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Publicado: Sábado, 08 de septiembre de 2018

Entre dinamitas y metrallas

Por: Ernesto Joaniquina Hidalgo


Al desempolvar aquel anaquel polvoriento que perennemente me espera en mi ausencia al igual que los vetustos y desvencijados muebles de mi aposento, todos cubiertos con sábanas asemejándose a espectros y sombras de mi pasado, me reencontré con aquel retrato de color sepia, la desempolvé cuidadosamente para no malograrlo más de lo que estaba y reconocí la imagen de aquel joven dirigente minero, arengando ante sus interlocutores de uniforme, la prensa y los mineros reunidos en asamblea general. En el dorso de aquella foto reconocí la letra palmer de su autor que entre líneas demandaba a la prepotencia militar, al golpismo y la felonía castrense del general tarateño René Barrientos Ortuño, quien momentos antes había interceptada con su presencia aquella asamblea de los mineros. El militar escuchaba acuciosamente y sus ojos delataban la mirada sibilina sobre Paulino, quien le conminaba a respetar las conquistas obreras: “A los que aún detentan el poder en nuestro país deben de hacer un compromiso de honor de respetar las conquistas logradas por la clase obrera” (Asamblea general en el patio de San José, 28 de diciembre de 1964. Paulino Joaniquina)


Paulino era Pavel, aquel dirigente minero que no le gustaba las mieles del poder o las poses de los burócratas obreros que empezaban a surgir. También tenía el apelativo de Justo Juez entre sus compañeros por su justa nomenclatura, su actividad sindical estaba apegada al control obrero con derecho a veto, contaba con un jeep a su disposición pero él, se negaba a utilizarlo y prefería movilizarse a pie al igual que sus compañeros de base, decía que en la sencillez de las cosas está la grandeza de las virtudes y lo más noble de la vida, las presunciones y el apetito personal, al absurdo del culto a la personalidad hasta rayar en la locura, eran los peores enemigos del hombre, prefería su vida austera y nos recordaba siempre que él estaba bien, si los demás, están bien.

El MNR después del 52 se fue despojando gradualmente de las reivindicaciones obreras que había enarbolado junto a la clase obrera en aquellas jornadas de abril y como las dos caras de Jano, mostraba su verdadero rostro al servicio de la oligarquía y las transnacionales.

En el ocaso de aquel octubre de 1964 en su tercer mandato de Víctor Paz Estenssoro, el descontento obrero y popular se hacía sentir en las calles de Oruro donde los estudiantes estaban en permanente movilización junto a los enardecidos mineros por tantas medidas antipopulares del movimientismo quienes ya se habían desarropado de las banderas de abril. Los centros mineros a la vanguardia del proletariado fueron escenarios de constantes luchas inspirados por el carácter clasista y revolucionario de aquella Tesis de Pulacayo del 1946.

El día en que murió el silencio, es el día en que una bocanada de aire con partículas de sílice se cuela en el tórax de aquel dirigente minero, para articular con voz grave y frugal los aprestos del ejército que amenazaban en tomar la radioemisora San José por orden de Víctor Paz Estenssoro. Pavel atrincherado en la emisora de los mineros denunciaba al éter esta tragedia inminente en la familia minera e instaba a sus bases a defender la emisora con lo que tenían en la mano, sus dinamitas y los residuos de máuser y algunos piripipis, metralletas semiautomáticas que quedaban en poder de algunos obreros desde las jornadas revolucionarias del 52, ya que la toma por el Regimiento Camacho primero de artillería sería sangrienta con soldados fuertemente armados. En esas circunstancias no había mayor razón que la moral revolucionaria a prueba de fuego, defendiendo la radioemisora y evitar que el campamento minero sea tomado y sitiado.

Ese día el sol de Oruro se escondía entre las nubes por no ver tanta angustia y tragedia y el cielo se convirtió en un nebuloso arrebol presagiando aquella muerte anunciada. Sonó la sirena de la mina convocando a los mineros a reunirse de emergencia en las faldas de aquel desmonte donde se ubicaba la radioemisora San José. El dirigente minero Pavel, instruía a sus compañeros de base a defenderla del apresto militar, lo que les faltaba en armamento bélico y municiones les sobraba en coraje, ya que nada tenían que perder, pues el sufrimiento perenne del hombre topo y sus avatares los había templado en el fragor de sus luchas por mejores días para su pueblo. Los obreros se atrincheraron en aquella colina del desmonte de minerales, se parapetaron con las pocas armas que tenían y la cantidad de dinamita que llevaban en sus cuerpos. La tensa calma se la sentía, el viento jugaba ausente con la paja brava y en el firmamento circundaban las auras y allí abajo, los obreros atrincherados esperando con coraje el arribo del ejército que no tardaría en llegar.

