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Publicado: Domingo, 21 de marzo de 2004

Mercosur: la pasión de una realidad fundadora


Estamos viviendo una etapa decisiva. Después de la aniquiladora ilusión globalizante y de economicismo sumiso, el país vira hacia la realidad nacional y a sus intereses. Somos la presa herida que va recobrando sus fuerzas recónditas, para empezar las de la dignidad. Volvimos a nuestra moneda, a la producción de lo que sabemos hacer, a desarrollar nuestra creatividad. El mundo se sorprende de una recuperación que ningún autor del totalitarismo economicista hubiese atinado a prever. Y lo que es más importante: los argentinos van recuperando su autoestima.

Pero sin consolidación de poder regional, un país como el nuestro queda expuesto a dependencias y tensiones como las que vivimos, se a con el FMI, con el Banco Mundial o con los tenedores de bonos de nuestra descomunal deuda pública.

Más allá de la integración y de los beneficios de crear zonas de libre comercio, hoy los pactos regionales son realmente pactos de existencia ante la aplanadora del poder financiero mundial desmadrado. Sin una zona fuerte en apoyo a los estados nacionales débiles, no hay posibilidad de resistencia. Ni política, ni económica, ni cultural, que es lo más importante. (En realidad, la dependencia económica se corresponde con el ingreso en un esquema de transculturización y de decadencia moral, que no queremos o no sabemos cuantificar).

El Mercosur nos convoca a diseñar un polo de poder mundial. Una unidad política múltiple y funcionante. Hay que tender puentes, caminos, trenes de alta velocidad; unificar formas jurídicas, unir empresarios, fundar una estrategia militar defensiva y disuasoria, institucionalizar las formas de conducción de la gran nación de naciones que tenemos entre manos. Tarea homérica, supremo desafío. El de nacer.

No interesa ya el Mercosur como un mero campo para el mercantilismo mundializado. Debemos vivirlo con la pasión de una realidad fundadora, de un renacimiento. Significa el rescate de nuestro anémico sentido de soberanía y la posibilidad de recuperar un puesto mundial que está en la base del orgullo de la genial ocurrencia fundacional de la Argentina.

Un Mercosur aliado de la Comunidad Andina sería el camino hacia esa Unión Sudamericana que parecería el bolivariano destino manifiesto de nuestros países y, sobre todo, de esa gran cultura euroamericana que vivimos todavía de pantalón corto, sin darnos formas civilizatorias propias. Somos los retrasados, los eternos nonatos, del octeto de culturas que Huntington imagina como protagonistas del futuro de este mundo, donde el todopoderoso Occidente entró en su etapa decadente, implosiva.

En efecto, el siglo XXI se abrió desde el agotamiento de los grandes programas decimonónicos. Estamos ocultando la esencia de dos imposibilidades, de dos caminos gastados:

1) El capitalismo liberal entró en mercantilismo y financierismo terminal. Enfrente, el límite ecológico y cultural. El futuro de expansión de consumismo feliz y democracia para todos ya es ilusorio: se sabe que se engendra pobreza y miseria, que se consolidan mínimos islotes de opulencia y continentes de postergación. (Dos ejemplos de la anormalidad que estamos viviendo: se necesitaría un planeta tres veces más grande que la Tierra para abastecer la energía y las materias primas que exigiría el bienestar de los pobres del mundo, según los criterios actuales de producción y consumo. En este mundo absurdo, cada vaca europea recibe 2,67 dólares de subvención diaria. Sesenta y siete centavos más que esos 2700 millones de pobres que actualmente malviven con 2 dólares o menos por día. Casi la mitad de la población mundial, según las estadísticas de la ONU.

2) Por otra parte, se evidenció, en el último ventenio, que ninguno de los socialismos, desde el soviético a los de China, América del Sur o Africa, ni las socialdemocracias europeas, lograron consolidar un camino de vida distinto, alternativo, libre de la fuerza de atracción del liberal-capitalismo que termina por fagocitar los sueños de libertad, igualdad, fraternidad. No pudieron hacer prevalecer lo social sin recaer en lo esencial del capitalismo.

Esto sugiere que estamos ante una laguna de creación renovadora a escala mundial, disimulada por el statu quo y la repetición de lo fracasado. Los dioses han muerto y no sabemos pensar otros, los que necesitamos para dar sentido a contenidos de vida que abran un nuevo horizonte y estilo.

El momento es crucial: hay que pensar nuevas formas económicas que no signifiquen una trasnochada dialéctica entre fuertes y explotados, opulentos y condenados de la Tierra.

Esta reflexión geocultural viene al caso si pensamos que estaríamos consolidando con el Mercosur ese gran espacio que nos debemos. Pero sería ingenuo y estéril recorrer los caminos de probada decadencia y la reiteración de un mercantilismo tardío, ya inviable. Debemos pensar en una Gran Política para la gran casa en construcción. Sin un sentido de retorno ético y de afirmación de nuestra cultura y espiritualidad, estaríamos apenas en otra repetición.

Como afirma Edgar Morin, hacer verdadera política es marcar "direcciones, rearme espiritual y otorgar un sentido de vida que pueda remontar la disgregación y decadencia del mundo occidental".

Ya no se trata de sobrevivir de cualquier manera. La política grande que hagamos deberá responder a la pregunta: sobrevivir, integrarnos, pero ¿para qué calidad de vida, para cuál concepto del hombre, para qué espiritualidad y para cuál forma social que nos libre de un futuro en el que cuatro de cada seis humanos vivirán en la miseria?

Ahora que arrancamos con un nuevo Mercosur, el de Lula y Kirchner (por cierto en una línea de creación política absolutamente diferente a la de Menem y Cardoso) debemos convocarnos con la misma energía con que se conmueven los pueblos para sus empresas fundacionales. Junto con la política de integración física, económica y de convergencia en líneas políticas básicas, debemos tener presente, con todos los países hermanos con los que iniciamos una nueva etapa de unidad, que esta tarea de proyección mundial tiene que fundamentarse en los valores culturales que compartimos, con la ineludible responsabilidad de ser protagonistas de una nueva conciencia para contener y superar la atroz involución subculturizadora.

Tendremos que pensarnos el mundo no como profesores asustados que traducen lo que otros piensan o hacen, sino como renovadores, capaces de afirmar nuestra dimensión poética, creativa, religiosa, dentro de un Occidente que parece huir de sus valores sin saber recrearlos. Esa idiosincrasia latino-mediterránea que vivimos casi con culpa, como una personalidad de trastienda, es lo único que nos distingue, al punto que justifica nuestro ingreso en la clasificación de grandes culturas, ya aludida, del libro del profesor Huntington. Y hasta ahora es como una reserva enmohecida sin estrenarse todavía en el "mundo de primera".

Somos el adolescente que debe asumir su adultez. Para nosotros, los argentinos de la generación del fracaso, el Mercosur y la eventual Unión Sudamericana sería la oportunidad del resurgimiento que nos adeudamos. Si supiéramos convocarnos a la grandeza del propósito nos liberaríamos de tanto lloriqueo por el pasado y del pesado aburrimiento y humillación de pasarnos los años melancólicamente, juntando monedas para pagar la quiebra del siglo.

15 de marzo de 2004
Por Abel Posse
Para LA NACION
El autor es escritor y diplomático. Su ensayo más reciente es El eclipse argentino, editorial Emecé

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