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Publicado: Sábado, 08 de septiembre de 2018

Precisión narrativa en “Microficciones” de Víctor Montoya


El tiempo transcurre en oleadas sopladas por el viento, mientras el incesante acontecer de nuestra existencia va explorando orillas, pueblos, ciudades, continentes. Y en medio de todo, la amistad está siempre allí, floreciente, imperecedera, radiante, como estaca en la cumbre más alta de colosales montañas de colores.

Así fue como al escritor Victor Montoya lo dejé de ver hace varios años atrás. Había retornado a sus raíces primigenias: a su patria, a su entrañable Bolivia.

Sé también que desde allá continúa escribiendo. Continúa literaturizando la vida cotidiana. Ha seguido publicando, promoviendo y difundiendo su obra y la de otros, como siempre lo ha hecho. “El Tío” Víctor, como acostumbro decirle, es muestra de perseverancia existencial y literaria.

Hace unos días, la gran distancia geográfica entre Suecia y Bolivia se acortó por la bondad de la comunicación cibernética. De este modo llegó a mis manos el libro de Víctor Montoya, titulado “Microficciones”, publicado este año por el Grupo Editorial Kipus en Bolivia.

Debo advertir que en la biblioteca personal de casa reposan sus libros, que abarcan el cuento, la novela, el ensayo y la crónica periodística.

Y a propósito de este detalle, recuerdo que su libro “Cuentos violentos” lo descubrí una tarde de invierno en una biblioteca pública de Estocolmo, en los primeros años de mi vida por esta tierra nórdica, y su lectura me dejó desde entonces sumamente impresionado. A mi consideración, ese libro es una joya narrativa, representativa de los escritores de la Diáspora latinoamericana en Suecia y lleva la impronta del escritor boliviano.

Es precisamente la constante búsqueda de la palabra certera y necesaria, la estructura prolija y eficiente, el lenguaje visual, carnal, vivencial que transmite su prosa lo que a uno le va quedando en la mente cual luces que estallan e iluminan la noche y la existencia. Y tal vez sea el ancestral alma de “Cuentos violentos” el embrión de esta nueva y más desarrollada obra literaria que supera la cifra de ciento cincuenta microcuentos. Diminutas historias en prosa, vetas narrativas sacadas por “el Tío” Víctor de las entrañas Llallagueñas y convertidas en valiosas piezas de orfebrería que universalizan su obra.

Con estos microcuentos, “el Tío” Víctor Montoya logra dar el salto de la precisión narrativa a la sagacidad poética. Textos efímeros y, al mismo tiempo, imperecederos. La prosa limpia llevada a su agudeza y a su éxtasis verbal. Más aún embellecida por los formidables diseños del artista plástico Jorge Codas.

“Microficciones” está dividida en tres partes: El baúl de los suspiros breves, Microzoología y Uno, dos, tres, cuenta al revés.

Al leer estas historias imaginaba a Víctor Montoya atrapando luciérnagas con la mano en largas noches literarias. Explora las contradicciones de la vida, los sueños, las pesadillas, el amor y el desamor, la historia humana con su reflejo anecdótico y brutal, la infancia y también la muerte.

Las tres partes que dividen el libro son sólo una excusa para estructurar el caos, el desorden, el incesante burbujear del mundo interior del escritor.

Realidad y ficción se transforman en elementos de un mismo sistema que integra la propia vida, el proceso de escritura y las inacabables ilusiones. Todo ello en una misma e inmensa burbuja cargada de prosa exacta y variopinta.

De ese modo, micro-historias como El prófugo, Tragasables, Retrato, El esclavo, Imagen premonitoria, El soldado, La madre, Fusilamiento, Los Zacarías, El sueño de Atahuallpa, Allanamiento y El Manifestante, se fusionan con historias de carácter surrealista como Los caballos, Las palomas. La cornada, El salmón, El piojo y El tigre de bengala.

Asimismo, Víctor Montoya ofrece al lector, historias con personajes que viven en nuestra memoria colectiva desde los umbrales de la infancia. Aunque en este específico caso, pletóricos de sarcasmo, candidez y erotismo como Alicia, Blancanieves, Robinsón Crusoe, La lámpara maravillosa, La bella durmiente, Peter Pan, Tarzán, Penélope, Gregorio Samsa, Pulgarcito, Las mil y unas noches y El cuentacuentero.

Al concluir estas líneas, debo decir que la figura de “el Tío” Víctor está siempre presente. Me viene a la mente la noche en que luego de charlar, pasear y disfrutar de las calles invernales estocolmeñas, nos dijimos adiós y lo vi entrar en un vagón de tren en la estación de Slussen que, entre chirridos y faroles luminosos, desapareció en un extenso y oscuro túnel.

También me queda la imagen y la sensación del gran abrazo que nos dimos, simbolizando nuestra amistad, nuestro compañerismo, al margen de dónde nos encontremos en el ir y venir de la vida. Sólo mis deseos para que Víctor Montoya siga escribiendo, siga publicando, siga difundiendo su obra y siga sembrando árboles de existencia en esta hermosa e intrépida andanza literaria.

Marco Minguillo (*)
* Escritor peruano, reside en Estocolmo, Suecia.

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