El ejército llegó en sus caimanes fuertemente armados y se detuvieron a una distancia prudente del desmonte donde se hallaban parapetados los mineros y desde allí empezaron a subir en media luna por el campamento minero. Un capitán de ejército dio la orden de disparar a toda sombra que se movía, cayó un minero cuando lanzaba su dinamita prendida y empezó el infierno con tiroteos cruzados, detonaciones de morteros y explosivos. Fueron eternos los minutos de inmolación humana, comentan que el dirigente Pavel desde su trinchera se defendía con un piripipi que de tanto disparar a mansalva hasta acabar con la última munición que tenía, su caño de su metralleta estaba al rojo vivo. Los relatos de la memoria colectiva cuentan que cayeron muchos mineros pero también muchos soldados inocentes.

Había la orden desde el Palacio Quemado de La Paz de capturarlo a Pavel vivo o muerto. Los mineros que aún quedaban vivos se replegaron hacia arriba del desmonte junto a Pavel, con la idea de tomar una galería abandonada e internarse en ella. Cuando el joven dirigente se aprestaba a retirarse malherido, fue interceptado por unos soldados quienes le rodearon y un joven capitán casi imberbe le pidió que se identificara, se acercó a Pavel y le dijo que tenía órdenes de acabar con su vida, le miro a los ojos y bajó el caño que le apuntaba al pecho del dirigente y trémulamente expresó - Por lealtad a mi padre que también es revolucionario y a la vez su camarada de lucha, le perdono la vida y haga cuenta que no me conoce - .

El dirigente fue maniatado y encapuchado al igual que sus compañeros de lucha y conducido desmonte abajo donde los esperaba el suplicio. Fueron llevados a las celdas de la Prefectura de Oruro donde funcionaba el Control Político Nacional y su verdugo, el jefe de policía coronel Germán Lema Araoz quién en persona los torturaba hasta perder el conocimiento. Lema Araoz de tanto torturarlo a Pavel con la picana, el submarino y los golpes por todo el cuerpo lo dejó anquilosado con fracturas en la cuarta y quinta vertebra de su columna, lo torturó hasta hacerlo orinar sangre, sus compañeros de lucha también tuvieron la misma suerte. Sólo era alaridos y tormento en las penumbras de aquel hervidero humano.

Cuentan algunos compañeros de celda de Pavel, que una vez torturado, lo arrastraban lánguido hasta una sala cerrada donde se hallaban decenas de muertos con uniforme y Lema Araoz gritando como los cobardes, le decía al preso moribundo, que ésta era su obra… Dejándole ahí toda la noche con olor a cadáver.

Guillermo Lora en su libro, Historia del movimiento obrero boliviano, tomo 206 anota que “el 29 de octubre en Sorasora se da el combate entre fracciones del Ranger y los mineros de Siglo XX que marchaban hacia Oruro para asistir al entierro del dirigente estudiantil Darío Caballero. En esa misma mañana el ejército ocupa después de un combate desigual con los obreros de San José y acallan la radioemisora de los trabajadores, que para el gobierno de Paz Estenssoro fue un instrumento subversivo y contestatario”.

El 2 de Noviembre empieza las revueltas con la participación decisiva del pueblo y los universitarios junto a los mineros de San José pidiendo la libertad del dirigente minero Pavel y la de sus compañeros presos. El 3 de Noviembre las fuerzas armadas encabezada por los generales René Barrientos Ortuño y Alfredo Ovando Candia se levantaron en la guarnición de Cochabamba y 24 horas después el 4 de noviembre sellaron la suerte del tirano en La Paz.

Desde las mazmorras de la Prefectura de Oruro, se deja sentir el preparativo golpista, comentaban los presos mineros que sobrevivieron que aquel día del golpe de Barrientos a Víctor Paz, había mucho nerviosismo y movimiento entre los agentes del Control Político. Ya entrada la tarde el portón de la Prefectura era derribada por la turba de manifestantes con un tronco grueso de madera y los torturadores y verdugos escaparon despavoridos por los recovecos de aquella institución y a los presos mineros con su dirigente mal trechos, los liberaron, sacándolos en brazos.

Días después de aquella rebelión del pueblo, el centro minero de San José iba recobrándose de aquella masacre movimientista pero seguía en pie de lucha contra “los ruidos de sables”, contra aquella casta militar que se había adueñado nuevamente del poder para empezar un nuevo episodio de más sangre y dolor en las familias obreras.

Esta foto testigo mudo de otros tiempos, me hizo cavilar que corrió mucha sangre proletaria bajo el puente de la libertad. Muchos de los nuestros hoy se replegaron a su último aposento sin hacer mucho ruido y en armonía con la quietud del campo santo.

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