación a la impunidad y la corrupción institucionalizada.

El indulto de PPK al ex-dictador Fujimori muestra con claridad las heridas mal olientes, ponzoñosas y estructurales que tiene la sociedad peruana. La condena del 2009, veinticinco años de prisión por crímenes de lesa humanidad, específicamente por la matanza de Barrios Altos y la Cantuta, el secuestro de un periodista y un empresario, se redujo a diez años. El tiempo se volatiza entre las sombras.

El ex-dictador y creador del grupo paramilitar Colina fue liberado amparándose en una turbia acta medica y por “razones humanitarias”. Chirrían, una vez más, las rejas de la impunidad y el oscurantismo.

Aunado a todo lo sucedido, el gobierno de PPK, con el afán de legitimar y normalizar su grotesca comedia política, desprestigia y tilda de “violentos” o “violentistas” a los dignos ciudadanos peruanos de todas las generaciones que, en su justo derecho, expresan su desacuerdo con la actual coyuntura política. ¿Es acaso la protesta ciudadana un delito? ¿O es que la democracia peruana no tolera que sus ciudadanos digan y expresen lo que realmente piensan? ¿De qué reconciliación política habla el gobierno de PPK? ¿Es una reconciliación política de la sociedad peruana o de PPK y los fujimontesinistas?

Es importante recalcar que este suceso político ha generado conmoción en la comunidad internacional donde también han rechazado este pacto bajo las sombras, este indulto de impunidad contra la vida y los derechos humanos.

Para terminar estas líneas deseo comentar que la noticia del indulto me hizo evocar el retorno a la época del oscurantismo. Y por un breve instante me llené de silencio. Sin embargo, en medio de todo, vislumbré rayos de luz. Rayos de esperanza. Y es que los ciudadanos expresan su indignación y salen, habitan las calles, los caminos, las trochas. Los ciudadanos crean su propio idioma y están escribiendo una nueva historia lo cual es saludable para construir una sociedad distinta, libre de injusticia y corrupción.

Por eso deseo que los indignados y las indignadas sigan caminando. La verdadera democracia les necesita.


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Estocolmo, diciembre del 2017.

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